Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 52 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Epílogo

 

Por qué Sebastião José nunca me mandó matar es una pregunta para la que no tengo respuesta. Con Lisboa en aquel estado, lo más probable era que se hubiese olvidado de mí. Durante dos meses me encerraron en las mazmorras de la Torre de Belém, aislado, sin ni siquiera ver al carcelero, que me echaba la comida por debajo de la puerta.

Un día, Bernardino vino a visitarme y me contó todo lo que sé hoy sobre lo que sucedió cuando Lisboa tembló. Me describió lo ocurrido en Belém, la llegada de Sebastião José, los miedos del rey don José, la masacre de los animales, sus idas y venidas a la ciudad, nuestro encuentro en Rato, los planes de reconstrucción de la capital y, finalmente, sus expediciones en nuestra búsqueda hasta el encuentro fatal en la Casa de la Moneda. Me enteré de que Hugh Gold nos denunció y lo consideré, en parte, responsable de la muerte de Mohamed.

Antes de eso, Bernardino me aseguró que mis hijos estaban bien. Con mucho esfuerzo, Assunção se recuperaba poco a poco y podría volver a andar. Ella y Filipe vivían en una casa cerca de la catedral al cuidado de monseñor Sampaio, y no les faltaba de nada. En cuanto a Margarida, seguía encerrada en el convento de Odivelas mientras buscaban las actas de su juicio en la Inquisición. Con todo (ironías del destino), los archivos habían ardido en los incendios, y además ni un solo miembro del tribunal que la juzgó había sobrevivido. Margarida permanecía, pues, en una especie de limbo judicial sin saber lo que le esperaría. Le pedí a Bernardino que intercediese en su favor y me prometió hacerlo.

En cuanto a mi suerte, Bernardino se despidió de mí sin aclarármela. Unas semanas más tarde, cuando me vinieron a buscar a la celda, me informaron de que me iban a enviar en la bodega de un barco a una cárcel de ultramar, en Cabo Verde, donde permanecería prisionero hasta que llegara la orden de ejecución. Y aquí me encuentro, un año después, limitándome a sobrevivir y siempre a la espera de que me ahorquen, pues aquí no hay balas suficientes para pertrechar a un pelotón de fusilamiento. Es otra ironía del destino que no se me escapa: voy a morir de la misma forma en que Margarida lo intentó, ahorcado. «Al menos, eso sí lo tendremos en común», solía pensar yo.

Sin embargo, hace tres días me sorprendieron con una novedad. El capitán de la prisión se dignó bajar a mi celda, que es un estercolero donde jamás había puesto antes los pies, y me reveló que voy a volver a Portugal, de nuevo encadenado en la bodega de un navío. Al parecer, Sebastião José quiere ejecutarme en Lisboa. Un año después se ha acordado de su viejo amigo de aventuras y no puede resistirse a la tentación de verlo estirar la pata. Aquí, en Cabo Verde, sería muy lejos y no le supondría ningún placer.

En cualquier caso, la noticia me ha causado una gran agitación. Hace tres días y tres noches que recuerdo aquellos días posteriores al gran terremoto. No puedo evitar que mi corazón se alegre con la esperanza de volver a ver a mis hijos y a Margarida —la guapa muchacha que es el amor de mi vida— antes de irme al otro barrio. Espero que nos permitan vernos, al menos una vez. Es lo único que le pido a Dios, no le pido nada más.

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Domingos Freitas do Amaral

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