Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 31 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 30

30

 

Según me contó la hermana Margarida —lo mejor será llamarla solo Margarida, pues es evidente que ya no era ni quería ser monja—, el niño también había pasado por un mal trance. Después de encontrarse con monseñor Sampaio y de que este le confesara que no podía ayudarlo, el niño volvió al solar en el que antes se levantaba su casa, pero como no había luz, también decidió ir al Rossio a descansar. Se llevó al perro y dormitó unas horas en una pequeña casucha entre desconocidos. Cuando amaneció, tenía hambre y sed, y siguió a sus compañeros noctámbulos hasta la plaza. Por desgracia, cuando llegaron, comprobaron que la comida ya se había acabado y que quedaba poca agua.

El niño sabía que había agua en la fuente a la que había ido varias veces el primer día, pero estaba lejos y, además, en aquellos momentos tenía más hambre que sed. Tenía un agujero en el estómago, que se le contraía emitiendo ruidos extraños. El chucho también estaba hambriento, pero allí no había nada para un perro.

El niño se quedó mirando el Hospital de Todos los Santos, transformado en un cadáver carbonizado. Una vez había ido allí con su madre y recordaba los pasillos y el patio, pero el edificio acababa de sufrir una trágica metamorfosis y ahora solo era una estructura humeante y negra. Un hombre, que también lo miraba, se lamentó:

—Han muerto más de seiscientos enfermos… Ninguno ha podido salir… Durante toda la noche se han oído sus gritos. ¡Que Dios nos asista!

También se santiguó. El chiquillo le preguntó:

—¿Dónde va esa gente?

La multitud empezaba a abandonar la plaza. El hombre dijo:

—No sé. Mucha gente se ha ido a Campo de Ourique y a Campo Grande. Dicen que hay miles de tiendas por allí.

—¿Y usted se va para allá? —le preguntó el niño.

—Quizá —dijo el hombre—. Hacia ahí abajo sí que no voy, está todo ardiendo.

En dirección al río se divisaban columnas de humo, un incendio gigantesco se había interpuesto entre el Rossio y el Terreiro do Paço. Entonces, el muchacho oyó el tintineo de una campana y buscó el origen de aquel sonido. Un grupo de frailes reclutaba almas para iniciar una procesión. Reunió a unos cuantos fieles que empezaron a rezar una avemaría en voz alta, y a continuación los frailes echaron a andar seguidos por los devotos.

El niño caminó por el centro de la plaza pidiendo un trozo de pan. El perro lo seguía de cerca. Sin embargo, la gente no tenía nada que ofrecerle, y cuando ya renunciaba a pedir, la procesión pasó otra vez por su lado. Había dado la vuelta a la plaza implorando misericordia y el niño pensó que se detendría allí, donde había empezado, pero los frailes siguieron caminando y los fieles detrás de ellos, reanudando una nueva vuelta a la plaza.

Entonces el jovencito, desanimado, decidió que aunque tuviera hambre lo mejor sería regresar a casa. Echó a andar en dirección a la iglesia de la Magdalena y, cuando dejaba atrás la plaza, oyó una voz que lo llamaba.

—¡Eh, niño!

Se volvió y vio a las dos monjas, a la más joven y a la más vieja, con dos hombres a los que también reconoció: los mismos a los que el bruto español odiaba.

—Buenos días —dijo la hermana Margarida—. ¿Todavía buscas a tu hermana?

El niño asintió. La monja joven le acarició la cabeza, pero la mayor no mostró señal alguna de afecto ni le dio los buenos días. Mohamed y yo nos quedamos mirándolo. De repente, el árabe le preguntó con una risotada nerviosa:

—¿Todavía tienes comida?

El niño respondió:

—No. He venido aquí a buscarla, pero tampoco hay. Y aunque la tuviera, a estos no les daría nada…

Las dos mujeres lo miraron, asombradas, y la hermana Margarida le preguntó:

—¿Conoces a estos hombres?

Mohamed y yo no dejábamos de mirarlo, yo con una sonrisa en los labios, lo cual irritó aún más al muchacho.

—Sí, los conozco. Este —y me señaló— se llama Santamaria. El otro, el árabe, se llama Mohamed. Son dos piratas que han aprovechado el terremoto para escapar de la prisión del Limoeiro. Ayer por la mañana se negaron a ayudarme y me robaron la comida. Son bandidos, no deberíais ir con ellos.

La hermana Alice sonrió, súbitamente animada. Pero Margarida dijo, sorprendida:

—No nos han hecho ningún daño…

Se volvió hacia mí y me preguntó:

—¿Es verdad lo que dice el niño?

¿Qué podía hacer yo? ¿Cómo iba a imaginarme que sucedería algo así? Entonces repliqué:

—¿Y no cuentas que te salvamos la vida?

El niño se enfurruñó, hostil y furioso:

—¡No me salvaste la vida!

Mohamed se acercó y exclamó:

—¡Mohamed se acuerda! ¡Tú a punto de morir colgado, Perro Negro quería matarte! ¡Nosotros te salvamos!

Confundida, Margarida se volvió hacia mí:

—¿De qué está hablando? —preguntó.

Le sonreí:

—De un prisionero español, un hombre enorme y malvado que huyó de la prisión del Limoeiro y que lo atacó. Cuando nosotros lo vimos, el español lo tenía agarrado del cuello, le dio una patada al perro y estaba punto de matar al chiquillo. Nosotros llamamos al español y entonces soltó al chaval y echó a correr detrás de nosotros…

Me acerqué al niño:

—¿No te acuerdas?

El niño me encaró, sin miedo:

—¡No me quería matar! Quería lo mismo que vosotros, robar comida. Iba a dársela…

Se volvió hacia Margarida y le preguntó:

—¿Por qué crees a estos hombres? ¡Son piratas, viven de robar a la gente!

La hermana Alice intervino por primera vez:

—Porque es tonta y solo piensa en hombres… Le he dicho lo mismo, esta gentuza no es de fiar. Son criminales.

Me tocaba sonreír a mí. Mohamed también soltó una risotada.

—¿Nosotros? ¿Y vosotras qué sois? Según tengo entendido, ayer por la mañana os escapasteis de allí.

Y señalé el convento de Santo Domingo y el Palacio de la Inquisición, de donde también emergía mucho humo negro a través de las grietas abiertas por el terremoto.

—Y allí —seguí diciendo— solo van a parar los prisioneros de la Inquisición con una sentencia ya en firme. Por tanto, o mucho me equivoco, o estas dos señoras son criminales mucho más peligrosas que nosotros y están condenadas a morir en la hoguera. —Sonreí de nuevo y concluí—: No es nuestro caso, nosotros éramos presos, pero no condenados a muerte.

Miré a la hermana Margarida y después a la hermana Alice, y dije:

—Sobre ti no lo sé, pero sobre tu vieja compañera casi estoy seguro del delito del que la acusan.

La vieja se quedó callada, más furiosa que avergonzada. Mohamed soltó una nueva risotada. Los ojos de Margarida saltaban de mí a la otra monja, y al fin dijo:

—Hermana Alice, nos han prometido que nos ayudarán a salir de la ciudad. Tienen un barco. ¿Por qué tanta discordia?

El niño alertó a Margarida buscando su complicidad y me señaló:

—No te creas sus promesas. Es un mentiroso y un timador.

A Margarida, aquella afirmación la desalentó. La hermana Alice, que advirtió sus dudas, aprovechó para afirmar:

—El niño tiene razón.

Curiosamente, al chaval, el apoyo inesperado de la hermana Alice, no le pareció algo inocente y previno a Margarida:

—Tampoco deberías fiarte de ella. ¿Has tenido problemas durante la noche?

Angustiada, la joven tragó saliva. Yo me reí y bromeé:

—Ya me he dado cuenta de que aquí tú eres el único que se percata de todo. —Señalé a la monja anciana—. Esa es una vieja promiscua que solo quiere manosear mujeres; yo, un mentiroso y un pirata, y ella —señalé a Margarida— es una pobre chica tonta, indefensa en nuestras garras.

Oportuno, Mohamed añadió:

—¡Y Mohamed da por culo a los hombres!

Solté una carcajada que contagió a Margarida, que también se rio. A continuación, llené de aire los pulmones, miré al muchacho y seguí diciendo:

—Y tú, tú eres el chaval más puro del mundo, ¿no?

Se quedó cortado. Con malicia, añadí:

—¿Y quién ha degollado a tu padrastro en el sótano, acaso he sido yo?

El niño avanzó envalentonado hacia mí y me replicó:

—Solo quiero encontrar a mi hermana. Lo que tú pienses no me importa, ni me importa lo que piensen ellas. No os necesito para nada. Seguid vuestro camino, que yo seguiré el mío.

Miró una vez más a Margarida, después dio media vuelta y echó a andar hacia su casa. Los cuatro nos quedamos mirando cómo el perro lo seguía, fiel. Recuerdo haber admirado su determinación, su persistencia, su voluntad por encontrar a su hermana, y no entendía el porqué de tamaña hostilidad hacia mí.

La hermana Alice fue la primera en romper el silencio:

—Podríamos comernos al perro…

Divertido, el árabe aprobó la idea:

—¡A Mohamed le gusta la carne de perro!

Vi la cara de repugnancia de Margarida y dije, aprovechando la oportunidad para que aumentara su consideración hacia mí:

—¡El perro no! No estamos tan desesperados.

Margarida, cuando vio que yo la comprendía, me miró y apeló a mi buen corazón:

—Podríamos ayudar al niño, está solo, buscando a su hermana.

Mohamed y la vieja monja desaprobaron la propuesta con interjecciones. Por mi parte, recordé nuestra situación:

—Nos espera un barco. O nos vamos hoy, o nos quedaremos aquí muchos días más. Los soldados nos buscan a nosotros, y los guardias de la Inquisición a vosotras.

Me acerqué a Margarida y le acaricié la cara.

—Tienes buen corazón y eso en una mujer me gusta, pero, desgraciadamente, no hay tiempo para ayudar al niño.

Margarida bajó la mirada, desilusionada, y dijo:

—Me decepcionas.

La deseé nuevamente. Entonces me fijé en que tenía unas marcas rojas en el cuello, pequeñas heridas, como surcos en la piel.

—¿Quién te ha hecho eso? —le pregunté, recorriéndole las heridas con los dedos.

Posesiva y furiosa, la vieja se interpuso inmediatamente entre Margarida y yo.

—¡Ya te he dicho que no la toques!

La joven no levantaba la vista del suelo, no pronunciaba palabra, pero sentí que una triste emoción recorría su alma. Le puse los dedos en la barbilla y le levanté la cara, miré profundamente sus ojos verdes y le dije:

—Vámonos al río. Si encontramos comida, le daremos una parte al niño. Es todo cuanto puedo hacer por él.

Mohamed añadió, chasqueando la lengua:

—Mohamed puede hacerle algo más…

Margarida se estremeció ligeramente, alarmada por el significado perverso de las palabras de mi amigo. Y yo le lancé una mirada reprobatoria.

—¡Cállate, árabe idiota!