Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 22 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 21

21

 

 

Yo tampoco tengo padre ni madre —le contó la hermana Margarida al niño —. Fallecieron hace unos años en un accidente.

Ambos tenían la orfandad en común, y por ahí fue por donde iniciaron una incipiente complicidad que enervaba a la hermana Alice, sentada a unos metros de ellos, malhumorada y cansada. El niño las había animado a quedarse allí antes de subir a la catedral o a San Vicente de Fora en dirección a Odivelas, donde la monja anciana decía que tenía un conocido. La hermana Margarida impuso su voluntad de ayudar al niño a buscar a su hermana desaparecida y lo encontraron con un palo en la mano, que usaba como pala para remover los escombros. Sin motivo para alegrías, pero lleno de determinación.

—El perro está nervioso, sabe que ella está viva aquí debajo.

El niño señaló las ruinas.

—¿En el sótano no está? —preguntó la hermana Margarida.

El niño miró la entrada del sótano y explicó:

—Solo se puede acceder al interior unos dos o tres metros… El resto está destruido y ni siquiera el perro puede colarse por culpa de la tierra y las piedras. Tardaré días en remover todos los escombros…

—¿La has llamado?

—Sí, varias veces, pero no me responde. De todas formas, el sótano es muy grande y dudo que ella estuviera ahí a esas horas.

La monja joven se sentó en el suelo y se puso a pensar.

—¿Estás seguro de que estaba en casa?

—No, pero me encontré con un vecino que me dijo que la había visto en la puerta hablando, y que después la vio entrar… —Bajó la cabeza y prosiguió—: Y mi padrastro está ahí dentro, muerto.

—¿Dónde? —preguntó la hermana Margarida, sorprendida.

—¿Quieres verlo?

La monja joven dijo que sí. Rodearon una parte de las ruinas y el niño le enseñó un boquete en el suelo. Ella se asomó a husmear y, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo distinguir el cuerpo de un hombre tendido en el suelo. Acto seguido, se alejó del agujero y comentó:

—Si él está aquí, ella debería estar cerca…

El niño guardó silencio, mordiéndose el labio.

—¿Qué te pasa? —le preguntó la hermana Margarida.

—Nada.

—No se lo contaré a nadie —dijo ella.

—¿Me lo prometes? —le preguntó el niño.

—Sí.

Entonces el muchacho le habló de sus temores: los obscenos deseos del padrastro, las miraditas que le echaba a su hermana, la negación de la madre ante aquellos hechos —algo que el niño consideraba una cobardía—, y el estado de alerta permanente en que habían vivido los gemelos durante las últimas semanas.

La monja joven le preguntó:

—¿Crees que la deshonró?

—No, hasta hoy no. Y por la mañana no debió de tener mucho tiempo, pues estuvieron hablando aquí unos minutos antes del terremoto…

La hermana Margarida tuvo una idea:

—¿Podría haberse escapado?

—¿Escapado? ¿Adónde?

—No sé, pero imagínate que tu padrastro intentara abusar de ella y que ella hubiera huido…

El niño guardó silencio, pensativo. Después dijo:

—En ese caso, el perro no estaría tan agitado. Si mi hermana no estuviera aquí debajo, el animal no echaría a correr hacia allí cuando la llamo.

Tenía sentido, reconoció la hermana Margarida. Y por eso se decidió a ayudarlo y empezó a quitar piedras y maderas durante las horas siguientes, mientras la hermana Alice dormitaba en el suelo y la gente pasaba, unas personas bajaban a la catedral de camino al Rossio o al Terreiro do Paço, y otras deambulaban de una plaza a otra. Los que bajaban o los que venían del Rossio no sabían nada de las olas, y los que subían se lo contaban, y en sus almas nacía la duda y la confusión, y los dilemas se resolvían de distintas formas. Unos volvían atrás, otros cambiaban de dirección, otros seguían la dirección escogida.

Todo el mundo empezaba a tener más hambre y más sed, como las dos monjas y el niño. El agua y la comida que el chiquillo les había ofrecido la primera vez se había acabado. El niño les comentó que podía acercarse a la fuente a por más agua, pero que no sabía dónde encontrar más comida.

—¿Quieres que vaya contigo? —le preguntó la hermana Margarida.

—No, quédate aquí, es peligroso.

Le repitió lo que había ocurrido por la mañana: que los bandidos habían violado a una mujer y habían matado a varias personas en una casa junto a la fuente, y después añadió que otros dos bandidos distintos distrajeron al mastodonte que lo quería matar. Y se los describió: un hombre alto y moreno con una cinta en la cabeza, y un árabe, más bajito.

La hermana Margarida se quedó pensando en lo que le acababa de contar el niño y dijo:

—Creo que he visto ahí abajo a los dos hombres que me has descrito…

El niño esperó a que contase más detalles.

—Estaban junto a un barco, llegaron con la ola.

El niño no lo entendió:

—¿Con la ola?

—No lo sé muy bien, pero al parecer estaban en el río y acabaron en tierra. Casi se mueren.

El niño comentó:

—Pues debe de haber sido una ola gigante…

—Seguro que, si estuvieran aquí, podrían ayudarte —dijo la joven monja.

El niño se puso serio:

—Esa gente no ayuda a nadie… Son piratas y deben de haberse escapado de la prisión del Limoeiro, como los otros, el grandullón que mata a quien se le cruza por delante… Espero que no vuelvan…

La hermana Margarida se sorprendió:

—¿Piratas? Eso fue lo que me dijo la hermana Alice en cuanto los vio… pero no nos hicieron ningún daño…

—Tuvisteis suerte —murmuró el niño.

Siguieron sacando piedras y argamasa y cascotes y maderas, intentando encontrar alguna señal de vida de Assunção, la hermana del niño. El trabajo era lento, y a veces provocaba pequeños derrumbamientos con los que temían lastimarse. En un momento dado, la hermana Alice se despertó y se acercó a ellos. El perro empezó a gruñir, era evidente que no simpatizaba con la anciana.

—Tengo sed, ¿tienes agua? —le preguntó al niño.

—Se ha acabado.

—¿Y no vas a ir a buscarme más?

El niño la miró a los ojos y le dijo:

—No soy tu criado. Ya te di agua una vez, ya te di de comer una vez. Ahora, si quieres más, o me ayudas o vas tú a buscarla.

La monja apretó los dientes, molesta por aquel enfrentamiento.

—¡Soy una anciana y, además, monja! Deberías guardarme un respeto.

El niño no se amilanó:

—A mi perro no le gustas, y nunca se equivoca.

La hermana Alice soltó una pequeña risotada:

—Sí, ya sabemos que tu perro es como el oráculo de los dioses… Sin embargo, hasta ahora todavía no ha encontrado a tu hermana, ¿no es así?

Preocupada, la hermana Margarida intervino tratando de rebajar la tensión:

—Discutir no nos llevará a ninguna parte…

Se volvió hacia el niño y le dijo:

—Dime dónde está la fuente, que ya voy yo.

El niño negó con la cabeza.

—Nunca la encontrarás. Iré yo…

Llamó al perro, pero cuando ya estaba a punto de irse, dio media vuelta.

—Deberíais cambiaros de ropa. En la entrada del sótano hay un armario con abrigos y prendas de mi madre. Creo que os servirán.

Las dos monjas se sorprendieron, y la hermana Alice le preguntó:

—¿Y por qué tenemos que cambiarnos de ropa?

El niño inspiró profundamente, como si la falta de lucidez de la monja mayor le molestase, y le explicó:

—Para encontrar a mi hermana necesito vuestra ayuda, pero vestidas así, como prisioneras de la Inquisición, suponéis un peligro para mí. Puede que hasta me metan preso a mí también…

El muchacho se marchó, y después de lo que acababa de decirles, las dos mujeres bajaron al sótano y allí mismo se cambiaron de ropa. Cuando regresó con una vasija de agua en la mano, las dos monjas estaban quitando escombros.

—No había comida por ninguna parte, pero me han dicho que hay gente que cocina en el Rossio y que reparte sopa a quien tenga hambre —dijo el chico.

—¿Y en la catedral? —preguntó la hermana Alice.

—Yo que tú, no iría allí —respondió el niño.

—¿Por qué?

—Están los guardias de la Inquisición.

La mujer se sintió aliviada por haber escapado del peligro, y tras beber agua los tres reanudaron la labor de retirada de escombros con la esperanza de escuchar un ruido que indicase la presencia de la hermana del muchacho.

A media tarde, la hermana Alice subió hasta el punto más alto de la calle. Regresó con la preocupación estampada en la cara y dijo:

—Hay muchos fuegos por la ciudad…

—¿Fuegos? —preguntó nerviosa la hermana Margarida.

—Sí, en varias partes. Delante y detrás de nosotros.

—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó la monja joven, alarmada—. ¡Si el fuego nos alcanza, podemos morir!

El niño notó en su voz el terror que la joven sentía por el fuego. La monja anciana comentó:

—¡Ironías del destino! Escapas de la hoguera de la Inquisición, y al final vas a morir en un incendio en medio de la ciudad…

La hermana Margarida se llevó las manos a la cabeza y miró a la otra monja:

—¿Será que tengo una maldición?

El niño se la quedó mirando a su vez, intrigado, sin decir nada, y la hermana Alice murmuró:

—¡Cierra esa boca, mujer… él no tiene por qué saber!

El niño preguntó:

—¿Saber el qué?

Un corto silencio se abatió sobre los tres, hasta que el jovencito lo rompió:

—¿De qué te acusan?

La hermana Alice repitió la advertencia:

—¡Cállate!

Pero la hermosa muchacha no le prestó atención, necesitaba hablar.

—Me condenó la Inquisición, que me acusa de haber… de haber entregado el alma al Diablo… Iba a morir mañana en una hoguera en el Terreiro do Paço. ¡Y hoy por la mañana he intentado suicidarme!

La hermana Margarida le enseñó al niño las marcas de la cuerda en el cuello. La hermana Alice negó con la cabeza, desaprobando aquella confesión. Pero la monja joven prosiguió con su relato:

—Intenté ahorcarme, pero me salvó el temblor de tierra. Después me escapé con ella y con un hombre, un «profeta», que ha desaparecido. Nos dijo que iba al Terreiro do Paço, pero a lo mejor ha muerto ahogado por las olas. Y ahora la ciudad está empezando a arder… ¿Será una maldición? ¿Y si en verdad Dios quiere que me muera mañana?

Los otros dos permanecieron callados y la hermana Margarida empezó a sollozar. El niño se volvió hacia la hermana Alice y le preguntó:

—¿Tú también ibas a morir mañana?

La monja anciana asintió.

—¿De qué te acusan?

—No es de tu incumbencia —respondió.

El niño le hizo unas carantoñas al perro, que acababa de acercarse, y afirmó:

—No estoy aquí para juzgaros. Me estáis ayudando a buscar a mi hermana. No os voy a denunciar.

La hermana Margarida se sentó, un poco más calmada, y a continuación le explicó:

—La hermana Alice estaba acusada de corromper a las mujeres y de encaminarlas hacia la senda del Diablo.

El niño observó a la monja de mayor edad sin la más mínima expresión en el rostro. Se encogió de hombros y afirmó:

—Siempre que no te metas con mi hermana, cuando la encontremos, lo que hayas hecho no me importa.

Ligeramente aliviada, la monja forzó una sonrisa y dijo:

—Solo piensas en ti…

Entonces le tocó sonreír al niño.

—¿Acaso tú eres diferente de mí?

De nuevo permanecieron callados un rato, cada uno pensando en lo suyo, hasta que el niño retomó la conversación:

—Los soldados que estaban ahí arriba, en la catedral, bajarán hacia esta zona. Les oí decirlo. Quizá sea mejor que volváis al Rossio. Entre la muchedumbre es más fácil esconderse, sobre todo con esa ropa.

Observó el cielo y siguió diciendo:

—Dentro de poco se hará de noche y si los incendios se propagan, al menos en la plaza estaréis a salvo del fuego. Aquí, entre las ruinas, será más peligroso.

Contrariada, la hermana Margarida le preguntó:

—¿Y tú?

—Me voy a quedar aquí. Pasaré la noche en el sótano con el perro.

—¿Y no vas a comer nada? —preguntó la hermana Alice.

El niño le sonrió por primera vez, sorprendido por su preocupación, reveladora de un repentino cambio de actitud.

—Encontraré cualquier cosa a la que hincarle el diente, pero es mejor que vosotras vayáis a por un plato de sopa al Rossio. Si os mantenéis tranquilas y serenas, pasaréis desapercibidas.

Las dos mujeres coincidieron en que esa sería la mejor solución y se despidieron del niño. La hermana Alice ya había empezado a alejarse cojeando, pero la hermana Margarida volvió atrás y abrazó al muchacho.

—Espero que encuentres a tu hermana —le dijo.

Él le susurró al oído:

—Cuidado con la vieja.

 

Cuando unos días más tarde la hermana Margarida me contó este episodio, me sorprendió la capacidad del niño para dar consejos y también su instinto protector con la joven monja. La advertencia sobre la hermana Alice resultó ser acertada. A pesar de su corta edad, el niño presentía las tentaciones de la carne. Ahora bien, aquella advertencia no habría de impedir lo que ocurrió horas más tarde durante la primera noche después del terremoto.