Cuando Lisboa tembló
Capítulo 8
8
Mohamed y yo nos quedamos un rato en la catedral de Lisboa, donde se aglomeraba mucha gente. El viejo edificio no se había derrumbado, y a medida que pasaban por allí, muchas personas iban entrando. Heridas, con los brazos en el pecho, las nucas ensangrentadas, la ropa hecha jirones, cojeando, cubiertas de polvo, imploraban ayuda y agua. Sentados en grupos o en solitario, en el suelo, aquellos seres infelices lloraban, gimoteaban, sollozaban, rezaban, formando en la iglesia un lúgubre murmullo general, una letanía triste y sobrecogedora. Mohamed y yo logramos acceder al interior sin dejar de vigilar las puertas para ver si Perro Negro también entraba en nuestra busca. Pero no aparecieron ni él ni sus dos compañeros.
—Piedras han caído encima de ellos —murmuró Mohamed.
Sonreí, compuse una mueca exageradamente seria y le dije:
—Eso es lo que tú quisieras, rata traidora.
Sorprendido, Mohamed me preguntó:
—¿Rata traidora? ¡Mohamed no ha traicionado a Santamaria!
Lo miré fijamente, fingiendo enfado:
—¡Me dejaste solo en la pelea! ¡Si no hubiese sido por el terremoto, a estas horas ya habría estirado la pata!
Mohamed se quedó inmóvil, sinceramente sorprendido:
—¿Ellos quisieron atacar Santamaria?
Me indigné:
—¡Perro Negro casi me mata con la barra de hierro! ¡Mira!
Le enseñé las marcas allí donde me había golpeado el español:
—Me cogieron a la salida de las letrinas y me metieron en la sala contigua. ¡Si no llega a ser por el terremoto, habría muerto allí mismo! ¡Y tú, canalla, crápula cobarde, escondido como una rata! ¡Ni se te ocurrió venir a ayudar a tu amigo!
A Mohamed le tocó el turno de indignarse:
—¡Mohamed no vio que ellos pegaron a Santamaria!
Lo ignoré y proseguí, sin abandonar el tono acusatorio:
—¿Dónde estabas, sinvergüenza? ¿Haciendo porquerías con los franceses de buena mañana? Yo al menos te ayudé. ¡Si no hubiese sido por mí, el soldado te habría atravesado de un balazo!
El árabe, tan farsante como yo, se mostraba muy indignado:
—¡Mohamed fue al patio a jugar a dados con los franceses! ¡Iba a ganar dinero antes de todo caerse!
Resoplé, fingiendo que no me lo creía, pero al fin le sonreí. Mohamed era de todo menos valiente, pero aun así sabía que podía contar con él. Le pregunté:
—¿Tienes dinero?
El árabe desplegó una gran sonrisa, se llevó la mano al bolsillo de los pantalones y me enseñó unas monedas. Suspiré con cierto alivio:
—No es mucho, pero algo es algo.
—Y Santamaria tiene cuchillo… —añadió.
Con el cuchillo y el dinero, nuestras posibilidades de fuga aumentaban. Observé el movimiento en el interior de la catedral y comenté:
—¡Qué confusión, cada vez llega más gente!
Un hombre dirigía las operaciones de socorro, ejecutadas por un grupo de curas y frailes. Al fijarme mejor en su cara, reconocí a monseñor Sampaio, el patriarca de Lisboa. Recordaba sus homilías de años atrás.
—¿Santamaria lo conoce? —me preguntó Mohamed.
—Sí —respondí—, pero él no me conoce a mí. Además, vestidos así, enseguida se daría cuenta de que somos prisioneros y llamaría a los soldados.
Mohamed se mostró preocupado:
—¡Entonces, mejor que nosotros huyamos!
Teníamos que irnos de allí. Nos dirigimos a la salida principal y fue en ese momento cuando se produjo el tercer temblor, tan aterrador como los anteriores pero más breve. La catedral se movió y se oyó un clamor, pues mucha gente pensó que había llegado su hora. De cuclillas, apoyados en una pared, Mohamed y yo esperábamos que el techo no se nos cayese encima, cosa que no sucedió. En el lado opuesto de la iglesia sí que vimos un derrumbe, pero eso fue todo. Una vez más, la antigua catedral románica resistió. Sin embargo, la gente desvariaba, aterrorizada. Algunas personas se levantaban y corrían despavoridas, saliendo a toda prisa de la iglesia. Otras, arrodilladas, levantaban los brazos en alto y clamaban:
—¡Misericordia, misericordia!
Mohamed y yo aprovechamos aquel clamor para salir por una puerta lateral de la iglesia. En la calle, por los alrededores, una enorme nube de polvo casi nos ciega. El árabe estornudó y tosió:
—¡Polvo quema la garganta, Mohamed necesita agua…!
Yo también tenía sed, notaba la boca, la lengua y la garganta ásperas. De pronto, me vino a la mente un recuerdo. Hacía muchos años, un domingo, fui a misa a la catedral persiguiendo a una hermosa muchacha. Hablé con ella junto a una fuente mientras otras mujeres llenaban los cántaros de agua y los hombres cuchicheaban.
—Hay una fuente por aquí cerca —dije—. Solo tengo que acordarme de hacia qué lado se encuentra…
Nos dirigimos a la puerta principal de la catedral para situarme y visualicé el lugar de la fuente. Señalé en su dirección, pero el árabe me dijo, preocupado:
—Perro Negro ha ido allí, nosotros no vamos.
Resoplé, enfadado. Tenía razón.
—Deberíamos ir al río, huir —sugirió.
—Lo sé, pero sin agua será difícil.
Entonces, el árabe miró hacia unos edificios que había enfrente y que se mantenían en pie, y afirmó:
—Casas tienen agua.
Negué con la cabeza:
—No, no después de lo que ha sucedido… No debe de haber resistido ni una vasija. Tenemos que ir a la fuente sin falta… ¿Tienes miedo, rata?
El árabe se molestó:
—¡Mohamed no tiene miedo!
Lo insulté, riéndome:
—Mentiroso. ¡Eres una rata miedosa y por eso te zafaste y no me ayudaste! ¡Solo pensabas en el culo del francés!
La expresión de su cara se transformó, pasando de seria a divertida. Soltó una carcajada:
—¡Santamaria me tiene manía, Santamaria solo habla de eso!
Hice una mueca de indignación:
—¡¿Yo?! ¡Pero si tú eres así! ¡Alá te ha hecho del revés, y en vez de gustarte las mujeres, te gustan los franceses guapos!
Lo dejé ahí, y nos reímos de nuevo. Estábamos de buen humor, pero a continuación guardamos silencio y nos limitamos a sonreír mientras pensábamos en la suerte que habíamos tenido, pues estábamos vivos y bromeando. Cuando se nos pasó la euforia, el árabe me preguntó:
—¿Santamaria huirá de Lisboa o se quedará aquí?
Recordé la petición que había enviado a Sebastião José, que no obtuvo respuesta, y le confesé cómo me sentía:
—Han pasado muchos años y aquí ya nadie se acuerda de mí. Si me pillan, me encarcelarán otra vez. Y a ti también.
—Mejor huyamos —afirmó el árabe. Y a continuación señaló las casas que habían resistido—: ¿Vamos buscar ropa nueva?
Le sonreí: el árabe tenía buenas ideas. Nos dirigimos a una de las casas y entramos. Pasamos varios minutos escudriñando hasta que descubrimos un armario con ropa de hombre y de mujer. Bromeé con Mohamed:
—¡La de hombre para mí, la de mujer para ti!
Lejos de negarse, Mohamed cogió un vestido y se lo puso delante, como si se lo probase para ver si le servía, y empezó a bailar, divertido, imitando los gestos de una prostituta en una fonda de isla Tortuga. Nos reímos. Por momentos sentí nostalgia de nuestros viajes de piratas y añoranza de aquellas bailarinas, siempre a nuestra disposición a cambio de unas monedas. Mohamed carraspeó con una voz ronca y desagradable:
—Soy una vieja puta. Si me quieres, ven…
Solté una carcajada: el árabe era un comediante talentoso, sus pantomimas siempre me hacían gracia. Acelerado, dio media vuelta dándome la espalda, se bajó los pantalones y empezó a mover su culo blanco mientras canturreaba:
—¡Yo soy para ti, ven, ven!
Me reí a carcajada limpia y le lancé los zapatos al culo. Más sorprendido que irritado, detuvo su exhibición y me miró de frente:
—¿Qué pasa?
Le grité:
—¡Basta ya, viejo tonto, tenemos que cambiarnos de ropa!
Fingió ofenderse como una doncella:
—Santamaria muy serio, Santamaria nunca se divierte…
Me encogí de hombros, me quité la ropa de prisionero y me vestí con unos pantalones y una camisa que encontré en el armario. Contrariado, el árabe también se cambió de ropa. No obstante, no encontramos zapatos que nos sirviesen y tuvimos que quedarnos con los que traíamos de la cárcel, una especie de zuecos de paño, nada útiles para correr por aquel suelo irregular. De repente, oí que el árabe hablaba solo y lo vi cerca de otro armario, en cuyo interior había encontrado dos chaquetas de color marrón. Eran demasiado pomposas para nosotros y le dije:
—Quien nos vea con ellas, sospechará.
Con pena, Mohamed tiró las chaquetas al suelo. Ya era hora de irse, pero me pidió que esperase un poco más y abrió dos cajones que había al final de la sala.
—¿Qué haces? ¡Vamos! —protesté.
—Espera, siempre hay joyas…
Vació las cómodas y, al final, se resignó, desilusionado.
—¡Qué gente tan tacaña! —murmuró.
—A lo mejor les dio tiempo a llevárselas —aventuré.
Salimos de la casa en dirección a la fuente. Cuando llegamos, vimos a los soldados y nos escondimos. Allí fue donde presenciamos la escena que hace poco he relatado: la llegada del niño, sus gritos, los soldados corriendo detrás del español, la aparición de Perro Negro y la huida del jovencito.
Este temía que Perro Negro lo persiguiese, pero, al ver la fuente, el español dejó de correr y su escolta también. Había gente herida y muy débil esperando su turno para beber, pero Perro Negro se saltó la cola y cuando un hombre intentó detenerlo, el gigante lo golpeó con la barra de hierro. Asustadas, las demás personas se apartaron inmediatamente y Perro Negro y los dos españoles bebieron y se lavaron.
Dos hombres se armaron de valor y volvieron a acercarse a la fuente, pero fue un error. Los tres bandidos empezaron a golpearlos, los mataron y les robaron. Tras lo cual, siguieron bebiendo más agua, hasta que por fin se marcharon, echándose a la espalda la ropa que acababan de robar.
Mohamed y yo salimos del escondite diez minutos más tarde, nos dirigimos a la fuente y bebimos agua. Poco a poco fue apareciendo más gente, y aunque vieron aquellos cuerpos tendidos en el suelo, nadie quiso saber quiénes eran los muertos, cómo habían fallecido ni por qué.