Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 42 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 41

41

 

Cuando, por la mañana, llegué al Terreiro do Paço, enseguida me percaté de que ya no se veían comerciantes, ni portugueses, ni ingleses, ni italianos; ya no se veían frailes ni curas; ya no se veían nobles, ni burgueses, ni mujeres con hijos cerca. La plaza estaba ocupada por hombres de mala calaña, grupos de bandidos, prostitutas, marineros extraviados, prisioneros evadidos y desertores. Como si la chusma de la ciudad se hubiese reunido allí en un encuentro general de los fuera de la ley.

Casi todos iban armados con navajas, sables, machetes, pistolas, y algunos incluso con fusiles, probablemente sustraídos a los soldados que habían asesinado. Por aquí y por allí nacían riñas espontáneas, habituales entre cualquier comunidad de malhechores. En medio de barbudos de mirada feroz agrupados en círculos, que cantaban o berreaban en torno a hogueras que aún ardían, había prostitutas tendidas boca arriba en el suelo o a gatas, con la falda levantada, que se turnaban para satisfacer los deseos masculinos, acompañadas de una gran algazara.

Aquella fauna me recordó la isla de Tortuga, una guarida de piratas que visité varias veces. Con todo, había algunas diferencias esenciales: al contrario de lo que pasaba en las poblaciones donde los piratas se divertían, aquí no circulaba el alcohol, ni tampoco la comida o el agua. Los hombres se hallaban en estado de necesidad, ninguno de ellos iba borracho, pero aun así se mostraban agresivos, conflictivos, dispuestos a matar por la simple razón de que tenían hambre y sed.

Junto a los grupos dispersos que se habían formado podían verse los objetos robados. Sacos, cestas, jarrones de cerámica, baúles o ropa revelaban una inesperada evidencia: el fuego fue más rápido y más eficaz que cualquier bandido. Sin duda, el fuego había sido el ladrón más exitoso aquellos días: le había robado a la gente sus pertenencias, y a los ladrones la posibilidad de ser felices. El botín de aquella orgía de saqueos colectivos era irrisorio, y en la cara de los malhechores se traslucía la frustración.

No divisé a Perro Negro ni a los españoles que lo acompañaban, pero seguro que andarían por allí. Puede que estuvieran durmiendo, tendidos entre la multitud. Sin embargo, al fondo de la plaza, en la esquina que conducía a la catedral, sí que vi a los que yo andaba buscando: Margarida, el inglés y el niño. Eché a andar hacia ellos. Y de repente oí una voz a mi espalda:

—¡Santamaria!

Me volví y vi a mi amigo árabe. Nos abrazamos y me contó cómo escapó después de luchar con los hombres de Perro Negro. Mató a uno de ellos, pero le hirieron en una pierna, que llevaba envuelta con un jirón de tela para restañar la sangre.

—Hay que curar eso —le dije.

Mohamed se mostró sombrío:

—No hay médicos, solo bandidos.

Señalé hacia el fondo de la plaza y él también atisbó lo que parecía la imagen de la única familia feliz del lugar: el inglés, de la mano con Margarida, y el niño junto al perro dando brincos.

—Es peligroso —murmuró Mohamed—. La mujer y el niño, aquí, es muy peligroso…

Ambos sabíamos que una mujer guapa como Margarida y un muchacho de aquella edad serían un blanco fácil para los deseos más oscuros de los desesperados que por allí vegetaban. Me fijé en el cuchillo que mi amigo llevaba al cinto y le ordené:

—Consígueme armas, rápido.

Me dirigí hacia ellos mientras Mohamed se dedicaba a explorar entre la chusma. A medida que me iba acercando, un extraño sentimiento se apoderó de mí. Al ver aquel cuadro de felicidad fuera de lugar sentí un dolor en el corazón, unos celos irracionales que me lastimaban y me enfurecían, y que al mismo tiempo me confirmaban las palabras de Ester. Cuando vi a Margarida sonreír mientras se sentaban en el suelo, junto a un carruaje abandonado y destrozado, me convencí de que habían pasado juntos la noche anterior. Cerré los ojos y apreté los puños intentando controlar la rabia. A unos cinco metros de ellos dije:

—No deberíais estar aquí.

El perro vino corriendo hacia mí meneando el rabo y el niño lo llamó, enojado. En cuanto oyó mi voz, Margarida se levantó de un salto. Puso la mueca de sorpresa más grande que jamás le había visto a una mujer, y exclamó:

—¡Dios mío, Santamaria, estás vivo!

Se lanzó sobre mí, me abrazó con una vívida y totalmente inesperada alegría. Repitió:

—No puedo creerlo, no puedo creerlo… ¡Oh, Dios mío!

Rompió a llorar, a sollozar. Yo, que al principio me mantuve tenso y firme, intentando parecer distante, sentí que mi cuerpo cedía ante la fuerza de su emoción y también acabé por estrecharla y por consolarla.

—¡Pensaba que estabas muerto! —murmuró Margarida.

—¡Good lord, we thoughy tú muerto! —añadió de pronto el inglés.

En su mirada descubrí decepción. No por mí, pues yo le importaba poco, sino por la emoción que Margarida manifestó al verme.

—Christ! ¡Never pensé that tú survived a los tiros! —dijo Hugh Gold—. ¡We saw tú caer, like a muerto!

Casi histérica, Margarida añadió:

—¡Dispararon muchos tiros con la pistola!

Se justificaban, y puede que incluso dijesen la verdad. Yo mismo todavía no sabía muy bien cómo había sobrevivido. Sin embargo, en Margarida había algo más que sorpresa. Tal vez un velo de culpa y remordimiento que aquella abrupta explosión de emociones no lograba borrar del todo.

—Soy duro de roer —comenté.

El capitán inglés miró mi frente vendada y dijo:

—¡Well, someone se ha ocupado de ti! ¿A doctor, a médico?

Sonreí:

—Sí. Un hombre negro y viejo llamado Abraão me salvó la vida. Si estoy aquí, se lo debo a él y a la esclava.

El inglés se mostró asombrado, pero no hizo ningún comentario. Incomodada, Margarida me soltó y me preguntó mirándome a los ojos:

—¿Estás con ella?

Resoplé, como demostrando desinterés.

—No. Están en Mocambo, con los negros y los esclavos. Mucho mejores que toda esta gente.

Miré la plaza y después la miré a ella:

—Este es no es lugar para ti. Ni para él —y señalé al niño.

Siempre con la hostilidad a flor de piel, el muchacho me dijo:

—¡No te preocupes por mí, sé lo que tengo que hacer!

Lo ignoré y proseguí con mi advertencia:

—Esa gente es peligrosa. Son prisioneros, bandidos, violadores, asesinos, son la escoria de la tierra. Si os encuentran…

El niño se encogió de hombros, Margarida estaba angustiada. El capitán Hugh Gold me dio la razón muy hábilmente:

—¡Well, it’s verdad, Margarida! ¡These guys will matar, matar everybody! ¡We need to partir, and deprisa!

Sorprendida por su cambio de discurso, Margarida le dijo:

—Hemos venido hasta aquí para ver si había comida y bebida, ¿te acuerdas? Tú lo sugeriste…

El inglés examinó la plaza con preocupación:

—True, but no hay. No hay food, no hay drink. Only balas y bandidos…

Margarida me preguntó, inquieta:

—¿Y adónde podemos ir?

Resoplé y miré a Hugh Gold.

—Tu amigo dijo que había oro en la Casa de la Moneda. Iremos allí. Si conseguimos un poco, podremos salir de la ciudad.

Algo fuera de sí, Margarida me reprochó, indignada:

—Santamaria, ¿solo piensas en robar?

Me acerqué a ella y le pregunté:

—¿Y a ti qué te importa lo que yo piense?

Se quedó perpleja, sin saber qué decir. Gold sonrió casi imperceptiblemente y me dieron ganas de apalearlo. Refunfuñé de nuevo y traté de hacerla entrar en razón:

—¿Acaso te crees que he vuelto de Mocambo en busca del oro? La Casa de la Moneda está por allí, podría haber tomado esa dirección.

Mi respuesta pareció satisfacerla. Entonces el inglés se adelantó, apretando el paso.

—Well, let’s go, vamos —dijo—. Here is peligroso, let’s andar.

Me tendió la mano para que lo saludara. Le devolví el saludo y comentó, cortés:

—¡Hell, man, I’m contento that you survived!

De repente, el niño se enfureció:

—¿Y a mí no me va a ayudar nadie? ¡Ahora todos os hacéis amigos y os olvidáis de mí!

El inglés se encogió de hombros y enseguida me di cuenta de que, si bien al principio la nueva situación había sorprendido al niño, ahora, en cambio, se sentía decepcionado. De un brinco se situó junto a Gold y lo interpeló:

—¿Hoy no me vas a ayudar? ¿Ayer eras mi mejor amigo y ahora ya estás listo para huir de aquí, olvidarte de mi hermana e ir a robar oro como un pirata?

Fingiendo que se sentía exhausto, Hugh Gold suspiró:

—Well, boy, chico, look a tu alrededor. ¿See these gente? These hombres are los mismos we vimos in the morning, near tu casa. ¡Fucking cannibals, cortan arms and se los comen! ¡We, no armas, no guns! ¡We two hombres, one mujer y one chico! ¡It’s very fácil kill us, me or Santamaria! And, después, what happens to Margarida, to you? —Negó con la cabeza, desesperanzado—: Boy, mejor pensar… They kill…

Entonces, Margarida se acercó al niño y le puso la mano en el hombro:

—Tienen razón. Tenemos que irnos de aquí, y tú tienes que venir con nosotros. No puedes quedarte. No resistirás ni un día más aquí solo.

Indignado, el niño le apartó el brazo.

—¿Y mi hermana? —protestó—. ¡Está viva, lo sé! ¡No voy a abandonarla ahora! Cada día que pasa es peor para ella.

Intenté intervenir:

—Si te matan, no le servirás de nada.

Como de costumbre, me lanzó una mirada cargada de rabia y se me encaró, furioso:

—¿Y a ti qué te importa? ¡Solo piensas en robar, en huir de aquí! ¡Qué más te da mi hermana!

Junto a nosotros, algunos hombres estaban escuchando nuestra discusión y empezaron a soltar improperios.

—¿Lo veis? —les dije—. Ya están empezando. Vámonos.

Tiré del brazo del niño, pero se soltó con rabia y gritó:

—¡No me toques! ¡Tú no mandas en mí!

Gold, receloso, echó a andar por delante de mí y Margarida lo siguió. Tras escuchar la última respuesta del niño, dejé de prestarle atención y eché a andar yo también con los otros dos. En ese momento, Mohamed apareció junto al inglés, que se asustó con su súbita llegada, y le preguntó:

—Good lord, ¿tú… también alive?

Con una sonrisa en los labios, el árabe me lanzó un puñal por los aires y, a continuación, una pistola. Cogí las armas al vuelo y me las coloqué en el cinto.

—¿Cuántas balas tiene? —pregunté examinando el arma de fuego.

Levantó dos dedos, sin querer revelar al vecindario nuestras limitaciones balísticas. Señalé a Gold con la vista y le pregunté a Mohamed:

—¿Tienes un arma para él?

El árabe sonrió:

—Inglés, ¿quieres una navaja?

El capitán Hugh Gold aceptó la oferta y Mohamed le lanzó uno de los cuchillos que llevaba en la cintura, donde conté tres más.

—Tú no matarás a Mohamed, ¿no? —le preguntó el árabe con una cínica sonrisa, enseñándole los dientes de manera amenazadora.

Hugh Gold lo tranquilizó explicándole que ahora éramos un grupo y que nos dirigíamos juntos a la Casa de la Moneda en busca de oro. Con todo, mi amigo nos informó de que ese no era su objetivo inmediato:

—Primero, vamos a comer.

—¿Dónde? —pregunté.

Bajó el tono de voz para decirnos que en la Baixa, en la primera calle, había casas donde encontraríamos pan y dulces.

—¿En la rua da Confeitaria? —preguntó Gold, hablando más alto de lo que debiera.

Le lancé una mirada de desaprobación y este abrió las manos en señal de disculpa. El árabe prosiguió:

—Sí. Allí hay comida, venid con Mohamed.

Atravesamos un montón de escombros en dirección al Rossio y al poco ya estábamos en lo que quedaba de la rua da Confeitaria que, como su propio nombre indica, era una zona de Lisboa con muchas panaderías y obradores de pasteles y chocolate. Por un capricho del destino, el fuego solo había consumido el principio de la calle. Algunos edificios, aunque en ruinas, no estaban del todo carbonizados. Vimos a unos hombres que se introducían entre los escombros, como gusanos en la tierra, mientras Mohamed nos conducía hasta uno de los edificios derruidos y nos indicaba la entrada a un sótano.

—El sótano grande, el sótano está lleno. Hay que entrar deprisa.

Con el perro pisándonos los talones, los cinco bajamos por una escalinata que nos condujo a un espacio amplio, una suerte de almacén subterráneo. En medio de los estragos que el terremoto había causado allí —el techo se había derrumbado y el suelo estaba lleno de cascotes—, había sacos inmensos, armarios de madera y unos baúles de los que emanaba un intenso olor dulzón.

Al fondo de la sala, tres hombres sacaban cosas de los armarios, se las comían o llenaban pequeños recipientes de cerámica.

—Voy a ver —exclamó Mohamed—, ¡por si es chocolate!

El árabe abrió una bolsa y sacó unos pastelillos de chocolate. Era verdad, estábamos en un horno y a nuestro alrededor descubrimos harina, pan, dulces y una cantidad infinita de golosinas. Al principio nos quedamos paralizados unos segundos, abrumados, pero de pronto, como obedeciendo a una voz de mando interior y simultánea, atacamos los sacos como posesos, estúpidamente felices. Vi al inglés metiéndose caramelos en la boca a puñados, y a Margarida embadurnada después de comerse varios pastelitos de chocolate. Hasta el niño parecía haberse olvidado de su hermana y devoraba ávidamente trozos de un pastel amarillento que había sacado de un armario. El perro también atacaba una bolsa de pasteles de crema, lamiéndolos con avidez.

Durante unos minutos fuimos como niños pequeños en una fiesta de cumpleaños, comiendo dulces, relamiéndonos de gusto los dedos pringados y pegajosos del azúcar de las golosinas. Pero en medio de aquel desvarío no nos dimos cuenta de que, poco a poco, habían entrado más hombres, y hasta dos mujeres, en el almacén, y nos imitaban, hincándole el diente a aquellos manjares con una voracidad de alucinados. Cuando me percaté del peligro que corríamos ya era demasiado tarde. Decenas de bárbaros estaban entrando en el sótano impelidos por una oleada de excitación colectiva, y empezaban a empujarse unos a otros, disputándose el chocolate, los pasteles, el azúcar. Miré alrededor y vi cómo dos barbudos empujaban a Margarida y le robaban la bolsa de pastelitos de chocolate; al momento, aquellos hombres fueron atacados a su vez por otros, que rasgaron la bolsa y tiraron los pastelitos por el suelo.

Vi cómo el perro recibía una patada y lo oí aullar. El chico también sufrió un encontronazo y fue a dar en el suelo mientras varios individuos atacaban su armario de pasteles subiéndose encima, desequilibrándolo y estrellándolo contra el piso con gran estruendo. Sin dudarlo un segundo, más hambrientos se abalanzaron sobre el mueble y reventaron las maderas a patadas y a machetazos. Dos de ellos se enfadaron compitiendo por un trozo de pastel y empezaron a luchar. Una navaja brilló y se clavó en un estómago. Un vómito de sangre cubrió los pasteles.

De pronto, el sótano enloqueció: las peleas se multiplicaron, se oyeron muchos gritos y sonaron dos tiros. Un bulto se desplomó, arrastrando en su caída unas vasijas de granulados que se diseminaron por el pavimento. Un hombre fue lanzado contra un armario, y los cristales le explotaron en la espalda liberando una nube blanca de harina. En pocos segundos la refriega se transformó en una batalla campal de locos hambrientos que luchaban con navajas y puños, pero también con pasteles, con bollos de leche, con pastelillos de chocolate, con caramelos o con pasas, con paquetes de azúcar y de harina, con panes de maíz y con masa, en una lucha de lo más absurda por la comida y por los dulces, pero que también era una lucha por la vida.

Entonces vi a Perro Negro. El mastodonte español estaba al fondo de la sala levantando dos sacos que se había agenciado en la parte de atrás, en una esquina donde guardaba unos cuantos más. Perro Negro y sus hombres —me pareció contar cuatro— intentaban hacerse con el territorio y acaparar la mayor cantidad posible de alimentos. Y mataban sin contemplaciones a quien se lo impidiera. Lancé un silbido muy agudo y grité:

—¡Gold, Margarida, escapad!

En el almacén había más de dos puertas. Vi al niño salir por una de ellas, la más lejana, y a Hugh Gold arrimarse a la que estaba más cerca de mí:

—¿Dónde está Margarida? —grité.

—Aquí —respondió ella.

Estaba a poco más de cuatro metros, pero entre nosotros había una barrera de luchadores disputándose barras de azúcar y chocolate. Perro Negro nos descubrió y lanzó un bramido. Cogió el fusil y disparó en mi dirección. Pude agacharme a tiempo, pero una cabeza explotó a mi lado, proyectando un potente chorro de sangre que salpicó la harina y el azúcar esparcidos por el suelo.

Tiré de Margarida y retrocedí, camino de la puerta. Perro Negro saltaba en mi dirección, aullando, mientras ordenaba a sus hombres que protegiesen su rincón de la pastelería. Para nuestra suerte, la multitud de desvariados que ocupaban el sótano impidió el avance de Perro Negro. El mastodonte mató a dos de ellos a navajazos antes de que yo lograse acceder a la calle.

—¡Vamos! —grité una vez fuera.

Eché a correr con Margarida a mi lado y el inglés un poco por delante. Cincuenta metros después se nos unió el niño.

—¿Y mi perro? —gritó—. ¿Dónde está mi perro?

Ninguno habíamos visto al animal. El inglés obligó al chiquillo a correr sin permitirle que se detuviera, y le aseguró que el perro ya aparecería. El niño obedeció a regañadientes.

Casi sin aliento, el capitán me preguntó:

—¿Y el árabe?

A causa de su herida, Mohamed no podía lanzarse a aquella carrera pedestre. Si Perro Negro no lo atrapaba, se reuniría con nosotros en la Casa de la Moneda.

—Está herido, no puede correr.

Sin dejar de trotar, Margarida me preguntó un poco sorprendida:

—¿Y dejas a tu amigo atrás?

No respondí. Seguimos galopando y no nos detuvimos hasta llegar a la plaza Largo do Corpo Santo para recuperar el aliento. Margarida estaba exhausta y ya no podía continuar, así que nos quedamos un rato junto al río, escondidos detrás de unas ruinas. Cuando recuperó el resuello, me miró preocupada y repitió la pregunta:

—¿Y dejas a tu amigo atrás?

Tenía la boca manchada de chocolate y me apeteció lamerla. Aunque estaba extenuada, seguía siendo muy guapa; en ese instante sentí que la amaba, y aquella sensación me causó placer y dolor al mismo tiempo.

—Tenemos que buscar un escondite para pasar la noche —comenté—. Lo más cerca posible de la Casa de la Moneda.

Exasperado y enojado a la vez, el niño miró a Margarida y gritó:

—¿Ves cómo es? ¡No quiere cuentas con nadie! ¡Ni con mi hermana, ni con mi perro, ni siquiera con su amigo!

Ignoré sus palabras, y el inglés tampoco intervino. Pero Margarida desvió la mirada: acababa de desilusionarla una vez más.