Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 3 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 2

2

 

Durante los días que la hermana Margarida y yo pasamos juntos, después del gran terremoto, sentí celos varias veces. Pero los más intensos y perturbadores me los provocó el inglés. El capitán Hugh Gold, que se cruzó en nuestro camino, un hombre al que intentamos robar y que después nos tendió una trampa. También por su culpa, un año después de aquel acontecimiento sigo estando preso. Pero eso casi no tiene importancia comparado con los celos tan intensos que consiguió despertar en mi corazón.

Con todo, el paso del tiempo me ha aportado cierta calma y lucidez. Hoy soy capaz de descubrir ciertos méritos en él, de reconocer que era un hombre bien parecido, guapo incluso, alto, con unos brillantes ojos azules y una melena suelta y anárquica que lo hacía parecer atolondrado y tierno a la vez. También soy capaz de aceptar que poseía talento para seducir a las mujeres. Aun con Lisboa en ruinas, con miles de muertos por las calles y el caos desolador que nos rodeaba, se servía de sus artes de galanteo, de sus trucos de experto en cuestión de faldas. Sabía hablar al corazón de las mujeres y fui consciente de ello desde el primer momento. A pesar de que, de alguna manera, era nuestro prisionero y de que en varias ocasiones me entraron ganas de matarlo —pues tales eran mis celos—, a medida que nos fue contando su historia, sin quererlo, me fue inspirando afecto.

 

La mañana del día de Todos los Santos, el capitán Hugh Gold se despertó indispuesto. Ya pasaban de las nueve y todavía estaba en la cama, en su casa de Santa Catarina, desde donde podía divisar el río Tajo y los barcos. Y eso era lo que lo indisponía: la visión de decenas de embarcaciones y la nostalgia que sentía de sus tiempos de marino que ahora se le negaban. Tenía prohibido comandar un navío de Su Majestad, y sentía aquella prohibición como la amputación de una parte de su cuerpo.

Desde la cama escuchaba irritado los ruidos domésticos. Su mujer debía de estar por el piso de abajo preparándose para salir. Hacía mucho tiempo que ella ya no le interesaba y estaba arrepentido de habérsela traído de Inglaterra. Lo mejor hubiera sido que se hubiese quedado en Londres con su familia, en vez de acompañarlo con aquella lastimosa amargura. Estaba seguro de que eso era lo que la había hecho abortar de nuevo, impidiéndole tener un hijo. Al menos uno legítimo, pues sospechaba que en Londres tendría algunos que no conocía…

Hugh Gold tenía un don natural para seducir a las mujeres, pero aquella mañana ni siquiera eso lo animaba. A fin de cuentas, ese era el motivo de su perdición. Había seducido a la mujer de un almirante y el escándalo le cerró las puertas de la Marina inglesa, condenándolo a emprender un viaje apresurado a Portugal, y a una especie de exilio voluntario para escapar de la sed de venganza del almirante, que estaba bien relacionado en la corte y le había prometido hacerle la vida imposible. Lisboa se le presentó como una escapatoria. Conocía bien al embajador, le escribió, se puso en marcha en cuanto pudo y se trajo consigo a su esposa. Enfadada, amargada y dándole quebraderos de cabeza a todas horas.

Habían pasado tres años y, a pesar de la buena vida que llevaba, Hugh Gold estaba triste por no poder navegar. Capitanear un barco inglés ya no estaba a su alcance y no se quería vender a los franceses o a los españoles. En cuanto a los portugueses, había seguido los consejos del embajador, evitando inmiscuirse en las tensiones que empezaban a aparecer entre las dos comunidades desde que don José I había sucedido a su padre como rey. Así pues, su trabajo se limitaba a dirigir una casa comercial, una labor aburrida y minuciosa que ejercía entre cuatro paredes, cosa que lo exasperaba y lo entristecía.

Es cierto que, trabajo aparte, la vida le resultaba divertida. Nombró, sin pudor alguno, a las diversas amantes que tenía en Lisboa. Además de con la criada, se acostaba regularmente con una marquesa casada amiga de don João da Bemposta, hermano del rey; flirteaba con las monjas a través de las rejas del convento, en Odivelas o en Alcântara; y aún le sobraban noches para tener encuentros furtivos con la esposa de un comerciante inglés, la señora Locke. Es más, la víspera del terremoto había estado con ella de parranda, confirmó sonriente, con esa jactancia maliciosa típica de los conquistadores exitosos.

En su relato de aquella trágica mañana, eran tantas las hazañas que contaba que tardó un rato en llegar al terremoto. Volvió a la criada, que acababa de entrar en la habitación sonriendo, y que le preguntó si deseaba huevos con beicon. Era gordita y rolliza, y Hugh Gold se olvidaba muchas veces de su nombre. Sí, quería el breakfast, respondió antes de preguntarle:

—¡Oh, chica! My wife, mi esposa, ¿se va a misa?

—Sí, señor Gold, se va a misa.

—Ah, claro, of course, today es festivo…

Era un festivo católico, no protestante. ¿Qué induciría a su mujer a ir a una misa católica? Cada vez le resultaba más difícil comprenderla. Para Gold, su esposa absorbía las peores características de los portugueses católicos, su beatitud, sus oraciones, su sumisión a los curas, a los frailes, a los jesuitas, a la Inquisición, a las velas, al incienso, a toda esa panoplia de símbolos idiotas que idolatraban.

Se encogió de hombros y ordenó a la criada:

—Well, está bien. Entonces tráeme los eggs. Y very revueltos, ¿lo entiendes, girl?

—¿Desea algo más el señor?

Ruborizada, la joven se le estaba ofreciendo, como de costumbre. Muy avezada en las artes del sexo, a Hugh Gold le extrañaba, sin embargo, que después de un año de fornicar todas las semanas todavía no se hubiese quedado embarazada. Según ella decía, el responsable era un jarabe que le había recetado una esclava negra, una alquimia infalible que nunca había dejado en mal lugar a una mujer.

Con todo, aquella mañana Hugh Gold se sentía sombrío y ya se había satisfecho la noche anterior con la señora Locke. Así que rechazó el ofrecimiento de la criada haciendo un gesto con la mano y evitando mirarla. En cuanto esta salió de la habitación, Gold se levantó, abrió la ventana y salió al balcón. Era un bonito día, fresco pero soleado, y una neblina suave cubría la ciudad de Lisboa. Abajo, en la calle, la gente circulaba. «La mayoría va de camino a la iglesia», pensó Gold. Vio a un niño de la mano de su padre y eso le produjo una ligera incomodidad. ¿Por qué nunca le había dado un hijo?, se preguntó, mirándome, como si yo pudiese darle una respuesta. Hacía diez años que se habían casado y ya empezaba a ser demasiado tarde para ella. Así pues, concluyó que debería buscarse una mujer más joven, con buena salud y caderas anchas, capaz de quedarse preñada. En Lisboa, muchos comerciantes ingleses tenían hijas en edad casadera. Su esposa ya no le servía: ni para divertirse ni para procrear.

Tomó una bocanada de aire, miró los navíos y las fragatas del Tajo y se decidió a pedir el divorcio. No pasaría de aquel día: mandaría a su esposa de vuelta a Inglaterra, o si quería quedarse en un convento en Portugal, que se quedase, pero no pensaba seguir atado a ella. El lunes empezaría a buscar una nueva mujer, seguro que el embajador lo ayudaría.

—¿Por qué no una portuguesa? —le pregunté.

Se exaltó:

—¡Una portuguesa, ni pensarlo!

Eran católicas, lo que suponía muchos problemas, perfectamente dispensables. Era mucho mejor flirtear con ellas en las rejas de los conventos o en la puerta de las iglesias que casarse, y después tener que comportarse con esa hipocresía beata, llena de misales y rosarios para, al final, ser igualmente infiel.

Reflexioné sobre lo que dijo. Hacía muchos años que estaba lejos de Lisboa, pero me acordaba de que la ciudad, aunque casta en la superficie, en realidad era profundamente libertina. Puede parecer extraño que yo, un pirata, hable de moral, pero la verdad es que las historias que había oído de Portugal eran sorprendentes. En aquel reino, la extremada religiosidad iba de la mano de la depravación más ordinaria. El ejemplo más bizarro era el del anterior rey, don Juan V, que había mandado construir cientos de iglesias e incluso el convento de Mafra, y que tenía como amantes, al mismo tiempo, a la madre superiora y a algunas monjas del convento de Odivelas.

 

Desde el balcón, Hugh Gold clavó los ojos en la Casa de la Moneda, un edificio compacto y grande, cerca de Remolares, donde se guardaba el oro de Brasil. Hizo recuento de sus posesiones. Tenía algún dinero ahorrado, guardado en un cofre de la casa comercial, y aunque se gastase un buen pellizco en el divorcio no se quedaría en la penuria. En cualquier caso, ¡qué bien le vendría meter mano en un poco de aquel oro…! Me sonrió. A veces llegó a pensar en dedicarse a la piratería, en robar un barco, unirse a los corsarios argelinos, viajar a Madagascar, apoderarse del oro que venía de Brasil antes de que llegara allí, a la Casa de la Moneda. Pero le faltó valor para vivir fuera de la ley.

Creo que me tenía una cierta envidia, típica de los sedentarios ante los nómadas, de los cumplidores ante los subversivos. Con todo, sus elogios indirectos no me conmovieron. Entre nosotros ya se había instalado demasiada acritud como para que sus alabanzas me sirvieran de bálsamo. Hugh Gold lo sabía, así que reanudó su relato con esa manera de hablar tan original que tenía, mezclando el inglés y el portugués.

La criada volvió a la habitación y le dijo:

—La señora dice que haga el favor de bajar a hablar con ella.

—¡Oh, chica! ¿What ella wants?

—Dice que necesita dinero para comprar unas cosas.

—¿Dinero? All right, muy bien. How much?

—Eso no me lo ha dicho.

—Damn woman! De acuerdo, tell her que yo ya go down. Primero eat, then bajar.

La muchacha fingió una mueca de seriedad:

—Dice que tiene prisa, que quiere ir a la misa de las nueve y media.

Hugh Gold dijo irritado:

—¿Que tiene prisa? Damn! ¿Por qué? Why the hell? ¡Ella no es católica!

La criada asintió:

—Eso es verdad. Ni siquiera sabe rezar el rosario…

—¡Oh, chica! ¡Que ella go misa y que come back! I give money después de misa. ¡Qué diablos! Damn woman…!

Enfadadísimo, el capitán inglés dio media vuelta y siguió mirando el río sin siquiera tocar los huevos con beicon. La muchacha bajó al salón, después volvió a subir y entró de nuevo en la habitación anunciando, casi sin aliento:

—Dice que… entonces irá… a misa primero…

El capitán se quedó en el balcón, en silencio.

—¿El señor capitán no quiere comer? —insistió la criada.

—No hambre —respondió sin girarse.

Vio que abajo se abría la puerta de la casa y que su esposa salía a la calle con un chal sobre los hombros y un sombrero. Suspiró. Ella ni siquiera miró hacia arriba y se alejó por la calle mezclándose con los transeúntes. Fue la última vez que la vio con vida, contó el capitán Gold. Parecía estar poseído por un sentimiento de culpa, pues confesó que en aquel momento se le ocurrió pensar lo bueno que sería que no volviera, y así solucionar sus quebraderos de cabeza sin conflictos ni vergüenza. ¡Qué liviano y ligero es el pensamiento humano! Si Hugh Gold hubiese sabido la tragedia que se avecinaba, no hubiera sido capaz de desear la muerte de su esposa…

Entró en la habitación y fue justo en ese preciso instante cuando empezó a oírse un rumor profundo. Volvió a asomarse al balcón, a la calle y al río, y de repente el mundo empezó a temblar. Las paredes de la casa, los edificios de enfrente, era como si todo crujiese. El suelo se movió, la criada empezó a gritar y el techo de la habitación cayó sobre sus cabezas. Las vigas se soltaron y una nube de polvo y caliza explotó ante sus ojos mientras las paredes se doblegaban, como si alguien las empujase de fuera hacia dentro. Aterrado, Gold no salía de su asombro ante aquella visión: la ciudad entre él y el río oscilaba como las olas, como si sacudieran una manta, y los edificios se desmoronaban, algunos enteros, otros a trozos, y desaparecían ante sus ojos como si los sorbiesen.

Saltó al balcón para escapar de un agujero que acababa de abrirse a sus pies haciendo pedazos la madera del entarimado del suelo. Se agarró a la barandilla muerto de miedo. Era como si toda la calle se viniera abajo, los edificios se derrumbaban uno tras otro. Aterrorizado, permaneció así unos minutos, no recordaba cuántos. Una nube de polvo emergió cubriendo la ciudad. Por un momento el ruido disminuyó, pero enseguida volvió con una sacudida todavía más violenta. Despavorido, a pesar de estar agarrado a la barandilla, el capitán inglés sintió que no podía hacer nada contra aquel monumental seísmo. Estaba en manos de un Dios furioso que lo destruiría a él y a la ciudad de Lisboa entera. Y entonces su edificio también se derrumbó, con Hugh Gold aferrado a la barandilla.