Cuando Lisboa tembló
Capítulo 18
18
La hermana Margarida jamás pensó que el río pudiera mojarle las piernas en una calle del centro de Lisboa, pero eso fue lo que sucedió cuando una ola de más de medio metro de altura rodó por la esquina que tenía delante y después se abalanzó sobre los escombros de las casas formando remolinos inesperados, cubriéndolo todo de una repugnante espuma marrón. A las dos monjas no les dio tiempo a reaccionar. En un segundo se vieron encharcadas hasta la cintura, cogidas la una a la otra para evitar caerse y ser arrastradas por el agua. Su sorpresa fue inmensa, pero consiguieron mantener el equilibrio y presenciaron incrédulas el avance de la corriente de lodo, que solo perdió fuerza cuando se topó con la elevación del terreno al principio de la calle que llevaba a la iglesia de la Magdalena.
Llegaron tres olas. La primera fue la más intensa, las otras dos no aumentaron los estragos ya presentes ni añadieron más miedo, simplemente se limitaron a acarrear más porquería.
Un palo sumergido golpeó las piernas de la hermana Margarida y allí se quedó atascado, impidiéndole caminar. Entonces, cuando se agachó e intentó apartarlo con la mano, se percató con horror de que no se trataba de un palo de madera, sino del cuerpo de un hombre que fluctuaba por debajo de aquella mixtura marrón. Estaba desnudo, ahogado, y de su boca brotaban glebas de tierra mezcladas con una especie de baba blanquecina.
La hermana Margarida apartó el cadáver. Vio los ojos abiertos del hombre, aterrorizados, mientras el cuerpo rodaba sobre sí mismo y luego se quedaba boca arriba, flotando, balanceándose con el movimiento del agua hasta que se detuvo unos metros después, encallado en un montón de palos, como si fuese una madera más.
—¡Cristo! —murmuró la monja joven—. ¿Qué ha pasado?
La hermana Alice no lo sabía.
—El río nunca sube hasta aquí…
Ya iban por la parte baja de la ciudad, camino del río. Habían dejado al chico y descendían en dirección a la plaza del Terreiro do Paço. Se detuvieron a esperar que el río regresase a su cauce. Y eso fue lo que sucedió: las aguas fueron reculando, en reflujo, arrastrando consigo mucho de lo que habían traído, pero dejaron tras de sí un rastro de tierra enlodada, de detritus y también de cadáveres. De pronto, justo enfrente de donde se encontraban, apareció un grupo de hombres, mujeres y niños con los cuerpos empapados y desnudos; ninguno se movía, ni se movería jamás.
Al mirar hacia unas ruinas, la hermana Margarida sintió que se le helaba el corazón. Arrinconado contra una barandilla, contorsionado y tendido en el suelo, había un bulto negro, un hombre, el fantasma que vio en la celda cuando intentó suicidarse. Asustada, cerró los ojos unos instantes, y cuando volvió a abrirlos lo vio de nuevo, aún seguía allí. Le tocó el brazo a la hermana Alice y le preguntó si también veía a alguien en aquel sitio. Cuando señaló el lugar, el dedo apuntaba hacia algo inexistente y, como era de esperar, la monja anciana le respondió que allí no había nadie. La hermana Margarida concluyó que quizá su mente perturbada le estaba jugando malas pasadas.
Las dos mujeres tenían miedo de que viniesen nuevas olas, cosa que no sucedió. Lo que vino fue peor: personas aterrorizadas, cubiertas de lodo, intentando correr a trompicones, como espantajos vivientes y descoyuntados; atemorizados por lo que acababan de vivir, pretendían alejarse del río en el que habían depositado su confianza y que los había traicionado.
—¡Huid! ¡Huid! —gritó un hombre desnudo y cubierto de fango.
La hermana Margarida bajó la mirada, avergonzada, pues se le veía el bajo vientre, donde asomaba un pene minúsculo, ridículo, frágil, vulnerable.
—¿Qué ha pasado? —preguntó la hermana Alice.
El hombre desnudo dio dos pasos hacia las monjas con el cuerpo cubierto de tierra mojada y sangre, que le goteaba del pelo y le caía sobre la cara y los hombros. A la hermana Margarida le recordó un Cristo sufriente y malherido.
—¡Ha venido una ola gigante que ha matado a miles de personas! — exclamó.
—¿Dónde? —preguntó la hermana Alice.
El hombre se dio media vuelta y señaló con los brazos:
—¡En el Terreiro do Paço, y lo ha destruido todo! El Cais da Pedra y la Aduana… Tuve que agarrarme a una pared para que las aguas no me llevaran… He visto a la gente ahogarse en un instante. ¡Que Dios tenga piedad de nosotros!
Se santiguó y al hacer la señal de la cruz se dio cuenta de que iba desnudo. Se llevó las manos al bajo vientre, dio media vuelta y se marchó de allí, aturullado por haberse presentado en cueros ante dos monjas.
Un nuevo grupo de gente hizo su aparición: hombres, mujeres y varios niños llorando. Todos, empapados y semidesnudos, pasaron por delante de ellas sin decir una sola palabra, gimiendo en voz baja mientras seguían calle arriba.
—Van al Rossio —murmuró la hermana Margarida.
—¡Nosotras no iremos! —exclamó la monja de más edad con convicción —. ¡No podemos ir, nos atraparán!
—¿Y adónde vamos a ir? —preguntó la monja más joven.
—Al Terreiro do Paço —respondió la otra.
—¿No te dan miedo las olas?
La hermana Alice no lo dudó:
—Prefiero las olas a los guardias.
La hermana Margarida no sabía nadar y jamás había subido a un barco, pero sabía que en el Rossio correría peligro.
—¿Por qué no vamos a ayudar al chico? —preguntó—. Ir al río ahora es peligroso, puede que vengan más olas.
La monja anciana le preguntó irritada:
—¿Qué quieres tú del chico?
La hermana Margarida se sorprendió, no entendió la pregunta.
—Nada… Solo quiero ayudarlo y encontrar a su hermana…
Entonces aparecieron dos frailes con los hábitos empapados y se pararon delante de ellas.
—¿Adónde vais? —preguntaron.
Y las monjas explicaron sus intenciones y ellos les aseguraron que tal idea era imposible.
—En el Terreiro do Paço no hay nada, solo muertos —dijo uno de los frailes.
—No hay barcos, han naufragado. Incluso los que estaban lejos del Cais da Pedra, en medio del río, han desaparecido con las olas —añadió el otro.
La hermana Alice preguntó:
—¿Nadie puede irse en barco?
—Nadie —dijeron los dos frailes a coro.
Y a continuación sugirieron a las monjas que se uniesen a ellos.
—Vamos a rezar por las almas que se han perdido en este terrible día. Vamos a reunirnos en el Rossio para rezar —explicó uno de ellos.
—La gente se está marchando de la ciudad al campo. ¡Venid, vamos a rezar! —sugirió el otro.
La hermana Alice se quejó de dolores en la pierna, y les dijo que no podría caminar hasta el Rossio.
—Entonces —propuso uno de los frailes—, ven con nosotros hasta la catedral. La catedral no se ha derrumbado.
Astuta, la hermana Alice les sonrió y les prometió seguirlos en breve.
—Echad a andar vosotros. Yo dejaré que se me pase el dolor y después os alcanzaremos allí.
Los frailes les desearon buena suerte y se despidieron. A la hermana Margarida le pareció sospechoso que la hermana Alice no les hubiera dicho la verdad.
—¿Quieres ir a la catedral? —le preguntó.
La otra monja negó con la cabeza:
—¡Dios me libre! Lo que quiero es huir.
La monja joven guardó silencio y se quedó mirando a otras víctimas de aquel infortunio, personas afligidas por la muerte de algún ser querido que había desaparecido con la fuerza de las aguas.
—Vamos —dijo al fin la hermana Alice.
—¿Adónde? —preguntó la monja joven.
—Al Terreiro do Paço. Cuanto más cerca estemos del río, mejor.
Aunque no estaba de acuerdo, la hermana Margarida no tuvo ánimos para oponerse a la orden de la vieja monja. Le ofreció el hombro y esta se apoyó en ella para empezar a caminar, acercándose cada vez más al destino escogido.
Al pasar por una montaña de escombros, observaron en lo alto la carcasa de una pequeña falúa con la cubierta despedazada, el mástil cortado por la base y el casco agujereado en varios puntos. Tendidos al lado de la embarcación vieron a dos hombres, uno más alto y más fuerte que el otro, enlazados por una cuerda, completamente empapados. Parecían desmayados. Estaban casi desnudos, y la hermana Margarida no pudo evitar sentir curiosidad femenina.
—¿Crees que están muertos? —preguntó.
—¡Y a mí qué me importa!
La monja anciana quería seguir andando, pero la más joven la obligó a aminorar el paso.
—¿Por qué te detienes? —preguntó la hermana Alice.
—Seguro que son marineros… Tienen un barco.
—¿Y qué?
—Si estuvieran vivos, quizá podrían ayudarnos.
La hermana Alice se detuvo, comprendiendo la idea de la más joven. Observaron a los dos hombres y lo que quedaba de la pequeña embarcación.
—El barco está destruido, no regresarán al mar tan pronto —concluyó la hermana Alice.
—Pero pueden saber de otros barcos —dijo entusiasmada la joven.
Pero al aproximarse, se llevó un susto. Uno de los hombres, el más alto, se movió y tosió con fuerza, escupiendo agua y tierra.
—¡Cuidado! —murmuró la otra monja—. Podrían ser piratas…
—¿Piratas? ¿Piratas en mitad de Lisboa?
—Nunca se sabe —murmuró la hermana Alice.
Fue nuestro primer encuentro. Solo me acuerdo de verla envuelta en una neblina difusa. Una cara, una chica guapa que se movía delante de mí; y después, unas ganas insoportables de toser, los pulmones y la boca llenos de inmundicia; una extraña sensación de aturdimiento permanente y de desorientación. Cuando me desperté no sabía dónde estaba, y en los primeros momentos ni siquiera me acordaba de lo que había pasado. Después recordé la ola y una angustia intensa me inundó el pecho. Cerré los ojos y me volví hacia ella, como un animal que por instinto presiente el peligro, y me di de bruces con esa cara bonita que Dios le ha dado.
Con los pies enterrados en el fango, la joven trepó por la montaña de escombros. Yo seguía tosiendo, pero me volví de repente y desenvainé un puñal.
—¿Qué quieres? —le pregunté apuntándole con el arma.
Asustada, la hermana Margarida casi se cayó hacia atrás. Apoyó las manos en el suelo para recuperar el equilibrio y después vio que, a pesar del puñal y de mi postura agresiva, mi mirada era vivaz e inquisitiva pero no hostil.
—Solo quería saber si estabais vivos —respondió.
Perdí el interés por ella y me concentré en mi compañero; empecé a llamarlo al tiempo que lo sacudía:
—¡Mohamed, Mohamed, despierta!
La joven guapa me preguntó:
—¿Está vivo?
Le respondí:
—Parece increíble después de lo que nos ha pasado… pero creo que sí.
La monja joven sonrió. Sentí curiosidad:
—Y vosotras, ¿dónde estabais cuando vino la ola?
—No estábamos cerca. Venimos del Rossio, la ola nos sorprendió allí, junto a la calle que va a dar a la iglesia de la Magdalena.
Al oír hablar de aquella calle me acordé del niño, pero no dije nada. Volví a sacudir a Mohamed, pero no reaccionó. Entonces me incorporé y miré la falúa. Me volví hacia las mujeres y dije:
—Estábamos dentro del barco, en el río. Hemos venido a parar aquí…
No podía dar crédito a que la ola nos hubiera arrastrado junto con el barco a tantos metros de distancia del agua, y a que hubiéramos sobrevivido a tan extraño viaje, flotando por encima de los escombros de una parte de la ciudad.
—Deberíamos irnos —dijo la hermana Alice—. No nos pueden ayudar.
La miré primero a ella y luego a la hermosa joven.
—¿En qué?
La monja joven me sonrió y dijo:
—Tenemos que irnos de la ciudad por el río, y como vosotros sois marineros podríais llevarnos en un barco.
Intrigado, le pregunté:
—¿Por qué tenéis que salir de la ciudad? ¿Estáis huyendo de alguien?
La hermana Alice, visiblemente nerviosa, subió el tono:
—¡Vámonos…! ¡No hables con ellos, no les cuentes nada!
La hermana Margarida titubeó y nos miró. Yo les di un consejo:
—No vale la pena que vayáis al río, no hay barcos. Ninguno ha sobrevivido a la ola.
Mohamed empezó a moverse, a toser y a abrir los ojos. Me arrodillé a su lado para ayudarlo a renacer a la vida. Me olvidé de ellas.
Y eso fue lo que pasó la primera vez: casi nada. Una cara bonita en medio de aquella salvajada; un vago recelo en su alma; mi incredulidad por el lugar al que la ola nos había arrastrado; una sensación de hostilidad por parte la mujer mayor; y después el desinterés, el alejamiento, la necesidad de auxiliar a Mohamed y nada más… Y podría haberse quedado en eso: un corto e irrelevante episodio, un encuentro fortuito entre dos seres fustigados por la misma hecatombe y desviados de su camino individual. Pero no fue así. Solo fue el principio…
Las dos mujeres se dirigían de nuevo al Terreiro do Paço y ya habrían caminado aproximadamente unos trescientos metros cuando la más joven se detuvo y dijo:
—No vale la pena. Ya has oído lo que ha dicho: no hay barcos.
—¡Vayamos allí igualmente! —exclamó la hermana Alice.
La hermana Margarida cruzó los brazos sobre el pecho, con determinación.
—No. Yo no voy. Si quieres, ve tú, yo vuelvo atrás.
—¿Atrás, adónde? —preguntó la monja anciana frunciendo el ceño.
Entusiasmada, la hermana Margarida dijo:
—¡Vamos a ayudar al niño! Nos quedamos con él esta tarde, y puede que también esta noche. Y mañana volvemos a intentar tomar un barco.
Cansada, la hermana Alice suspiró. Comprendió que no valía la pena oponerse a la monja joven y se sometió a su voluntad. Regresaron lentamente, y cuando pasaron junto a la montaña de escombros la falúa despedazada seguía en lo alto, pero los dos hombres ya habían desaparecido.