Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 46 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 45

45

 

 

Quien estaba viéndome nadar en el río era, obviamente, Bernardino. Había acompañado a los soldados en la batida de la Casa de la Moneda por orden de Sebastião José. Cuando me vio junto al portón, informó al capitán de la compañía sobre el especial interés que el ministro tenía en mí. Mi huida no solo frustró a Bernardino, sino al capitán y a sus soldados, que dispararon con furia contra Mohamed. Con la primera ráfaga de balas lo mataron, y con la segunda, la que yo presencié desde el río, lo desfiguraron de manera horrible.

Las órdenes de Sebastião José eran clarísimas: ejecutar a los bandidos, decapitarlos y después exhibir públicamente sus cabezas clavadas en postes, en las plazas, hasta que la anarquía amainase. Y eso fue lo que hicieron con el árabe. Mientras Bernardino comprobaba el oro con el heroico sargento, el cadáver de mi amigo fue trasladado a la plaza de la iglesia de San Pablo. Arrojaron el cuerpo a una pila de restos mortales y el mismo sargento cargó, durante un día entero, con la cabeza cortada sujeta al cinto como trofeo, hasta que por la noche la clavó en una estaca en medio de la plaza del Rossio.

Bernardino regresó a Belém y fue a hablar con Sebastião José. Encontró al ministro crispado por haberse visto obligado a debatir con varios nobles y con el padre Malagrida la organización de procesiones en el Rossio.

Ese día, el rey se había mostrado aún más emocionado y dolido, de modo que su alma era terreno fértil para la espiritualidad y la religión. Su confesor, al advertir su estado de ánimo, no perdió el tiempo y acrecentó sus ambiciones.

—¡Las procesiones son la única forma de arrepentimiento! La ciudad, su pueblo pecador, tiene que pedir misericordia a Dios. ¡Lisboa ha sido castigada como Sodoma, como Gomorra, que Dios transformó en sal! ¡Solo con plegarias, penitencias y oraciones podremos alcanzar la salvación!

El padre Malagrida no se limitaba a predicar, gritaba con la voz tensa de emoción. La mayoría de los nobles eran temerosos de Dios y las propuestas del confesor del rey les parecían razonables. ¿Quién, en aquellos días, podía negar el castigo divino? Malagrida sumaba aliados en la corte, mientras que Sebastião José los perdía. Sus preocupaciones —la alimentación, el crimen, el abandono de la ciudad, la inhumación de los muertos— se les antojaban triviales a la mayoría de aquellos hombres biempensantes, meras futilidades logísticas comparadas con lo trascendental, y eso infundía ánimos al padre Malagrida.

Cuando Sebastião José propuso que los muertos, amontonados provisionalmente junto a las iglesias en pilas cada vez más grandes, fuesen enterrados inmediatamente en fosas comunes abiertas en el suelo, se generó una gran alarma, incluso una inflamada indignación. La tradición portuguesa no era esa, decían, sino la de enterrar a los muertos en el suelo de las iglesias. ¡Hacerlo en fosas, y comunes, para más inri, era un sacrilegio! Los bramidos de Malagrida eran secundados por los clamores de los demás religiosos presentes: ¡qué inmenso pecado no dar una sepultura digna a los difuntos del terremoto! De manera que, tal como exigía la lógica, habría que esperar a que las iglesias estuviesen preparadas para recibirlos.

Esta argumentación, en apariencia digna y respetuosa con las tradiciones fúnebres de un pueblo, enfureció a Sebastião José. Lúcido pero airado, declaraba que apilar a los muertos no solo era un espectáculo terrible y desmoralizador para los vivos, sino que dejarlos así, a la espera, era invocar enfermedades que siempre se cebaban en los cadáveres a cielo abierto. La ciudad no tenía que verse invadida por la pestilencia ni ser víctima de epidemias, fatales en aquellas circunstancias. Además, restaurar las iglesias se prolongaría durante meses, incluso años, pues la gran mayoría no eran más que ruinas. Así pues, era imperioso enterrar a los muertos lo antes posible. El verdadero sacrilegio sería, sin duda, dejarlos meses pudriéndose, siendo pasto de los animales, o de las personas.

Al escuchar la mera posibilidad de canibalismo, casi todos los presentes se santiguaron, afligidos, y el padre Malagrida rezó en alto una oración pidiendo a Dios el perdón por tan horripilante afrenta. Pero el argumento se adhirió como una lapa y, en este punto, el rey don José le dio la razón a su ministro en detrimento de su confesor. Autorizó el entierro de los cadáveres en fosas comunes justificándolo con el argumento de las epidemias, a las que temía profundamente, aunque por el momento solo estuvieran en su imaginación.

Con todo, y quizá como compensación, la polémica otorgó a Malagrida una victoria importante: el rey permitiría que, a partir de aquel día, su confesor organizase procesiones en el Rossio en las que aleccionaría a la gente a través de la oración. El padre Malagrida podría dirigirse a las multitudes en la plaza, celebrando una especie de misa de campaña permanente. La decisión irritó sobremanera a Sebastião José, pues interfería en sus planes de poner orden de la ciudad, y en ese estado de espíritu es como Bernardino lo encontró.

—Los bandidos se mezclarán con los fieles y será más difícil capturarlos —refunfuñaba el ministro.

Bernardino aprovechó entonces para relatarle la expedición a la Casa de la Moneda, donde el oro reposaba tranquilamente. Una guarnición se había quedado custodiándolo y Bernardino ensalzó con convicción el heroico desempeño del joven sargento. Orgulloso de esta historia, que calificó de ejemplo fundamental, Sebastião José avanzó la idea de ascender al sargento al rango de teniente, propuesta que comunicaría en breve al marqués de Alegrete. Después, al escuchar que el pirata se había escapado, preguntó:

—¿Estaban atacando la Casa de la Moneda?

Bernardino narró el episodio: el engaño al joven sargento, los bandidos apuntándole con las pistolas, la actuación de los soldados. No llegó a adivinar las verdaderas intenciones de los piratas, pero buenas, sin duda, no eran.

Sebastião José comentó con una ligera sonrisa en los labios:

—Entonces, a partir de ahora, es un criminal y un enemigo del reino. Hay que encontrarlo y matarlo.

Bernardino le describió la muerte brutal del árabe, pero advirtió que, para su sorpresa, Sebastião José fruncía el ceño:

—No ha sido inteligente. Si siguiera vivo, el otro habría intentado salvarlo.

Bernardino, que había pasado por alto aquella deducción, se encogió de hombros y atribuyó aquel bárbaro fusilamiento a la ira de los soldados.

—¿Y la mujer? ¿No estaba con ellos? —preguntó el ministro.

En los alrededores no habían visto a nadie, explicó Bernardino. Sebastião José guardó silencio, y nuevos asuntos distrajeron su atención. Pero a media tarde, cuando el ministro recibió al embajador inglés, Abraham Castres, el tema se retomó inesperadamente. Durante la audiencia, el embajador relató las dificultades por las que pasaba su comunidad. Ya cerca del final llamó la atención del ministro sobre la historia de un comerciante inglés, antiguo capitán de la marina de Su Majestad, que actualmente vivía en Lisboa. De nombre Hugh Gold, se había presentado por la mañana en su residencia y le había contado que un grupo de hombres lo había retenido y que estaba preparándose para asaltar la Casa de la Moneda.

Tras escuchar aquella confidencia, Sebastião José sugirió que mandasen llamar al británico para que la narración de los hechos resultara más fidedigna. Y así fue como Bernardino conoció a Hugh Gold y se enteró de quiénes eran nuestros acompañantes: una joven guapa y un chiquillo de doce años que buscaba a su hermana gemela, supuestamente viva todavía bajo los escombros de su casa.

Ante un interesadísimo ministro, Hugh Gold describió la anarquía reinante en el Terreiro do Paço, las pandillas de esclavos y de bandidos de todas las nacionalidades que hacían de la plaza lisboeta un campo de batalla, y enseguida se dio cuenta de que lo que más preocupaba al ministro era dar con el paradero de Santamaria.

—Well, he is trying to huir de Lisboa. He needs un barco… He wants the oro to buy a barco…

Sebastião José lo interrumpió:

—¿Es portugués?

El inglés asintió, y explicó que era un portugués abandonado hacía mucho tiempo por el rey anterior, don Juan V, que fue hecho prisionero por los árabes y que al final también se convirtió en pirata.

—¿Y dijo cuál era su nombre portugués?

—Hell, no! —respondió Gold.

Sebastião José permaneció pensativo unos segundos, y al fin preguntó:

—¿Y dijo que me conocía?

El inglés se quedó ciertamente sorprendido con la pregunta.

—Good lord, no! No, su excelencia… But, you know Santamaria?

Sebastião José se encogió de hombros, pero Bernardino notó un ligero alivio en sus facciones:

—Es un bandido, prisionero del Limoeiro. Intentó asaltar mi carruaje el día del terremoto por la tarde.

Gold se quedó boquiabierto:

—Good lord! ¿He attack your excelencia?

El ministro del rey hizo una nueva pausa antes de seguir interrogando al inglés:

—¿Por qué decidió atacar la Casa de la Moneda? Según el sargento que la estaba custodiando, durante los primeros días nunca había apareció por allí.

En ese momento, Gold se mostró avergonzado:

—Well, my fault, my culpa… The day before, he wanted to kill me, quería my dinero… I told him Casa de la Moneda solo had un soldado… I had talked with the sargento, in primer día, he was solo…

Sebastião José lo miró inexpresivo. El inglés siguió hablando:

—¡Well, yo los llevé there, but… bandits attack, yo huir!

Tanto el embajador como Sebastião José guardaban silencio:

—¡It was a pesadilla, a nightmare! —se justificó el inglés.

Relató lo del fuego en el Palacio Real, las peleas, los muertos, los ataques. Los otros no lo interrumpieron, fascinados con aquel relato vivo de los acontecimientos de aquellos días.

—Good lord, I was lucky, suerte yo alive…

Sebastião José estuvo de acuerdo con él. Después dijo:

—El otro pirata, el árabe, ha muerto. Pero a la chica y al niño no se les ha visto, y el tal Santamaria se tiró al río. La corriente debe de haberlo llevado de vuelta a la ciudad. ¿Dónde cree que pueden haber ido?

Gold se puso nervioso:

—Hell, ¿back to the ciudad? But ¿por qué? ¡He has nothing in la ciudad! ¡He could go to Mocambo, to esclava, black girl!

Sebastião José frunció el ceño:

—¿Mocambo? ¡Madragoa! Mocambo es el nombre que le dan los esclavos. Pero eso está hacia la desembocadura del río, no hacia arriba. Para llegar a Madragoa tendrá que cruzarse con nuestros soldados.

Hugh Gold lo interrumpió:

—Santamaria is rápido, very inteligente. He will escape soldados… He is going para Mo… para Madragoa, sorry.

Sebastião José sonrió, contento con la corrección de la palabra.

—¿Y la chica y el niño? —preguntó.

—Hell, don’t no! —respondió Gold—. The girl has miedo, mucho miedo. She has miedo of the fires. Maybe she will leave ciudad. The boy… he is determinado, he wants to find hermana…

Sebastião José reflexionó un poco más y entonces preguntó:

—¿Dónde está esa casa, la casa donde la niña está supuestamente sepultada?

Gold describió el lugar, añadiendo que había estado allí ayudando al niño, igual que Santamaria.

—Entonces —dijo el ministro del rey—, es esencial enviar a un grupo de soldados a esa casa a buscarlos. Si aparecen, será allí. Y tú tienes que ir con ellos para orientarlos.

Allí mismo se decidió que al día siguiente por la mañana enviarían una expedición militar a la casa del niño, con Hugh Gold y el escribano. Al término de la audiencia, cuando los ingleses ya se habían marchado, Sebastião José informó a Bernardino de que a la mañana siguiente tendría que tomar su carruaje para asistir en primer lugar a las procesiones de Malagrida en el Rossio, y que después iría a hablar con monseñor Sampaio, que seguía estando en la catedral. De camino, vería qué podía sacar en claro de la visita a la casa del niño. No estaba convencido de que allí encontrasen al pirata, pero, tal vez, localizando a la chica, podrían saber de él.

Pensándolo bien, al escribano no se le pasó que Sebastião José se sentía aliviado por el hecho de que el inglés no supiera que Santamaria era un viejo conocido del ministro. Eso significaba que el pirata no estaba difundiendo una vieja historia ocurrida muchos años antes y que incomodaba en extremo a Sebastião José…