Cuando Lisboa tembló
Capítulo 16
16
Cuando corremos sin parar, huyendo del peligro, una emoción permanente recorre nuestro cuerpo y una intensidad interior nos excita. Pero también experimentamos una tremenda sensación de libertad, una alegría radiante que nos contagia y nos absorbe los pensamientos. A medida que Mohamed y yo atravesábamos la Alfama a toda prisa, pasábamos cerca de la Casa dos Bicos y nos acercábamos al río, al Cais da Pedra, es decir, al Terreiro do Paço — donde habíamos desembarcado hacía meses como prisioneros y adonde llegábamos ahora como fugitivos—, sentí que me embargaba una embriagadora sensación de libertad. El terremoto era una oportunidad única para escapar de la cárcel, y ni siquiera la persecución a la que Perro Negro nos estaba sometiendo, fruto de su odio hacia mi persona, me impedía sentir que el mar estaba por fin más cerca, la libertad más próxima, y que aquel mundo en ruinas donde estábamos viviendo desaparecería en cuanto consiguiéramos poner los pies a bordo de un barco.
¡Qué nostalgia sentía del mar, del viento, de las velas y de las olas! Conforme el río iba apareciendo ante mí, súbitamente feliz, me prometía a mí mismo que nada ni nadie me impediría huir, volver al mar y a la libertad. Con todo, cuanto más cerca del destino elegido nos hallábamos, más confusión reinaba. Familias enteras, esclavos, curas y monjas, todos habían tenido la misma idea que nosotros, apostando por el río como puerta de salida de la hecatombe. Redujimos el paso, no porque quisiéramos, sino porque se hacía imposible avanzar en medio de tanta gente.
—¿Ellos vienen detrás de nosotros? —preguntó Mohamed.
Mi amigo árabe no podía hablar, estaba sin aliento, y tuvo que pararse. Intenté distinguir la inimitable silueta de Perro Negro, pero no lo vi.
—A lo mejor se han quedado atrás comiendo —dije—. El Cais da Pedra está justo ahí enfrente. ¡Vamos!
Mohamed me siguió, aunque con dificultades. Mi amigo árabe era más bajo y delgado que yo y, por mucho que fuera un hueso duro de roer, no era hombre de grandes carreras.
—Soldados pueden atraparnos, Santamaria, ¡cuidado!
En un día normal, la advertencia de Mohamed hubiera tenido sentido. Pero aquel no era un día normal. Mientras nos acercábamos al Cais da Pedra, me di cuenta de que lo que estaba a punto de suceder allí no podría contenerlo ningún soldado. La muchedumbre se multiplicaba y la gente estaba descontrolada, se agolpaba, intentando pasar unos por delante de otros. Junto al muelle flotaban tres barcos, pero los pilotos tenían problemas para controlarlos, y vi cómo algunas personas caían al agua cuando intentaban trepar a las embarcaciones. El muelle estaba abarrotado, cientos de personas gritaban en estado febril, exigiendo a los pilotos que estabilizaran los barcos y que les dejasen subir a bordo.
—Esto es una mala idea —murmuró Mohamed a mis espaldas.
Enseguida concluí que sería imposible penetrar a través de aquella masa de gente histérica que se interponía entre nosotros y los barcos. Así que decidimos rodear a la multitud y acercarnos al Cais da Pedra por el lado opuesto, más cercano al palacio. Describimos un semicírculo, y cuando ya estábamos a medio camino Mohamed me tiró del brazo:
—¡Santamaria!
Perro Negro acababa de aparecer y forcejeaba con todo el mundo, abriéndose paso a bastonazos entre la muchedumbre. Era tal la furia con la que se empleaban él y sus dos correligionarios agrediendo a la gente, que varias personas se desplomaron en el suelo con la cabeza ensangrentada. Por fin el gentío, consciente de su superioridad numérica, empezó a reaccionar y se rebeló contra los actos innobles y salvajes de aquellos malhechores. La lucha aumentó de intensidad, y en medio de toda aquella confusión aparecieron tres soldados armados con pistolas que intentaron rodear a los españoles. Pero Perro Negro dominaba las artes militares y enseguida logró esquivar a los guardias, matando a uno e hiriendo a otro con su bastón. Aprovechando la refriega, unos cuantos intentaron darle alcance por la espalda, pero lo único que consiguieron fue enfurecerlo y sufrir las consecuencias.
De pronto, la fuerza de la multitud desvió aquel extraño combate hacia donde nos encontrábamos nosotros, pues la gente seguía empujándose para entrar en los barcos. Y además, no paraban de llegar cientos y cientos de personas ajenas a la lucha.
Mohamed miró hacia el río y comentó:
—El río está loco, Santamaria.
Al principio no comprendí qué quería decir, pero una sensación de extrañeza hizo que también observara el río. Era como si las aguas recularan, como si se alejasen de nosotros… La marea parecía descender súbitamente y en algunos puntos asomaba el lecho, parduzco y enlodado. Al mismo tiempo, y debido al inesperado movimiento fluvial, los barcos en el Cais da Pedra encallaban por el bajo nivel del agua, y mucha gente saltaba a la arena, caminaba hacia las embarcaciones y se agarraba a los cascos intentando trepar.
Mientras tanto, la lucha que se estaba librando entre donde estábamos nosotros y el Cais da Pedra no aflojaba. Los soldados habían desaparecido, pero decenas de hombres, quizá familiares de las personas a las que Perro Negro mató o hirió, tomaron la iniciativa de castigarlo y el combate se acercó a poco más de diez metros de nuestra posición.
Mohamed no dejaba de mirar el río con preocupación.
—¿Estás preparado para nadar? —le pregunté.
—Mohamed no sabe nadar…
Siempre decía que no sabía nadar, pero todas las veces que lo había visto caer al mar se había salvado, así que no le di importancia.
—¿Ves aquel barco?
Había una pequeña falúa encallada en el lecho del río, a veinte metros de nosotros.
—¡Vamos! —dije.
Salté del muelle al lodo del río, dos metros más abajo. Mohamed me siguió con los pies enterrados en el fango. Alarmado, mantenía la mirada fija en dirección a la desembocadura del río.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—El río se ha vuelto loco, Santamaria, mucho peligro —murmuró.
Cada vez estaba más pálido, pero yo lo atribuí al cansancio, al hambre, a la sed y a las emociones tan intensas que habíamos vivido aquella mañana.
—¡Venga, que casi estamos! —le dije para infundirle ánimos.
De repente, oí un grito a mis espaldas.
—¡Cabrón!
La sangre se me heló en las venas. Perro Negro también había saltado al lecho del río seguido de sus dos perros, que avanzaban en fila. Con todo, lo más sorprendente fue que muchos hombres, quizá unos diez o doce, también iban tras los españoles, persiguiéndolos. Todos venían en nuestra dirección. Por sus caras era evidente que habían adivinado nuestras intenciones, y tanto para los perseguidores como para los perseguidos, en aquellos momentos el bien más preciado era la pequeña embarcación.
Intentamos empujar la falúa para que empezase a navegar, pero el casco encalló en el lodo, porque el agua del río seguía menguando.
Le grité a Mohamed:
—¡Empuja con fuerza!
Pero mi amigo árabe ya no me oía. Se había situado delante del barco para empujarlo, y justo en ese instante se quedó inmóvil como una estatua, observando el faro de Bugio y el mar.
—¡Mohamed, ayúdame! —le grité.
Perro Negro ya estaba a solo tres metros de mí. Sus dos ayudantes se pararon en seco y miraron atrás, con la intención de defender el barco del vulgo que los perseguía. Perro Negro sonreía mientras blandía su barra de hierro con la mano derecha y un cuchillo con la izquierda. Me increpó:
—¡Cabrón, por fin…!
Tres o cuatro personas avanzaron contra los españoles, pero estos los ahuyentaron. Perro Negro permanecía atento a lo que sucedía mientras aprovechaba para recuperar el aliento. Saqué el cuchillo y esperé su embestida. Habíamos estado tan cerca de la libertad… Si la marea no hubiese bajado de aquel modo tan extraño, ya estaríamos navegando. Con todo, la suerte no quería cuentas con nosotros, y tendría que matar a Perro Negro si pretendía hacerme con el barco y ser libre. Aquel pensamiento me proporcionó una fuerza adicional, y sentí una especie de paz interior. Tendría que ser hábil y sagaz para proclamarme vencedor al final de la lucha, y estaba convencido de que así sería.
Perro Negro echó a correr hacia mí, gritando y blandiendo sus armas. Lo esquivé y le puse la zancadilla, como ya había hecho anteriormente en la prisión del Limoeiro. El castellano, que no había aprendido de sus errores, perdió el equilibrio en el fango, aunque no llegó a caerse. Para mi desgracia, fue a parar entre la falúa y yo.
Entonces oí un rumor profundo, un extraño barullo que se iba acercando desde la lejanía. Perro Negro también lo oyó, y ambos miramos a la vez en dirección a la desembocadura del río, pero nada nos pareció distinto ni fuera de lo común. Segundos después, Perro Negro estaba avanzando de nuevo, y en ese momento vi que Mohamed ya estaba dentro del barco, justo detrás de Perro Negro. Esperaba que cogiera un remo y golpeara por sorpresa al español, pero mi amigo no hizo nada de eso. Lívido como la bandera de la paz, seguía sin moverse y sin desviar la mirada de la desembocadura del río. De pronto, bramó:
—Aaaaaaaaaaaahhhhh…
Fue un grito muy agudo, nunca antes le había oído hacer algo parecido. Intenté averiguar si había sido alcanzado por un disparo o si había sufrido algún otro percance, pero Mohamed seguía paralizado, mirando y gritando sin que yo alcanzara a entender por qué. Perro Negro también se volvió, confundido por el horripilante aullido de Mohamed, pero perdió el interés al instante y volvió a enfrascarse en la lucha. Intenté zafarme de sus cuchilladas y bastonazos mientras trataba de acercarme al barco, pero Perro Negro adivinó mis intenciones y no me lo permitió. A mi espalda, los dos españoles habían logrado contener al vulgo, y todo el mundo parecía esperar el desenlace de nuestro cuerpo a cuerpo para iniciar la disputa por la embarcación.
Y entonces Mohamed lanzó un segundo grito, esta vez señalando con el dedo la desembocadura del río, como si quisiera mostrarme lo que allí sucedía. Pero yo tenía a Perro Negro justo enfrente y solo alcanzaba a ver el barco. Únicamente podía oír aquel fragor que iba en aumento. Perro Negro me atizó de nuevo y la barra de hierro me golpeó en el hombro, pero esta vez reaccioné con rapidez: le asesté una cuchillada en la pierna y empezó a brotarle sangre de la herida. Se arrodilló por el dolor del impacto, más furioso que nunca.
Aproveché aquel segundo de ventaja para zafarme de él y acercarme al barco. Entonces me di cuenta de que algo extraño sucedía. La gente, en mitad del fango, señalaba hacia el mar y gritaba, y algunas personas echaron a correr para alcanzar la orilla. Los españoles, alarmados, también daban voces, llamando a Perro Negro. Entonces oí a Mohamed gritar:
—¡Santamaria, salta!
De pronto comprendí lo que asustaba a mi amigo, y mi corazón se llenó de temor. Como hombre de mar que era, había visto tempestades ominosas y había vivido momentos de gran sobresalto, incluso de pánico. Pero nunca nada como aquello. Ante mis ojos, a unos quinientos metros, se alzaba un gigantesco muro de agua que unía las dos márgenes del Tajo y avanzaba a una velocidad impresionante. Una ola colosal, la más grande que había visto jamás, de más de treinta metros de altura, se dirigía directamente hacia nosotros. En aquel momento supe por qué mi amigo árabe gritaba aterrorizado: desde lo alto del barco había visto lo que se avecinaba antes que nosotros. Sentí que la muerte había llegado para abrazarme. Durante breves instantes circularon por mi mente una serie de imágenes vertiginosas y sin sentido, de las cuales solo una me pareció real. Vi a Mariana, la mujer a la que amé en Lisboa años antes, diciéndome que sabía que yo regresaría.
Miré durante unos segundos la ciudad. Desde donde me encontraba, en el lodo del río Tajo, alcancé a ver el Terreiro do Paço, el castillo de San Jorge, que se erguía orgulloso en la cima, las colinas del Bairro Alto, y presentí que aquella bonita ciudad sería la última imagen que me llevaría a las profundidades del infierno, adonde sin duda me enviaría Dios para castigarme por el mal que había causado a tanta gente durante tantos años.
Con todo, lo que más me entristecía era saber que moriría sin volver a ver a Mariana. Cerré los ojos y suspiré. Pero volví a abrirlos. La ola se aproximaba, indescriptible: una montaña de agua cada vez más alta y poderosa, una onda espectacular y majestuosa se tragaría Lisboa, barrería la ciudad con su imparable energía.
Corrí hacia la falúa y dejé a Perro Negro arrodillado en el fango intentando levantarse. Me encaramé a la pequeña cubierta. Mohamed miraba la ola, pálido y mudo. Aquella ondulación gigante nos caería encima en pocos segundos. Con un gesto rápido, amarré el cabo de la vela a la cintura de Mohamed y yo también me até. Apreté los dientes y los puños y dije:
—¡Valor, amigo!
Mohamed empezó a llorar y se lamentó:
—Mohamed tiene demasiado miedo a morir…
Le pasé el brazo por los hombros y lo atraje hacia mí:
—¡Valor, amigo!
Y la ola monumental cayó sobre nosotros.