Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 50 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 49

49

 

 

Una vez más tuve suerte. Los desmoronamientos provocados por la última réplica no fueron drásticos, solo nos cayeron algunas piedras encima a Assunção y a mí. La niña estaba muy nerviosa, temblaba de miedo e intenté calmarla.

—No me dejes sola —imploró—. Tengo miedo a morir.

Volvió a preguntar por su madre y me negué de nuevo a revelarle la verdad. No me sentía con derecho a hacerlo. Primero tendría que sacarla de allí, pero necesitaba ayuda. Yo solo jamás lograría hacerla pasar por el agujero. La niña tenía las piernas malheridas y el riesgo que corría era grande.

Me fijé de nuevo en el medallón que llevaba al cuello. La luz del día, que aquel momento penetraba con más intensidad, me permitió examinar el adorno con minucia. El corazón me dio un vuelco, como si ya presintiera lo que la mente aún se negaba a aceptar. Suspiré, nervioso, y le pregunté a Assunção:

—¿De quién es este medallón?

Sorprendida, la niña lo asió con los dedos.

—Tranquila, que no te lo quiero robar.

La chiquilla esbozó una leve sonrisa:

—Me lo dio mi madre hace unos años.

Suspiré una vez más, intentando aquietar la agitación que se estaba apoderando de mí.

—¿Cómo se llamaba tu madre?

Al instante, me di cuenta de mi metedura de pata. Assunção me preguntó:

—¿Se llamaba? ¿Por qué, le ha pasado algo?

Le mentí, intentando parecer convincente:

—Perdona, no soy muy ducho con las palabras. ¿Cómo se llama tu madre?

Sonreí y volví a suspirar para ahuyentar mi nerviosismo.

—Me dio el medallón cuando se casó con mi padrastro —me contó la niña—. Creo que ese fue el día en que se olvidó de mi padre. El medallón se lo dio él la última vez que estuvieron juntos, antes de que naciéramos Filipe y yo.

Sentí que las manos se me humedecían, que las piernas me flaqueaban, que la voz se me esfumaba de la garganta.

—No me has dicho su nombre —murmuré.

Assunção exhibió una sonrisa, orgullosa:

—Mariana, mi madre se llama Mariana.

Fue como si el corazón me explotase en el cuerpo. ¡Eso no me podía estar sucediendo, no podía ser verdad! ¿Cómo era posible? Mariana, la mujer a la que amé hacía trece años la última vez que estuve en Lisboa antes de que me capturaran los árabes; Mariana, a quien amé durante cinco días y cinco noches antes de partir para siempre; Mariana, a quien regalé un medallón igual al que la niña llevaba al cuello. ¿Acaso Dios me había preparado una prueba como aquella?

Tosí y le pregunté:

—¿Y quién era tu padre?

La niña se entristeció un poco y respondió:

—Nunca lo conocí. Mi madre decía que era marinero, que partió al mar antes de que naciéramos y nunca más volvió. Lo esperó muchos años; después empezó a decir que había naufragado.

Al cabo del tiempo, Mariana conoció al padrastro. Vivía con grandes privaciones, siempre con la ayuda de los vecinos, y un día aquel hombre rico apareció y la encandiló. Se fueron a vivir a aquella casa, pero a Assunção y a Filipe nunca les gustó el hombre. La cosa fue de mal en peor cuando el padrastro empezó a meterse con Assunção, unos meses atrás.

Le puse la mano en la boca:

—No hables más de eso. Está muerto.

—Y mi hermano, ¿cuándo vendrá?

—Seguro que está a punto de llegar —respondí—. Pero como te he dicho, voy a tener que ir a buscarlo y pedir ayuda. Yo solo no podré sacarte de aquí.

La niña empezó a llorar y a rogarme que no la dejase sola, pero le expliqué que el perro se quedaría con ella y se alegró. Subí y conseguí agrandar el agujero para que el chucho entrara; este se coló atropelladamente, pisoteándome, y cuando bajé de nuevo la escena que vi me conmovió. El perro daba saltos de alegría, brincaba y ladraba, feliz por verla de nuevo; y ella se reía y lloraba al mismo tiempo, inmensamente feliz, y besaba al perro y él le lamía la cara y la boca.

—Ahora te quedas con ella —le dije al perro—. ¡Aquí!

El animal acató la orden de inmediato, y antes de salir recosté a Assunção en un rincón y le dije que se protegiese la cabeza si el techo se desmoronaba.

Cuando salí, el sol me golpeó en la cara y me ofuscó. Tenía el corazón alborotado. La tragedia del terremoto me había llevado junto a mi hija. Sí, no había duda de que tanto Assunção como Filipe, hermanos gemelos, eran hijos de Mariana y míos, concebidos aquella semana que pasamos juntos en Lisboa. Yo le había regalado el medallón a su madre antes de irme y ella se lo dio a su hija. Y ahora, por uno de esos azares el destino, había salvado a la niña, a la vez que descubría a mi hija enterrada bajo tierra.

Me llevé las manos a la cabeza sin saber qué pensar. Mi existencia había saltado por los aires y me sentía confundido. Quizá fue por eso por lo que no vi a Margarida hasta que ya estaba a pocos metros de mí.

—¡Santamaria!

Saltó a mis brazos, loca de alegría:

—¡Estás aquí! ¡Has vuelto! ¡Oh, Dios mío, cuánto te quiero!

La abracé y yo también sonreí, pero estaba tan paralizado por la fuerte conmoción que acababa de experimentar que Margarida se extrañó:

—¿Qué te pasa? ¿No te alegras de verme?

Suspiré, emocionado:

—No, no es eso, claro que me alegro, pero…

Vi al niño y tragué saliva, abrumado.

—¿Qué pasa? —me preguntó Margarida.

Suspiré de nuevo para recuperar la calma y le sonreí al niño.

—La he encontrado. Está viva ahí abajo.

—¿Dónde? —preguntaron ambos a la vez.

Los llevé a la entrada del agujero.

—Vamos.

Bajaron detrás de mí y, una vez abajo, el perro ladró de alegría y el niño, fuera de sí, vio a su hermana sentada y recostada en la pared. Corrió hacia Assunção, se arrodilló, la abrazó y le dio muchos besos en la frente, mientras Margarida me abrazaba a mí también con los ojos anegados en lágrimas, esta vez de felicidad. De repente, el niño sufrió un colapso. En aquel momento, él, que había aguantado tantos días y tantas noches con valentía y orgullo, siempre lleno de determinación y de fe, siempre luchando por encontrar a su hermana, sin renunciar jamás porque sabía que la encontraría con vida, una vez que la tuvo al lado cayó de rodillas y se vino abajo. Rompió a llorar convulsivamente y se puso a temblar, como si el cuerpo le ardiese de fiebre.

Intenté abrazarlo pero me apartó, altivo, y volvió la cara hacia la pared, como un niño avergonzado ante extraños que, aunque necesite que lo traten con afecto y que lo abracen, rechaza el cariño que le ofrecen. Fue Margarida quien lo serenó con su dulzura femenina, con sus palabras amables, con su ternura. Lentamente, acariciándolo, dejándole que llorase y mimándolo al mismo tiempo, aplacó el torbellino de sus sentimientos hasta que los sollozos fueron menguando.

El niño se lo agradeció con la cabeza, sin poder hablar.

—Quizá deberíamos quedarnos aquí un tiempo hasta que todos nos calmemos —propuso Margarida.

—¿Por qué no ha venido mamá? —preguntó Assunção.

Filipe empezó a llorar de nuevo; todas las lágrimas que no había derramado cuando su madre murió, las vertió en ese momento.

—Tu madre está bien —dijo Margarida.

Pero el niño no fue capaz de contenerse y gritó:

—¡No está bien! ¡Mamá ha muerto por mi culpa! ¡Yo la dejé sola en la iglesia!

Assunção guardó silencio, pero no lloró. Margarida le explicó que un terremoto destruyó la iglesia y que su madre había muerto por eso, no porque su hermano la hubiera abandonado.

—Si hubiese estado allí, la habría salvado —dijo Filipe, volviendo a sollozar.

Guardamos silencio mientras los hermanos digerían aquel duro momento. Después le pedí a Margarida que subiese conmigo. Ya en la calle, le dije:

—Tengo que contarte una historia.

—¿De qué se trata? —me preguntó.

Le expliqué lo que había pasado hacía trece años con Mariana.

—Antes de irme le regalé un medallón y hoy lo he visto de nuevo.

—¿Has visto hoy a esa mujer? —me preguntó, afligida.

—No he visto a la mujer, pero he visto el medallón. Lo lleva Assunção al cuello.

Margarida estaba cada vez más confundida:

—No lo entiendo.

—La madre de Assunção y de Filipe se llamaba Mariana. El medallón que lleva la niña es el mismo que yo le regalé a su madre.

Margarida se llevó la mano a la boca, impresionada, y murmuró:

—Entonces… ¿ellos son tus hijos?

Suspiré aliviado y añadí:

—No me llamo Santamaria. Ese es el nombre que los árabes me dieron cuando me hice pirata. Así se llamaba el barco en el que navegaba cuando me capturaron. Me llamo Filipe Assunção, ese es mi nombre portugués. Y ellos se llaman Filipe y Assunção. ¡Su madre los llamó así porque ese era el nombre del padre!

Perpleja ante aquella revelación, Margarida se sentó sobre un montón de maderas.

—¡Dios mío! ¿Cómo es posible?

El niño, que acababa de salir del sótano, nos interrumpió:

—¿Cómo es posible qué?

Margarida guardó silencio. Eché mano de la navaja con sangre seca que llevaba prendida del cinturón y se la enseñé.

—Assunção mató a tu padrastro. Tenía este cuchillo en la mano cuando la encontré.

—Lo sé —respondió el niño—. Me lo acaba de decir.

Cogí el cuchillo y lo lancé lejos, con furia. Cayó a unos cuarenta metros en mitad de las ruinas. Nunca lo encontraría nadie.

—No hablemos más de eso —dije—. Perdona que desconfiara de ti.

El niño añadió:

—Siempre pensé que eso era lo que había pasado en cuanto lo encontré muerto en el sótano, pero no quise decirlo.

—Hiciste bien en proteger a tu hermana —le dije.

El niño me miró y me dijo:

—Gracias por haberla salvado, pero ahora te pido que te vayas. No quiero tenerte cerca.

Indignada, Margarida se levantó:

—¡Filipe, eso no se hace! ¡Ha salvado a tu hermana!

El niño se encogió de hombros:

—Sigue siendo un pirata. ¿Sabes?, quería robar el medallón que mi madre le regaló a mi hermana.

—¿Qué? —exclamó Margarida.

El chico insistió:

—Ya te lo dije, Santamaria es mala persona y quiero que se aparte de mi hermana y de mí. ¿Está claro?

Se dirigió hacia mí, altivo y desafiante. Me enorgullecí de que mi hijo fuera así, pero Margarida no pudo seguir conteniendo aquel peso que le oprimía el alma:

—Por favor, Filipe, ¡no es nada de eso! ¡Ni siquiera se llama Santamaria! Se llama Filipe, como tú. Por favor —dijo mirándome—, ¡cuéntale la verdad!

El niño, intrigado y sorprendido a la vez, preguntó:

—¿Qué verdad?

Y entonces le conté mi historia de amor. El niño se quedó pasmado, alucinado, incapaz de dar crédito a lo que estaba escuchando, y cuando acabé mi relato no fue capaz de pronunciar una sola palabra.

—No se lo he contado a tu hermana. Solo le he preguntado de quién era el medallón. Y no pretendía robárselo.

Filipe me miraba y no supe descifrar con claridad cuáles eran sus sentimientos después de lo que acababa de revelarle. Finalmente, me preguntó:

—Si querías a mi madre como dices que la querías, ¿por qué no volviste a Lisboa cuando saliste de prisión?

Suspiré y traté de justificarme:

—Me contrataron los árabes, pero era su prisionero. No me dejaban marchar. Además, ya habían pasado más de dos años y no sabía si tu madre se habría casado o no. Y, claro, no sabía que tenía dos hijos.

El niño sonrió, sarcástico:

—Te esperó mucho tiempo. No hace tantos años que se casó con esa bestia, pero tú nunca apareciste. Estabas demasiado ocupado robando barcos y matando gente.

No iba a desarmarse a la primera de cambio. Se había pasado varios días formándose una opinión negativa de mí, y aquella paternidad por sorpresa no bastaría para cambiar su primera impresión.

—Comprendo tu resentimiento —le dije—, pero ahora no hay tiempo para eso. Tenemos que llamar a alguien para que nos ayude a sacar a Assunção de ahí.

El niño bajó de nuevo al sótano. Probablemente se lo contaría todo a su hermana. Margarida me sonrió. Noté en su mirada una cierta fascinación por mí, como si el hecho de que hubiera rescatado a la niña, en primer lugar, y haber descubierto después que era el padre de los gemelos me transformase ante sus ojos. De pronto, puede que ya no fuese solo un pirata por quien su corazón latía, sino un hombre junto al cual podría imaginarse un futuro por primera vez.

—A lo mejor podríamos quedarnos todos juntos, ¿no? —dijo.

Le acaricié la cara:

—Sabes bien que tanto tú como yo vamos a tener que huir.

—Pero… ¡podríamos huir los cuatro! —exclamó entusiasmada.

—Assunção necesita un médico, tiene que descansar unos días antes de moverse. No puedo permanecer escondido tanto tiempo en esta ciudad, en el estado en que se encuentra.

Margarida me abrazó:

—Ahora que te tengo a mi lado de nuevo, no quiero perderte.

Me besó en la boca, un beso largo y profundo. Y a continuación me dijo:

—Perdona por todo lo que te he hecho sufrir.

Suspiré y esbocé una sonrisa pícara:

—Yo también te he hecho daño.

Margarida me besó de nuevo:

—Vamos a olvidarnos del mal. Hay una vida nueva. Assunção está viva, estamos juntos. Vamos a enterrar el pasado y a pensar en el futuro. Hoy, al verte, me he dado cuenta de cuánto te quiero.

La abracé una vez más y cerré los ojos, feliz… pero la alegría duró poco. Oí ruidos. A unos diez metros, aparecieron varios soldados rodeando la casa y apuntándonos con fusiles. Entre ellos reconocí a monseñor Sampaio. Margarida me dio la mano. Temblaba como una chiquilla, muerta de miedo. Se la apreté y le sonreí.

El patriarca se acercó a nosotros y le preguntó a Margarida:

—¿Es aquí donde está enterrada la hermana del niño?

—Sí —respondió Margarida, y me miró—. La ha encontrado él hace poco. Está viva, pero necesitamos ayuda para sacarla, está atrapada en el sótano.

Monseñor Sampaio me miró con tristeza. Después se volvió hacia los que lo acompañaban, emocionado, y exclamó:

—¡La niña está viva!

Se oyeron gritos de alegría y la gente que estaba más atrás se entusiasmó con la noticia de un nuevo salvamento. Monseñor Sampaio dio instrucciones y dos hombres bajaron al sótano para comprobar cuál sería la mejor manera de rescatar a Assunção sin peligro. El niño salió al exterior y monseñor Sampaio le puso la mano sobre el hombro y le dijo:

—Eres un muchacho con mucha fe. Gracias a tu persistencia, a tu valor, a tu fe, tu hermana ha sido salvada.

El niño se lo agradeció, pero añadió, señalándome con un leve gesto:

—Él la salvó. Si no hubiera entrado en el sótano por la parte de atrás, nunca la habríamos encontrado.

Tragué saliva, conmovido. Por primera vez en todos aquellos días, el niño le hablaba bien de mí a alguien. Pero monseñor Sampaio, que ya conocía mi historia y mi destino, me preguntó:

—¿Eres el hombre que busca Sebastião José?

Asentí mirando a los soldados.

—¿Han venido a prenderme?

Margarida me apretó la mano con más fuerza, y el niño intercedió por mí:

—¡Acaba de salvar a mi hermana, es un héroe, no pueden apresarlo!

Monseñor Sampaio dijo:

—Eso a mí no me concierne. Lo único que puedo hacer es ir con él hasta el Rossio y contarle al ministro lo que ha pasado. Pero será él quien decida qué hacer.

Con un gesto, avisó a los soldados, dio instrucciones a uno de los frailes y, finalmente, me ordenó que lo siguiese.

—Quédate aquí con Filipe —le dije a Margarida.

Pero ella se negó:

—¡No! Yo voy contigo, amor mío.

Incómodo, el niño se limitó a mirar al suelo, y yo le dije:

—Cuida de tu hermana y sigue siendo como eres. Haz el bien y sé bueno. Yo no pude serlo, pero tú sí.

En un impulso fui hacia él, lo abracé y lo besé en la cabeza. Después di media vuelta y, con Margarida a mi derecha y monseñor a mi izquierda, nos dirigimos al Rossio. Los soldados nos rodeaban apuntándonos con las armas, no podía hacer nada. Unos cien metros más adelante, me di cuenta de que una mujer nos seguía a una distancia prudencial. Era la hermana Alice.

A mitad del trayecto, le pregunté a monseñor Sampaio:

—¿Puedo pedirle un favor?

Esperó a oír mi petición antes de responder.

—Cuide del niño y de la niña, son mis hijos. Me he enterado hoy.

El sacerdote se quedó sorprendido. Aproveché el resto del recorrido para contarle mi historia. Cuando llegamos al Rossio, un carruaje nos estaba esperando en medio de la plaza. Al lado, de pie, estaban Bernardino, Hugh Gold y Sebastião José de Carvalho e Melo.