Cuando Lisboa tembló
Capítulo 3
3
El capitán Hugh Gold, como era inglés y protestante, se mostraba por naturaleza bastante sarcástico con respecto a lo que llamaba la «santurronería tonta y acéfala» de los portugueses. Por diversas razones lo escuché, cáustico y cínico, criticar su sumisión a los ídolos religiosos y a los curas. Con todo, a pesar de que en aquellas afirmaciones subyaciera un fondo de verdad, para la ciudad de Lisboa y para muchos de sus habitantes —entre los que se contaba la mujer de Gold—, por desgracia el gran terremoto sobrevino un día de fiesta religiosa y, lo que es peor aún, a la hora de misa. Era sábado, festivo, el día de Todos los Santos, y cuando la tierra tembló eran las nueve y media de la mañana y miles de portugueses rezaban en las iglesias. Muchos hallaron la muerte dentro. Puede que para los creyentes, morir cerca de Dios fuera incluso bonito; para mí, sin embargo, no fue más que irónico y triste.
También hubo gente que sobrevivió, como es el caso del niño. Voy a llamarlo así a lo largo de esta historia, pues solo me enteré de su nombre prácticamente al final de aquellos días, y por eso, siempre que hablábamos con él, yo mismo o alguna otra persona de nuestro extraño grupo —el inglés, la hermana Margarida, mi compañero árabe, la esclava— lo llamábamos simplemente «el niño». «¡Eh, niño! ¿Adónde vas? ¡Eh, niño, qué terco eres! ¿Dónde está el niño, ya se ha ido otra vez?».
Su presencia nunca dejó de parecerme rara. No sé explicar por qué, pero había algo en él que no solo me provocaba curiosidad, sino también aprensión. Además, en su comportamiento hacia mí siempre hubo una hostilidad que nunca desapareció del todo. Era antipático, siempre se mostraba descortés y arisco cuando me dirigía a él.
Por eso, lo que pasó con aquel chiquillo en la iglesia de San Vicente de Fora el día que la tierra tembló no me lo contó él, que raramente me dirigía la palabra. Fue la hermana Margarida quien me contó la historia de su sufrimiento. Gracias a su relato fui consciente de la tragedia que había vivido, y a partir de ese momento lo comprendí mejor y entendí su obstinación por encontrar a su hermana.
Aquella mañana antes del terremoto, el niño se ausentó de la iglesia de San Vicente de Fora pensando en su hermana gemela. Estaba preocupado, pues ni ella ni su padrastro habían llegado a misa todavía y ya había pasado casi una hora desde que él había salido de casa con su madre. Quizá estuviesen de camino y ya cerca de la catedral o bien habían ido por la cuesta al castillo de San Jorge, y se cruzaría con ellos en la bajada. O a lo mejor aún no habían salido de casa… Al niño no le gustaba dejar a su hermana a solas con su padrastro. Tenía doce años y ya era una jovencita con señales de mujer, y él había visto cómo el padrastro se la comía con los ojos.
Atrás quedaba la iglesia repleta de gente, de comerciantes con sus familias, que aprovechaban para ponerse al día con las conversaciones. Podía oír las risitas de las mujeres y a los niños jugando al pillapilla mientras los hombres fumaban, examinándose unos a otros la vestimenta. Todos se habían acicalado con esmero, presumidos, pues se trataba de un día de asueto en el reino, un día de fiesta.
Había pasado ya media hora antes de que la misa empezara y su hermana y su padrastro no aparecían. El niño sabía que el hombre estaba cansado, pues la víspera, viernes, habían ido juntos a Belas en una calesa, y mientras que el chiquillo durmió de vuelta a Lisboa, el padrastro no pegó ojo. De ahí que se quedara un rato más en el catre mientras la madre se arreglaba para ir a misa.
Su hermana gemela se alarmó cuando su madre le ordenó que se quedara y esperara al padrastro. El niño la tranquilizó. Le sugirió que, si el hombre se ponía desagradable, saliese a la calle y echase a correr hacia la iglesia. Gordo como era, nunca podría atraparla. Ambos se rieron y el niño añadió que, además, el perro se quedaría con ella, el perro negro que solo atendía las órdenes de los gemelos, pues habían sido ellos quienes lo encontraron de noche en la ciudad y quienes lo alimentaban.
Sin embargo, al salir a la calle con su madre, el niño no vio al perro. Todas las mañanas solía esperar la comida matutina, sereno y tranquilo, tendido en el umbral de la puerta. Aquella mañana no estaba, algo que al niño le causó otro mal presentimiento. Ya era el tercero. La víspera, en Belas, de una fuente brotó agua con azufre al caer la tarde como si la tierra vomitara su última comida. Después, de madrugada, no se oyó ladrar a los perros callejeros de la ciudad. Era como si todos se hubiesen puesto de acuerdo con la idea de permanecer mudos simultáneamente. Lo cual resultaba inusitado, pues los perros de Lisboa eran muchos y se pasaban las noches ladrando, recorriendo las calles en busca de restos de comida.
Cuando no vio al perro a la salida de casa, fiel a esa tendencia natural que tiene toda la gente a pensar solo en el mundo que le rodea, el niño temió que algo malo pudiese sucederle a alguien de su familia ese día, y la hermana era su principal preocupación… Así que, media hora después de haber entrado en la iglesia, el niño se acercó a su madre para anunciarle que regresaba a casa.
—Ahora no te vayas, la misa está a punto de empezar… —respondió su madre, ordenándole que se sentase en uno de los bancos corridos de la iglesia —. Siéntate aquí en silencio, que enseguida estaré contigo. Y guarda dos sitios más.
—No, mamá —dijo el niño—. Voy a volver a casa.
La madre lo miró, ligeramente incómoda. Era un muchacho terco y obstinado cuando algo se le metía en la cabeza. Suspiró:
—Ven aquí, hijo mío.
Él se acercó a ella.
—¿Vas a dejar a tu madre sola?
El muchacho miró a su alrededor y respondió:
—Aquí nadie te hará daño.
La madre volvió a suspirar y le dijo en voz baja:
—Prefieres a tu hermana antes que a tu madre…
Pero el niño la interrumpió:
—Sabes perfectamente que no debería haberse quedado a solas con ese mamarracho.
La madre le lanzó una mirada severa, pero bajó la voz aún más:
—Mira que es pecado levantar falsos testimonios. ¡Mi marido no es de esos!
—Entonces ¿por qué tardan tanto?
La madre se justificó:
—¿No ves que hay mucho movimiento? Es día de fiesta, hay mucha gente en las calles. Están viniendo despacito…
A su hijo no le convencieron aquellos argumentos y empezó a alejarse. La madre le preguntó:
—¿Te vas y no me das ni siquiera un beso?
Él no pareció escucharla y salió de la iglesia abriéndose paso entre la multitud que quería entrar a misa. No había dado más de veinte pasos cuando se oyó un estruendo tremendo, como una especie de trueno, y la gente, asustada, dejó en el aire las conversaciones. A continuación, la tierra empezó a temblar bajo sus pies, creando una trepidación aterradora, y se oyó otro ruido escalofriante, como si algo descomunal se rompiese.
La gente gritaba desesperada, como si los gritos bastaran para poner fin a lo que estaba sucediendo. Con todo, poco después el griterío dejó de oírse, pues el estruendo de la tierra temblando era tan intenso que no se podía percibir nada más. El niño veía los edificios balancearse como si fuesen cañas al viento, de aquí para allá, y algunos empezaron a resquebrajarse.
Fue entonces cuando volvió la vista atrás, hacia la iglesia de San Vicente de Fora, y su corazón se llenó de pánico al ver el techo del edificio derrumbarse en el interior del templo, encima de su madre. Un grito surgió de sus pulmones e intentó correr, pero la tierra no lo dejaba, no podía mantener el equilibrio, tropezó y cayó. Volvió a oír gritos de pavor procedentes de la plaza, de las calles, de las ventanas y también de la puerta de la iglesia, donde se apiñaban los fieles unos contra otros, como si no fuesen personas sino una masa de gente aplastada. Después, las puertas de la iglesia se soltaron de las enormes bisagras y se abatieron sobre los infelices que allí estaban, y vio sangre, gente desgarrada, sin miembros, personas muriendo en un segundo.
El polvo hizo su aparición y casi lo ciega, y oyó más estruendos y se volvió hacia el punto de donde provenía el ruido y vio más edificios desmoronándose encima de la gente, que corría despavorida sin saber adónde ir. El niño hizo un esfuerzo para decidir cuál sería su siguiente paso. Volver a entrar por la puerta principal era imposible, no había más que muertos y escombros y aflicción humana, no podría entrar por allí; entonces se acordó de las puertas laterales y echó un vistazo, pero había demasiado polvo y no podía distinguir si el camino estaba despejado.
Aun así, echó a correr, ahora que el suelo había dejado de temblar. Rodeó la iglesia por la izquierda, saltando por encima de los infelices que gritaban «misericordia», intentando no pisar los cuerpos que yacían en el suelo. Vio a un niño con la cabeza hecha trizas y a su lado una mujer, quizá la madre, ya sin cara, solo un amasijo rojo y sucio. Vio a hombres desesperados como él que querían entrar en la iglesia, quizá en busca de sus esposas y sus hijos, topándose con los que querían salir, y todos luchando entre sí, alucinados.
Un individuo, cubierto de polvo y con sangre en la cabeza, dio unos pasos en dirección al niño, sujetándose la pierna y bramando de dolor; de repente la pierna cedió y le brotó un chorro de sangre, y el hombre perdió el conocimiento abalanzándose sobre el muchacho, que no pudo soportar el peso y también cayó.
El niño no se lastimó, pero aquel cuerpo sobre su espalda le impedía moverse. En ese momento la tierra volvió a temblar. El suelo donde el niño estaba tendido se agitó con una violencia renovada, el estrépito creció de nuevo, como si todo alrededor estallase otra vez y la tierra se abriese. Fue entonces cuando vio lo que pasaba en la plaza, en el mismo lugar donde había estado él hacía unos minutos. Una enorme grieta se acababa de abrir en el suelo y la gente se colaba por ella desde los bordes, braceando en vano, como pequeñas cucarachas escurriéndose por una pared grasienta.
Después, la iglesia se vino abajo. ¡El niño no podía creer lo que veía! ¡La iglesia de San Vicente de Fora, la iglesia donde estaba su madre se desmoronaba! El techo, las paredes, la nave central, la estructura del edificio, todo se derrumbaba estruendosamente formando un vendaval de polvo y piedras, sepultando a quienes estaban dentro. El niño cerró los ojos y gritó mientras la tierra seguía temblando, y entonces dejó de oír, de pensar y de sentir. Solo apretó los dientes y le pidió a Dios que acabase deprisa con aquello.
Se hizo un extraño silencio, un momento de reposo tras esos espasmos de las entrañas de la tierra. El niño abrió los ojos y todo era oscuridad, una tenebrosa nube de polvo lo envolvía todo. Por suerte, no estaba herido. Los cascotes escupidos en su dirección habían alcanzado al hombre con la pierna herida y ahora parecía muerto. Intentó liberarse de él y lo consiguió. Se levantó, le dolían las piernas pero no tenía sangre, y el dolor no era tan intenso como para hacerle pensar que se había partido un hueso. Se pasó la mano por las piernas y los pies para confirmarlo. Después, miró hacia el portal lateral de la iglesia y se sintió afortunado. No había nadie de pie, todos yacían aplastados por las piedras o las paredes que les habían caído encima. Se alzó un coro de gemidos, de sufrimientos, de moribundos, de almas que padecían el horror de aquella violencia bruta con la que la tierra los obsequiaba.
El niño se acordó de su madre y echó a andar hacia el lugar donde antes estaba la iglesia de San Vicente de Fora. Estuvo buscando a la mujer durante un buen rato entre los escombros. Al fin la encontró, cubierta de polvo y de piedras. Aún estaba viva. El niño se acercó a ella retirando los cascotes mientras la llamaba:
—¡Mamá, mamá!
Al principio no lo oyó, ni reaccionó, pero al cabo de unos minutos empezó a gemir. Estaba sufriendo mucho, y el niño se dio cuenta de que no podía hablar.
—Mamá, soy yo… —le dijo.
Con la mano le tocó la cara, que estaba fría. La madre esbozó una sonrisa. Lo reconoció.
—Mamá —le dijo—, me voy a quedar aquí hasta que vengan a ayudarnos. No te voy a dejar sola…
Le dio la mano, pero su madre no dijo nada y el niño sintió que su corazón se llenaba de culpa. La había dejado sola unos minutos antes y en ese momento se arrepentía. Le había dicho que allí nadie le haría daño, y ahora ella se estaba muriendo, agonizando. Empezó a implorar:
—Perdona, mamá, perdona… No te mueras…
Pero, según me contó la hermana Margarida suspirando con tristeza, hasta un muchacho de doce años sabe reconocer la muerte cuando la tiene delante. La mano de su madre fue perdiendo fuerza, la sonrisa se le borró de los labios y la mirada se le perdió en el vacío. El niño imploró de nuevo, pero no pudo hacer nada por ella. Allí permaneció unos minutos junto a su madre, a quien le había negado un último beso en vida, y después rezó por su alma. La besó en la cara y le hizo la señal de la cruz en la frente, y cuando la determinación empezó a regresar de nuevo a su alma, se incorporó y fue en busca de su hermana gemela.