Cuando Lisboa tembló
Capítulo 29
29
Si nuestra primera noche en el Rossio estuvo marcada por el horrible escenario de un hospital devorado por el fuego, la primera noche de Hugh Gold y de Ester también estuvo marcada por un teatro en llamas, pero en varios actos. Cuando salieron apresuradamente de los jardines al Terreiro do Paço, el inglés y la esclava aún estaban aturdidos por la inesperada imagen de Abraão luchando contra el fuego en el primer piso del palacio.
Ester, que estaba profundamente consternada, se mantuvo en estado catatónico varias horas, balbuceando en su lengua natal interjecciones incomprensibles, salpicadas aquí y allá de exclamaciones en portugués que daban fe de su incredulidad y de su aflicción. El capitán inglés intentó calmarla, pero sus palabras no ejercían ningún efecto curativo sobre su alma, de modo que al cabo de un rato dejó de insistir y decidió observar la barahúnda que los envolvía.
El Terreiro do Paço parecía un vitral gigantesco, sonoro, tétrico y absurdo. Cerca de Gold y Ester había cientos, si no miles, de personas perplejas y atónitas. Hugh Gold no sabía qué esperaban, pero le pareció que estaban aguardando el fin del mundo.
En el centro del Terreiro do Paço, una enorme pila de sacos, baúles y cajas alcanzaba ya una altura considerable, puede que de cinco metros. La gente había descargado sus posesiones allí por miedo a las llamaradas y las chispas que sobrevolaban sus cabezas. Poco a poco, la pila iba aumentando, pues cada vez llegaba más gente al centro de la plaza huyendo de los incendios procedentes de todos lados excepto del río.
El Palacio Real ardía. Aquí y allá, en una ventana asomaba una llamarada como si saludara a la plaza. Más hacia la derecha, la nueva Iglesia Patriarcal y la Ópera también eran rehenes de aquel diabólico fuego devorador, y parecían estar más cerca de su fin que el palacio.
Más hacia la derecha aún, Hugh Gold vio decenas de focos del incendio en la parte baja de la ciudad, rodeando las calles y los edificios que habían resistido los temblores. El capitán inglés pensó que caminar hasta el Rossio sería un proyecto imposible, pues el recorrido se había transformado en un vía crucis de altas temperaturas.
El lado derecho de la plaza, es decir, el opuesto al palacio, donde antes estaban la Aduana, los almacenes, los mercados y, por detrás, las tiendas de los ingleses, también parecía un misterioso cementerio en ruinas, con vigas ardiendo y paredes agrietadas que se mantenían en pie de puro milagro, mientras todo a su alrededor se quemaba y sucumbía.
Quedaba el río —una zona de oscuridad, un contrapunto negro al naranja intenso que emanaba de la ciudad—, pero allí apenas se distinguían algunas velas ardiendo en los barcos, que seguían fondeados cerca de donde antes estuvo el famoso Cais da Pedra. La multitud creía que la salvación vendría de allí, y cientos de personas se aglomeraban junto a la orilla, señalando los esquifes que flotaban, llamando a los pilotos o a los remeros, prometiendo dinero, exigiendo ayuda.
Cuando una embarcación se acercaba a la orilla, se vivía un peligroso momento de lucha, pues cientos de personas deseaban subir a bordo. Algún que otro soldado intentaba simular un poco de orden en aquel embrollo, pero enseguida desistía, y eran la fuerza bruta de unos y la experiencia de otros las que acababan decidiendo y otorgando plaza. Otros muchos se tiraban al río, envalentonados, e intentaban nadar, pero no tardaban en darse cuenta de que no alcanzarían su objetivo y sus cabezas desaparecían después de agitar angustiosamente los brazos, implorando una salvación que nunca llegaría.
Gold, consciente de que le resultaría imposible luchar por un puesto en un barco, se quedó en mitad de la plaza. Estaba herido, con las fuerzas mermadas y, aunque había comido y bebido en el palacio, no se sentía capaz de arriesgar la vida ni de enfrentarse a toda aquella desesperación. Además, se resistía a abandonar a la esclava en aquel estado, pues seguía sufriendo alucinaciones y balbuceando sinsentidos. Sería una presa fácil para los alborotadores que deambulaban por allí, algunos ya ebrios, todos desequilibrados.
En plena noche, el viento arrastró las chispas hasta el centro de la plaza y Hugh Gold, al igual que otros cientos de personas, se vio obligado a levantarse y a alejarse, acercándose a los almacenes, donde había menos peligro. Llevó a Ester a cuestas, ya más calmada, pues había dormido más de una hora seguida. Se sentaron. Cerca de ellos había un grupo de treinta personas arrodilladas y un hombre gritaba:
—¡Es un castigo de Dios! ¡Somos Sodoma, somos Gomorra, vamos a ser destruidos por el fuego, por las plagas! ¡Rezad, rezad y arrepentíos!
Las treinta personas bajaron la cabeza y rezaron, pero Gold y Ester se quedaron sentados en la misma posición, y el inglés le preguntó a la joven:
—Well, ¿te sientes mejor, better?
—Sí…
Gold intentó sonreírle, pero le dolía el brazo y solo fue capaz de esbozar una mueca de dolor. Al fin exclamó:
—¡Good lord, hell, mierda!
La esclava, sorprendida, le preguntó:
—¿Qué pasa?
Tras pronunciar su arenga, el predicador se dirigió hacia ellos con aire furibundo. Cuando llegó a donde estaban, señaló a Gold y vociferó:
—¡La culpa es vuestra! Estos son los culpables —gritó mirando a las demás personas que rezaban—. ¡La culpa es suya, Dios nos ha castigado por su culpa!
Hugh Gold se levantó y se encaró con él:
—Hell, ¿what dices? ¿Culpables of what?
El excitado orador levantó los brazos al aire:
—¡De que la tierra temblara, de que el mar se sublevara, del fuego, de todo! Sois vosotros…
Dio media vuelta y se dirigió a la audiencia:
—¡Son ellos! ¡Un hereje y una bruja! ¡Son ellos! ¡La culpa es suya!
El grupo suspendió las oraciones y avanzó hacia Gold y Ester, corroborando las acusaciones del fanático. Y este, envalentonado por sus seguidores, rugió todavía más alto:
—¡Un hereje y una bruja! ¡Por su culpa sufrimos nosotros!
Gold se situó delante de Ester para protegerla y gritó:
—¡Hell, estás loco, fool! ¡No le hagáis caso, está loco!
La gente se detuvo, dudando brevemente de su momentáneo líder espiritual. Gold insistió con mayor convencimiento:
—¡Hell, no os lo creáis, he is loco!
Pero su acento no jugaba a su favor. El predicador se percató de aquel punto débil y volvió a la carga:
—¡Mirad cómo habla! ¡Es un hereje, un protestante! ¡Ellos han corrompido la ciudad! ¡Por su culpa, Dios nos ha castigado! ¡Muerte! ¡Muerte a los herejes y a las brujas!
Sus gritos enardecieron a sus seguidores, finalmente convencidos, y Gold se preparó para luchar. Pero en ese preciso instante, a unos cien metros de donde se encontraban, se formó un considerable revuelo junto al montón de sacos y baúles. La gente se distrajo, se olvidó del inglés y concentró su atención en el nuevo alboroto. Un burro cargado con varios sacos estaba ardiendo. El pobre animal corría dando coces, intentando liberarse de la carga en llamas. Para no ser atropellados, todos los presentes tenían que apartarse y mantener al burro lejos de la pila de baúles, evitando así que las pertenencias también ardieran. El borrico pataleaba, sufriendo por las quemaduras y rebuznando de dolor. Algunas personas intentaron acercarse al animal, pero como no paraba de dar vueltas y de correr, nadie pudo atraparlo y se vieron obligadas a retroceder por miedo a recibir una coz.
Entretenido con aquella cruel pantomima, el grupo que había rodeado a Hugh Gold se marchó del lugar y el inglés aprovechó para propinarle una violenta patada al histérico acusador, que rodó por los suelos agarrándose las espinillas. Después, Ester y él cambiaron de ubicación en la plaza. Esta vez se situaron más cerca de la parte baja de la ciudad, mezclándose con una gran aglomeración de negros que los demás habitantes habían confinado en aquel lugar por temor a ser asaltados. Eran esclavos de distintos orígenes, y Ester le preguntó a Gold si podía sentarse con ellos. El inglés, que cada vez sentía más dolor en el brazo, accedió a su deseo y se dejó caer en el suelo.
La esclava fue a echar un vistazo. Gold vio cómo una anciana le cortaba la cabeza a una gallina, y a un anciano lanzando unas piedras en el suelo; sin duda estaría practicando algún ritual de magia, puede que con la intención de comprender cómo y por qué les había sobrevenido aquel mal tan grande.
Inesperadamente, Ester regresó a todo correr, muy nerviosa, y exclamó:
—¡Abraão está vivo!
El inglés entornó los ojos:
—Well, menos mal, very good… ¿Can he curar mis heridas?
La muchacha se agachó y pegó su rostro al del inglés:
—Aquí en la plaza no está.
Gold suspiró, desanimado:
—¿Entonces where?
La esclava miró el Tajo:
—¡Me han dicho que está en medio del río!
Hugh Gold, decepcionado, suspiró de nuevo.
—¿No te lo crees? —le preguntó la joven, casi indignada.
—¡Ester, well, tú lo has visto! He was en el balcón and the palacio ardía… Slave, how ha podido ir al river, ¿he vuela?
Ester cerró los ojos y permaneció callada unos segundos. Y entonces habló pausadamente y con una extraña solemnidad:
—Lo que voy a decirte es un secreto. Es un secreto nuestro, de los esclavos.
El inglés arqueó las cejas y esperó.
—Abraão puede volar —proclamó Ester.
Gold se quedó paralizado, incapaz de reaccionar.
—¿ He volar?
—¡Sí, puede volar! —dijo la esclava, muy agitada—. Habla con los espíritus y le ofrecen la posibilidad de ser uno de ellos, y entonces se transforma en el espíritu de un pájaro antiguo y vuela.
Hugh Gold, que era un cínico, fingió creerla asintiendo con un breve movimiento de su cabeza.
—¡Well, sure, por eso he is en el river! ¡Oh, sure, voló, fly!
Sonrió a la joven y siguió con su chanza:
—Good lord, ¿cómo no? ¡Of course, claro, so obvious! ¡Abraão voló, he flies! Left the balcón y bzzzzz, sacudió las wings, bzzzz, y aterrizó en un boat…
Molesta por el desmesurado y jocoso escepticismo del capitán inglés, Ester lo reprendió:
—¿No te lo crees? ¡Mal hecho! Nuestra magia es mucho más antigua que la tuya. Abraão vuela, lo quieras o no.
Se levantó, ofendida por la incredulidad de Gold, y él se encogió de hombros. El bullicio general que resonaba en la plaza lo distrajo de nuevo, y el inglés vio al desgraciado burro hacer su última carrera. El animal tropezó a la entrada del palacio sin honor ni gloria, y siguió crepitando unos minutos más, ya muerto.
—¡Pobre burro! —dijo una voz junto a Gold.
El capitán miró al lado: era un hombre de unos sesenta años, de barba blanca, con unas gafas en la punta de la nariz y una maleta en la mano. Se presentó como Thomas Alison, médico. Hugh Gold ya había oído hablar de él antes entre la comunidad inglesa y le preguntó:
—¿Fue a girl that called usted?
El otro dijo sorprendido:
—¿Qué chica?
—Ester, the esclava.
El doctor se sentó al lado de Gold y le ordenó que le enseñase el brazo. Mientras lo examinaba, le aclaró:
—No conozco a ninguna Ester. No ha sido una chica quien me ha mandado venir aquí.
—Well, ¿quién was? —preguntó Gold.
Thomas Alison le quitó el vendaje, aplicó desinfectante en la herida, la suturó y volvió a ponerle la misma venda, pero hasta que no acabó de curarle el brazo a Gold no volvió a abrir la boca. Después sonrió y le dijo:
—Llevo aquí varias horas, desde media tarde. Me he ocupado de casi doscientos heridos. Me estoy quedando sin desinfectante.
Gold le devolvió la sonrisa en señal de gratitud hacia aquella alma que acababa de reforzar su fe en la bondad de la raza humana. Intrigado, le preguntó:
—Hell, ¿how you me descubrió?
El médico volvió a sonreírle con expresión bondadosa.
—De la misma manera que he descubierto a los demás heridos.
Gold arqueó las cejas a la espera de que el médico prosiguiese sus explicaciones. Thomas Alison se incorporó y dijo:
—Los dos somos viejos, nos ayudamos el uno al otro.
Sorprendido, Hugh Gold lo corrigió:
—Good lord, I’m not tan viejo, no offence.
El médico sonrió:
—No me refería a ti, sino a mi compañero. Al viejo negro. Anda por aquí viendo quién está herido y después me avisa para que acuda. Se llama Abraão.
Hugh Gold se quedó boquiabierto mirando al doctor. Este se despidió:
—Buena suerte, espero que mañana pueda salir de aquí. Abraão dice que todavía quedan muchos barcos que pueden llevar gente fuera de la ciudad.
El médico lo saludó y se marchó, y Gold se quedó sentado, desconcertado, sin saber qué pensar. ¿Estaría Abraão vivo de verdad? ¿Cómo era posible? Se echó hacia atrás, agotado, y se quedó dormido en el suelo, tapado con una manta que tomó prestada. Tuvo un sueño agitado, lleno de pesadillas, y no sabía si estaba dormido o despierto. Notó el calor de un cuerpo a su lado. Era Ester, pero él siguió durmiendo. Súbitamente, la tierra tembló una vez más, una réplica muy intensa que arrancó gritos de terror en toda la plaza. Hugh Gold sintió un escalofrío y se sentó, en alerta. Ester, que seguía su lado, también se incorporó. En ese momento, el inglés sintió cierta ternura por la esclava.
—Hey, has vuelto —murmuró.
—Sí —dijo Ester.
Una violenta ráfaga de viento ululó en la plaza y la esclava se pegó al inglés, que le pasó el brazo por encima de los hombros para confortarla. La muchacha dijo:
—Abraão ha avisado a los esclavos de que habrá más fuego entre nosotros.
Hugh Gold la pellizcó, juguetón:
—Hum, fire ya hubo… Nosotros on fire…
La chica ignoró su malicia, sin sonreír:
—No es eso. Fuego en medio de la plaza, eso es a lo que se refería.
Gold señaló el centro del Terreiro do Paço:
—¡Good lord, en medio there is nada! Ester, look, solo hay people and…
Vio el enorme montón de sacos y baúles. Las ráfagas proyectaban cada vez más chispas y llamaradas que caían encima de los enseres. El inglés murmuró:
—¡Fuck, mierda… va a burn, arder!
Al cabo de unos segundos, aquella montaña de bártulos empezó a arder y el alboroto aumentó en la plaza. Las llamas irrumpieron y crecieron rápidamente, y nadie pudo impedir semejante golpe del destino, ni siquiera los cientos de personas que tenían allí sus pertenencias se atrevieron a salvarlas. La pila se volvió incandescente y una llamarada gigante, acompañada de un remolino de penachos de humo, emergió de la hoguera: otro impresionante monumento a la desgracia.
Casi simultáneamente se oyó un enorme estruendo procedente del Palacio Real, como si se abriese un agujero que hendiera maderas o paredes. Sin embargo, Gold no apreció daños en la fachada, y dedujo que habría pasado algo en la parte de atrás. Aun así, se mostró pesimista:
—Good lord, el palacio will fall, se va a caer.
—Nosotros también —añadió la muchacha.
Gold notó que Ester estaba decaída, y entonces la abrazó y le dijo:
—Slave, no talk así. We are vivos… We will salir de aquí.
La esclava se llevó las manos a la cara, asustada.
—Mañana por la mañana ya no habrá barcos.
Gold le sonrió:
—Who says? ¿Quién ha dicho that? ¿Abraão?
Ester le contó la novedad que había escuchado un poco antes de dormirse:
—El rey ha ordenado cerrar los puertos. Nadie podrá salir, ni por mar ni remontando el río.
Tenía sentido: las autoridades no podían permitir que la navegación se descontrolase. Además, si los piratas del norte de África se enteraban, en breve enviarían una expedición de saqueo a la ciudad.
—Good lord, ¡that’s why necesito mi money! —exclamó Gold—. ¡Will go por la mañana!
Ester protestó, sin rendirse:
—Nunca he visto a un hombre tan obstinado. ¿De qué te va a servir el dinero ahora?
Hugh Gold sacó pecho y dijo, absolutamente convencido:
—¡Hell, if not by mar, saldremos by tierra! ¡That’s why necesito my money!
Ester se encogió de hombros y volvió a tenderse en el suelo mientras Gold miraba la pira gigante que ardía en medio de la plaza. En el cielo empezaba a nacer un nuevo día.