Cuando Lisboa tembló
Capítulo 32
32
Aquella mañana Lisboa parecía una manta de fuego y humo flotando sobre un bausero. Hacia dondequiera que mirásemos, solo veíamos edificios transformados en matorrales ardientes, remolinos negros y humeantes ascendiendo al cielo, chispas y centellas volando como luciérnagas diabólicas. Y después estaba aquel hedor tan horrible, una mezcla de carne humana, madera y tierra quemada, una pestilencia nauseabunda que se colaba por la nariz y la garganta y nos obligaba a escupir, toser y vomitar.
Donde no había incendios, había cadáveres: aparecían cuerpos reventados en cada hondonada, en cada montículo de escombros, como si nos quisiesen dar un susto, marionetas macabras de una ópera grotesca, con las manos abiertas al aire a la espera de agarrar algo que ya nunca lograrían asir, cabezas cortadas junto a macetas y zapatos viejos, torsos cuyo sexo ya no se distinguía, tal era la mutilación sufrida.
Caminábamos lentamente, esquivando las vigas puntiagudas y las piedras sueltas, intentando mantener el equilibrio por aquella alfombra de ruinas. Mohamed, las dos monjas y yo parecíamos más bien una extraña compañía de peritos inspeccionando la degradación, como si elaborásemos un minucioso inventario.
Íbamos camino de la Casa dos Bicos, donde esperábamos encontrar el barco del noble para poder embarcar, pero Margarida no paraba de acordarse de que yo le había prometido buscar comida para el niño. Y Mohamed también estaba hambriento. Mi amigo árabe hacía un alto en cuanto advertía señales de cocina, ollas y cubiertos, cubos o platos, y rastreaba el suelo unos segundos.
En un momento dado, tuvimos que rodear un grupo de casas que ardía a nuestra izquierda y nos dimos de bruces con lo que quedaba de una iglesia. Parecía un pastel que alguien hubiera lanzado al suelo, estaba completamente destruida, con las dos campanas arriba, intactas. Mohamed trepó hasta las campanas y me gritó:
—¡Son de bronce, valen dinero!
Margarida me tocó el brazo:
—¿Vais a robar las campanas de la iglesia?
La hermana Alice, unos metros por detrás, soltó una risotada:
—¡Pues claro! Son piratas, eso es lo que hacen.
La joven me puso la mano en la cara y dijo:
—Santamaria, por favor…
Le sonreí:
—Me gusta oírte decir mi nombre.
Margarida miró al árabe, que intentaba levantar una campana.
—Dile a tu amigo que se esté quieto, por favor.
Acerqué mi frente a la suya, sentí que se le aceleraba la respiración y le dije, en voz baja, para que solo me oyera ella:
—¿La Inquisición te ha condenado a muerte y te preocupas por una campana?
La hermosa joven se separó un poco, se apartó el flequillo de los ojos con la mano y respondió:
—Es diferente… Esto… —señaló a Mohamed—. ¡Esto es robar!
Solté una pequeña carcajada:
—¿Esto? Y si fuese comida para el chico, ¿ya no sería robar? ¿Es que no te das cuenta de que la ciudad está destruida, de que no hay nada de nadie? ¿Cómo piensas conseguir dinero para embarcar? ¡No tenemos con qué pagar!
Ahora le tocaba a Margarida acercar su cara a la mía.
—La campana de una iglesia no es dinero —dijo.
Me mantuve junto a ella, sintiendo su olor, que me embriagaba:
—Tienes razón, no nos servirá de nada.
Le grité a mi amigo:
—¡Mohamed, olvídate de las campanas! No vamos a poder intercambiarlas por nada. Y además, ¿quién cargará con esos armatostes de bronce? Con lo enclenque que tú eres…
Irritado, el árabe le dio una patada a la campana y bajó por el montón de escombros hasta llegar a nuestro lado. Añadí:
—Si fuese un cáliz, todavía… ¿No has visto nada más de valor?
A la joven le sorprendió mi pregunta y, mientras Mohamed me confirmaba que no, la monja anciana extrajo una conclusión evidente:
—Ya te lo había dicho yo…
Me encaré con ella:
—Lo mejor es que cierres esa boca, vieja lechuza. Hablarle mal de mí a esta joven no te servirá de nada. Mientras yo esté aquí, ella no volverá a ser tuya.
La hermana Alice me lanzó una mirada incendiaria. De repente, se agachó, cogió una piedra con la mano derecha y volvió a incorporarse a toda velocidad. Echó la mano hacia atrás con la intención de arrojarme el pedrusco. Pero yo fui más listo, llegué hasta ella en dos saltos, le agarré la mano, se la sujeté con fuerza y ella se retorció.
—¡Ya sé lo que necesitas! —le murmuré al oído—. ¿Cuántos años hace que no te monta un hombre?
—¡Suéltame, puerco! —vociferó, intentando zafarse.
Le apreté la muñeca y la obligué a soltar la piedra. Después, la forcé a mirarme y le dije:
—Si vuelves a atacarme, te cuelgo en el primer poste que encuentre. ¿Me has oído?
Sabía perfectamente que no tenía ninguna fuerza para enfrentarse a mí y se rindió:
—Sí, pero la chica…
La interrumpí:
—Esa chica guapa hará lo que ella quiera. No seremos ni tú ni yo quienes la obliguemos a hacer lo que no quiera, ¿lo entiendes? Ella decide.
Bajó la mirada, desanimada.
—Entonces ¿qué vas a hacer? ¿Sigues con nosotros o te quedas por aquí? —le pregunté.
Con la vista clavada en el suelo, murmuró:
—Voy con vosotros.
La solté e intercambié unas rápidas miradas con Mohamed. A partir de ese momento, él iría delante, seguido de la vieja monja, y Margarida y yo cerraríamos la comitiva. Así no me podría tirar una piedra por la espalda, como sin duda deseaba.
Caminamos unos trescientos metros más y un nuevo incendio en otra calle nos empujó a ir hacia la derecha. Debido a los terremotos, en aquella zona las casas de ambos lados de las calles se habían vencido hacia delante, unas encima de otras, y como la distancia original entre ellas era muy corta, los destrozos habían creado extraños pasadizos bajo las ruinas caídas. Era peligroso atravesarlos, pero lo hicimos despacio, esquivando vigas y palos afilados.
Oí un silbido que imitaba a un cuco. El árabe se detuvo. Señaló un cobertizo que había a la izquierda:
—¡Mohamed huele comida!
Se introdujo por una rendija entre las maderas. Observé a la hermana Alice: parecía resignada. Margarida ni siquiera la miraba, y me preguntó:
—¿Sabrás encontrar la casa del niño?
Le dije que sí: subiendo hacia la catedral, estaba cerca.
—¿Me prometes que iremos allí?
—Si encontramos comida.
Oí un ruido procedente del cobertizo. La cabeza de Mohamed asomó.
—Nada —comentó desanimado.
Seguimos caminando y en cada casucha que encontrábamos Mohamed buscaba comida, pero no tuvimos suerte en horas. El árabe estaba convencido de que alguien había rapiñado las viviendas antes que nosotros.
—Hay grupos que roban, Mohamed está seguro. Hay hombres que matan gente…
Había visto varios cadáveres dentro de las casas.
—¿Con la garganta cortada? —pregunté.
—Sí. Por aquí —explicó el árabe llevándose el dedo a la garganta y trazando una raya horizontal.
Retomamos la marcha. Intrigada, Margarida me miró varias veces antes de preguntarme:
—¿Qué pasa?
—Nada.
No quería preocuparla, pero insistió:
—¿Corremos peligro?
Le sonreí:
—Tiene gracia. Dos condenadas a muerte por la Inquisición, dos piratas perseguidos por los soldados, una ciudad destruida por un terremoto, fuego a nuestro alrededor, bandidos saqueando las casas, ¿y tú me preguntas si corremos peligro?
Margarida se mordió el labio:
—¿Quién está robando en las casas?
Me encogí de hombros:
—No lo sé. Deben de haberlo hecho durante la noche. Mohamed dice que la sangre ya está seca.
—¿No tenemos armas?
Negué con la cabeza. El cuchillo que tenía lo había perdido por la mañana con la ola monumental.
—Ni siquiera un cuchillo de cocina —añadí.
De nuevo, oí el silbido del cuco. El árabe apareció corriendo, agitado.
—¡Escondernos, deprisa, escondernos!
Nos metimos los cuatro por entre las ruinas de un cobertizo. Al poco, escuchamos a unos hombres, sus pasos, sus bromas. Me pareció que hablaban en español, pero no pude confirmarlo. Pasaron por delante de nosotros hacia el Terreiro do Paço. Cuando volvió el silencio, Mohamed me tocó el hombro, entusiasmado.
—¡Mira, vamos a comer!
Acababa de descubrir unos recipientes de barro llenos de patatas y unas cacerolas con carne. Margarida preguntó:
—¿Por qué no vamos a ver al niño y nos lo comemos allí?
Mohamed y la monja anciana hicieron caso omiso de su sugerencia y se abalanzaron sobre la comida. Yo también. Margarida encontró un tarro más pequeño y guardó en él patatas y carne mientras los demás la observábamos. Después, se dirigió a la puerta y le pregunté:
—¿Adónde vas?
—Voy a ver al niño.
La hermana Alice le advirtió:
—No vamos a esperar a que vuelvas… Y ten cuidado con el fuego.
Margarida titubeó.
—Sería mejor que fuéramos todos juntos —le dije—. Espera que acabemos de comer.
La vieja comentó:
—No deberíamos perder el tiempo con eso.
De acuerdo con ella, Mohamed añadió:
—El barco no espera, Santamaria.
Seguí comiendo. A la joven le molestó mi pasividad y salió del cobertizo. Escuchamos sus pasos alejarse, pero enseguida la oímos gritar. Me levanté y corrí a la calle. A cinco metros, un barbudo había agarrado a Margarida y le había robado el pote de barro. La joven intentaba recuperarlo, pero el crápula era mucho más fuerte que ella. Cogí una viga de madera, corrí hacia él y le propiné un fuerte golpe en las rodillas. Soltó a Margarida y aulló de dolor. Se volvió hacia mí y vi que llevaba un cuchillo en la mano. Levanté la viga y le di en el brazo. El cuchillo cayó al suelo y él, al perder ventaja, reculó. Le grité que se alejara y así lo hizo. Dio unos pasos atrás y desapareció.
Recogí el cuchillo y tomé del brazo a la joven con ternura. Ella se zafó de mí, furiosa. Se agachó, recuperó el tarro y metió las patatas y la carne que habían salido rodando por el suelo. Mohamed y la hermana Alice presenciaban la escena desde la entrada del cobertizo. Les dije:
—Voy con ella a dejarle la comida al niño. Vosotros id a la Casa dos Bicos y esperadnos allí.
Unos cincuenta metros más adelante oí un ruido a nuestras espaldas. Mohamed y la vieja monja nos seguían, y esperamos a que nos alcanzaran. Caminamos en silencio los cuatro por entre aquella maraña de escombros. Un poco más tarde, el terreno empezó a subir: estábamos cerca de la casa del chico.
Cuando llegamos, me di cuenta de que uno de los incendios cercanos cambiaba de dirección debido al viento y que ya estaba consumiendo unas ruinas a poco más de un centenar de metros. La hermana Alice también vio las llamas y se dibujó una cínica sonrisa en sus labios. Llamamos al niño a gritos por la boca del túnel y el perro apareció de inmediato moviendo el rabo. El niño se asomó por la grieta. Subió sin demostrar alegría al vernos. Estaba cubierto de tierra, sucio y cansado, pero no había perdido la determinación. Le pregunté:
—¿Has oído algo?
No me respondió. Margarida le ofreció el tarro:
—Te he traído comida. Carne y patatas. Si no te lo comes todo ahora, te sobrará comida para la noche.
El niño le sonrió:
—Gracias.
Cogió el tarro con ambas manos. Miró lo que había dentro y comentó:
—Somos dos.
Le dio un poco de comida al perro, que se la tragó en un santiamén. La joven le preguntó:
—¿En qué te puedo ayudar?
La hermana Alice no dejó responder al niño y afirmó:
—No te creas que te vas a quedar aquí. Tenemos que irnos… el barco está esperándonos.
Mohamed farfulló:
—El barco se va… El barco parte, Santamaria.
Margarida me miró, suplicante:
—¿No podemos ayudarlo unas horas?
El niño se sentó y le dio un poco más de carne al perro y después mordió una patata. Habló con la boca llena mientras me miraba:
—No quiero tu ayuda. No eres de fiar…
Su comentario me irritó y le repliqué:
—No me interesa lo que pienses de mí.
—Entonces, ¡fuera de mi vista! —exclamó el niño—. No me gusta el estiércol a mi lado mientras estoy comiendo.
Mohamed silbó y comentó:
—El mocoso debería tener cuidado, Santamaria mata rápido…
El niño soltó una carcajada:
—Claro. Matar niños es fácil. Los cobardes siempre consiguen matar a los más débiles.
No respondí a la provocación y me volví para observar el incendio. En una o dos horas estaría quemando los escombros de la casa del muchacho. Se lo advertí:
—Ese fuego llegará antes de que anochezca. No te quedes dentro del túnel cuando el humo se acerque, puedes morir asfixiado ahí abajo.
El niño se encogió de hombros y le guiñó un ojo a Margarida:
—No está preocupado por mí, solo lo dice para que tú lo oigas y así complacerte.
La joven miraba el incendio, asustada. La monja anciana percibió su miedo y dijo:
—Tenemos que irnos, si nos quedamos aquí nos atraparán las llamas…
Margarida se mordió los labios, miró al niño y dijo:
—No puedo quedarme. Tengo miedo… Y tú, ¿no tienes miedo?
El niño se metió otro trozo de carne en la boca, lo masticó y después de tragárselo dijo:
—Solo tengo miedo de no encontrar viva a mi hermana.
Mohamed y la hermana Alice se alejaron. Vi que a Margarida le brotaban lágrimas.
—Vamos —le dije.
Le di la espalda al niño, Margarida lo abrazó y me siguió en silencio. Me detuve de pronto y le dije:
—No soy un hombre bueno. Tengo que huir de Lisboa. Y tú también. No puedo hacer nada por el niño, ni tú tampoco.
La joven permaneció callada, negándose a mirarme. Añadí:
—Su hermana, a estas horas estará muerta. Y si no lo está, no pasará de hoy, aquello arderá completamente. No podrá salvarla.
Margarida se estremeció al escucharme mencionar el incendio y comentó en voz baja, sin mirarme:
—En esta ciudad no hay gente buena. Ni tú, ni yo, ni nadie. Excepto el niño.