Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 11 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 10

10

 

Según mis cálculos, más o menos al mismo tiempo que el niño se cruzaba con nosotros cerca de la catedral de Lisboa, una extraordinaria visión se presentaba ante los ojos de la hermana Margarida. Todavía hoy recuerdo la emoción con la que me describió la plaza del Rossio. Al verla, dedujo que la ciudad entera había acudido allí a la vez. Miles de personas circulaban apresuradas de un lado a otro, otras estaban sentadas en el suelo rezando o llorando, y era como si en aquel momento de infelicidad general una voz superior a los habitantes les hubiese ordenado reunirse allí para compartir el dolor e intentar sobrevivir juntos.

Caminaba unos metros por detrás del Profeta y de la monja de mayor edad cuando se percató de que, a su izquierda, el Hospital de Todos los Santos no se había derrumbado, por más que las grietas de la fachada lo rasgasen de arriba abajo. En las ventanas, los enfermos se asomaban al Rossio.

Al ver que la hermana Alice, que iba por delante de ella, se paraba debido a que el dolor de su pierna era cada vez más intenso, la hermana Margarida le preguntó:

—¿Puedes seguir?

Ella también se resentía de la pierna, pero no tanto como para verse obligada a parar.

—Si me quedo atrás, volverán y me atraparán —protestó la mujer—. Y a ti también. No te creas lo que ha dicho el confesor, nunca dejarán que huyas. La Inquisición nos ha condenado a muerte a los tres. Tenemos que fugarnos juntos.

Sin embargo, el Profeta no las esperó: tras sacarles muchos metros de ventaja se diluyó entre la multitud.

—Al menos nosotras dos, sí —sugirió la vieja monja.

La hermana Margarida sabía que el deseo de la hermana Alice de permanecer junto a ella no era inocente, pero su buen corazón no le permitía dejarla atrás.

—¡Vamos! —le dijo.

La hermana Alice pasó el brazo por los hombros de la joven, que cargó con ella. Días después me confesó que sintió cómo la mano de la anciana le rozaba ligeramente el pecho pero que, al no saber si era un gesto intencionado o fortuito, no se la apartó. Ambas echaron a andar, ahora más lentamente, observando la locura general que se había apoderado de los habitantes de Lisboa.

En la plaza había gente arrastrando cadáveres por los pies sin saber qué destino les darían. Había mujeres cojas que gritaban de dolor al andar y que utilizaban palos llenos de clavos como bastones. Había hombres tendidos en el suelo sangrando y gritando como perturbados, haciendo gestos rápidos con las manos, como si apartasen moscas en el aire, aunque lo único que hacían era luchar contra las terribles visiones que poblaban sus mentes. Había niños sin piernas ni brazos, y hasta sin cabeza.

Muchas personas se agrupaban y rezaban, rogándole a Dios el perdón por sus pecados. La gente no sabía qué hacer y no había médicos ni nadie que mitigara el dolor.

—¡Dios mío! —murmuró la hermana Margarida, aterrorizada.

—¡No mires, chiquilla! —le ordenó la anciana—. ¡Vamos, vamos! Tenemos que alejarnos para que los guardias no nos encuentren.

Atravesaron toda aquella miseria hasta que llegaron al centro de la plaza y vieron al Profeta sentado en el suelo junto a un grupo de personas, como si formase parte del mismo. El grupo parecía compuesto por dos familias amigas, con hombres, mujeres y niños. Unos se lamentaban, mientras que otros recordaban la suerte que habían tenido y hacían recuento de lo que habían podido sacar de la casa a tiempo. Junto a ellos había unos cuantos baúles de madera de los que sobresalían algunas prendas de ropa.

La hermana Margarida adivinó de inmediato las intenciones del Profeta y segundos más tarde vio por el rabillo del ojo cómo robaba una chaqueta. Nadie se percató del hurto, y el Profeta se levantó como un rayo y se distanció unos veinte metros, ocultándose entre la muchedumbre.

—Tengo que sentarme —avisó la monja anciana—. Tengo mucha sed.

Las hermanas se sentaron en el suelo, una al lado de la otra. Una mujer del grupo las vio en aquel estado y le ordenó a una niña que les ofreciese un trago de agua. La chiquilla se acercó con una jarra pequeña y se la pasó a la monja mayor, que bebió. Después, se la ofreció a la más joven.

—¡Gracias! —dijo después de beber.

La niña sonrió y a continuación miró a la monja mayor, que no le devolvió la sonrisa. La mujer que había enviado a la niña también se quedó mirándola y se puso seria de repente, molesta por la mirada que recibió como respuesta. Llamó a la niña y le comentó algo a un hombre. Este examinó a las dos monjas, y a la hermana Margarida no le gustó nada cómo las miró. Estaban a punto de levantarse cuando, de pronto, Lisboa fue víctima de un nuevo temblor de tierra, el tercero, el más corto, y la intención del hombre se esfumó, pues todo el mundo en la plaza empezó a gritar y el caos se apoderó del lugar.

Cuando la convulsión terminó, las dos monjas ya estaban lejos y nadie se acordaba de ellas. Atravesaron la plaza para dirigirse a la parte baja de la ciudad, hacia el río, con la clara intención de apartarse cada vez más del Palacio de la Inquisición y del convento de Santo Domingo. Con todo, la hermana Alice tenía muchas dificultades para caminar, de manera que volvieron a sentarse. Entonces, la hermana Margarida advirtió que la otra llevaba una chaqueta en la mano, sin haberse percatado hasta ese momento de a quién se la había robado ni cuándo.

 

¿Estaré siendo injusto con la hermana Alice al trazar un retrato desafortunado de ella? No tengo nada en contra de las mujeres a las que les gustan las mujeres, incluso algunas noches he disfrutado mucho con ellas reuniendo a varias en mi cama, para divertirme. Sin embargo, esta situación era distinta: la hermana Margarida hacía nacer en mí un sentimiento muy intenso, y al escuchar sus historias, tanto si las protagonizaban pretendientes masculinos como femeninos, sentía de inmediato un fuerte pinchazo en el corazón, los celos me castigaban y no podía tener una opinión benevolente de esas personas, como en el caso del inglés o el de esa vieja monja que intentó seducir a la joven.

 

Tras permanecer unos minutos en silencio, la hermana Alice preguntó:

—¿Por qué ha dicho el confesor que merecías la libertad?

Como la joven no se dignó responder, la otra insistió:

—Dicen que metiste el demonio en el convento, que los gritos se oían desde dentro…

La hermana Margarida se defendió:

—Lo que dicen no siempre es verdad.

La anciana monja permaneció callada unos segundos y finalmente asintió:

—Tienes razón. De mí también dicen muchas mentiras… Ojalá fuera tan mala como dicen que soy.

A la hermana Margarida no le gustaba el rumbo que tomaba la conversación, pero no hizo ningún comentario. La hermana Alice se encogió de hombros y le preguntó:

—¿Tienes familia en Lisboa?

—No. Mis padres murieron. Por eso fui al convento…

La joven sintió unas súbitas ganas de llorar. Ya se quedó sola en el mundo una vez, y se encontraba de nuevo en la misma situación. Pero eso, a pesar de todo, era mejor que morir quemada.

—¿Adónde vas a huir? —le preguntó la hermana Alice.

—No sé. No tengo familia ni amigos.

—¿Sabes que si te quedas en Lisboa te encarcelarán otra vez y te matarán?

—Lo sé.

—Deberías huir por mar, tomar un barco a Brasil. En medio de tanta confusión nadie se dará cuenta…

Llevada por la curiosidad, la hermana Margarida preguntó:

—¿Y dónde se toman los barcos que van a Brasil?

—Allí abajo, en el Terreiro do Paço…

—Y tú, ¿te vienes conmigo? —le preguntó la hermosa joven.

La otra sonrió:

—Soy demasiado vieja para un viaje tan largo.

—Entonces ¿qué vas a hacer? Si te encuentran, también te encarcelarán de nuevo.

Las dos se quedaron calladas, esta vez durante largos minutos. Había pasado más de una hora desde el temblor de tierra y el Rossio se llenaba cada vez más, la gente acudía desde todas partes, de la Baixa, del Bairro Alto, del Castelo.

Sorprendidas, las dos monjas vieron reaparecer al Profeta, que las previno visiblemente nervioso:

—Es peligroso, es muy peligroso. Están buscándonos. Ya han atrapado a los otros…

—¿Había más gente como nosotros? —preguntó la hermana Alice, intrigada.

El Profeta las informó de que había más prisioneros evadidos.

—De las celdas del otro lado del palacio, más de veinte, pero ya los han encontrado a todos. Y ya saben de nosotros. El cura los ha avisado, se nos ve en la cara…

La hermana Margarida recordó las palabras de su confesor: los guardias de la Inquisición irían en busca del Profeta y de la hermana Alice, los casos más graves, pero nadie se preocuparía de ella. No sabía si aquellas palabras eran sabias, pero si les daba credibilidad, si permanecía junto a esos dos, ella sería una presa fácil.

—Si salimos del Rossio nunca nos encontrarán —dijo.

El Profeta reveló sus intenciones: quería dirigirse raudo al Terreiro do Paço en busca de una plaza en un barco.

—Marchaos vosotros dos —dijo la hermana Alice— e id a Brasil. Yo no puedo. Está muy lejos, la pierna no me deja caminar.

Decidido a echar a andar, el Profeta le preguntó a la hermana Margarida:

—¿Vienes?

Quería irse, pero no podía dejar a la hermana Alice allí en aquel estado. Negó con la cabeza:

—No la dejaré aquí sola. Vete tú, nosotras vamos más despacio.

Y ambas se quedaron allí, viendo cómo se alejaba camino de la Baixa, una zona donde antes había tantos edificios y calles y en la que ahora solo quedaban ruinas y polvo. La hermana Margarida me contó, atenazada aún por el íntimo pavor que le provocaban las llamas, que a aquellas horas ya empezaban a verse columnas de humo negro procedentes de pequeños incendios. La monja de más edad comentó que el Profeta no debería haber tomado aquella dirección, pues se toparía con los fuegos. Un escalofrío recorrió el espinazo de la hermana Margarida al recordar el destino que le estaba reservado, el de morir en la hoguera. Se santiguó.

—¿Tienes miedo del fuego? —le preguntó la hermana Alice al verla santiguarse.

—Sí.

La monja anciana la miró, y a continuación le tocó el cuello, donde tenía las marcas de la cuerda con la que había intentado ahorcarse.

—¿Qué es esto?

La hermana Margarida bajó la mirada, avergonzada. La otra esperó a que hablase, pero como no decía nada, se ofreció voluntaria para contarle una historia.

—Mi padre murió cuando yo tenía ocho años. Se suicidó, tenía deudas y debía mucho. ¿Sabes cómo se mató?

—No —respondió la hermana Margarida.

—Ató una cuerda a un roble grande que había cerca de nuestra casa y se ahorcó. Recuerdo ver su cuerpo, ya sin vida, colgado de lo alto, y que unos vecinos lo bajaron, y también recuerdo su cara y las marcas de la soga en el cuello.

Miró a la chica:

—Como estas… —Sonrió y añadió—: Tienes que irte de aquí, de verdad…

Determinada, hizo un esfuerzo por levantarse. La hermana Margarida le tendió el brazo y ambas echaron a andar de nuevo.

—No vayamos por allí —decidió la hermana Alice, señalando el humo de los incendios—. No quiero que te asustes más de lo que ya estás.

La hermana Margarida le sonrió llena de gratitud. Salieron de la plaza del Rossio por el lado derecho, como si se dirigiesen hacia la catedral o el castillo, y la última vez que la joven miró atrás vio, a lo lejos, la indumentaria blanca de dos guardias de la Inquisición que buscaban prisioneros evadidos.

 

Sin duda, la hermana Alice era una mujer inteligente. Había conseguido alejarse del palacio y del convento esquivando a los guardias, y había logrado alejarse asimismo del Profeta, fingiendo que era incapaz de llegar al Tajo. También manipuló el miedo que la hermana Margarida le tenía al fuego, un miedo que la joven asociaba con la cárcel, la soledad y la muerte. En poco tiempo la dominó, obligándola a acompañarla.