Cuando Lisboa tembló
Capítulo 26
26
Después de la conversación con el sargento Mexia en la puerta de la Casa de la Moneda, el inglés se marchó, decidido, a buscar su valioso cofre sin importarle que ya estuviera anocheciendo, que los incendios se estuvieran propagando, y olvidándose asimismo de que en las inmediaciones de su casa comercial una pandilla de esclavos negros saqueaba sin miramientos.
Al pasar cerca de la iglesia de San Pablo, un grupo de hombres se fijaron en la joven negra y empezaron a llamarla. Ester se pegó al inglés, pero los desconocidos, lejos de callarse, empezaron a insultar a Gold. El inglés y la esclava aceleraron el paso. Cuando pasaron de nuevo por Remolares vieron a tres mujeres asustadas que estaban siendo importunadas por varios hombres desaliñados y con mal aspecto. Hugh Gold no se detuvo, pues sospechaba lo que podría pasar a continuación.
Ester intentó disuadirlo de su propósito, pero el inglés, imbuido de una irracional sensación de valor y heroísmo, no le hizo caso. Cerca de la Iglesia Patriarcal, cada vez más afligida, la esclava se negó a seguir, alegando que no deseaba ir al encuentro de una muerte segura. Y entonces Gold intentó sobornarla:
—Girl, ¿quieres money? ¡Give you parte del mine, si vienes!
Evidentemente, la oferta la hizo reflexionar.
—¿Y por qué harías eso conmigo, hombre inglés? —preguntó Ester con interés.
—Hell, girl, te necesito. See, I’m herido, no guns, I’m en pijama. And, slave, tú sabes talk with ellos…
La joven negra no estaba convencida.
—Dudo de que hablen conmigo. Van a matarnos, ¿lo sabes?
El inglés insistió:
—Hey, slave, ¿y si yo les give my money? Yes, ¿una parte de my money?
La esclava soltó una sonora carcajada:
—Pobre loco…
El inglés se molestó:
—Hell, damn, ¿why yo loco?
—Porque lo estás —insistió ella—. Si te ven con el dinero, te lo robarán y después te matarán, y a mí también. ¿Acaso crees que van a perder el tiempo negociando contigo? Tienen cuchillos y machetes y pistolas. Tú no tienes nada… Nada de nada. En una noche como la de hoy, tu dinero no tiene valor.
El inglés se encogió de hombros:
—Poor girl, you poca fe… Hell, who cares? ¿Qué importa lo que you think? Si quieres, come with me, ¡te daré una parte de my money a ti! If not, vete… Hell, slave, quizá los hombres malos te catch y ya verás.
Al escuchar aquella posibilidad, la joven se asustó:
—Tú no dejarías que me hicieran daño, ¿verdad?
En ese momento, Hugh Gold notó que volvía a tenerla comiendo de su mano y le sonrió:
—Good girl, si stay conmigo, stay mejor. ¡But tienes que venir a la tienda with me!
La esclava suspiró. Le aterrorizaba que la violasen. Recordó la cara de los trogloditas junto a la iglesia de San Pablo, recordó a los que se acercaban a las mujeres en Remolares y sabía perfectamente que, si se quedaba sola en la ciudad, sería una presa fácil para esos machos predadores a los que la noche daba aliento. Así que decidió quedarse con el inglés.
Se preparaban para rodear el Terreiro do Paço cuando vieron a un grupo de esclavos negros al final de la calle. Blandían machetes en las manos y lanzaban gritos de celebración.
—¡Cuidado! —gritó Ester—. Retrocedamos…
A pesar de su irritación, el inglés no la contrarió y retrocedieron, procurando que los negros no los vieran.
—Hell, ¿are los mismos? —preguntó Gold.
—Creo que sí —respondió Ester.
Eran unos veinte y no caminaban todos juntos, sino dispersos, aumentando el área de acción. Ester sugirió que se escondieran en el Palacio Real.
—¿What, en el palacio? —preguntó el capitán, sorprendido.
—Sí —respondió la joven—. Es muy grande y está vacío.
Se apresuraron en llegar a palacio, pero los alborotadores los vieron y, cuando entraban por una de las puertas, se dieron cuenta de que los perseguían.
—Fucking camels! ¿Y ahora what, where vamos? —preguntó Gold.
Estaban en una especie de atrio con arcadas y varios pasillos. Las paredes del Palacio Real presentaban enormes fisuras y en el suelo se veían trozos de techo y piedras sueltas. El edificio estaba vacío y silencioso, y en el exterior se oían los gritos de los esclavos negros.
—Por aquí —decidió Ester.
Cogidos de la mano, atravesaron uno de los pasillos y siguieron por otro corredor. El capitán inglés tuvo que acostumbrarse a la oscuridad, aunque notaba que la esclava sabía por dónde iba, pues lo conducía de la mano con confianza. Pasaron por varias puertas, los gritos de los esclavos reverberaban sin cesar a sus espaldas. Hugh Gold se volvió. Al fondo del enorme pasillo divisó unos puntos de luz anaranjada: eran las antorchas que llevaban los bandidos.
—Good lord, vienen hacia here —murmuró Gold—. ¿Dónde can we esconder?
Ester tiró de él y giró a la derecha. Frente a ellos apareció un tramo de escaleras. Pero la chica no las subió, las rodeó y abrió una pequeña puerta que había detrás.
—¡Vamos! —murmuró.
Cerraron la puerta suavemente y enfilaron un nuevo pasillo, aún más oscuro que el anterior. Ester avanzó en silencio unos metros más, y oyeron al grupo de esclavos llegar a las escaleras. Hablaban muy alto. Unos subieron, mientras que los otros debieron de volver atrás. Y de pronto gritaron, excitados.
—Acaban de descubrir los salones del tesoro real —murmuró Ester—. Están encima de nosotros.
De nuevo oyeron unos gritos que imitaban sonidos de pájaros, y unos cuantos más subieron por las escaleras. El grupo se había reunido para llevar a cabo el saqueo del tesoro real.
—Esto va a acabar mal —murmuró Ester.
—¿Why mal?
La joven le recordó al inglés que la ola se había llevado la mayor parte del tesoro. Los ladrones se pondrían furiosos cuando descubrieran que no había mucho que robar. Y eso fue lo que pasó, con rabia y a tiros.
—¡Vamos! —dijo Ester.
Corrieron hasta el final del pasillo y la esclava abrió una nueva puerta. Pero nada más abrirla, la volvió a cerrar.
—Hell, ¿qué pasa?
La muchacha le mandó callar y retrocedió.
—Ya han llegado aquí —dijo ella.
Aquel pasillo comunicaba con el patio donde aquella misma mañana habían sido azotados por las olas.
Frustrados por la ausencia de tesoros, ahora los bandidos se estaban ensañando con las cocinas reales. Entonces el inglés y la esclava oyeron una serie de ruegos desesperados, como si alguien pidiera perdón, y, al cabo de unos minutos, un extraño silencio. El capitán y Ester permanecieron inmóviles, sin hacer el menor ruido durante casi una hora, escuchando el clamor de los bandidos y, por fin, su retirada del palacio utilizando el mismo portón por el que horas antes había salido el cuerpo de Abraão flotando sobre el reflujo de las olas. Ester escudriñó el patio. Finalmente estaba desierto, así que salieron y se dirigieron a la cocina.
Dentro había velas encendidas y una escena macabra. Seis mujeres y dos hombres, todos blancos, colgaban cabeza abajo de las vigas del techo con el cuello cortado por los machetes de los asesinos. Impresionado, Gold cerró los ojos y la esclava comentó:
—Son las cocineras y los ayudantes.
La joven sollozó, emocionada:
—Si mi madre no hubiese ido esta mañana a Belém, ahora estaría aquí, degollada…
Conmovido, el inglés la estrechó entre sus brazos:
—Good lord, no think en eso. It’s good que ella no esté here.
La esclava se dejó abrazar, y el inglés sintió su cuerpo cálido, el pecho firme de ella contra el suyo, y por primera vez después del terremoto deseó poseer a una mujer. Como él aún iba en pijama, Ester notó su erecto vigor masculino, pero no dijo nada.
A pesar de la emoción carnal, y a pesar del tétrico espectáculo que se mostraba ante sus ojos, Hugh Gold sintió hambre. La cocina olía a patatas, a sopa, a carne y a pan, y la barriga del inglés se contrajo. Apartó un poco a la esclava y ella lo interrogó con la mirada, como si aquella reacción la sorprendiese. Gold se sintió en la obligación de explicarse.
—Girl, tenemos que eat, comer. I’m mucha hungry.
Ester sonrió comprensiva y se dirigió a los fogones mientras Gold se sentaba en una silla, de espaldas a los cuerpos colgados.
—Slave, ¿can you get me una chaqueta? —preguntó—. ¿And some zapatos?
La esclava le prometió que después de comer irían a buscar las prendas. Le ofreció a Gold dos cuencos de sopa, vino tinto y un poco de guisado de carne que había en una de las ollas.
—Son sobras del almuerzo. El resto se lo han llevado los ladrones —le explicó Ester.
Los dos comieron en silencio. Al final, el inglés le preguntó:
—¿Crees that we can pasar la noche here?
La joven negra frunció el ceño:
—Me parece que aquí solo hay muertos. La corte está en Belém, se llevaron a casi todos los criados. Venga —dijo mientras se levantaba—, vamos a buscar la ropa.
Cogió una vela y salieron por una puerta distinta de la que habían usado para entrar. Atravesaron otro pasillo, más modesto que los anteriores, que conducía a los aposentos de la servidumbre. Cuando ya llevaban recorrido un trecho, Ester entró en una sala repleta de armarios.
—Aquí es donde los criados guardan la ropa —dijo, y los abrió.
Hugh Gold eligió unos pantalones y una chaqueta, y descubrió unas botas de su talla. Iba a empezar a probárselo todo cuando Ester le comentó, sonriendo:
—No tengas prisa, podemos descansar…
Abrió una nueva puerta y entró en una habitación con dos camas. Gold dejó la ropa en una de ellas y los zapatos en el suelo. Después, miró a la chica y sonrió, deseoso:
—Hey, girl, ven aquí, take my pijama.
—Espera —dijo ella—. Voy a curarte la herida.
El inglés aguardó sentado mientras la joven negra iba a buscar una botella de alcohol. Embebió un paño con el líquido y le limpió las heridas con cuidado. Después le anudó otro paño en el brazo, como si fuera una venda, protegiéndole la herida, y dijo:
—Así estás mejor.
El inglés sonrió y la muchacha le sugirió que se pusiese de pie. Le quitó el pijama por la cabeza y Hugh Gold se quedó desnudo. Ester empezó a recorrerlo con los dedos y él sintió que su energía viril regresaba. Entonces, la joven se arrodilló y lo besó en su fuerza erecta, y él gimoteó de placer. Después, la esclava se desnudó y el inglés le acarició los senos redondos y grandes y ella gimió también. Se tendieron en la cama y Gold la poseyó con intensidad y descubrió que ella, a pesar de ser tan joven, estaba muy versada en aquellas artes, mostrándose complaciente con todos sus deseos.
Al final, Ester se enroscó junto al cuerpo de él, como un gato, y el inglés le preguntó:
—Slave, ¿y si te quedas embarazada, pregnant?
Ella le dijo que no, que sabía qué tomar para evitarlo.
—¿ What tú tomas? —preguntó el inglés.
Le contó que su madre elaboraba un jarabe muy eficaz que vendía a sus clientas. Hugh Gold recordó que su criada, la joven portuguesa rolliza a la que le gustaba fornicar por la mañana, también tomaba un jarabe.
—Well, ¿conoces a una girl, Ofélia, no more than veinte años?
Para gran sorpresa del inglés, Ester la conocía:
—Sí. ¡Viene aquí cada dos meses a comprar el jarabe de mi madre!
Hugh Gold no podía creérselo:
—¡Well, she was mi criada!
Y todavía se quedó más sorprendido cuando Ester le dijo:
—¡Ya lo sabía!
El inglés se sentó en la cama, asombrado:
—Good lord, slave, ¿tú know me? ¿Sabías who I was?
Ester se explicó:
—Sí, sabía que eras el patrón de Ofélia. Una vez, hará cosa de un año, fui a tu casa a entregarle el jarabe de mi madre. Y te vi salir por la puerta… Además, Ofélia me hablaba mucho de ti y me lo contaba todo.
El inglés se enfureció:
—Well, well, ¿todo what? —preguntó.
—Lo vuestro —dijo la chica sonriendo—. Decía que eras muy viril… ¡Y es absolutamente cierto!
Se rieron, pero al instante Gold se puso serio. Respiró hondo:
—Poor Ofélia, ha muerto… Today, por la mañana. Was debajo de la casa…
Ester pareció entristecerse al escuchar la noticia, pero luego suspiró y se encogió de hombros:
—¿Y qué podemos hacer?
La joven esbozó una sonrisa maliciosa y lo abrazó:
—¡Así serás solo para mí!
El inglés volvió a tenderse en la cama y añadió:
—My wife, mi esposa, también died.
La esclava dijo:
—Lo siento.
Esta vez fue el inglés quien se encogió de hombros:
—Well, it’s mejor así.
Interesada, la joven lo interrogó:
—Ya no la querías, ¿verdad?
—Hell, no. Long tiempo. Well, I think que nunca la quise…
Ella lanzó un suspiro.
—Eso es muy triste —concluyó, y volvió a acurrucarse junto a Gold.
Permanecieron un rato callados, y al cabo de unos minutos empezaron a acariciarse de nuevo, la excitación de sus cuerpos se reavivó y se amaron una vez más. Cuando terminaron, se quedaron dormidos, exhaustos, pero su sueño duró poco, pues un horrible grito procedente del piso superior los despertó bruscamente.
—¡Fuego!
Se levantaron a toda prisa, se vistieron y salieron al pasillo. Ester iba delante y guio a Gold hasta un nuevo atrio en el interior del palacio. Asustados, vieron las llamas en el torreón y en una de las alas del edificio. Algunas personas atravesaron el atrio con baldes en las manos.
—¡Hell, tenemos que run, huir! —gritó el inglés.
—¿Hacia dónde? —preguntó la muchacha.
—¡Outside del Terreiro do Paço!
Ester corrió hacia una pequeña puerta y salieron a los jardines del palacio, justo por debajo del torreón que ardía.
—¡Vamos por allí! —señaló Ester.
A unos cincuenta metros había un portón, era la salida que daba al Terreiro do Paço. Con todo, mientras corrían, Hugh Gold vio que Ester miraba hacia arriba, estupefacta, y que dejaba de correr. El inglés también se detuvo y miró hacia donde ella miraba. En una ventana vio una figura negra con los brazos abiertos. A su espalda, el interior del palacio ardía con violencia.
—¡Mira! —gritó Ester—. ¡Es Abraão!
Incrédulo, Gold comprobó que era el viejo negro, el mismo que había visto por la mañana flotando muerto, arrastrado por las aguas. ¿Cómo era posible aquello? ¡El hombre no habría podido sobrevivir a la fuerza del reflujo de las olas! Pero era él, tanto Gold como la esclava podían verlo perfectamente, iluminado por las llamas, vivo, en aquella ventana del palacio.
—¡Tenemos que salvarlo! —gritó la joven.
En vez de dirigirse al portón, cambió de dirección, echó a correr hacia la torre y abrió una puerta. Subió unas escaleras seguida por Gold, pero cuando llegaron arriba se toparon con una frontera infranqueable: una enorme cortina de llamas.
—¡Hell, no, Ester, si go there moriremos! —gritó el inglés.
La joven negra gritó con todas sus fuerzas el nombre de Abraão, pero no obtuvo respuesta. El humo los intoxicaba y el calor casi los abrasa. Sin dudarlo, el inglés tiró de Ester y la sacó de allí, de regreso a la puerta de salida que daba al Terreiro do Paço.