Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 26 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 25

25

 

La tarde estaba cayendo, el olor a madera quemada se propagaba con la brisa, y una tenue luminosidad anaranjada teñía los alrededores. Mientras seguía rebuscando bajo los cimientos destrozados de su casa, el niño sentía la fuerza del fuego que se imponía en la ciudad: un tercer desastre estaba a punto de devastarla y destruirla. Primero, la tierra; después, el agua; y ahora, las llamas. El chico nunca hubiera imaginado que tanta furia pudiese desatarse en un solo día, pero los hechos sobrepasaban la imaginación, por más quimérica que fuese.

Sumergido en una especie de túnel donde se mezclaban en una suerte de amalgama inestable los detritos domésticos y los materiales de construcción, el niño intentaba abrirse camino con un pequeño palo de madera, cavando, horadando, perforando, manteniendo en todo momento la inquebrantable esperanza de encontrar con vida a su hermana.

A veces, emergía agotado del agujero y se sentaba en las piedras para observar la ciudad derruida. En una de esas pausas sintió que recuperaba las fuerzas con un renovado vigor y, de pronto, el perro empezó a dar señales de una súbita agitación. Durante las horas en que el niño estuvo removiendo aquel revoltijo, el perro siempre se mantuvo cerca, dando vueltas, husmeando unas veces, otras ladrando, siempre con el hocico pegado al suelo, concentrado, como comprendiendo perfectamente el objetivo del ejercicio, solidario con la dedicación y la perseverancia de su dueño. Pero nunca había dado muestras de tanta excitación. Empezó a saltar, a ladrar furiosamente en dirección a la entrada del improvisado túnel, como si alguien estuviese saliendo de allí. El niño habló con él como siempre hacía, como si el perro fuese una persona, y le preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿Es Assunção?

Al oír el nombre de la niña, el perro ladró aún con más fuerza, volvió a meterse en el túnel y regresó de nuevo hasta donde se encontraba el chiquillo; corría, iba y venía sin cesar, como si lo incitase a entrar en el agujero.

—¿La has oído? —le preguntó.

El chico se levantó de un brinco y se adentró de nuevo en el túnel, primero acuclillado, después arrastrándose para recorrer los metros que ya había logrado despejar. El perro entró detrás de él sin dejar de ladrar.

—¡Silencio! —le ordenó.

Como el animal no podía contener la excitación, el muchacho no tuvo más remedio que acariciarle la nuca para serenarlo. El chucho se calló al fin, se sentó meneando el rabo y se quedó mirando al chico, que aprovechó para volver a llamar a su hermana:

—¿Assunção? ¿Assunção?

El perro ladró bajito, como si le doliese algo. El niño intentó concentrarse únicamente en el ruido que pudiera surgir de las entrañas de la casa, pero no oyó nada. Volvió a gritar con más fuerza:

—¡Assunção! ¿Estás ahí?

El animal empezó a ladrar ahogando cualquier otro posible sonido, pero el niño estaba convencido de que lo que le ponía en aquel estado solo podía ser su hermana. El perro presentía que estaba viva, su olfato la había detectado. Con todo, el jovencito comprendía también que, aunque estuviese viva, Assunção no sería capaz de hablar, ya que no respondía a sus llamadas. Eso era lo que más lo sobrecogía, pues significaba que debía de estar muerta, o enterrada tan hondo que su respuesta no llegaba a la superficie. El niño admitía que cabía esa posibilidad, ya que el sótano de la casa, con sus compartimentos y pequeños trasteros, tenía muchos metros de largo. Si su hermana estaba al final del sótano y los escombros la cubrían, cualquier sonido quedaría sofocado por la distancia y los cascotes.

Sin embargo, el perro no se mostraría tan excitado si la muchacha estuviese muerta. El niño estaba seguro de que, si el animal presintiese su muerte, no estaría tan entusiasmado, sino triste. ¡Aquel entusiasmo significaba vida, significaba esperanza!

Durante las dos horas siguientes, el chico persistió en su empeño de sacar tierra y materiales del túnel, pero avanzó muy poco. Y es que a medida que iba avanzando, más tierra caía desde arriba. El peso de la casa se había abatido en su totalidad sobre el sótano y la presión que ejercía sobre el inestable túnel era considerable. Dos veces se quedó con una parte del cuerpo enterrada, lo cual retrasaba aún más todo el proceso, pues tenía que liberarse y deshacerse de más tierra.

Cuando volvió a salir del túnel ya era de noche. Dentro no había luz, por lo que la excavación resultaba impracticable. Sin embargo, en el exterior la ciudad estaba iluminada por una neblina anaranjada. En las calles contiguas todavía no había casas ardiendo, pero el niño sabía que los incendios no estaban lejos. Oyó gritos procedentes del Rossio y también del Terreiro do Paço. En la cuesta de enfrente, la que subía al Bairro Alto, podía ver cómo las llamas consumían algunos edificios. El perro, más calmado, se sentó en el suelo, junto al niño. No parecía desanimado, simplemente tranquilo.

—Tenemos que buscar agua… y comida. Tenemos que dejarla un rato sola.

Se levantó y echó a andar hacia la catedral, pero el perro siguió sentado.

—¡Ven! —le ordenó el chico—. Vamos a buscar agua.

El perro no se levantó. Al contrario, se tendió, mirando primero el túnel y después al chico, que sonrió:

—No quieres dejarla sola… Está bien. ¡Quédate aquí, enseguida vuelvo!

Subió en dirección a la fuente donde había bebido agua por la mañana. Cuando llegó, comprobó que había poca gente, y que la que allí quedaba estaba alarmada por la voracidad del fuego. Decían que nadie podría combatir aquel azote, que hasta el Hospital de Todos los Santos estaba en peligro. El niño esperó su turno y llenó una bota de agua mientras escuchaba las palabras de una lavandera que anunciaba a los presentes que, cerca de la catedral, los ayudantes del monseñor Sampaio habían rescatado a tres personas vivas.

—¿Dónde están? —preguntó, esperanzado.

—Cerca de la catedral, bajando un poco hacia la Alfama. Hay varios grupos… ¿Por qué?

—Mi hermana está enterrada debajo de nuestra casa… necesito su ayuda.

La lavandera lo animó:

—¡Entonces ve a hablar con monseñor! ¡Que Dios te ayude!

La lavandera se santiguó y él echó a correr con la bota en bandolera. Cuando llegó a la plaza de la catedral, el chico se paró en seco, sorprendido. Frente a la iglesia, en tres lugares distintos, se amontonaban unas enormes pilas de cadáveres. En cada pila había decenas de cuerpos, de diferentes edades y de ambos sexos, mezclados en un siniestro monumento funerario. Se acordó de su madre, a quien había dejado por la mañana en la iglesia de San Vicente de Fora, y cerró los ojos, entristecido. ¿Estaría en una de aquellas pilas? ¿Y qué harían con los cuerpos? ¿Quemarlos o enterrarlos?

El niño vio a dos frailes bendiciendo a los muertos, se acercó a uno de ellos y le preguntó:

—¿Dónde puedo encontrar a monseñor Sampaio?

El fraile ni siquiera lo miró y respondió contrariado:

—¿Para qué lo quieres, chiquillo?

El niño le explicó que su hermana estaba enterrada viva y que necesitaba ayuda, pero el fraile ni se inmutó.

—Esta noche la necesitamos todos —dijo—. ¿Te haces una idea de la gente que hay enterrada? Hay una en cada casa, chiquillo…

El muchacho insistió, y entonces el fraile señaló la Alfama con el dedo:

—Está por allí… Solo lo veo cuando traen más cuerpos para que los cuente. Si quieres, ve, niño, ve y que Dios te acompañe.

Siguió las indicaciones y bajó la cuesta. De vez en cuando se cruzaba con los que cargaban las camillas de cadáveres y les preguntaba por el paradero de monseñor Sampaio. Algunos no lo sabían o ni siquiera se dignaban responder, pero otros le indicaban que iba en la buena dirección. En un momento dado vio en lo alto de unas ruinas un grupo de varios monjes y mucha gente. Sus antorchas iluminaban la zona y parecían estar socorriendo a alguien. El niño reconoció a monseñor Sampaio. Se acercó y le tocó el brazo. Este se volvió y le preguntó:

—¿Qué pasa?

El chico se lo explicó, pero monseñor negó con la cabeza, desalentado:

—Hay mucho que hacer aquí… En cada edificio, en cada casa, hay alguien enterrado, no damos abasto.

—¡Pero mi hermana está viva, lo sé! —imploró el chico.

Monseñor Sampaio lo miró fijamente:

—¿Has hablado con ella?

—Sí… Sí… —murmuró el chico.

El patriarca negó con la cabeza:

—No me lo parece. Chiquillo, dime la verdad, ¿has hablado con tu hermana?

El niño se quedó en silencio.

—Lo ves, ya me parecía a mí que no.

Paciente, monseñor se arrodilló frente al chico, le puso una mano en el hombro y le dijo:

—Aquí, en esta casa, vivían catorce niños… Era un orfanato, las monjas se ocupaban de ellos. Ya hemos desenterrado a cuatro niños, pero se oyen los gemidos y los gritos de otras tantas criaturas y sabemos que muchas están vivas. No podemos irnos de aquí, ¿lo comprendes? Si tu hermana hubiese hablado, quizá podríamos enviar a unos cuantos hombres para que te ayudasen. Pero así…

El niño le pidió un consejo:

—¿Y qué debo hacer?

Con ternura, monseñor le dijo:

—Vuelve mañana. Habrá más hombres…

En ese momento se oyeron unos gritos y alguien exclamó:

—¡Está vivo!

Hombres y frailes rodearon la entrada de una grieta entre vigas y palos iluminándola con las antorchas. Monseñor Sampaio murmuró:

—Dios lo quiera…

Los hombres hicieron hueco para que monseñor pudiera ver y el niño se situó un poco por detrás. En medio de aquel griterío, un hombre barbudo y flaco asomó por la rendija y gritó:

—¡Una camilla, deprisa, deprisa!

Apareció una, que alguien depositó justo delante del barbudo. Este la cogió y volvió atrás introduciéndose por la ranura. Durante unos instantes nadie pronunció palabra, y el niño solo oía el crepitar de las llamas de las antorchas y algún que otro grito lejano. Al fin vio surgir una figura, y cuando la luz de las antorchas iluminó al hombre de las barbas, distinguió dos pies pequeños y sucios seguidos de dos piernas pequeñas, con las espinillas sucias y las rodillas lastimadas. El hombre tomó impulso y salió con la criatura en brazos ante el clamor general. Y el muchacho comprobó que era un niño de unos cinco o seis años, el pelo moreno y sucio, con la frente y las manos ensangrentadas, y vio sus ojos, pequeñitos y asustados, pero abiertos y vivarachos.

El hombre de la barba colocó al niño en la camilla y alguien le dio un poco de agua mientras monseñor le decía:

—Despacito, con calma.

Monseñor le hizo una carantoña al chiquillo y con el pulgar le dibujó la señal de la cruz en la frente, le sonrió e intentó quitarle el miedo del corazón. Después, dos hombres alzaron la camilla y se dirigieron hacia la catedral, seguidos de cerca por otros dos frailes, encargados de velar por la salud del niño. El muchacho se quedó mirándolos y regresó a su casa cabizbajo.