Cuando Lisboa tembló
Capítulo 5
5
Durante las primeras horas que siguieron al terremoto, y mucho antes de habernos conocido, cada uno había vivido su historia de confusión, dolor y supervivencia. Mohamed, el niño, el inglés, la esclava negra, la hermana Margarida y yo habíamos tenido suerte. Los caprichos del destino nos habían salvado, al contrario de lo que ocurrió con miles de habitantes de la ciudad. Un año después, evocando esos recuerdos, hay quien habla de sesenta mil muertos, hay quien dice que hubo como mínimo treinta mil. Cuando Bernardino, ayudante de Sebastião José, vino a verme me dijo que «solo habían muerto quince mil», el número oficial de muertos, pero eso es porque el todopoderoso ministro quiere, por razones políticas, restar importancia a la tragedia.
Creo que nunca nadie podrá afirmar con seguridad cuántas personas murieron en el terremoto y en los días posteriores, pero fueron muchas. Durante días convivimos con los cuerpos putrefactos y los cadáveres apilados. Sí, fue una especie de infierno, creo que puedo utilizar esa palabra para describir lo que vi.
Sin embargo, como ya he dicho, todos los vivos teníamos una historia personal de resistencia. El hecho de haber sobrevivido creó entre nosotros una complicidad especial que nos acercaba y humanizaba, a pesar de los conflictos de aquellos días. Por eso es por lo que vale la pena recordar los relatos.
La hermana Margarida, por ejemplo, después del terremoto perdió la noción del tiempo. A veces, me contó, aunque estuviera despierta, se sentía confundida y aturdida. Otras, como si soñara con un mundo fantástico en el que solo había dolor y fuego y nubes de polvo y gritos. Le dolía el cuerpo, las piernas, la espalda, las clavículas, la parte superior de la cabeza y también el cuello. Seguía teniendo la cuerda apretada en la garganta, aunque ya no la asfixiase. Aunque sabía que se había caído, en su cerebro reinaba una enorme confusión y no podía explicar por qué estaba allí ni qué le había pasado.
Al cabo de un rato recuperó las fuerzas y pudo liberarse del montón de cascotes que la cubría. Se sentó, respiraba con dificultad. Había mucho polvo en el aire y tosía constantemente, tenía la garganta áspera, como si la hubiesen obligado a masticar tierra. Un silencio angustiante se abatió sobre la prisión, entrecortado por horribles gemidos.
Cuando la conmoción remitió, recordó su intento de ahorcamiento, interrumpido abruptamente por el derrumbe del techo de la celda. ¿Qué habría pasado? La hermana Margarida solo sabía que estaba viva, que no había muerto ahorcada y que, por tanto, al día siguiente moriría quemada, pasara lo que pasase. Me contó que aquel pensamiento la desanimó y que deseó suicidarse de nuevo. Lo mejor sería que se aplastara la cabeza con una de aquellas piedras, así pensarían que había perdido la vida en el desmoronamiento del Palacio de la Inquisición.
De pronto, volvió a ver que se le acercaba el fantasma, aquella sombra negra y oscura. Se le nubló la vista, estaba aturdida y mareada. Se tocó el pelo y lo notó pastoso y caliente. Se miró las manos: estaban teñidas del rojo de la sangre que le brotaba de una herida en el lado derecho de la cabeza. Seguro que se había golpeado con una piedra tras la caída, y cerró los ojos, satisfecha. Se moriría de verdad.
En un momento dado oyó voces. En alguna parte, una mujer gritaba pidiendo ayuda.
La hermana Margarida miró hacia la puerta de la celda, pero ya no estaba en el mismo sitio, aunque ella ni siquiera se había dado cuenta. Intentó levantarse, pero la pierna derecha le dolía intensamente. Miró la herida: sangraba, aunque no se le veía el hueso. No tenía la pierna rota. Rasgó el dobladillo del vestido, se limpió el rasguño y se aplicó un improvisado torniquete para contener la hemorragia.
Al cabo de unos minutos se levantó, pero un fuerte vahído la obligó a sentarse. Estaba mareada, vomitó. Cuando se recompuso, intentó incorporarse de nuevo y esta vez ya no se sintió tan indispuesta. Caminó entre los escombros, pasó por la puerta caída y salió al pasillo. Exhausta por el esfuerzo, se sentó de nuevo. Así permaneció unos minutos hasta que normalizó la respiración mientras examinaba el pasillo. Un montón de cascotes le cerraban el paso. En algunas zonas había más luz de lo habitual, pues en el lado opuesto a su celda las paredes se habían derrumbado. Fuera podía verse la ciudad, cubierta de nubes oscuras de polvo.
Avanzó unos metros por el pasillo en dirección a la voz femenina que había oído. Vio un pie. Cerró los ojos, asustada, y cuando los abrió de nuevo vio el otro pie, y después las piernas y la barriga de un hombre cuya cara se encontraba aplastada por unas vigas. Las apartó. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo cuando tocó aquel cuerpo duro, y volvió a estremecerse en cuanto reconoció al carcelero —con quien había intercambiado caricias y vete a saber qué más—, que ahora estaba muerto, yerto, con los ojos vítreos y la cara paralizada componiendo una mueca de sufrimiento.
Se santiguó, le cerró los ojos y rezó una oración. De repente, vio que llevaba su cadena al cuello y se quedó perpleja. Aquello no tenía sentido, ella se la había entregado al Profeta y no al carcelero… Se armó de valor y, como nadie la observaba, le quitó la cadena y se la puso en el cuello. Después se santiguó por segunda vez, como pidiendo disculpas a Dios por el extraño pecado que acababa de cometer, y echó a andar en dirección a los gemidos.
El ruido venía de una celda al final del pasillo. Escrutó bien el lugar, y en medio de aquel pandemonio vio a una mujer con un vestido parecido al suyo, pero mayor, con el pelo canoso. Al verla, la anciana gimió:
—¡No puedo moverme!
La joven monja se acercó y, con gran esfuerzo, logró apartar las piedras que aplastaban las piernas de la mujer. En cuanto hubo terminado le dijo:
—A mí también me sangra una pierna.
La mujer mayor forzó una sonrisa:
—Tú eres joven, yo no.
La hermana Margarida examinó la herida:
—Es un corte profundo, pero no está rota.
Rasgó otro trozo de su vestido, le limpió las escoriaciones y con el trozo de tela le practicó un torniquete, igual que hiciera con su pierna.
—¿Cómo es que sabes hacer eso, acaso eres médico?
La hermana Margarida sonrió, pero no respondió y la anciana se dio cuenta de que la joven le había dicho aquello para animarla, y se lo agradeció. Aceptó apoyarse en su hombro y empezó a caminar, asistida por la hermana Margarida. Cuando salieron al pasillo, la mujer mayor se sorprendió ante tamaña destrucción:
—¡Válgame Dios…! ¿Qué ha pasado? —preguntó.
La hermana Margarida respondió:
—Una parte del palacio se ha derrumbado. Mira.
La mujer mayor miró al otro lado del pasillo y vio que allí ya no había nada, solo polvo y la ciudad al fondo.
—¡Válgame Dios…! —murmuró.
Iban a salir de allí cuando oyeron una voz:
—¡Ha llegado el fin del mundo! ¡El fin del mundo ha llegado!
De la celda contigua surgió un hombre, el Profeta, con quien la monja había conversado unos días antes en el patio. La mujer mayor le dijo:
—¿No te ha caído ninguna piedra encima, viejo tonto?
El brasileño se rio con una risa que más bien parecía un cacareo y respondió:
—¡Cállate, vieja! ¡A ver si te enteras, que el fin del mundo lo manda Dios y no una mujer!
Miró a la hermana Margarida y esbozó una sonrisa maliciosa:
—¡Cuídate, paloma! Mira que esta tiene garras de águila y le gustan tiernas, como tú…
La hermana Margarida me contó que recordaba perfectamente la ligera zozobra que sintió. En la cárcel del Palacio de la Inquisición había una monja condenada por pervertir a mujeres, por dormir con ellas y enseñarles las artes del Diablo. Y esa era la mujer que ahora se apoyaba en su hombro.
—¡Deberíamos salir de aquí! —propuso la vieja monja.
El Profeta se sumó a ellas, y caminaron unos metros hasta el final del pasillo formando un reducido grupo. Llegaron a una pequeña sala que tenía dos salidas que daban a más pasillos. El Profeta investigó primero el pasillo de la derecha, pero retrocedió diciendo que por allí no podrían pasar. Avanzaron por el pasillo de la izquierda, apartando piedras y maderos, y al mirar dentro de las celdas solo vieron muertos. La joven se santiguaba siempre que veía uno, pero sus compañeros no. Fueron a dar a una antecámara donde había tres cadáveres en el suelo, tendidos uno al lado del otro. Dos de ellos eran guardias vestidos de blanco.
La chica se santiguó una vez más. En ese momento apareció un cura, el mismo que había confesado a la hermana Margarida en los últimos meses, y que supuestamente le haría la confesión final al día siguiente por la mañana. El sacerdote los miró y exclamó, sorprendido y contento al mismo tiempo:
—¡Dios sea misericordioso! ¡Al menos vosotros estáis vivos! Este piso es una desgracia.
Había recorrido varios pasillos y la mortandad era general. Señaló los tres cuerpos tendidos:
—Estos se han muerto aquí. Intenté ayudarlos, pero…
Todos guardaron silencio en señal de respeto, y a continuación el Profeta le preguntó al cura hacia dónde debían ir. Pero antes de que dijese nada, la mujer mayor habló:
—Tenemos que huir.
El cura señaló a la hermana Margarida, exaltado:
—¡Ella merece la libertad, pero tú no, pecadora!
La monja anciana lo ignoró y cruzó la puerta, pero al momento retrocedió y dijo que por allí se podía bajar a la calle. El Profeta la siguió, pero la hermana Margarida se quedó junto al cura y los tres muertos. Entonces le dijo al sacerdote:
—Padre, tengo que confesarme… He pecado…
Con ternura, el cura le puso la mano derecha en la cabeza y le dijo:
—Chiquilla, nada de lo que hayas hecho es grave en este terrible día…
Presa de la ansiedad, la monja joven se apresuró a contarle que había intentado suicidarse por miedo a morir quemada; que había perdido la vergüenza con el carcelero para conseguir una cuerda, y que acababa de robarle una cadena que por casualidad era suya. Sin escucharla, el cura la interrumpió:
—Chiquilla, has sufrido mucho e injustamente. Las acusaciones contra ti son una farsa… ¿Por qué no aprovechas y huyes?
En ese momento, la hermana Margarida comprendió por primera vez que podía aspirar a ser libre y le preguntó:
—¿Huir? ¿Cómo?
El cura respiró hondo:
—¿No sabes lo que ha pasado?
No lo sabía y él se lo explicó:
—Lisboa ha sido sacudida por un terremoto. La ciudad está destruida. Si miras por las ventanas lo verás… Debes aprovechar. ¡Escapa! ¡Escapa! — exclamó el cura.
Pero la hermana Margarida se había quedado paralizada por lo que acababa de oír. Un terremoto… Miró a su alrededor, estaba perpleja. El cura la zarandeó y exclamó:
—¡Mírame, chiquilla!
La hermana Margarida obedeció y el cura añadió:
—No llamaré a los soldados. Eres la única persona que no merece morir mañana. La hermana Alice es otra historia. Aléjate de ella, los soldados la buscarán. Y aléjate del otro también… A ti… Nadie se preocupará por ti, no has hecho nada malo. ¡Vete, vete! ¡Deprisa!
Es comprensible que, de alguna manera, la hermana Margarida necesitase un incentivo para huir. Ella no era como yo, un pirata, un hombre que odiaba estar encerrado y que se fugaba a la primera oportunidad, como sucedió aquella mañana, y como ya había sucedido en el pasado cuando los árabes me capturaron. Era una joven que había sido encarcelada, torturada, juzgada y condenada sin saber bien por qué. Había deseado ahorcarse y no lo había logrado. En aquella situación no sabía qué hacer. ¿Huir adónde? Yo sabría dónde escapar, pero ella no, no tenía a nadie a quien recurrir, ni un destino geográfico que pudiese dar sentido a su fuga. Ni siquiera familia, pues sus padres habían muerto. Para ella, la libertad era todavía un territorio incierto y desconocido. Con todo, presintió que aquella oportunidad podría ahorrarle la muerte en la hoguera y que la absolución moral del sacerdote, su confesor, era una especie de garantía de la existencia de un sentido de justicia superior que le daba la razón. Así que se aferró a aquellas palabras, se armó de valor y emprendió la huida. En aquel momento empezó a reinventarse como persona, afortunadamente, pues ese fue el primer paso que posibilitó nuestro encuentro días después. Si hoy la amo, también se lo debo a aquel confesor de la cárcel que disipó la renuencia del corazón de la muchacha y le indicó un nuevo camino.
Se despidió del cura y descubrió el lugar por el que el Profeta y la monja mayor habían huido. Entre dos celdas había una escalinata de piedra que los derrumbes habían dejado a la vista. Se había formado una especie de cascada de escombros por la que se podía acceder a la calle. En medio de los destrozos, la vieja monja y el Profeta bajaban con cuidado para no caerse. La hermana Margarida los siguió. Casi pierde el equilibrio dos veces antes de poner, por fin, un pie en la calle.
Los otros dos la esperaron, pero el Profeta se mostraba muy agitado por miedo a que los soldados lo descubrieran. En la calle todo era confusión. Enormes nubes de polvo flotaban en el aire, se oían gritos lacerantes y los desmoronamientos de los edificios de los alrededores eran constantes.
—¡Válgame Dios! —repitió la hermana Alice.
A unos cien metros localizaron una de las puertas del convento de Santo Domingo. Y, un poco antes, la travesía que iba a dar a la plaza del Rossio. A lo lejos, la hermana Margarida vio aparecer unas siluetas vestidas de blanco. Eran los soldados de la Inquisición, y avisó a sus compañeros de fuga.
—¡Huyamos! —gritó el Profeta.
Echaron a correr, a sus espaldas oyeron algunos disparos. Rodearon una de las esquinas del palacio, entraron por una callejuela estrecha y, de repente, el Rossio apareció ante sus ojos. Fue tal su sorpresa por lo que allí estaba sucediendo que se quedaron paralizados, boquiabiertos.