Cuando Lisboa tembló
Capítulo 24
24
Bernardino y su ilustre acompañante tardaron varias horas en llegar al centro de Lisboa. Al salir de Belém tomaron la rua da Junqueira. Una multitud de infortunados, desalentada y afligida, abandonaba la ciudad lamentándose y buscando salvación lejos del centro. El carruaje tenía que parar constantemente debido a aquellos grupos de miseria humana, y a ojos de Bernardino y del ministro de Asuntos Exteriores la dimensión de la hecatombe adquirió proporciones gigantescas.
—Si esto de aquí está así, ¡cómo estará la ciudad! —murmuró Sebastião José de Carvalho e Melo.
Bernardino intentaba contabilizar el número de personas que pasaba, pero dos horas después suspendió el recuento.
—¡Son miles! —dijo.
Permanecieron callados mientras los cocheros intentaban abrir un pasillo para que pasara el carruaje. Aproximadamente a las dos de la tarde todavía no habían llegado al puente de Alcântara, y Sebastião José decidió hacer un alto delante del palacete de don João da Bemposta, hermano bastardo del rey. El edificio presentaba grietas en las paredes, y unos criados ofrecían agua y alimentos junto a los portones de acceso. Entraron. Les dijeron que el rey don Juan había ido a Lisboa acompañado de dos criados. El hombre con quien hablaron les ofreció agua y comida, pero Sebastião José lo rechazó porque tenía prisa. Regresaron al carruaje y reanudaron la marcha. Atravesaron la ribera de Alcântara con enormes dificultades. El puente no se había caído, pero había tanta gente queriendo pasar en sentido contrario que tardaron más de una hora en acceder al otro lado.
Bernardino se fijó en que había dos detalles fundamentales que distinguían a las personas con las que se estaban cruzando en ese momento de las que se habían cruzado al principio del viaje. La gente de antes estaba herida y llena de polvo, pero no llevaba nada consigo. Debían de ser los primeros fugitivos, que no tuvieron tiempo de pensar. Ahora, muchos transeúntes cargaban ya con sus pertenencias. Familias enteras transportaban partes de las casas a la espalda, dificultando en mayor medida el movimiento de todos. Bernardino dedujo que este segundo grupo de habitantes debía de vivir en áreas donde la destrucción no había sido tan profunda.
Además, también cabía sumar otra categoría de gente sin carga, pero con la ropa mojada. En casa de don João de Bemposta, Bernardino oyó a los criados hablar de las olas, pero no entendió a qué se referían. ¿Por qué estaba la gente empapada, de dónde vinieron las olas? Pero cuando por fin llegaron al Palacio das Necessidades les informaron de tan perturbadora verdad:
—Tres olas gigantes invadieron la ciudad —les contó el capitán de la guardia.
Escucharon la descripción del fenómeno y fueron informados asimismo de que el Cais da Pedra había sido tragado por las aguas, arrastrando con él a miles de personas.
—Dicen que el mar llegó casi al Rossio.
Bernardino y Sebastião José estaban maravillados, perplejos ante semejante posibilidad.
El capitán de la guardia añadió:
—Desde aquí al Terreiro do Paço no se puede pasar con el carruaje. El camino está destruido en varios tramos. En Santos no hay puente y en Remolares también hay graves daños.
—¿Y la Casa de la Moneda? —preguntó Sebastião José.
—No sabemos nada, pero allí había una guarnición y el edificio es muy seguro —recordó el capitán.
—¿Y el Palacio Real ha resistido? —preguntó Sebastião José.
—Según me han informado, la nueva Iglesia Patriarcal se ha derrumbado y la nueva Ópera también, pero el palacio está en pie.
El ministro de Asuntos Exteriores deseaba proseguir el viaje, pero era imposible circular a pie por la zona de Santos.
—Mi sugerencia —avanzó el capitán— es que tomen el camino hasta Rato y después, desde allí, bajen al Poço dos Negros. O, si lo prefieren, pueden seguir en dirección al Rossio.
Sebastião José dio órdenes al capitán de que reuniera a los hombres que pudiese y esperase allí hasta que regresaran. No obstante, el oficial le advirtió:
—No hay muchos. Solo aquí en el palacio han muerto veintidós, y quince están heridos. Conseguiré reunir unos veinte o veinticinco. Pero, señor, le informo de que los hombres están aterrados. Nunca se había visto nada igual. Los que vienen de la ciudad cuentan historias escalofriantes… Dicen que en la zona baja no queda un edificio en pie, que se ha caído todo, hasta las iglesias. Que hay muertos por todas partes… La gente está desesperada, no me sorprende que huyan…
Sebastião José insistió en que agrupase al mayor número de soldados posible.
—Esta noche será difícil —se justificó el capitán—. También he oído decir que muchos prisioneros se han escapado del Tronco… Los pillajes ya han empezado en la zona de Remolares y de Santa Catarina.
Al oírle mencionar la cárcel, Bernardino preguntó:
—¿Y la prisión del Limoeiro ha resistido?
El capitán no lo sabía:
—No hay noticias de esa parte de la ciudad. Solo del Terreiro do Paço para acá. Me han dicho que se ve la catedral y el castillo, pero que la cuesta está arrasada.
Volvieron al carruaje y siguieron las instrucciones del capitán, ordenando al cochero que pusiese rumbo a Rato. En silencio, intentaron aceptar el impensable escenario descrito por el capitán, y solo cuando ya había transcurrido media hora el ministro del rey volvió a hablar.
—Si los prisioneros han huido y andan saqueando la ciudad, los soldados tendrán que prenderlos —decidió Sebastião José. Hizo una pequeña pausa y añadió—: O matarlos.
Bernardino pensó en el pirata Santamaria. ¿Habría conseguido huir aprovechando el terremoto? En unos días, con los puertos cerrados a la navegación, aunque hubiese logrado escapar, lo más probable es que fuera detenido nuevamente. En eso estaba pensando, aunque Bernardino nunca hubiera podido imaginar lo que pasaría a continuación. Cuando llegaron al valle de Rato, Sebastião José mandó parar el vehículo y salió a la calle. Trepó primero junto al cochero, y después saltó al techo del carruaje para observar la ciudad. El horizonte estaba repleto de edificios destruidos y por la rua do Poço dos Negros caminaba una oleada de refugiados arrastrando a familiares heridos y baúles. Más preocupante aún eran las columnas de humo negro que brotaban en varios puntos de la ciudad, irrefutable confirmación de que los incendios ya consumían Lisboa.
Sin avisar, un hombre se acercó al carruaje. Llevaba barba y el pelo largo sujeto por una cinta, y vestía una chaqueta que no le quedaba bien. Bernardino sintió un extraño e inexplicable estremecimiento interior cuando el individuo avanzó unos pasos más mientras Sebastião José bajaba de su punto de observación y ordenaba al cochero que regresara a Belém. Y entonces el hombre llamó al ministro:
—Carvalhão, soy yo… Gato Bravo.
A Bernardino se le hizo un nudo en la garganta. Era él, el de la petición, ¡el pirata Santamaria! Como un alma en pena apareció allí, en plena calle, junto al carruaje. Seguro que se había escapado de la cárcel y ahora deseaba hablar con Sebastião José. El ministro del rey, enfurecido, murmuró unas palabras cuyo sentido Bernardino no captó, y empezó a gritar a los soldados.
—¡Prended a ese hombre!
Confundido, el pirata insistió en que lo escuchase, pero Sebastião José repitió la orden con más vehemencia, y entonces el bandido dio media vuelta y echó a correr, huyendo calle abajo en dirección al Poço dos Negros. Los soldados se lanzaron en su persecución, y después todo sucedió muy deprisa: rodeado y retenido por unos transeúntes, el pirata cayó de rodillas y fue prendido por los soldados cuando, de repente, empezaron a volar piedras. Dos soldados se desplomaron con las manos en la cabeza. El pirata luchó contra un tercero, logró liberarse, echó a correr y desapareció. Sebastião José, que había presenciado la escena, se enfureció aún más ante aquel inesperado desenlace.
—¡Maldito! —murmuró.
Bernardino entró de nuevo en el carruaje, después de Sebastião José, y emprendieron el camino de vuelta. El ayudante, desconcertado, no se atrevió a abrir la boca. Un poco después, ya más calmado, Sebastião José ordenó:
—Quiero a ese hombre preso.
Nervioso, el ayudante convino con él asintiendo con la cabeza.
—¿Es quien pienso que es? —preguntó el ministro del rey.
Angustiado, Bernardino respiró hondo y procuró armarse de valor. La voz le temblaba cuando dijo:
—Sí. Es el pirata, el tal Santamaria.
Sebastião José lo observó intrigado:
—¿Y cómo lo sabes?
A Bernardino se le paró el corazón durante unos instantes. Un sudor frío le recorrió el cuerpo y se le humedecieron las palmas de las manos. Pestañeó, inquieto.
—Yo…
¿Cómo explicarle a Sebastião José que conocía a aquel hombre sin mencionar el pasado de los tres? ¿Cómo aclarárselo sin evocar los tiempos en que el ministro era conocido como el Carvalhão y Bernardino era un chaval que, como otros muchos, pertenecía a la pandilla de jóvenes alborotadores liderados por aquel joven alto, fuerte e inteligente? Sus manos y sus axilas transpiraban cada vez más; pestañeó de nuevo, sin poder hablar.
Sebastião José anticipó la respuesta:
—Sé quién eres tú y también sé quién es él.
El escribano se quedó helado; le resultaba imposible mantener el contacto visual con aquel enorme y poderoso ser que estaba sentado a un metro de él, en el asiento opuesto del carruaje. Oyó que le decía:
—La diferencia entre vosotros dos es que él es un pirata, un criminal fugado de la prisión. Hay que atraparlo y castigarlo.
Bernardino acató aquella sentencia limitándose a asentir, sumiso, con la cabeza.
—En cuanto a ti…
Sebastião José hizo una pausa y clavó los ojos en el ayudante de escribano. Bernardino me confesó que en ese momento sintió que se le acababa la vida.
—Espero que te olvides de lo que te tienes que olvidar y que te acuerdes de lo que te tienes que acordar. ¿Comprendes? —inquirió Sebastião José.
Como una marioneta, la cabeza de Bernardino asintió de nuevo, moviéndose de arriba abajo en total y absoluto acuerdo con aquellas palabras. El ministro siguió diciendo:
—¡Y ni una palabra sobre lo que ha pasado aquí! A nadie. Ni al rey…
Una vez más, ya un poco más aliviado, el ayudante se limitó a decir que sí con la cabeza.
—En un día como este nadie se va a preocupar de la solicitud de un pirata —añadió Sebastião José—. Hay que prenderlo y después colgarlo de una horca en el Rossio para que sirva de ejemplo.
Frunció el ceño, incómodo, y añadió mirando las calles atiborradas de caminantes:
—La ciudad necesita orden. Los criminales no pueden andar sueltos…
Bernardino no podía estar más de acuerdo.
Meses después, cuando tuve conocimiento de las decisiones de Sebastião José, no hice sino confirmar que había sido un error tratar de hablar con él, y aún en mayor medida mencionar a su mujer. Para el ministro, el terremoto suponía una enorme oportunidad de hacerse imprescindible para el rey, de ganar autoridad en Portugal. Cualquier mención a episodios de su juventud solo servirían para minarlo, para mermar su poder. Sebastião José no permitiría que sus enemigos en la corte, los nobles y los jesuitas, utilizasen su pasado contra él. Yo era una pieza de ese pasado y haber aparecido ante sus ojos fue cuestión de mala suerte. Sabiéndome vivo y libre, ascendí a la categoría de contratiempo, me convertí en un peligro debido a lo que sabía sobre su esposa y, por tanto, en un blanco susceptible de ser eliminado en aras de preservar su reputación. Con este encuentro en Rato, mi destino empezó a estar sellado.