Cuando Lisboa tembló
Capítulo 39
39
Fue más tarde cuando me enteré de lo que pasó entre Margarida y el inglés. Aun así, la verdad nunca quedó del todo aclarada, y en mi alma siempre quedaron manchas de duda. La desconfianza, siempre la desconfianza… Cuando nos enamoramos de alguien, en nuestro interior nace de inmediato el terror a la traición, a la infidelidad o el miedo al abandono o a la sustitución. Otra persona puede ocupar nuestro lugar en nuestra ausencia, y después solo nos queda sufrir, sentir cómo los celos empañan nuestra imaginación enferma y atacan nuestro cerebro con visiones de lo que pudo, o no pudo, haber sucedido en realidad.
El episodio relatado anteriormente me fue referido en parte por el propio inglés y en parte por el niño, la única vez que se dignó dirigirme la palabra durante aquellos días. Margarida se mantuvo fiel a su versión: nunca en el pasado se había acostado con el inglés en el convento de Alcântara; solo intentó seducir al carcelero para conseguir una cuerda, pero no llegó a practicar el acto sexual con él; y siempre se resistió a las embestidas de la hermana Alice, que intentó toquetear su cuerpo la noche que las encontré.
Finalmente, Margarida reconoció que la noche que se acostó con el inglés todo era distinto. Creía que yo había muerto por las balas de Perro Negro y se sentía infeliz y triste y con el corazón destrozado. Pero, aun así, me contó muy poco acerca de este episodio, nunca me reveló toda la verdad.
De alguna manera, la noche que pasó con el inglés es la única mentira que puedo aceptar. Estaban realmente convencidos de que yo había muerto. Y no es de extrañar, pues hasta yo mismo al principio pensé que lo estaba. La bala del fusil de Perro Negro me alcanzó en la cabeza, pero solo me rozó. Me causó un dolor muy intenso, un desmayo y una abrupta caída entre las grietas. Me desplomé y me hundí varios metros, desamparado, golpeándome contra los maderos y las piedras, y mi cuerpo, inerte, rodó y rodó sin control por aquel abismo. Después Perro Negro disparó su pistola desde arriba, con la intención de rematarme, y aunque estuvo muy cerca, por fortuna no lo logró. Cuando, horas más tarde, intenté moverme en aquel agujero, a mi lado había maderas agujereadas por las balas, a pocos centímetros del lugar en que mi cabeza y mi torso reposaban.
No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Solo sé que recuperé el sentido bien entrada la noche. Solo recordaba vagamente lo que había pasado. Estaba molido, las piernas, los brazos y la espalda me dolían terriblemente y era como si un martillo me golpeara la cabeza. Me resultaba extremadamente difícil moverme, el mínimo gesto no hacía sino aumentar mi dolor, y estaba atrapado entre piedras y palos, lo cual imposibilitaba cualquier desplazamiento. Además tenía la cara y la cabeza ensangrentadas, y el pelo empapado en una sustancia que creí que era parte de mi cerebro. Volví a desvanecerme.
Unas voces me despertaron. Un anciano negro, encogido sobre sí mismo en aquella improvisada gruta de escombros, me estaba aplicando unos paños en la cabeza. Intenté hablar pero no pude, y me desmayé de nuevo, exhausto. Volví en mí no sé cuánto tiempo después y el hombre seguía allí, intentando que bebiera el líquido en una taza. Di unos sorbos a aquel brebaje que sabía mal: era una infusión a base de té y alcohol, olía a eucalipto y a absenta, y me abrasó la boca, haciéndome toser varias veces.
—¿Quién eres tú? —le pregunté al hombre.
Sonrió y me dijo con voz profunda y serena:
—Abraão. Tu amiga, y amiga mía también, me ha traído aquí para salvarte.
A su lado vi a Ester, sus dientes blancos refulgían en la oscuridad.
—Hay que sacarlo de aquí —dijo ella.
—Nuestros hermanos están a punto de llegar —añadió Abraão.
Bebí más de aquella poción y poco a poco empecé a sentirme mejor. Oí unos ruidos por encima de mi cabeza y varios negros bajaron por la grieta. Abraão les dio instrucciones: que me auparan hasta el exterior del agujero y me colocaran en una camilla improvisada. Llegué a preguntarles adónde me llevaban, pero de nuevo me invadió un enorme sopor y me quedé dormido.
Cuando desperté, de noche aún, me hallaba entre cuatro paredes con Ester a mi lado. Le pregunté:
—¿Me estoy muriendo?
Ella sonrió y me dijo:
—No. Estás conmocionado a causa de los golpes, pero no te vas a ir al otro barrio, Santamaria. ¡Y con el brebaje que Abraão te ha obligado a meterte por el gaznate, en nada de tiempo estarás bueno!
De hecho, me sentía mucho mejor. Aunque me doliera todo el cuerpo, no tenía nada partido ni sangraba.
—¿Dónde estamos?
—En Mocambo —respondió Ester.
Era el nombre que los esclavos africanos daban al barrio de Madragoa, enclave en el que se habían concentrado durante los últimos siglos. Me quedé asombrado. Habían atravesado gran parte de la ciudad conmigo a cuestas, desde la zona del río, desde más allá del Terreiro do Paço, hasta allí, hasta Madragoa.
—Tengo que dar las gracias a los hombres que me cargaron en la camilla.
Ester sonrió:
—¡Válgame Dios! ¡Lo de allí abajo es un pandemonio! Todo el mundo se está matando… Los hombres que te han traído son prisioneros de la cárcel de los esclavos y han venido aquí huyendo de los soldados.
La prisión de los esclavos estaba en los límites orientales de la ciudad, mucho más allá de la Alfama, junto al río.
—Aquí estamos todos más seguros —siguió diciendo Ester.
Le pregunté cómo había logrado escapar y me contó que, tras luchar con un hombre, se metió por las grietas y se escabulló a rastras.
—¿Y Mohamed?
—No lo sé. Vi que mataba a un hombre con la navaja antes de huir.
No dije nada más, pero ella se anticipó:
—¡Y no me preguntes qué les ha sucedido a la blanquita y al inglés, porque no tengo ni idea! Puede que los hayan pillado aquellos canallas, y a lo mejor a estas alturas las cabezas de esos idiotas estén clavadas en unas estacas como las que vimos anoche. Y la blanquita no debe de haber tenido una muerte muy agradable. Esos salvajes no habrán dejado pasar la oportunidad de catarla. Todos…
Me negué a imaginarme la escena. En ese momento, Abraão entró en la habitación con una vela. Era un hombre muy anciano, casi calvo, con el rostro plagado de arrugas, pero que transmitía una serenidad contagiosa.
—Veo que estás mucho mejor, sallyman.
Sonreí. El viejo utilizó la expresión con la que los ingleses designaban a los piratas y a los corsarios.
—En tierra, poco valgo —repliqué.
Se sentó a mi lado y me puso la mano en la cabeza.
—Eso no es verdad. Te esperan nobles acciones, aunque difíciles.
Fruncí el ceño. Y él siguió hablando:
—Tienes un largo camino que recorrer, lleno de obstáculos. Tendrás que vencer el mal que hay en tu interior, superarlo. Y después tendrás que vencer el mal que hay fuera de ti, y matarlo. Al final, tu corazón te llevará a hacer el bien y serás feliz como nunca antes.
Me abstuve de comentar su profecía. Él añadió:
—Vivirás grandes alegrías, pero antes vivirás grandes dolores.
Sonreí, lleno de curiosidad:
—¿Y al final seguiré vivo?
Me miró muy serio.
—No hay nada que llegue a su fin, Santamaria, si es que ese es tu nombre. Ni el mal ni el bien tocarán a su fin. Siempre estarán ahí. Ahora necesitas dormir, pues te queda mucho por delante.
Abraão y Ester salieron del cuarto. Me sentía agotado y me quedé dormido. Cuando desperté al cabo de unas horas, seguía siendo de noche, pero me encontraba pletórico de energía. Oí música fuera, sonidos africanos, tambores. Las casas de los negros también estaban destruidas, pero al menos intentaban sobreponerse divirtiéndose. Me levanté de la cama, me puse los pantalones y la camisa, me calcé y salí de la habitación. Atravesé una pequeña sala y después una puerta que daba a la calle.
Al examinar el escenario que se abría ante mis ojos me sentí en África. No era por casualidad que sus habitantes llamasen Mocambo al barrio de Madragoa. Decenas de negros, hombres y mujeres, estaban sentados en el suelo en torno a varias hogueras, tocando el tambor y otros instrumentos de percusión, canturreando o emitiendo leves sonidos divertidos, mientras otros grupos bailaban en círculos más pequeños entre las hogueras, sacudiendo el cuerpo enérgicamente con movimientos sensuales. Parecían estar de celebración, sonreían y cantaban, primero echando la cabeza hacia atrás y mirando al cielo, y después echando la cabeza hacia delante y mirando al suelo. Los ritmos musicales eran rápidos, primitivos, cercanos al movimiento instintivo de sus cuerpos y al latido de sus corazones. El resultado era vibrante: los músculos transpiraban, los cuerpos se mezclaban imitando movimientos sexuales que excitaban tanto a los bailarines como a los espectadores.
Hombres y mujeres se abrazaban, cambiaban de pareja constantemente, se rozaban los unos con los otros, se tocaban con las manos simulando muecas de placer. Llegaban incluso a lamerse el pecho, la cara y las piernas, los hombres a las mujeres y las mujeres a los hombres. Los que estaban sentados fumaban pipas de agua y de otras sustancias, expulsando bocanadas de humo que impregnaban el ambiente de un olor dulzón.
Busqué a Abraão y a Ester, pero no los encontré. Me quedé allí, recostado en la puerta, mecido por el ritmo de los tambores. Al cabo de unos minutos empezaron a elegir: una mujer se acercaba a un hombre, bailarín o espectador, que sonreía y la abrazaba, y después desaparecían en la noche. A medida que la gente se iba emparejando, el número de personas en la fiesta disminuía, así como la intensidad de la música y la energía de la danza colectiva.
Ester apoyó una mano en mi brazo. En ese momento me di cuenta de lo menuda que era, ni siquiera me llegaba al hombro.
—No te he visto en el baile —le dije.
Ella se encogió de hombros:
—Yo ya he elegido a mi pareja, no necesito bailar.
Entendí el significado de aquella frase: estaba a mi disposición para una noche de amor conmigo. Sin embargo, por un instante dudé de mi fuerza física.
—No quiero desilusionarte, pero estoy molido.
Ester esbozó una sonrisa:
—Ya verás cómo la poción de Abraão hace milagros.
Era verdad, tal como pude comprobar a continuación. Me tomó de la mano y me llevó de nuevo al cuarto. Cerró la puerta y me desnudó. Empezó a besarme el cuerpo, se arrodilló y se esmeró en chuparme. Me excitó mucho. Durante las horas que siguieron, hasta que se hizo de día, fornicamos sin un momento de debilidad, gozando ambos de un intensísimo y repetido placer en un estado de vigor que me sorprendió, pues me creía más débil de lo que estaba. Es verdad que Ester, a pesar de su poca estatura, era un portento de la naturaleza: su cuerpo era ágil, ardiente y totalmente predispuesto a cualquier experiencia, gozaba sin recelos ni contención. Cuando se estremecía de placer, chillaba, aullaba, me tiraba del pelo, decía palabras malsonantes y me mordía con un frenesí contagioso. La poseí de varias maneras y ella me poseyó a mí, en un juego que parecía no tener principio ni fin y que nos dejó completamente saciados.
Cuando la luz del sol entraba por la ventana, Ester estaba sentada sobre mi vientre, con las rodillas dobladas hacia atrás, acariciándome la cara con las manos. Entonces me dijo:
—Olvídala, Santamaria. No vuelvas a la ciudad.
Cerré los ojos, su olor a hembra negra penetraba por mi nariz.
—Tengo que buscarlos, a ella y a mi amigo.
Ester empezó a moverse, sus pezones chocaban con el tabique de mi nariz y dijo esbozando una sonrisa:
—La blanquita no te hace lo que te hago yo, no te da lo que te doy yo.
«Es verdad, pero eso no lo es todo», pensé. Mi corazón clamaba por Margarida. Durante aquellas horas, mi recuerdo me jugó más de una mala pasada, y vi su cara, su cuerpo, como una sombra pasajera, un fantasma amoroso que habitaba en mi interior.
Ester, insistente, añadió con malicia:
—A ella le gusta el inglés, espero que te hayas percatado. Y esta noche se ha acostado con él.
Antes de acabar de decirlo, ya me había introducido un pezón en la boca y yo lo estaba lamiendo, pero me puse tenso de repente y paré.
—¿Qué te pasa, pirata? ¿No te gusta el sabor de mis pechos? —me preguntó.
Con los ojos cerrados, le pregunté a mi vez:
—¿Cómo sabes que ha dormido con el inglés?
La negra enderezó ligeramente la espalda, echó una mano hacia atrás y empezó a manosearme el pene. Volví a sentir deseos, y una renovada fuerza hizo crecer mi músculo, que se endureció. Estaba asombrado de mi propio furor, pero lo achaqué a la bebida que Abraão me había dado, probablemente a sabiendas, y puede que incluso por petición expresa de Ester.
—Abraão lo ve todo —explicó ella—. ¿Sabes que su espíritu sobrevuela la ciudad?
—Eso significa que están vivos —comenté.
No respondió. Siguió manoseándome el pene, y cuando sintió que ya estaba listo, se incorporó un poco e introdujo la cabeza de mi miembro en su ano, tanteándolo para que encajara mejor en su cuerpo. Empecé a entrar en ella. Ester contoneó las caderas para facilitar la penetración y empezó a moverse con suavidad, primero hacia arriba y después hacia abajo, a fin de que penetrara más hondo. Comprendí que luchaba por mí como ninguna otra mujer lo había hecho antes y se lo agradecí. Con todo, yo sabía que al final iría en busca de Margarida.
Ester aceleró el vaivén de su cuerpo, excitada. De pronto, se irguió un poco más y mi pene salió de ella. Pensé que iba a dar por terminado nuestro momento, pero entonces, ya fuera de mí, señaló el borde de la cama y el suelo, y me ordenó:
—Ponte de pie, aquí, fuera de la cama.
Me incorporé y la obedecí. Ella se volvió. Dobló las rodillas, apoyó las manos en el colchón, se puso a cuatro patas, empinó las nalgas y me dijo:
—Poséeme así.
De pronto, ante la visión su culo erguido, empezaron a desfilar extrañas imágenes por mi cerebro. Me invadió una sensación de malestar y se me nubló el espíritu. Sentí un dolor interno, como si me estuvieran rasgando por dentro, y fui incapaz de seguir. Cerré los ojos, no por no verla a ella, sino para intentar borrar de mi mente sórdidos recuerdos.
Ester esperó, y al ver que no la penetraba, me preguntó:
—¿Qué te pasa?
Me entraron escalofríos, tenía las manos húmedas y me sentí desfallecer, como si mi energía interior se hubiese desvanecido. Medio aturdido, me apoyé en la pared. Ester advirtió mi malestar y se volvió hacia mí, intrigada, con los ojos abiertos de par en par:
—¿Ya no tienes ganas?
Me limpié el sudor de la frente y suspiré. Mis piernas ya no me sostenían y me senté en el suelo, creyendo que me mareaba.
—No es eso —dije—. Me encuentro mal.
Ester se acercó, intrigada, y me preguntó:
—¿Te sientes mal o sentiste el mal?
Un poco más tranquilo, en cuanto hube recuperado el aliento, la miré. Ella me recordó unas palabras:
—Abraão dijo que el mal está dentro de ti.
Y entonces las malas visiones regresaron. Intenté cerrar los ojos para luchar contra ellas, pero no pude. Ester bajó de la cama y se arrodilló ante mí. Puso mi cara entre sus manos y me obligó a mirarla a los ojos.
—¡Expulsa el mal fuera de ti! —exclamó.
Así lo hice. Le conté lo que nunca le había contado a nadie, el terrible secreto de mi vida. Muchos años antes, mi navío fue abordado por piratas árabes y la tripulación fue diezmada en la batalla o finalmente asesinada. Como era un piloto hábil, solo yo salí vivo. Me llevaron a una ciudad africana y me encarcelaron. Durante el cautiverio enloquecí, privado de libertad y del mar, viviendo en un estercolero permanente, luchando por mi vida contra los demás prisioneros. Portugal me había abandonado: el rey decidió no pagar el rescate exigido para la devolución del navío, que se llamaba Santa Maria, de ahí que los árabes me llamaran así.
Dos años después, un hombre vino a visitarme a la celda. Era el comandante del navío que me capturó, el responsable de la muerte de mis compañeros. Me dijo que admiraba la forma ejemplar en que capitaneé mi barco, huyendo de los piratas durante tres días y tres noches, obligándolos a un esfuerzo extraordinario para hacerse con mi valiosa carga, oro procedente de Brasil.
—Eres un gran piloto y necesitamos hombres como tú.
Le pregunté qué quería y me dijo que, ya que el rey de Portugal me había olvidado, él podría convertirme en un pirata árabe. Me ofrecía el puesto de contramaestre y un porcentaje de las ganancias obtenidas en los saqueos.
—¿A cambio de qué? —le pregunté.
Sonrió con malicia y dijo:
—Eres un hombre guapo. Si te entregas a mí, te concederé la libertad.
Durante tres meses rechacé la propuesta. Con todo, mi convencimiento empezó a resquebrajarse. Sentía que si no salía de aquella prisión moriría o enloquecería para siempre. Finalmente accedí a su petición. Vino a visitarme a mi celda, muy sonriente, y aquella misma tarde impuso su voluntad. Me arrodillé en el suelo frío de la celda, me bajé los pantalones y él cayó sobre mí como un águila. Me penetró hasta el fondo provocándome un agudo dolor, y sentí una humillación y un asco como jamás lo había sentido en mi vida. Aquella noche sangré por el ano y estuve vomitando horas y horas.
Cumplió su promesa y al día siguiente por la mañana me liberó y me llevaron al navío. Me recibió, complacido, y me prometió que me trataría bien. Enseguida comprendí a qué se refería, pero no volví a ceder a sus caprichos. Nos hicimos a la mar al día siguiente y siempre me resistí durante las tres semanas que siguieron. Por suerte, tenía otra alternativa para satisfacer sus caprichos, un árabe pequeño, triste y afeminado llamado Mohamed, con quien entablé amistad. Yo sabía que estaba sufriendo en mi lugar, y cuánto odiaba la brutalidad con la que el otro lo trataba. Así fue como, a la primera oportunidad que tuve, en pleno océano Atlántico y con la complicidad de Mohamed, lancé su cuerpo al mar. Al día siguiente, nadie de entre la tripulación sabía qué hacer, y como yo era el segundo de a bordo y un avezado piloto, tomé el timón del navío.
Tal era mi pericia que no tardamos en apoderarnos de numerosos barcos extranjeros y de sus riquezas, y cuando volví a tierra cargado de oro, nadie quiso saber qué había pasado con el comandante. Mi carrera como pirata empezó ahí, pero ni siquiera la muerte de mi violador pudo liberar el dolor que había dentro de mí. Diez años de piratería en alta mar solo consiguieron soterrarlo profundamente, pero no destruirlo. Y ahora, tal como Abraão había profetizado, asomaba de nuevo para consumirme las entrañas.
—Por eso no puedo hacerlo —le dije a Ester.
Ella me miró, muy seria, y contestó:
—Al contrario. Por eso es por lo que tienes que conseguirlo. Solo así vencerás el mal, solo así serás más fuerte que él. Eso es lo que Abraão quiso decirte, tienes que superar el mal que cargas en tu alma.
Después de mi confesión, me serené. Ester me sonrió una vez más y dijo:
—No temas a la fuerza que tienes dentro.
Cerré los ojos y me quedé así unos minutos. La imagen de lo que sucedió en la mazmorra árabe, hace ya muchos años, desapareció, como disuelta, liberada por mis palabras. Abrí de nuevo los ojos y sentí que aquel momento me había transformado.
Ester me sonrió, le devolví la sonrisa y se sintió complacida. Volvió a besarme en la boca y en la cara, y se empleó a fondo en lamerme y chuparme el pene hasta que logró endurecerlo de nuevo. Levantó a cabeza y me sonrió:
—Un buen recuerdo puede matar otro malo. ¿Quieres volver a intentarlo?
Sonreí, se subió a la cama de un brinco y volvió a empinar el culo sensualmente para mí. Con suavidad, con la mente limpia, me arrimé a Ester, y ella me guio, primero despacio y después más rápido, hasta que una excitación animal se apoderó de ambos y exploté, una vez más, dentro de ella.
Permanecimos un rato el uno junto al otro mientras recuperábamos el aliento, y a continuación me levanté y me vestí. Admiré su cuerpo, menudo y desnudo, sus nalgas redondas y su espalda, en cuyo perfil se insinuaban los nudos de los huesos de su columna. Le pregunté:
—¿Sabes dónde están?
Ni siquiera levantó la cabeza, solo se limitó a responderme:
—En el Terreiro do Paço.
No le pregunté cómo lo sabía, me limité a despedirme:
—Adiós.
Sin moverse, de espaldas a mí, con la cara pegada al colchón, Ester me dijo:
—Nunca te olvidaré, Santamaria. Pero nunca más volveré a verte.
Yo aún no sabía que sus palabras eran ciertas, pero ella sí. En aquel momento me limité a salir de Mocambo tranquilamente, pasando entre los escombros y los esclavos que ya habían iniciado el nuevo día y que me miraban sin desconfianza, sin temor. Bajé hasta el Poço dos Negros, me acerqué al río y fui caminando por la orilla, pasando por San Pablo, por Remolares, por Corpo Santo, y la ciudad fue adquiriendo una nueva dimensión para mí. Cuando divisé la carbonizada Ribeira das Naus, comprobé que el Palacio de la Ribeira y el palacio de don José seguían ardiendo. Anduve un centenar de metros más y de pronto oí un estruendo enorme. El palacio se derrumbaba, como un moribundo que se desploma, agotado de tanto luchar, desmoronándose, el último perdedor de aquella lucha entre la ciudad y la naturaleza. Había resistido los temblores de tierra iniciales, la furia de las tres olas, el fuego incesante que lo corroyó por dentro, y al fin sucumbía, vencido, el símbolo final del colapso de aquella metrópolis de la que se decía: «Quien nunca ha visto Lisboa, nunca sabrá lo que es bueno».
Me sentía angustiado. Me arrodillé y lloré. Sollocé convulsivamente, con las lágrimas brotando de mis ojos sin cesar, y una tristeza infinita me invadió el corazón. No lloraba por mí, ni por mi imprevisible destino, ni por la mujer a la que amaba o creía amar, ni por mi amigo árabe, compañero de tantas luchas al que temía haber perdido. Lloraba por la ciudad, por el sufrimiento que aquel golpe del destino le había infligido, aniquilándola, mutilándola de una forma tan irreverente y fatal. Lloraba por la pérdida de la Lisboa que yo amaba, que fue mía, que me vio crecer, ser joven y lleno de vida, ser hombre, y que me vio partir al mar, ir y volver, y a la que muchos años después de salir por última vez regresé prisionero y humillado, quizá con el único propósito de asistir a su fin, de presenciar su trágica despedida de este mundo.
Las ciudades no solo son espacios con edificios y vidas y monumentos y personas desconocidas. Son, por encima de todo, partes de nuestro ser, de nuestra vida, de nuestros sentimientos, de nuestras memorias: capas y capas de vivencias humanas que se van superponiendo unas sobre otras. Y ahora Lisboa se moría y yo sentía que una parte importante de mí se moría con ella. El momento en que fui consciente de esa despedida, de esa partida, de esa pérdida, se materializó cuando vi venirse abajo el Palacio Real, exhausto y derrotado. Como yo. Como nosotros. Como Lisboa.