Cuando Lisboa tembló
Capítulo 36
36
Durante la segunda noche, el horrible eco de la catástrofe siguió llegando permanentemente a Belém. El Hospital de Todos los Santos había sido aniquilado por el fuego cinco años después de que le hubiera ocurrido lo mismo. Más tarde se supo que todos los hospitales lisboetas se habían derrumbado también, carbonizados. Despojada de todo uso sanitario, la ciudad quedaba amputada de auxilio médico.
Las prisiones del Limoeiro, del Tronco e incluso la de los esclavos, en los límites oficiales de la ciudad, habían sucumbido causando la muerte a cientos de prisioneros, pero liberando a muchos otros que ahora saqueaban agrupados en bandos. Circulaba el rumor de un enfrentamiento sangriento entre grupos de prisioneros y de esclavos. Estos últimos aprovechaban su inesperada libertad para vengarse robando a los antiguos señores.
Las noticias sobre las iglesias no podían ser peores. En treinta de las cuarenta parroquias de Lisboa, los edificios religiosos se habían derrumbado heridos de muerte, y los que resistían en pie eran víctimas fáciles de los robos.
Quien venía de la zona de Castelo coincidía con quien venía del Bairro Alto: no había edificio que hubiese resistido entre el Rossio y el Terreiro do Paço. San Nicolás, la segunda parroquia con más habitantes, era una ruina llameante, igual que la vecina Nuestra Señora de la Concepción, donde se decía que ninguna de las dos mil quinientas casas había salido ilesa. Al norte, junto al Rossio, la parroquia de Santa Justa se había transformado en una trágica sombra de lo que fue, arrasada hasta los cimientos.
Antes de correr hasta Belém, un individuo había pasado por Mártires y relataba que no solo la iglesia del mismo nombre y el convento de San Francisco se habían venido abajo, sino que también podía apreciarse la destrucción de varios palacios —el de la familia Bragança, el de la familia Corte Real, el del conde de Atouguia, el del marqués de Távora, el del conde de Vimeiro, el del conde de la Ribeira Grande, el del vizconde de Barbacena —, todos derruidos por las arremetidas de los temblores.
Una mujer, procedente del Bairro Alto, describió la fantasmagórica visión del convento de los Carmelitas, donde cientos de monjes murieron sepultados. Por allí cerca se anunciaban más tragedias, pues se decía que en el convento de la Santísima Trinidad no había habido supervivientes.
Y las diversas historias proseguían imparables, como si el terremoto no se acabara nunca. De vez en cuando, Bernardino observaba la cara de Sebastião José y se convencía de que no era de este mundo, pues no manifestaba la más mínima señal de emoción. Mientras unos se entristecían o lloraban y el rey sollozaba conmovido, Sebastião José permanecía serio, frunciendo el ceño de vez en cuando al escuchar una tenebrosa novedad más, pero enseguida se concentraba en el mapa, pensativo.
El torrente de informaciones no cesaba; al contrario, cada vez se propagaba con mayor intensidad. La parroquia de Sacramento, altiva y bellísima, había sido salvajemente destruida por los temblores de tierra y el fuego. La iglesia de San Roque, fabulosa morada de la capilla de San Juan Bautista, en cuya construcción el rey don Juan V dilapidó una fortuna, estaba reducida a polvo y cenizas. La iglesia de Loreto, otra más, derrumbada. La plaza Largo de São Roque y la rua do Carmo no eran más que dos recuerdos en la cabeza de todos, pues ya no existían. Y más palacios se sumaban a la lista de los edificios aniquilados: el del duque de Lafões, el del marqués de Nisa, el de los condes de Oeiras y Cocolim. Era como si aquella maravillosa parte de Lisboa, la más rica, se hubiese ofrecido como tributo a las implacables leyes de la naturaleza.
La fuerza de los temblores y de las réplicas, que no habían parado de sacudir la ciudad desde hacía más de dos días, había dejado a Lisboa devastada. La iglesia de San Pablo también se había caído, así como la de Santa Catalina, de la que se decía que se había tragado a una multitud en la plaza de enfrente. Los conventos de las Bernardas, Inglesitas y de las Trinas, en el barrio de Madragoa, también se habían desplomado, y en Alcântara las cosas no estaban mejor: el convento se había derrumbado aplastando a decenas, o a cientos, de monjas, nadie podía asegurarlo.
Los hombres que venían del este de la ciudad confirmaban —al contrario de lo que se pensaba o se esperaba al principio— que en aquella zona la devastación era inmensa, contribuyendo así a la desmoralización general. La Alfama estaba muy castigada, el convento y la iglesia de Santa Clara estaban hechos añicos, las iglesias de Santa Engracia y de San Vicente de Fora estaban destrozadas y se habían llevado por delante miles de vidas que estaban oyendo misa a la hora del terremoto. Junto al castillo, la parroquia de la Magdalena también era una pira fúnebre que aún ardía con furia.
Entretanto, en plena noche, Sebastião José ordenó que un grupo de hombres partiese por la mañana al Terreiro do Paço, y nombró a Bernardino líder de la expedición. Quería que él verificase si era cierto el relato del cataclismo total no solo en la plaza del palacio, sino también en las zonas comerciales situadas al este.
Cuando amaneció, Bernardino partió a caballo, pues en coche o en carruaje resultaba mucho más difícil llegar al centro. A lo largo de la rua da Junqueira había, igual que el primer día, miles de habitantes acampados por las calles.
—Esto no es nada comparado con lo que hay por ahí en los campos en torno a la ciudad —comentó uno de sus compañeros de viaje, un soldado.
Había pasado los dos primeros días en la zona norte de Lisboa antes de ser llamado a Belém, y su recuento, por más exagerado que pareciese, era aterrador. Miles de personas habían ocupado los campos limítrofes, desde Ourique hasta los situados más al norte. Era como si una nueva y fantasmagórica urbe hubiese nacido en cuarenta y ocho horas, un campamento colosal y desorganizado de tiendas de campaña y carros y personas desamparadas.
—La gente roba en las casas en busca de camas, colchones y mantas, y después se marcha en masa a los campos y se instala allí, como si fuese su casa. Como animales, igual que hormigas, qué sé yo —proseguía el soldado.
El frío, el hambre, la sed, eran ahora los enemigos principales de los habitantes de aquella nueva Lisboa provisional, afligida y angustiada, donde ya no reinaba nadie, ni don José, ni siquiera Dios, sino el caos.
—Se matan los unos a los otros por una manta…
Sebastião José había avisado de la necesidad de mantener el orden, pero los pocos soldados disponibles no podían proporcionar seguridad a aquellas gentes aterrorizadas.
—Ya no hay comida…
El soldado estaba convencido de que un día o dos más en esas condiciones, y reinaría la desesperación absoluta. Se temía lo peor: un abismo humano donde la decencia acabaría y nacería lo indescriptible y lo impensable.
—Si no llega la comida, acabarán comiéndose los unos a los otros — profetizó el soldado, sobrecogido.
Bernardino sintió un escalofrío en el espinazo. Había oído contar historias de canibalismo en los mares, en navíos que se perdían, en naufragios, en islas desiertas, pero ¿caníbales en su Lisboa? Aquello era una pesadilla…
Durante la cabalgada pudo confirmar la destrucción en Alcântara, en Santos, en Remolares. Vio Santa Catarina hecha añicos, los escombros repartidos cuesta abajo, como vómitos de materiales de un enojado dios de la arquitectura. Solo sintió un ligero alivio cuando vio la Casa de la Moneda intacta, y anotó mentalmente que a la vuelta tendría que pasar por allí.
Su corazón no pudo contener la emoción al acercarse, por primera vez desde el inicio de aquel tormento, a la plaza principal de la ciudad. La Ribeira das Naus estaba desintegrada, los astilleros no eran más que carbón y humo. El Palacio Real ardía y el torreón parecía una triste pira que amenazaba con desplomarse en cualquier momento.
En plena combustión, casi en fase terminal, renegridos y despojados de su anterior belleza, así estaban el Palacio Real y la Aduana. De la Casa de la Ópera, novísima obra a cuya fiesta de inauguración no pudo asistir, solo quedaba el emplazamiento y un montón de brasas humeantes. Lo mismo se podía decir de la magnífica Iglesia Patriarcal y del convento de San Francisco. La Casa de la India, donde se alojaba el archivo de más de doscientos años de comercio con Oriente, había dejado de existir.
En la plaza reinaba el caos. En el centro se elevaba una montaña humeante de enseres, paquetes y sacos, e incluso muebles. En las esquinas se distinguían cuerpos de personas, de caballos y de mulas carbonizados junto a los carruajes. Bernardino se percató de la dimensión de la ola que sumergió la plaza la primera mañana al comprobar con sus propios ojos no solo la desaparición del famoso muelle del Cais da Pedra, sino también la presencia de fragmentos, mástiles, cubiertas y cascos de barcos repartidos por el suelo o depositados en posiciones extrañas sobre las ruinas.
El lado este de la plaza también le causó un impacto brutal. En la parroquia de San Julián, la más grande de la ciudad, junto al río, no quedaba un solo edificio en pie. Los mercados de cereales y de carne, así como centenares de tiendas y almacenes ya estaban totalmente consumidos por las llamas o en vías de estarlo. Bernardino sabía que antes allí vivían cerca de veinte mil personas, pero en aquellos momentos no habría podido sobrevivir ni un alma.
Como Sebastião José de Carvalho e Melo se temía, la vitalidad comercial de la ciudad se había visto cercenada abruptamente, pues sin registros ni locales donde efectuar las transacciones el comercio no podría recomponerse. Bernardino caminaba desolado por la plaza. Más allá de la rua Nova dos Ferros y de la rua da Confeitaria, la parte baja de la ciudad ardía con una voracidad que impedía cualquier visita.
De pronto, entre la multitud distinguió una figura que lo hizo detenerse. Era él, ¡el prisionero del Limoeiro! El hombre al que vieron el primer día cerca de la iglesia de Santa Isabel y que burló a los soldados. Iba acompañado de una chica muy guapa, por cierto, y por otro hombre más bajo que parecía árabe. Sus miradas se cruzaron y Bernardino tuvo el convencimiento inmediato de que el hombre también lo había reconocido. ¿Cuántos años habían pasado desde la última vez que se vieron? No lo sabía, pero muchos: eran dos muchachos en aquellos tiempos.
El pirata, presintiendo el peligro, huyó, pues Bernardino alentó a los soldados con la vaga esperanza de que lo prendieran. Con todo, estos vacilaron. La plaza estaba atestada de gente enfurecida, desesperada, y cualquier intento de represión podría desencadenar la convulsión general.
De manera que Bernardino no tuvo más remedio que contentarse con ver al pirata de la petición alejarse, escabulléndose entre la gente, en dirección a la zona este de la plaza. Durante aquellos dos días, el hombre no había conseguido salir de Lisboa ni por tierra ni por mar. Por tanto, ahora que los puertos estaban cerrados a la navegación, aún tendría más dificultades para abandonar la ciudad. No le quedaba otra opción que esconderse, lo cual tampoco resultaba tan sencillo como podría parecer en aquella urbe en llamas y sembrada de ruinas.
—Tendrás que comer y beber —murmuró Bernardino.
Beber no sería difícil, pues el agua que transportaba el acueducto de las Aguas Libres discurría por las fuentes. Comer sí que supondría un impedimento para el pirata o para cualquiera de los desesperados del Terreiro do Paço.
Meses más tarde, en una conversación con Bernardino, me enteré de que cuando llegó a Belém encontró a Sebastião José todavía sin dormir, siempre concentrado y enérgico, y que le presentó el listado de los incalculables daños que había sufrido Lisboa. El ministro de Asuntos Exteriores lo escuchó sin manifestar, una vez más, su estado de espíritu: se limitó a hacerle algunas preguntas, a comprobar los mapas y a garabatear notas en sus papeles. Sus preocupaciones fundamentales seguían siendo las mismas: el bandidismo que proliferaba, la incapacidad de alimentar a las hordas de habitantes hambrientos que se habían refugiado en los campos de los alrededores y la desbandada general, el abandono de la capital.
—El marqués de Alegrete ha mandado a un emisario a avisarme de que en Sacavém hay pocos soldados, muchos menos de los que pensaba. Ha decidido avanzar por ahí con los que tiene para contener a los alborotadores. Los Dragones de Évora no llegarán hasta mañana o pasado.
Informó a Bernardino de que había podido reunir algunas decenas de soldados en Belém y que esa fuerza estaba disponible para ir a la ciudad al día siguiente entrando por la puerta de Alcântara.
—Sería mejor enviarlos a la Casa de la Moneda —sugirió el ayudante.
Bernardino le comunicó que se había olvidado de pasar por allí, porque Remolares era un desconcierto. Sebastião José arqueó las cejas, perplejo. Y al fin, Bernardino tosió y se armó de valor:
—La razón, en realidad, ha sido otra. He visto al pirata, el que hizo la petición, en el Terreiro do Paço…
Sebastião José lo fulminó con la mirada:
—¿Por qué no lo has arrestado?
Bernardino le explicó el estado general de los ánimos en la plaza, la prevención de los soldados y la fuga inmediata del pirata.
—Hemos hecho bien en cerrar los puertos —comentó Sebastião José.
Después examinó el mapa una vez más y dijo:
—Tenemos que capturarlo… Por tierra no podrá salir debido a los fuegos. Por el río, tampoco… Si no muere de hambre, o lo matan otros bandidos, lo capturaremos.
Tras un repentino silencio, le preguntó:
—¿Has dicho que iba acompañado de una mujer?
Bernardino lo confirmó:
—Sí, de una chica joven y guapa.
Sebastião José no dijo nada durante unos segundos, y a Bernardino le pareció ver una leve sonrisa en sus labios.
—Eso es bueno —concluyó el ministro—. Con una mujer al lado, la vida es más peligrosa para él.