Cuando Lisboa tembló
Capítulo 12
12
Además de buscar a su hermana, el niño también buscaba al perro. No sabía nada de él desde la noche anterior y su ausencia le extrañaba. Y mientras miraba lo que antes había sido su casa pensaba en el perro, en qué le habría pasado y en lo mucho que podría ayudarle a encontrarla. El animal era muy inteligente y sabía perfectamente qué hacer cuando pronunciaba el nombre de la niña. A veces, le preguntaba al perro:
—¿Dónde está Assunção?
Y el perro corría a buscarla, y ladraba para avisarlo de que la había encontrado. Por tanto, si en un día normal era capaz de hacer aquello, aquel día tenebroso todavía sería capaz de más. Pero el perro no aparecía por ningún sitio ni respondía a sus llamadas. Pasado un tiempo, el niño, desanimado, dejó de llamarlo y se sentó en el suelo. En realidad, estaba tan asustado y confundido que ni siquiera confiaba en que aquella fuera su casa, pues no se parecía en nada a lo que era antes.
Aparecían y desaparecían personas desnudas o ataviadas con andrajos, almas perdidas que deambulaban por caminos que creían conocer pero que ahora desconocían. A veces, cuando pasaban mujeres y niños, el muchacho se quedaba mirando sus cuerpos desnudos y sucios y sentía vergüenza ajena.
Se decidió a rebuscar entre los escombros, pero el enorme esfuerzo que suponía le hizo pensar en pedir ayuda. Explicó a los transeúntes que su hermana estaba dentro de la casa, que podía ser que aún estuviese viva, que tenía que encontrarla. Sin embargo, nadie se detenía a escucharlo.
Al cabo de un rato, el jovencito vio a uno de sus vecinos, ya de cierta edad, con el brazo ensangrentado y los ojos turbios de lágrimas, que le dijo:
—He perdido a mi hija y a su marido. Están muertos, allí —señaló—. No sé nada de mi mujer.
El niño le explicó su caso, y el hombre le respondió tras santiguarse:
—Nadie ha sobrevivido dentro de estas casas… —Y añadió—: Ven conmigo, vamos al Terreiro do Paço. Aquí no nos ayudará nadie.
El niño no quiso seguir el consejo del vecino, pero este insistió:
—Esto está lleno de ladrones. Se meten en las casas y lo roban todo, y si nos enfrentamos a ellos nos matarán. No es lugar para un muchacho como tú.
El niño ya lo sabía y le contó lo que había pasado cerca de la catedral con los españoles, y añadió:
—No voy a dejar que le hagan daño a mi hermana.
Tras hacer una pausa, el vecino le preguntó:
—¿Crees que está viva?
El hermano dijo que sí.
—Eres un muchacho con mucha fe —comentó el vecino—, pero Dios nos ha castigado. Ha castigado a los pecadores de esta ciudad.
El niño le aseguró que su hermana no era una pecadora. El vecino lo interrumpió:
—Ella no, pero tu padrastro…
El niño enmudeció. La fama del padrastro era conocida en la vecindad.
—Esta mañana —recordó el vecino—, después de que tu madre y tú os marcharais a misa, vi a tu padrastro hablando con tu hermana y, por la cara que ponía, se entreveía lo que le decía…
El chico lo interrumpió:
—¡Ella nunca dejaría que le hiciese nada! ¡Ella no es de esas!
El vecino lo confirmó negando con la cabeza, y añadió:
—Pero él es un hombre fuerte…
—¡No! —gritó el niño—. ¡No le ha hecho nada malo! Y si se lo ha hecho, lo mato…
El vecino notó la rabia del chiquillo, bajó la mirada y dijo:
—Lisboa está perdida… Dios nos ha castigado…
En ese momento el niño le preguntó muy agitado:
—¿Ha visto a mi padrastro después de lo sucedido?
—No. La última vez que lo vi fue aquí, en la puerta, mientras hablaba con tu hermana y se reía —le dijo el vecino—. Después, ella entró en la casa y cerró la puerta, y él…
El niño lo interrumpió:
—No hable de lo que no ha visto…
El vecino le replicó:
—¿Me estás acusando de levantar falsos testimonios?
El niño respondió:
—No. Váyase si quiere y déjeme solo, que yo seguiré buscando a mi hermana.
Dicho lo cual, regresó al lugar donde antes estaba la puerta de su casa y empezó a retirar piedras y travesaños. El vecino dio media vuelta y se marchó.
Esta conversación entre el muchacho y el vecino debió de tener lugar media hora antes de que yo lo viera por segunda vez. Mohamed y yo nos habíamos quedado junto a la fuente, bebiendo y descansando, y, en vista de que Perro Negro no apareció por los alrededores, decidimos bajar al Terreiro do Paço y al río. Los edificios de la cuesta donde está la catedral presentaban enormes daños, la mayoría habían sufrido derrumbes o estaban reventados por la mitad, dejando el interior a la vista. Parecían pasteles a los que alguien les hubiera cortado una gran porción para mostrarnos lo que había dentro: partes de habitaciones, camas, sillas, incluso lavabos, todo suspendido en el aire, sujeto por vigas a punto de caer. Ropa, utensilios íntimos, orinales, zapatos y colchas formaban una extraña mezcla de colores, junto con trozos de madera y ladrillos sueltos.
Hicimos la mayor parte del camino en silencio, como si rindiéramos un mudo homenaje a las víctimas del cataclismo, hasta que llegamos a la zona de la iglesia de la Magdalena. De repente vimos un perro, un chucho bonito y negro, con el pelo brillante y bien cepillado, que pasó por nuestro lado corriendo y meneando el rabo. Trepó a un montón de cascotes y empezó a ladrar, entusiasmado, mirando hacia otro montón de escombros. Volvió a bajar colocando las patas con cuidado para no herirse con las piedras y las maderas puntiagudas que sobresalían del suelo. Una silueta emergió de un agujero en la tierra y abrazó al perro con alegría. Constaté que era el mismo niño que vimos antes en la fuente. Mohamed y yo nos acercamos y, cuando estábamos a pocos metros, el niño nos vio y se puso tenso. Examinaba nuestra indumentaria, desconfiado.
—¿Quiénes sois? —nos preguntó.
Mohamed tosió y yo llamé al perro con un silbido, se me acercó, le acaricié la cabeza y le hice unas cuantas carantoñas. El perro parecía contento, no paraba de mover el rabo. El niño me observaba sin decir nada.
—Tienes un perro muy bonito —afirmé.
El niño silbó y el perro corrió hacia él. Después dio unos pasos rápidos hacia un lado y se coló por un agujero. Lo oímos ladrar: un ladrido persistente, como si llamase a alguien. Al oírlo, el niño perdió el interés por nosotros, corrió al agujero y se metió dentro. Me asomé a ver qué era: una especie de túnel con unos escalones un metro por debajo del nivel del suelo. El chiquillo y el perro volvieron a aparecer.
—Creo que mi hermana está ahí abajo y estoy seguro de que está viva — dijo el niño.
Examiné aquel conglomerado de piedras y escombros y le pregunté:
—¿Tu casa estaba aquí?
El niño dijo que cuando se produjo el terremoto estaba en la misa de San Vicente de Fora con su madre. Que la iglesia se derrumbó encima de la mujer y que había muerto. Él se salvó porque había salido de la iglesia un poco antes, pues quería regresar a casa para buscar a su hermana, que se había quedado con el padrastro.
—Y tu padrastro, ¿dónde está?
Desanimado, el niño bajó la cabeza.
—Está muerto, he visto el cuerpo ahí abajo, pero el perro está nervioso, presiente que mi hermana está viva.
Suspiré:
—No sé, todo esto está destruido. ¿La has llamado?
El niño la había llamado, pero no respondía.
—¿Me podéis ayudar a encontrarla? —preguntó—. He pedido ayuda a varios hombres y a mi vecino, que estaba aquí hace un momento, pero nadie se ha dignado ayudarme.
Miré a Mohamed. El árabe se mordía las uñas, nervioso. Sabía que se ponía así en presencia de niños, y también sabía que éramos dos prisioneros en fuga y que teníamos que irnos de la ciudad lo antes posible.
El niño insistió:
—Puedo ofreceros comida, si queréis. Ahí abajo he descubierto pan y carne, y una olla con patatas cocidas. Seguro que era nuestro almuerzo para cuando volviéramos de misa.
Al oírlo hablar de comida, Mohamed se acercó sonriente.
—Santamaria, Mohamed tiene hambre. Mohamed come, después ayuda.
Sonreí y acepté el ofrecimiento del muchacho. Se introdujo en el agujero y volvió a asomar con una olla. Nos sentamos los tres a comer y disfrutamos del festín. Cuando acabamos, el niño me miró:
—Tú eres más alto, podrás llegar más lejos.
Asentí y me colé por el agujero. El niño me siguió y el perro también. Ante mí, en un espacio oscuro y atestado de argamasa y cascotes, se alzaban dos elevaciones irregulares de piedras y maderos. Una viga grande me impedía el paso. El niño me explicó:
—Esta es la entrada al sótano. Si logras mover esa viga, podremos pasar.
Luché contra el madero hasta que logré hacerlo rodar. Lo empujé a la derecha y abrí una rendija más grande por la que poder pasar. Sin embargo, al niño, al perro y a mí nos llovió encima una avalancha de polvo y piedras.
—Será mejor que me esperéis fuera —dije—. Esto es peligroso.
El niño y el perro salieron. Me colé por la grieta junto a la viga y fui a dar a una especie de pasillo con las paredes desmoronadas. En el suelo había montones de piedras que se confundían con el techo del cubículo. En cualquier momento podría producirse un derrumbamiento, y aun así avancé hasta donde pude. Unos metros más adelante, el montón de escombros aumentaba y me impedía acceder hasta el fondo del sótano. Grité para comprobar si había alguien con vida, pero nadie me respondió. Probé a excavar un poco más y a apartar los cascotes, pero enseguida concluí que solo podría hacerlo con una pala.
Di media vuelta y, de pronto, me topé con un cuerpo tendido en el suelo. Repté hasta él. Era un hombre y estaba muerto, pero lo que me llamó la atención fue el hecho de que le hubieran cortado la garganta con una navaja. Salí y le expliqué al niño que me había resultado imposible llegar más lejos.
Convencido por mis palabras, respondió:
—Entonces voy a buscar una pala y me ayudas a sacar la tierra.
Suspiré de nuevo.
—Ahí abajo hay un hombre muerto. ¿Has sido tú el que le ha cortado el cuello?
El niño se puso muy serio, pero dijo que no, y repitió lo que me había contado antes: que había encontrado a su padrastro muerto, pero que no se había fijado en si lo habían degollado.
—Yo no he tenido nada que ver con eso, y tampoco lo pretendo —le dije —. Ese hombre ha sido asesinado y no me voy a quedar aquí para que me acaben acusando a mí.
Mohamed estuvo de acuerdo conmigo. El niño se indignó:
—¡Pero yo os he ayudado! ¡Os he ofrecido comida! ¡Me prometiste que me ayudarías a buscar a mi hermana!
Avancé un par de pasos en su dirección y le dije:
—Y te he ayudado, me he metido ahí abajo. He llamado y nadie ha respondido. No he visto a tu hermana y he visto a tu padrastro degollado. Para mí, ya es suficiente.
Mohamed y yo nos marchamos, a mi espalda solo se oían las protestas y los insultos del niño:
—¡Mentiroso! ¡Eres un mentiroso! ¡Sois unos bandidos! ¡Si vienen los guardias os denunciaré!
Dos piedras aterrizaron muy cerca de mí y me giré. Receloso, el niño se metió de nuevo en el agujero seguido por el perro. Al cabo de poco asomó la cabeza para mirarnos mientras gritaba una vez más:
—¡Mentirosos!
La hermana Margarida me contó que el niño le dijo lo mismo que me había contado a mí: que se había encontrado al padrastro muerto. Ella tampoco sabía nada del navajazo en la garganta, y el joven nunca le aclaró si tuvo algo que ver con aquel asunto. Hoy, al recordar los acontecimientos de aquellos días, sé que hay partes de la historia que entonces resultaban difíciles de esclarecer, como este episodio. ¿Quién le había asestado aquel navajazo mortal? ¿Había sido el niño para vengarse del daño que el padrastro le había causado a su hermana? ¿Y de dónde habría sacado una navaja capaz de propinarle semejante tajo?
Siempre que veía el brillo de sus ojos, su determinación, su valor, sentía que el muchacho tenía un poderoso lado bueno, pero también un poderoso lado sombrío, y no me costaba admitir que habría podido ser él quien, en un arrebato de rabia y venganza, degollase al abusador de su hermana.
Aquellos días fueron terribles, días en los que perdimos nuestros gestos y nuestros pensamientos más bondadosos; días en los que el imperativo de la supervivencia y la presencia constante del sufrimiento y de la muerte nos alteraban, nos hacían cometer actos desagradables, incluso injustos o criminales; días en los que las normas se suprimieron y prevalecieron nuestros impulsos más primitivos, nuestro lado irracional, nuestros miedos y nuestras rabias; días en los que dejamos de ser humanos y nos convertimos prácticamente en animales, sin razón ni compasión, donde todo cuanto queríamos era huir y sobrevivir, y para conseguirlo hacíamos lo que fuera necesario, aunque se tratase de cosas horribles. A pesar de que todo el mundo hablaba de Dios, durante aquellos días Dios abandonó a la gente y la dejó completamente sola, enfrentada a una naturaleza brutal. En aquellos días fuimos como los primeros seres que poblaron la tierra hace muchos muchos años, antes de que en el mundo existiese la sabiduría, la cortesía o la solidaridad.