Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 38 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 37

37

 

 

Tal fue la sorpresa del inglés al ver a Margarida y la de ella al verlo a él, que enseguida deduje que ya se conocían. Al principio, tal como le había indicado, Margarida caminaba unos diez metros por detrás de nosotros, mientras Mohamed y yo nos acercábamos a Hugh Gold y a la esclava. El inglés, que estaba rebuscando en el suelo, levantó la vista. Y preguntó, como si lo hubiesen sorprendido robando:

—Hey, you, ¿quiénes sois?

Nos detuvimos junto a él. La esclava volvió a sonreírme, pero el inglés ni se dio cuenta. Para él, era como si Ester no estuviese allí.

—Otra vez vosotros —comenté.

Gold se sorprendió al escuchar mis palabras. No recordaba que nos hubiésemos cruzado el primer día. La esclava sí, y le refrescó la memoria:

—Los vimos la primera vez que fuimos a buscar tu dinero.

La palabra «dinero» produjo un efecto inmediato en todos nosotros, y ese debía de ser el objetivo de la esclava. Los ojos de Mohamed escrutaron al inglés en busca de señales de riqueza. Tenía una herida en el hombro, pero iba desprovisto de talegas, cuchillos o pistolas.

Tenso, el inglés fulminó con la mirada a la negra. Presentí que al ponerlo en peligro ante nosotros, de alguna forma Ester estaba vengándose, resarciéndose de una desilusión que él mismo había provocado antes.

—¿Tienes dinero? —le pregunté.

Sarcástica, la esclava soltó una carcajada:

—¡Qué más quisiera! ¡Hace dos días que no para de decir lo mismo! ¡Que tiene dinero aquí, en su tienda, pero aquí ya hemos venido varias veces y nada!

El inglés permaneció callado como una tumba.

—Ayer encontró un cofre y dijo que era donde guardaba el dinero, pero ahora el cofre ha desaparecido y otra vez se ha vuelto pobre.

En ese momento Margarida se acercó, y antes incluso de ver con quién estábamos hablando, exclamó:

—¡Ahí hay un cofre!

El inglés se volvió hacia ella y entonces sus miradas se cruzaron y se me hizo evidente que ya se conocían. Margarida no pudo contener un pequeño grito, llevándose la mano a la boca.

Sonreí y comenté:

—Por lo visto, aquí todo el mundo se conoce…

La esclava miró a la joven y me preguntó:

—¿Quién es? ¿Tu mujer?

El inglés me miró, frunciendo el ceño. Yo sonreí a la joven negra.

—¿Cómo te llamas?

—Ester.

—¿Eres esclava?

—Ya no lo soy. Me liberó la ley. Trabajo en el Palacio Real… Bueno, trabajaba, ahora no sé qué pasará.

Señalé con el dedo al inglés y le pregunté:

—¿Y él?

—Es Hugh Gold —respondió Ester—. Un comerciante inglés. Dice que es marino, comandante de un navío, pero no sé si es verdad.

Arqueé las cejas y le pregunté:

—¿Eres hombre de mar?

Paralizado, en estado de choque, Hugh Gold se limitaba a mirar a Margarida. Lentamente procesó mi pregunta aclarativa, y por fin me respondió:

—Yes, lo fui, pero not now, now comerciante.

Mohamed, esquivo y furtivo, se había acercado al lugar en el que Margarida había descubierto el cofre, pero ella fue más rápida y llegó antes que el árabe. Cogió el pequeño baúl del suelo y advirtió a Mohamed:

—Esto no es tuyo.

El árabe me miró, esperando mis órdenes. Hubiera bastado con un gesto mío para neutralizarla, pero no era eso lo que pretendía. Margarida me gustaba y estaba seguro de que podría calmarla.

—¿Es tu dinero? —le pregunté al inglés.

Dijo que sí.

—¿Y qué vas a hacer con él? No hay nada que comprar en esta ciudad.

Gold me miró e inspiró profundamente para armarse de valor.

—Well, what voy hacer is with me, my dinero, my money.

Sonreí ante su fútil bravuconería. Contra nosotros no tenía opciones. De todas formas, Margarida seguía con el cofre en las manos. Así que le guiñé un ojo a Mohamed y, veloz como un felino, el árabe dio un brinco y se plantó junto a la chica. Antes de que ella pudiera reaccionar, le propinó una patada al pequeño baúl, que rebotó de sus manos al suelo. El árabe saltó de nuevo y pisó el cofre con el pie derecho, y cuando Margarida se encaró con él, sacó la navaja y la apuntó a su pecho.

—¡No le hagas daño! —grité.

Con una sonrisa victoriosa en los labios, el árabe se apoderó del cofre, se lo puso bajo el brazo y me lo entregó. Enojada, Margarida corrió hacia mí y me dijo:

—¡El dinero no es tuyo, es de Hugh!

Suspiré, simulando divertirme:

—Sí, ya lo sé, pero ¿quieres explicarme primero de qué conoces… a Hugh?

Margarida se quedó callada y desvió la mirada, incapaz de sostener la mía. Presentí en aquella fuga ocular una historia que la violentaba. A nuestro lado, Ester soltó una nueva carcajada:

—¡Vaya, inglés, eres un donjuán! ¡No hay mujer en Lisboa que no haya sentido el peso de tu barriga!

Ofendido, Hugh Gold la reprendió:

—¡Ey, slave, no hables así! ¡She no es like you!

Un corto silencio se instaló en nuestro improbable grupo. Margarida no aparentaba tener ganas de explicarme de qué conocía al inglés, de manera que intenté recordar lo que me había contado durante nuestra fogosa noche. ¿Sería él el hombre del que me habló, el que despertó emociones en ella y la llevó a desear abandonar el convento? Me dijo que nunca tuvieron oportunidad de citarse, pero, al parecer, entre los dos seguía vivo un fuerte sentimiento. Y Gold la retribuía protegiendo su reputación, que la diferenciaba de la esclava.

Como no soy hombre al que le guste perder el tiempo, me dirigí a Ester desplegando una sonrisa:

—Si dice eso de ti es porque tú también has sentido el peso de su barriga, ¿verdad, preciosa?

Divertida, soltó otra risotada y entonces me percaté de que entre nosotros dos también existía un entusiasmo mutuo, lujurioso, palpable. A pesar de ser menuda y flacucha, sus senos eran grandes y saltaban a la vista bajo los harapos que vestía.

—¡Eh, guapo, si quieres que sienta el peso de la tuya, no tienes más que decírmelo! —exclamó para provocarme.

Nuestro inflamado intercambio de piropos incomodó a Margarida, que se interpuso:

—Santamaria, no me malinterpretes.

Me volví hacia Margarida simulando despreocupación:

—No sé de qué me hablas.

Sonriéndome, intentó diluir mi desconfianza.

—Sí. Ese es el hombre del que te hablé, el que conocí en el convento.

Miró a Hugh Gold, que permanecía callado. Sentado a unos metros de nosotros, Mohamed se limpiaba las uñas de la mano con la punta de la navaja mientras escuchaba atentamente la explicación de Margarida.

—Intercambiamos notas, caricias, solo eso. Por su culpa, las monjas de Alcântara se volvieron contra mí. Algunas también estaban enamoradas de él, pero él venía a verme a mí. Fue un sentimiento bonito, intenso. Después, ya sabes lo que pasó. Fui arrestada, hubo un juicio, la condena, el auto de fe… ¡No lo había vuelto a ver! Y ahora, de repente, en medio de esta ciudad destruida, me lo encuentro. Es normal que esté confundida, ¿no te parece?

Al escuchar el relato de la joven, Hugh Gold frunció el ceño:

—Hell, what? ¿You fuiste condenada, tú in jail?

Margarida se lo aclaró haciéndole una relación de los hechos:

—Sí, estaba prisionera e iba a morir el domingo, quemada en el Terreiro do Paço. El terremoto me salvó. Hui de la cárcel de la Inquisición y llevo dos días dando vueltas por la ciudad sin saber cómo escapar.

Cada vez más asombrado, Hugh Gold le preguntó:

—But, girl, ¿qué hiciste? ¿Why prisionera by Inquisición?

Margarida le resumió en unas pocas frases su absurdo vía crucis y él se exasperó, indignadísimo:

—Good lord, I was in the convento varias veces. I asked por ti, but they said que tú was enferma, in bed. One day me dijeron you went a tu tierra, al norte, to die allí. ¡It was big mentira! Never pensé que tú in jail, to die, condenada, in the fire…

Tristes, como dos seres a quienes el destino juega una mala pasada, se miraron sin saber qué hacer o qué decir. Ester interrumpió la pausa aplaudiendo e imitó, irónica, las ovaciones de una ópera:

—¡Bravo! ¡Qué historia tan bonita, tan conmovedora! ¡Por fin, el amor es posible entre ellos! ¡Bravo, bravo! —Soltó una nueva carcajada—: Pero ten cuidado, chica, no pienses que es un hombre bueno e inocente. Además de estar casado con una mujer a la que despreciaba y que, por fortuna para él, murió el sábado por la mañana cuando le cayeron unos grandes pedruscos en la cocorota, tenía de amante a una criada gordinflona que tomaba un jarabe para evitar quedarse embarazada, ¡un jarabe que le vendía mi madre! —Ester aplaudió de nuevo, divertida—: ¡Y la pobre de la criada también estiró la pata porque le cayeron unos pedruscos en la coronilla! ¡Pero todavía hay más…!

La esclava, socarrona, dio un brinco y abrió los brazos de par en par como si fuese el bufón de una obra de teatro:

—¡Y esa es solo la primera! Aparte de ella, está la señora Locke, esposa del señor Locke, con quien fornicaba los viernes. Y también la marquesa de la rua da Junqueira, cuyo marido está en París, y a la que también se tira siempre que puede. ¡Y vete a saber a cuántas más, que este hombre tiene un apetito insaciable, y sé de lo que hablo!

Ester ejecutó una pequeña y rápida pirueta y me sonrió, añadiendo:

—Efectivamente, queridísimo amigo pirata, sí que he estado debajo de él. ¡Y no estuvo nada mal, no señor! Salta como un conejillo adolescente…

Mohamed y yo estallamos en una carcajada al mismo tiempo, y vi cómo se dibujaba una breve pero orgullosa sonrisa en la comisura de los labios de Gold. Solo Margarida se mostró afectada por aquella retahíla de revelaciones. Imparable, Ester brincó de nuevo, dio unas palmadas más y prosiguió:

—¡Pero lo peor de este caballero inglés no son las frescas de sus amantes! Puede que folle bien, pero es un cobardica de primera. ¡Si hay algo que no soporto en un hombre es la cobardía! Y aquí, este bello semental, que fornica como un poseso, en cuanto se vio rodeado por los bandidos, ¿qué fue lo que hizo? Pues en vez de defenderme a mí que, a pesar de ser esclava y un poco puta, no dejo de ser una sensible doncella, ¡dejó que me horadaran el coño con tal de escapar!

El árabe soltó una nueva carcajada. Miré al inglés y a Margarida, y le comenté:

—Como ves, todos tenemos defectos.

El inglés presintió una justificación en mi frase y, de pronto, se acercó a Margarida y le preguntó:

—Girl, ¿you… tú sleep con él?

Presa de un repentino azoramiento que no me hizo la menor gracia, Margarida optó por el silencio, mientras su mirada iba saltando de mi persona a Hugh Gold, como si nos comparase. Me entraron ganas de estrangularla a ella y de matarlo a él, pero contuve mis palabras y mis actos para evitar romper el vínculo que, a pesar de la provocación, todavía existía entre ella y yo. Sin embargo, Mohamed, por su parte, no dejó escapar el lance:

—¡La chica guapa no es tan santa! ¡La chica guapa es una cachonda! En prisión, jugó con el rabo del carcelero. Después, se lio de noche con la vieja. ¡Y ayer cabalgó con Santamaria la noche entera, por delante y por detrás! — exclamó exhibiendo una sonrisa perversa—. ¡Mohamed lo vio y lo oyó todo! ¡La chica guapa es muy fogosa! Muy puta…

La esclava y yo nos echamos a reír. Solo Margarida y el inglés estaban serios, incómodos. Tenía sentido: de todos nosotros, solo ellos dos tenían una reputación que guardar. Ni el maldito Mohamed, con sus tendencias invertidas; ni la ardiente esclava, con su impetuosidad salvaje; ni yo, un pirata sin blanca, teníamos, ni siquiera ligeramente, la más mínima reputación que mereciese una defensa.

—Bueno —concluyó la esclava sin parar de reír—, me parece que tú, inglés, y esta princesa religiosa estáis hechos el uno para el otro.

Margarida, que se abstuvo de pagar a la esclava con la misma moneda, me tocó el brazo y se justificó:

—Lo que dice tu amigo no es verdad. Con el carcelero no hice nada, y tampoco me acosté con la hermana Alice.

Me mantuve callado, aunque por dentro estuviese en ebullición. La desconfianza es un pozo sin fondo y los celos son el agua que llena ese pozo. ¿Cómo podía saber si decía la verdad?

Hugh Gold optó una vez más por el silencio, sin intenciones de confirmar o desmentir a Margarida. Con su habitual cinismo, la esclava comentó en voz intencionadamente baja, como si estuviese prestando un peligroso y falso testimonio:

—Sería la primera vez que un hombre seduce a una mujer en las rejas de un noviciado y no la posee. Todos sabemos lo que pasa en los conventos…

Margarida, ahora ya enojada, se enfrentó a Ester por primera vez:

—No digo que no hubiese podido pasar, pero la verdad es que no pasó nada. No nos dejaron. Nos pillaron antes.

La esclava esbozó una sonrisa entre escéptica y cáustica, y dijo con voz meliflua:

—¡Qué pena…! ¿Y has sido condenada a muerte por una causa sin provecho?

Margarida le replicó:

—¡Ese no fue el motivo! ¡Me condenaron a muerte porque decían que hablaba con el Diablo!

Refunfuñé. Aquella conversación no nos llevaba a ninguna parte. Miré el cofre, que descansaba a los pies de Mohamed, y le pregunté al inglés:

—¿Cuánto tienes ahí?

—Hell, who knows? No lo sé. Did not count en los últimos days.

—¿Será suficiente para sacarnos de la ciudad?

El inglés se encogió de hombros:

—Who knows? ¿What queréis?

—Queremos un barco —respondí—. Un barco que nos lleve a los tres fuera de Lisboa.

Hugh Gold se nos quedó mirando:

—Well, ports are cerrados. No navegación.

Y yo le respondí sonriente:

—Nada que una mano llena de dinero no pueda resolver. Hay barqueros que salen de la Casa dos Bicos al anochecer. Si les pagamos, nos llevarán hasta el otro lado del río. Por eso vamos a ver lo que hay aquí.

Celoso de lo suyo, el inglés dio un paso al frente en mi dirección, pero, una vez más, Mohamed fue más rápido y se plantó frente a él de un brinco, con la navaja en ristre apuntándole a la garganta, amenazador.

—Mohamed te cortará el cuello, será rápido.

El capitán Hugh Gold se quedó paralizado, convencido de que para el árabe no supondría drama alguno clavarle una estocada en la tráquea. Se limitó a protestar entre dientes:

—Fucking camels! ¡Dinero es mine!

Abrí el cofre. Esperaba tener que forzar la cerradura, arrancarle el pestillo, pero el cierre cedió a la primera, lo cual me hizo desconfiar. Abrí la tapa y me llevé una desilusión.

—Nada.

Mostré el interior para que todos viesen que estaba vacío. El inglés gritó:

—¡Fucking camels, me han robado! They steal me! Friday it was lleno, tenía…

Pero antes de llegar a revelar la cantidad que supuestamente debería contener el cofre cerró la boca. Tiré el pequeño baúl al suelo, irritado.

—Bueno, me parece que no nos puedes ayudar a salir de la ciudad.

La esclava, que seguía sentada, me advirtió:

—Santamaria, es un mentiroso, ¡no te lo creas!

Mohamed levantó la navaja y el inglés gritó asustado:

—I swear, lo juro. ¡There was dinero, alguien steal! Maybe it was el monstruo español, que kill a estos blacks.

Sorprendido, le pregunté:

—¿Quién?

Hugh Gold me describió al hombre enorme, al mastodonte español, y no dudé de que se trataba de Perro Negro. Mohamed también estaba seguro de ello, leí el miedo en su mirada.

—¿Ese español anda por ahí?

El inglés y la esclava relataron el episodio que vivieron. ¿Cómo había podido sobrevivir aquel bruto a la ola gigante? La última vez que lo vi fue en medio del río, a unos metros de nuestra falúa. Al instante, una imagen pasó por mi mente: unas manos agarrándose al barco mientras la ola nos lanzaba contra el Terreiro do Paço. ¿Habría conseguido aquel coloso aferrarse también a la falúa? ¿Cómo resistió a la fuerza de las aguas?

—Fucking camels! ¡They robaron my dinero! —afirmó el inglés lleno de rabia.

Gruñí. Otra oportunidad perdida, otra expectativa que no se materializaba. Una vez más, no podíamos huir. Cerré los ojos pensando en qué hacer. No sabía hacia dónde ir, dónde esconderme, dónde proteger a Margarida. Y además, con Hugh Gold rondando por ahí, ella tendría una nueva posibilidad de irse con él. Y sin dinero, el inglés era inútil para nosotros. El hecho de que conociera a Margarida lo convertía en un rival, y aún me entraban más ganas de verme libre de él. Pero matarlo allí mismo, delante de ella, sería demasiado brutal, y podría destruir el afecto que me profesaba.

—¿Quieres venir con nosotros? —le pregunté a Ester.

—¿Adónde vais?

Le dije que íbamos a Sacavém, y que intentaríamos atravesar el Tajo por allí.

—Sí, voy.

Le sonreí y miré a Gold.

—Entonces, vámonos. Tú que quedas —le dije al inglés—. Y da gracias a Dios de que no te matemos.

Ester y yo avanzamos unos pasos y Margarida nos siguió renuente. Mohamed se quedó mirando al inglés, con ganas de sacudirle, pero se contuvo y también echó a andar. De pronto, a nuestras espaldas oímos a Hugh Gold, que gritaba:

—Santamaria, wait! ¡Hay oro, gold, lots of oro! ¡In Casa de la Moneda, and no hay guards!

Sorprendido, miré a Ester. Ella lo confirmó:

—Solo hay un hombre, un soldado joven. Los demás han muerto o han huido.

El inglés volvió a gritar:

—¡Good lord, I hablé con el guard! We go, yo talk con él, tú kill él. ¡If we vamos allí, we ricos, very ricos! Hay lots of gold, ¡todos ricos! ¡Then tú podrás huir, buy boat!

Por fin contento, Mohamed exhibió una gran sonrisa. Ester también. Miré a Margarida y ella comentó encogiéndose de hombros:

—Si eso nos va a ayudar a salir de la ciudad…

Regresamos donde estaba el inglés y le dije:

—Entonces, vayamos allí. Todos. Ester, tú irás delante, siguiendo a Mohamed. Después Margarida y tú, inglés. Yo me situaré detrás para impedir que te escapes.

Formamos una fila india con una separación de cinco metros entre cada uno y nos dirigimos hacia el Terreiro do Paço. Teníamos que atravesar de nuevo la zona de los mercados, los almacenes, las tiendas. Pero no recorrimos exactamente el mismo camino para evitar el macabro cementerio de las cabezas cortadas. Nos desviamos unos cien metros hacia el río.

En un momento dado, comprobamos que los edificios derruidos formaban una maraña de vigas de madera muy peligrosa, llena de grietas y agujeros profundos. Avanzábamos despacio. De repente oí unos ruidos, pero no me dio tiempo a reaccionar. Y entonces escuché un grito a mi espalda.

—¡Eh, cabrón!

Me di la vuelta y mi corazón dio un vuelco. A poco más de diez metros de mí, en una de las grietas abiertas entre los edificios, distinguí la figura monumental y grotesca de Perro Negro. Empuñaba un fusil con el que me estaba apuntando y sonreía enseñándome los colmillos. Oí más gritos y miré a mis compañeros. Vi que Margarida y el inglés echaban a correr, que unos hombres intentaban atrapar a Ester y que Mohamed empuñaba la navaja. Después oí un disparo a mi espalda, sentí un violento golpe en la cabeza y la oscuridad me cegó.