Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 23 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 22

22

 

 

Aquella primera tarde, el capitán Hugh Gold estaba decidido a tomar posesión de su dinero, guardado en una caja fuerte en su casa comercial. Aunque no fuese el único propietario de la compañía, prefería atesorar allí sus ganancias que llevarse a casa un enorme peculio. Era desconfiado por naturaleza, me contó más tarde. Recelaba de su mujer y de su amargura, temía que se sublevase y regresara a Londres. Desconfiaba de la criada, que fornicaba con él pero que tenía novio, y probablemente planeara ganarse unos cuartos con un sutil chantaje. Y, claro, recelaba de los maleantes que asaltaban a cualquier hora del día o de la noche; de los esclavos que vagabundeaban por la tarde por las calles con una lasitud que en cualquier momento podría convertirse en agresividad; de los marineros de diversas nacionalidades, todos alborotadores y encolerizados por la mengua del dinero que les correspondía después de haber arriesgado la vida en las travesías oceánicas. Sí, transportar dinero por la ciudad era un peligro, más valía que las riquezas acumuladas se quedaran en el pequeño cofre oculto en el sótano de la tienda, hacia donde ahora se dirigía con la esclava Ester triscando a su espalda y canturreando en voz baja.

—You, slave, ¿qué cantas? ¿Songs de África? —preguntó Gold.

—Ahuyenta a los espíritus —respondió ella.

—Good lord! After lo que ha pasado today, ¿crees that espíritus sirven de anything? ¡Nada, nothing!

La esclava siguió canturreando, sin entrar en la controversia, y ambos siguieron subiendo y bajando montículos de materiales diversos, vestigios de una ciudad desmembrada. Se fueron acercando a la zona de los almacenes y de las casas comerciales en la parte de atrás del Terreiro do Paço, por detrás de la Aduana y de los mercados. Dentro y fuera de los edificios había gente escarbando el suelo, arrastrando objetos, cavando agujeros con un inesperado frenesí. Con todo, había algo raro, una anormalidad que Gold no captó de inmediato, al contrario que la esclava, que la presintió instintivamente. Se detuvo en seco y tiró del pijama de Gold. El inglés se dio la vuelta, inquiriéndola con la mirada.

—No deberíamos ir allí —dijo.

El capitán examinó la zona, observando aquellas hormigas humanas. Y, por fin, reparó en que todos los hombres eran negros.

—Hell, damn! Hijos de…

—¡Cállate! —le ordenó la esclava bajando la voz.

Dos negros altos y fuertes con el torso desnudo, empuñando un machete cada uno, observaban a Gold y a Ester con atención. Uno de ellos silbó. De repente aparecieron tres negros más, con machetes en la cintura. En las manos llevaban sacos y cajas de madera, producto del saqueo.

—¡Vámonos! —murmuró Ester.

El inglés, enfurecido, gruñó en voz baja:

—Fucking camels! ¡Pandilla de ladrones! ¡They are rapiñando our dinero! ¡This is nuestro, money de los ingleses! ¡Hell, voy allí y kill them, los mato!

Enrabiado y descontrolado, Hugh Gold dio un paso hacia los negros. No fue una buena idea. Los tres salieron de la madriguera en la que estaban robando, depositaron el botín en el suelo y empuñaron los machetes. Uno de ellos echó a correr hacia la derecha y otro hacia la izquierda. El tercero avanzó hacia los otros dos negros que Gold y la esclava habían visto primero. Este nuevo grupo de tres dio dos pasos hacia delante. El hombre que llevaba la escopeta, se la descargó del hombro sin dejar de mirar a Gold.

El capitán sintió el peligro y empezó a retroceder. No podía enfrentarse a cinco hombres armados. Para más inri, tenía un brazo herido y estaba cansado. La joven retrocedió también. De repente se oyó un agudo chasquido producido por una lengua que se movía con rapidez en la boca de un hombre, como si se tratase de una señal de combate. Enseguida aparecieron más negros salidos de debajo de los escombros o del interior de los edificios. Todos parecían nerviosos y enfurecidos, e iban armados.

—Han estado bebiendo —murmuró Ester—. Es mejor que huyamos.

Dio media vuelta y echó a correr. Hugh Gold se quedó paralizado, apretando los dientes, indignado por aquella ganancia ajena que le impedía tomar posesión de su dinero. Pero los gritos se multiplicaron y ahora ya no había solo un hombre chasqueando la lengua, sino casi todos ellos. De pronto, alguien tiró una piedra desde el final de la calle, que cayó a unos metros de Gold.

El inglés me contó que le costó mucho dejar sus riquezas en manos de aquella troupe de esclavos del demonio, pero no tuvo alternativa. Cuando echó a correr, varias piedras aterrizaron muy cerca de él, y una le rozó una pierna; otras muchas siguieron cayendo antes de que alcanzara el final de la calle y desapareciera, mientras oía a su espalda los gritos de júbilo de los salteadores.

Corrieron unos doscientos metros aproximadamente y por fin se detuvieron, jadeantes, mirando atrás. Nadie los persiguió, a aquellos hombres no les interesaban ellos, sino los restos de la catástrofe.

—Fucking camels, ¿quién es this gente? —preguntó Gold, sin resuello—. Hell, ¿conoces a alguno?, ¿son slaves?

Ester no se lo aclaró, y el inglés comprendió que omitía la explicación intencionadamente.

—¡Good Christ, te he salvado la vida, woman! ¿Why no hablas?

Ella lo miró a los ojos y sonrió:

—Y yo ahora he salvado la tuya… ¡Si llegas a enfrentarte a ellos, no hubieras resistido ni el tiempo que un hombre tarda en beberse una copa de vino!

El inglés la cogió del brazo:

—¿Hell, who are ellos?

La muchacha, nerviosa, se libró de su presa con un empujón y dio dos pasos atrás.

—¿Quién te crees que son? ¡Esclavos, inglés, esclavos! ¡Viajeros de las bodegas de vuestros navíos, habitantes de los sótanos y de los patios traseros, escoria como yo! Han sido humillados, vendidos, desangrados, sodomizados, han visto cómo vosotros fornicabais con sus mujeres, hermanas e hijas durante años y ahora quieren… ¿Sabes lo que quieren?

Perplejo, el inglés le preguntó:

—¿What, qué quieren?

La esclava levantó los brazos al aire y chilló:

—¡Venganza!

Hugh Gold por fin lo entendió. Liberados del yugo de sus señores por el terremoto, muchos de los esclavos asaltaban la ciudad, robando y matando. Justicia retributiva, de eso se trataba. Pero el inglés protestó:

—¡But, but… no son los ingleses que own them, not our esclavos! ¡Las tiendas they are robando son inglesas! ¡Good lord, I no les he hecho daño, nothing! No slaves yo, ¿por qué roban my money?

La esclava soltó una carcajada:

—¡Oh, pobre inglés! ¿Crees que los esclavos comprenden tus maravillosos principios? Es tuyo, es inglés, es esto o aquello… ¡Hoy no hay nada de nadie! Hoy, lo que es tuyo es lo que consigas coger… ¿Te acuerdas de lo que dijo Abraão?

Ester volvió a carcajearse:

—Todos somos seguidores de Abraão, ¿no has leído la Biblia? Yo, tú, ellos…

La ironía de Ester ponía nervioso a Gold, que la agarró otra vez del brazo.

—Hell, ¿y tú? ¿Why no te unes a ellos? ¿Why no vas allí, looking for monedas de oro? Hell, ¿acaso no eres igual, slave Ester?

La joven guardó silencio, inmóvil, muy serena, y entonces el inglés alivió la presión del brazo y la soltó. También permaneció unos instantes en silencio antes de hablar:

—Sorry, perdona —dijo.

Ella suspiró, le echó un vistazo a la ciudad y descubrió las columnas de humo salpicando el horizonte.

—No soy una esclava, ya te lo he dicho.

El inglés no sabía qué decirle, ni qué hacer a continuación, así que empezaron a andar de vuelta al Terreiro do Paço. Pero en aquella calle ya había un incendio y tuvieron que rodearlo y modificar su recorrido a través de esa caricatura de ciudad a la que le habían amputado su vida cotidiana. Hugh Gold observaba a los muertos con sus manos rígidas asomando por la tierra como garras de pájaros, o a los vivos, con las ropas cada vez más sucias y los rostros cada vez más pálidos. En breve, concluyó, una especie de locura atacaría también a aquellas almas. O la locura, o los esclavos asesinos.

—¿Adónde vamos? —preguntó Ester.

—To my house, a mi casa…

Se encogió de hombros. Se sentía invadido por una especie de indiferencia, por un abnegado letargo, por una total ausencia de objetivos. Cuando vio las casas comerciales violentadas por los esclavos, comprendió cuánto se había perdido en aquella ciudad. Y, desanimado, decidió abandonar aquel caleidoscopio de horrores.

Siguieron caminando y pasaron junto a las ruinas de la Iglesia Patriarcal destrozada, paralela al edificio de la nueva Ópera, tan reciente como era, y aquella mañana tan furiosamente demolida por los temblores. No quedaba nada en pie, solo un montón de tierra y fragmentos gigantescos de mármol, capiteles y ladrillos sueltos, columnas rotas y partes del tejado, pedazos de pared que parecían hojas de papel rasgadas, una esquina de un palco de talla dorada y una cúpula en miniatura, también dorada. Al pasar cerca de la entrada principal, Hugh Gold reparó en un cartel que anunciaba el elenco y el título de la ópera que se iba a cantar aquella noche. Al leerlo, primero se sintió perplejo, y aquel sentimiento fue seguido de una fuerte conmoción. Miró a la esclava y murmuró:

—Good lord… Hell, ¿sabes the ópera que was ser cantada tonight?

La esclava no lo sabía.

—Look, La destrucción de Troya —murmuró el inglés—. Of Troya…

Observó el mundo que lo rodeaba girando bajo sus pies y se dejó caer de rodillas. Ester estaba intrigada, pues no conocía la historia de la tragedia griega.

—Christ, ¿is it our destino? ¿Like Troya, Lisboa desaparecerá forever?

Permaneció de rodillas un rato, hasta que Ester lo abrazó, lo levantó del suelo y le dijo que tenían que seguir, que debían ir en busca de su casa; el capitán así lo hizo, y la acompañó desmoralizado y cabizbajo.

Pasaron por Remolares, donde persistía la agitación que Gold había encontrado por la mañana, y el río también seguía revuelto. Había grupos de personas sentadas, intercambiando relatos sobre los sufrimientos presenciados, evocando a seres perdidos.

El inglés y la esclava se detuvieron cerca de las ruinas de la iglesia de San Pablo, y Hugh Gold vio la Casa de la Moneda a un centenar de metros. Estaba desierta, no había nadie vigilándola, ningún soldado, cosa rara, pero tampoco había ningún alborotador ni ningún curioso cerca, lo cual significaba que el oro allí guardado no había sido objeto de asaltos.

Con un nuevo ánimo, el inglés informó a Ester:

—Slave, voy hasta allí. ¿Te quedas here?

La esclava se quejó de sed. Iría a la fuente más cercana, a la de la iglesia, y lo animó a hacer lo mismo, pero el inglés persistió en su idea y avanzó en dirección a la Casa de la Moneda.

—Hey slave, you espérame here —le ordenó a la chica.

A medida que se iba acercando al edificio, una sólida construcción, un cuadrado de solo un piso, amurallado y cerrado, el capitán Hugh Gold sintió una cierta agitación interior. ¿El oro estaría abandonado? Allí se guardaba el precioso metal procedente de Brasil antes de que siguiera su camino en nuevos barcos hacia Inglaterra o Flandes. Hugh Gold nunca había visitado la Casa de la Moneda, pero había oído historias acerca de sus dimensiones, de las montañas de lingotes dispuestos unos encima de otros en largas filas. Al llegar al portón de entrada, el inglés se sintió embriagado solo de pensar en el dinero que contendría la caja fuerte. Y entonces oyó una voz. Un hombre le ordenó que no avanzase más. Hugh Gold levantó ligeramente las manos en señal de que sus intenciones eran pacíficas.

—¿Quién es usted? —preguntó el hombre.

El inglés se explicó y contó su historia. Su interlocutor salió de la penumbra mientras el capitán hablaba, y entonces Gold pudo comprobar que estaba ante un sargento, uniformado rigurosamente, con botas y fusil. Parecía tranquilo y seguro de sí mismo, y cuando el inglés terminó su relato, el hombre bajó el arma.

—Ha sido una mañana terrible —afirmó.

Se llamaba Mexia y estaba allí custodiando el oro. El edificio había resistido los tres temblores con solidez. Las olas golpearon las puertas de la Casa de la Moneda sin llegar a entrar. El sargento se había protegido dentro y solo cuando vio al inglés se decidió a salir.

—Good lord, Lisboa is un caos —informó Gold—. Hay grups of bandidos saqueando, más de mil bodies, dead, horror… You… ¿no le entraron ganas de runaway, de huir?

El sargento Mexia lo negó:

—Mi deber es quedarme y guardar el oro.

Hugh Gold sintió admiración por aquel hombre: el mundo se había derrumbado a su alrededor y él no olvidaba sus obligaciones. A pesar de todo, en la ciudad todavía quedaba esperanza.

—¿You are comandante de los soldiers?

El sargento explicó que el comandante había desaparecido.

—And… ¿los otros soldiers, are ahí dentro? —preguntó el inglés.

—No hay más soldados. O han huido o han muerto. Solo quedo yo.

El inglés se quedó perplejo. Un hombre solitario, heroico, bienintencionado, pero sin duda impotente en caso de que una horda apareciese por allí.

—Jesus… ¿You necesitas any cosa? —preguntó Gold.

—No —respondió el sargento—. La comida y el agua me durarán unos días. Más pronto o más tarde el rey mandará a alguien para ver qué ha pasado con el oro. Hasta que eso suceda, me quedaré por aquí.

Y se sentó junto al portón de la Casa de la Moneda, cansado pero sereno y firme en sus intenciones. Hugh Gold le deseó suerte.

—Hey man, good luck. Hell, I hope que los ladrones no come here.

Despacio, el inglés regresó junto a la esclava pensando en lo mucho que el reino de Portugal le debía a aquel héroe solitario que, en vez de salvarse, se había quedado custodiando las riquezas del rey don José. Al llegar junto a Ester, el capitán Hugh Gold se sentía fortalecido, con una fe renovada en la capacidad humana ante la tragedia, y también ilusionado, convencido de que si dejaba que la fuerza de su carácter rigiera sus acciones, también podría vencer las adversidades.

—Fucking camels! ¡I want volver atrás! —exclamó—. Hell, ¡no voy a dejar that those energúmenos steal me! ¡I’m going to fight, lucharé contra ellos, and kill them, a todos! ¡Vamos, let’s go!

Ester intentó disuadirlo de su descabellado propósito. Le recordó la peligrosidad de los esclavos, entrenados en el arte de matar, como animales de instintos malignos a quienes el terremoto había brindado una oportunidad única. Además, señaló al cielo, hacia el humo bien visible de los incendios; le recordó que estaba a punto de caer la tarde y que llagaría la noche, y que los obstáculos harían aquella aventura más arriesgada. Pero Hugh Gold se sentía seguro y capaz después de la conversación con aquel héroe, y arrastró a Ester consigo, embelesado por la idea de que recuperaría su fortuna y de que pondría fin a aquel inaceptable robo.

 

Días más tarde, cuando reveló este episodio, el hábil e inteligente Hugh Gold lo utilizó como un triunfo para salvar su piel, pero nunca dejó de admirar el valor de aquel sargento. Fue de los pocos ejemplos de valentía y serenidad de aquellos días, aunque su soledad contuviese un elemento más bien perturbador. El oro hace que los hombres pierdan la cabeza…