Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 43 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 42

42

 

-¿Por qué lo defiendes siempre?

El niño le dirigió la pregunta a Margarida. Caída la noche, nos instalamos a poco más de cien metros de la Casa de la Moneda. Abrigados junto a unas ruinas, ante una pequeña hoguera improvisada, esperábamos a que llegara Mohamed, por cuya vida temía, y también la madrugada, la mejor hora para atacar el depósito de oro, como les expliqué a Margarida y al inglés.

—Mi hermana pasará una noche más sin que la ayudemos —protestó el niño, entrometiéndose en la conversación.

Margarida intentó suavizar su resentimiento y, por primera vez, le preguntó cómo se llamaba:

—¿Cómo te llamas, niño?

El niño respondió:

—Filipe.

Al escuchar su nombre me sorprendí, pero no dije nada.

—Es un nombre bonito —contestó Margarida—. Filipe y Assunção. Sois gemelos, ¿no?

El niño lo confirmó, pero volvió a la carga:

—¿Por qué haces siempre lo que él quiere?

Hablaba de mí, pero señaló a Gold:

—¡Y tú también! Ayer me ibas a ayudar. Pensabais que el pirata estaba muerto, y hoy, que resulta que está vivo, hacéis lo que Santamaria dice. ¿Por qué? ¿Os da miedo? ¿Es eso?

El niño miraba fijamente al inglés.

—De ella —señaló a Margarida— puedo entenderlo. Cree que está enamorada… Pero ¿tú? ¿Por qué haces lo que él quiere?

El inglés suspiró y dijo:

—Well, boy, if we estamos juntos, we live, we vivos… Santamaria not mi amigo, but… he is experimentado, he kills, he pirata… We need Santamaria, ¿lo entiendes?

El niño no lo entendía.

—No. Perro Negro quiere matarlo a él, no a nosotros. Ha sido así desde el primer día. Fue Santamaria quien recibió el tiro que casi lo mata. Quedarse junto a él es mucho más peligroso que seguir nuestro camino.

El niño no dejaba de tener razón, y ninguno de nosotros le replicó. Así pues, siguió hablando sin dejar de mirar fijamente a Margarida:

—Estos dos solo están contigo porque ambos te pretenden, y el uno no quiere que sea el otro quien se quede contigo.

Esta vez sí le respondí, acariciando mi pistola:

—Lo que quiero es salir de esta ciudad, y el oro es la única forma de conseguirlo.

El muchacho se levantó:

—¡Si quisieras, podrías irte de la ciudad a pie! ¿Por qué no lo haces? ¿Por qué has vuelto atrás?

Miré a Margarida primero, después a él, y les revelé una novedad que Ester me había contado:

—Las puertas de Lisboa están custodiadas por los soldados. La ciudad está cercada, no dejan salir a nadie. La población se ha quedado retenida en los campos, no puede salir a las carreteras. Órdenes de Sebastião José, ministro del rey.

La noticia cogió por sorpresa al inglés:

—Good lord, ¿the city sitiada? Why?

—No sé —respondí—. El río es la única salida y, aun así, solo con mucha suerte y mucho dinero conseguiríamos un barco. En caso contrario, los soldados acabarán capturándonos.

Era mi turno de mirar a Margarida:

—Por eso volví atrás. A ella no pueden arrestarla, si lo hacen, la meterán otra vez en un calabozo de la Inquisición y acabará muriendo en la hoguera.

La hermosa joven me sonrió para ahuyentar el miedo. Le dije que debía dormir, que se acostara en el interior de la casa en ruinas, donde tendría menos frío. Accedió y se levantó. El niño comentó, irritado:

—Solo pensáis en robar, matar, huir, fornicar. Y salvar a una niña, ¿eso no os interesa? Ninguno de vosotros sabe lo que es hacer el bien. Ni ella ni el inglés. ¡Y mucho menos tú!

Margarida no reaccionó a la provocación y se alejó, adentrándose en la casa en ruinas. El inglés también guardó silencio. Solo yo me atreví a contrariar al muchacho:

—Deberías descansar.

Se puso en pie, furioso:

—Santamaria, Gold, ¿no os dais cuenta de que ella os está engañando a ambos? ¿Acaso creéis que se va a quedar con uno de vosotros? ¡Nada de eso! ¡Margarida es igual que vosotros, solo piensa en ella!

Tras aquel encendido alegato, el niño se alejó unos metros y se recostó en las ruinas, taciturno. El inglés y yo permanecimos un rato callados, y entonces oímos un silbido que imitaba a un cuco. Silbé yo también como respuesta, remedando el mismo canto. Oímos un ruido y Mohamed apareció. Exhausto, con la herida sangrando e inflamada. Se sentó junto a nosotros y me puse a curársela, limpiándole el pus y tratando de detener la hemorragia.

—¿Te han seguido? —le pregunté.

—Mohamed no lo sabe. Mohamed ha dado una vuelta grande para huir de ellos. En la plaza hay confusión, todo el mundo mata a todo el mundo.

El inglés, que seguía a nuestro lado, comentó:

—Fucking camels… Lisboa mad city…

Después de ocuparme de la pierna del árabe, eché más leña para avivar la lumbre que habíamos encendido. Hugh Gold me preguntó dónde estaba cuando la tierra tembló la primera vez y le describí nuestra epopeya, desde que escapamos del Limoeiro hasta cruzarnos con él y con Ester. A cambio, el inglés me narró su historia: cómo lo sorprendió el terremoto en su casa, la muerte de su esposa y la de su criada, el encuentro con la esclava, las olas, el fuego en el palacio. A medida que compartíamos nuestras respectivas historias, que descubríamos semejanzas y diferencias, el inglés empezó a sentirse más cómodo y enseguida desvió la conversación hacia su tema favorito, las mujeres. En tono confidencial, me confesó la fría relación que mantenía con su esposa, sus tórridos escarceos con la difunta criada, los momentos de diversión con su amiga marquesa, que no sabía si estaba viva o muerta; y también los encuentros furtivos con la señora Locke, con cuyo marido se encontró la mañana del terremoto cubierto de polvo.

Hay que reconocer que Hugh Gold era un buen contador de historias, pues agregaba detalles divertidos y picantes, manteniéndonos entretenidos durante casi dos horas. En ningún momento mencionó a Margarida, ni habló de los tiempos del convento ni de lo que había tenido con ella la noche anterior. Solo hablaba de las otras mujeres, y protegiendo a Margarida con aquel voto parcial de silencio.

Sin embargo, el relato de la noche con la esclava Ester, cuando durmieron juntos en el palacio, fue particularmente efusivo, rico en pormenores y comentarios:

—¡Hey, hey, my boy, very good tetas! ¡She chupa well! ¡And she grita a lot, la negrita!

Soltó una carcajada estúpida, pero yo no reaccioné, jamás le revelaría que yo también había pasado una tórrida noche de amor con Ester. Tampoco interrogué al inglés sobre su última noche. Ester, invocando el conocimiento de Abraão, me dijo que Gold y Margarida habían dormido juntos, y seguramente sería lo más probable. Con todo, saber la verdad, ya fuese por boca de Gold o de Margarida, me habría causado un dolor más profundo, y en aquel momento no lo deseaba. Al contrario, lo temía. No sé qué habría hecho si Gold se hubiese vanagloriado allí mismo de sus hazañas con Margarida. Todavía hoy me dan ganas de matarlo y no quiero ni pensar en mi reacción si me lo hubiese contado entonces.

A solas con mis divagaciones, ni siquiera me di cuenta de que Gold se había callado. Vi que me miraba atentamente. Levanté una ceja, expectante, y él afirmó:

—Santamaria, you are not un hombre para ella.

Me mantuve en silencio y él prosiguió:

—¡Good lord, you are un pirata! ¡You are an aventurero! ¡Dangers, viajes, emotions! ¡Women love hombres like you! ¡But, Santamaria, not para casar! Tú fugitivo, tú danger, tú bandido. ¡Sooner or later, tú capturado by soldiers, your cabeza en una estaca! No future para mujer, tú sabes.

Sonreí, pero seguí sin decir nada. Entonces el inglés lanzó la sugerencia que estimaba más correcta:

—Hell, Santamaria, ¿why not dejarla? ¿Do you believe ella salir de Lisbon? With you? Don’t be tonto, Santamaria…

Examiné mi pistola y mi navaja mientras él seguía hablando:

—¡That pistola, only two balas! ¿And that navaja? Good lord, Mohamed is herido, very bad, in pierna… ¿Why don’t you huir? You run, you marinero, you get barco! Not her…

Entonces, oí decir a Mohamed en voz baja:

—El inglés tiene razón, esa mujer perderá a Santamaria…

Entusiasmado con su nuevo e improbable aliado, Hugh Gold exclamó:

—You see! ¡Even you amigo! ¡Run, Santamaria, run y forget chica!

Sonreí de nuevo, suspiré y finalmente dije:

—Eso es lo que tú quieres, para quedarte con ella.

Como si alguien hubiera puesto su honra en tela de juicio, Gold se enderezó primero, a continuación dio media vuelta para situarse frente a mí y dijo, haciendo especial hincapié en sus palabras:

—Hell, you right! ¿And not mejor para ella? ¡My wife muerta, not very rico, but more rico than you!

Removí las brasas mientras Mohamed negaba con la cabeza, coincidiendo con las ideas de futuro del inglés.

—Woman need seguridad, a rich hombre. ¡I know lots of personas in Lisbon, important personas! ¡I’m a friend of the ambassador, a friend of don João da Bemposta!

Casi de rodillas, Hugh Gold se acercó a mí bajando la voz y añadió en tono confidencial:

—Santamaria, I can make her indulto… My friend, the ambassador, is amigo de Sebastião José, the new boss. It’s fácil she indultada…

La afirmación era verdadera: el inglés podría obtener el perdón real para Margarida con mucha más facilidad que yo.

—Think, Santamaria.

Gold se puso definitivamente de rodillas, abrió los brazos y concluyó:

—¡When she despierte, I say you went, you are pirata! Piratas never care what mujeres dicen… ¡There is no amor for piratas!

El inglés seguía arrodillado, con los brazos abiertos como si fuera un fiel rezando, cuando de pronto oímos un ruido procedente de las ruinas. Margarida nos escuchaba junto a la puerta. El inglés bajó la mirada al instante, avergonzado, y aún tardó menos en sentarse de nuevo. Ella se lo quedó mirando unos instantes antes de intervenir.

—¿Te he oído decir que quieres casarte conmigo, inglés?

Hugh Gold se levantó, sorprendido. No esperaba que Margarida hubiese escuchado la conversación. Perplejo, volvió a abrir los brazos:

—Well, it’s una manera de hablar.

La joven enarcó las cejas con sarcasmo y siguió interrogándolo:

—¿Una manera de hablar? No lo entiendo, ¿quieres o no quieres?

El inglés bajó los brazos y Margarida se encogió de hombros, nerviosa:

—Justo lo que pensaba. En realidad, lo que quieres es ganarle la batalla a Santamaria. Quieres ser mejor que él y obligarlo a que me abandone. Eso es lo importante para ti —dijo muy seria—. Esa es tu naturaleza, ¿verdad? Lo que te gusta es ser más machote que los demás. Más macho que el marido de la marquesa, más macho que el novio de la criada, más macho que el señor Locke, más macho que Santamaria. Nosotras, las mujeres, no somos importantes, solo somos el objeto de tu lucha. Tu batalla es contra los hombres, eso es lo que te gusta. —Margarida forzó una mueca—: ¿Acaso te crees que me casaría con un hombre que traiciona a su esposa conmigo y con otras muchas mujeres?

Furiosa, dio media vuelta y se adentró de nuevo en las ruinas. El capitán Gold no dijo ni mu. Por su parte, Mohamed esbozó una risita que se asemejaba vagamente a una carcajada y comentó:

—Esa chica es fuego…

Y entonces oímos a Margarida gritar con desesperación. Me levanté de un salto, y cuando miré enfrente me quedé paralizado. Varios bandidos armados nos acababan de rodear. La luz de la hoguera me permitió reconocer la cara de uno de ellos: era uno de los españoles de la banda de Perro Negro. Eché a correr hacia las ruinas, y por el rabillo del ojo vi que el inglés, situado casualmente en el lado opuesto de los malhechores, también salía corriendo a toda velocidad.