Cuando Lisboa tembló
Capítulo 31
31
Había sido una larga noche. Bernardino no había podido pegar ojo y se sentía exhausto. Odiaba dormir mal y ya era la segunda noche seguida. La agitación se había apoderado de Belém y en la corte no había quien parase. Sebastião José era el más activo y enérgico. En cuanto llegaron de la visita a la cuidad, el ministro se multiplicó en un frenesí de decisiones sin darle a nadie, ni siquiera al rey, un minuto de descanso.
Quería que algunos grupos fuesen a la ciudad a comprobar lo que pasaba en cada zona. Quería uno en la Alfama, otro en Graça, otro en Castelo, otro en Santa Catarina, otro en la catedral, otro en el Rossio, etcétera. Cualquier hombre que llegaba a la corte era reclutado de inmediato para integrar un equipo con diversos objetivos, siempre decididos por Sebastião José.
Quería enviar gente al Palacio Real para verificar si había ardido, si se había derrumbado, si el tesoro se había salvado. Quería mandar voluntarios al acueducto de las Aguas Libres para que le garantizaran que estaba operativo, como le habían dicho, y si iba a continuar así. Quería seleccionar distintos grupos para verificar el estado de los muelles y dar órdenes a los barcos; y destinar otros a la Aduana y a los almacenes para comprobar si era posible reanudar el comercio. Y también quería enviar mensajeros a las villas de los alrededores para que prepararan el avituallamiento de hortalizas para los días siguientes.
Sin embargo, las decisiones podían cambiar en cualquier momento, pues cada vez llegaba más gente del centro de Lisboa con noticias a cuál más trágica. La última decía que la ciudad ya era pasto de las llamas, que todo ardía, y entonces fue necesario reunir un contingente específico de hombres que comprobasen si los incendios se podrían combatir y cuál era su verdadera dimensión.
Lo más difícil de aquella noche fue distinguir la verdad de los rumores. Aterrorizados ante tamaña sucesión de acontecimientos, los que llegaban del centro lo hacían contagiados de una imaginación que a Bernardino le parecía delirante.
—Unos monstruos procedentes del mar han entrado en la ciudad. En las calles próximas al Rossio hay peces…
—Las iglesias se han derrumbado, y en el interior han visto al Diablo gritando y riéndose como un loco en medio de las llamas…
—Todas las casas se han caído, no queda ninguna en pie…
—Hay hordas de vándalos saqueándolo todo y ya han empezado a comerse a los muertos.
Cualquier persona que pasara por la calle y por delante del palacio era conminada a dar su versión de los hechos. Solo contaban lo que habían visto, pero la imagen que transmitían era tan extrema que tanto a Bernardino como a Sebastião José se les antojaba exagerada.
El ayudante de escribano corría de la calle, donde escuchaba las declaraciones de los habitantes, y luego a la sala, donde se encontraba el ministro del rey, rodeado de mapas y envuelto en una soledad que Bernardino juzgaba preocupante, pues aquel aislamiento le parecía una premonición de que en la corte pocos confiaban en el ministro. Preferían que se perdiera él solo, sin la compañía de terceros.
—¿El marqués de Alegrete ha llegado ya? —preguntó Sebastião José por enésima vez.
—No, todavía no —respondió Bernardino.
—¿Y alguien ha conseguido ir a la catedral y hablar con monseñor Sampaio?
—Tampoco.
Bernardino se acercó a él, sin atreverse a hablar. Carraspeó, y por fin dijo:
—Tengo más malas noticias. El embajador de España ha muerto. Se le cayó la casa encima esta mañana. Parece ser que lo ha matado el escudo de armas que pendía de la puerta del palacete…
Sebastião José frunció el ceño:
—¿De verdad?
—La noticia es fidedigna. El propio hijo del embajador, que ha pasado por aquí, me la ha contado.
—Menos mal.
Lo último que Sebastião José necesitaba era un conflicto con los españoles. Con una muerte por causas naturales se evitaría un drama de Estado, concluyó Bernardino.
—¿Y la reina está más tranquila? —preguntó el ministro.
El ayudante se lo confirmó: aunque seguía llorando, había tomado sus sales y se le habían normalizado la respiración y las pulsaciones.
—Los niños también están bien.
Sebastião José miró de nuevo los mapas desinteresándose del ayudante, a quien despachó con un gesto de la mano:
—Ve a ver si hay más noticias…
Y así se pasó la noche Bernardino, yendo y viniendo, empapándose de novedades cada vez más preocupantes.
Entretanto, fue a ver al ministro y le dijo:
—¡Por fin han conseguido hablar con monseñor Sampaio!
—¿Está vivo?
—Sí. ¡Sano y salvo, gracias a Dios!
—¡Menos mal! ¿Y qué cuenta?
—Desgracias, señor, solo desgracias.
La Alfama, Castelo y San Vicente de Fora también habían resultado gravemente fustigados por los terremotos matinales.
—Miles de muertos y heridos, una destrucción impensable —contó Bernardino—. Monseñor Sampaio está allí rescatando gente de los escombros.
—¿La catedral ha resistido? —preguntó Sebastião José.
—Sí, con algunas grietas, pero ha resistido. Sin embargo, San Vicente de Fora se ha derrumbado como un castillo de arena. Al parecer, han muerto miles de personas dentro. Estaban en misa…
Las horas pasaban y no se veía el fin de la hecatombe.
—La gente no tiene con qué combatir el fuego, ni fuerzas para hacerlo — añadió Bernardino.
—¿El agua sigue circulando por el acueducto? —preguntó el ministro.
Sí, lo seguía haciendo, y para el día siguiente se esperaba la llegada a Belém del arquitecto Carlos Mardel, autor de la obra.
—¿Hay barcos en el Tajo?
Bernardino no sabía qué responder a esa última pregunta de Sebastião José, pero un hombre que entró inesperadamente en la sala se acercó a ellos y dijo:
—Los hay, pero están muy dañados…
Era el marqués de Alegrete, comandante de las tropas del rey y presidente de la Cámara Municipal de Lisboa. Por fin aparecía, cansado y sucio. A última hora de la mañana del terremoto, había logrado entrar en la ciudad procedente de Sacavém con un pequeño destacamento de soldados, y por la tarde pudo llegar con muchas dificultades al Terreiro do Paço. Relató los estragos y su visita al Palacio Real, que consideró prácticamente en ruinas.
—Puede que aguante uno o dos días más, pero se derrumbará.
Exhausto, se sentó en una silla, bajó la cabeza, se puso las manos en la cara y se tapó los ojos, como si quisiese evitar que los demás viesen sus lágrimas.
—Nunca he visto nada así. La ciudad, nuestra Lisboa a la que tanto queremos, ha sido literalmente diezmada… No ha quedado nada en pie. Las calles por las que hemos pasado, las casas, la gente… Es un horror, algo tenebroso —dijo sollozando—. No sé cuántos miles de personas han muerto, es una visión del infierno.
Sebastião José guardó silencio, dejando que el momento de emoción pasara un poco, y a continuación le preguntó:
—¿Hay alguna manera de cerrar los puertos?
El marqués de Alegrete asintió:
—Sí. La ciudad ha muerto. Es un enorme cadáver. No podemos dejar que los buitres, los piratas árabes, desembarquen en ella procedentes del mar. Y no hay manera de organizar el comercio, de cobrar los impuestos. Hay que pararlo todo, aunque solo sea unos días.
Sebastião José asintió con un suspiro.
—Y por aquí, ¿cómo están las cosas? ¿El rey está bien? —preguntó el presidente de la Cámara Municipal.
—Han muerto los leones del jardín, la reina se ha desmayado muchas veces, los niños lloran y los demás nobles han huido en cuanto han podido. Pero, aparte de eso, nada grave.
El marqués de Alegrete esbozó una sonrisa ante la ironía de Sebastião José.
—¿Y podemos hablar con Su Majestad?
—Sí, claro, vamos. En cuanto a los soldados, ¿qué me puede contar?
El comandante de las tropas del reino respiró profundamente y se lamentó:
—Todo malo, como el resto. Muchos han muerto, y todavía no he podido comunicarme con la mayoría de los fuertes que rodean la ciudad. Tenemos un pequeño destacamento en Sacavém, y otro aquí cerca, ahí arriba, en Ajuda. Pero hay pocos hombres para controlar todo este desastre. Los prisioneros han huido del Limoeiro, del Tronco, hasta de la prisión de los esclavos, y están asaltando las casas y a las personas.
Sebastião José examinó su mapa.
—Lo sé —dijo—. Me he cruzado con algunos esta tarde cerca de Santa Isabel. Tenemos que cercar la ciudad, y actuar desde allí hacia dentro. Hay que acabar con los criminales lo antes posible. Hay que matarlos al instante, sin dudar.
El marqués de Alegrete no estaba de acuerdo con aquella propuesta logística:
—No disponemos de hombres suficientes para preparar un cerco. Podemos avanzar desde Ajuda y desde Sacavém, pero toda la zona del norte del Rossio está fuera de nuestro alcance…
El ministro comentó exaltado:
—¡Pues es ahí donde se encuentran la mayoría de los habitantes que han huido del centro! ¡Ahí es donde vamos a necesitar más soldados!
El marqués de Alegrete se levantó. Era un hombre alto, pero no tan alto como Sebastião José, y cuando se pusieron uno al lado del otro, Bernardino comprendió que, aunque se respetaran, por la forma en que ambos tensaron el cuerpo, entre ellos reinaba una animosidad latente, como si se estuvieran preparando para un embate físico.
—Los soldados que hay en Ajuda tienen que proteger el oro de la Casa de la Moneda —dijo el marqués de Alegrete—. Allí hay un destacamento pequeño, pero no es suficiente.
Sebastião José apoyó el dedo índice en el mapa.
—Entonces hay que mover a los de Sacavém hacia la zona de Campo Grande y avanzar desde allí hacia el centro, evitando la fuga por el norte. La guarnición que hay en Necessidades puede unirse a la de Ajuda y cerrar el lado de poniente.
Entusiasmado, Sebastião José prosiguió con su idea, señalando con el dedo.
—Ya ha partido un emisario a Évora para llamar a los Dragones. En dos o tres días más de mil soldados podrán llegar a Lisboa y entrar por la parte de Sacavém para cerrar la zona este.
El comandante de las tropas comprendió que aquel plan era inteligente y estuvo de acuerdo.
—Además —prosiguió Sebastião José—, los soldados también tienen que proteger la distribución de alimentos en las calles, al norte del Rossio. No podemos dejar que el caos se instale en esa zona.
Con el dedo, describió un círculo en el mapa que empezaba en Alcântara y acababa en Sacavém.
—Hay que cercar toda la ciudad. Primero, para acabar con el crimen. Después, para evitar que la población huya. Si todo el mundo se va de Lisboa, entonces sí que será el fin…
¿El ministro quería cercar la capital? ¿Para qué? Bernardino no comprendió el propósito de aquel objetivo y no quería pensar que estaba tomando una decisión de tal magnitud solo para encontrar al pirata del Limoeiro. ¿Sería posible?
Los dos responsables decidieron ir a hablar con el rey para recibir la aprobación final del plan, y el ayudante los acompañó.
Cuando entraron en la salita real se encontraron de cara con el padre Malagrida, siempre vestido de negro, que terminaba su confesión. El viejo jesuita recogió el rosario y comentó con voz nasal, sin mirar a nadie:
—Quizá ahora ya me crean si digo que esto ha sido castigo de Dios… Dios ha transformado Lisboa en las nuevas Sodoma y Gomorra porque este es un pueblo de pecadores y promiscuos, de meretrices y fornicadores, de envidiosos y corruptos…
Al oírlo, el rey se santiguó y su cara se contrajo en una mueca de conmoción. Sebastião José no pronunció palabra, pero el marqués de Alegrete dio un paso al frente y afirmó con una ligera sonrisa en los labios:
—Puede que tenga razón, padre Malagrida, puede que tenga razón… Pero Dios tiene un raro sentido del humor, ¿no le parece? Casi todas las iglesias han sido destruidas y, sin embargo, la calle de las meretrices, por el contrario, se ha salvado. Vaya a saber por qué…
Los ojos del jesuita echaban chispas, pero contuvo la rabia y salió de la sala sin hacer ni un solo comentario. Bastó una reunión de una hora para que el rey aprobara todas las decisiones de su ministro de Asuntos Exteriores. Acabada la audiencia, el marqués de Alegrete se marchó a Sacavém para supervisar el desplazamiento de los soldados, y Sebastião José regresó con Bernardino a su sala de trabajo, donde permanecieron despiertos el resto de la noche, con el ayudante entrando y saliendo para transmitir las novedades que iban llegando.
Cuando rayaba el día, Sebastião José le preguntó:
—El rey no ha llegado a tener conocimiento de la petición del prisionero del Limoeiro, ¿no?
Bernardino le confirmó que no. El ministro miró de nuevo el mapa, pensativo, y después dijo, casi murmurando, como si estuviese hablando consigo mismo:
—Es un marinero, un pirata. Seguro que intentará hacerse a la mar. Con los puertos cerrados, le será imposible.
Se volvió hacia su ayudante con los ojos entornados y le preguntó:
—¿Qué hace un pirata cuando no puede ir al mar?
Bernardino lo ignoraba, pues no estaba versado en piratería.
—Lo mismo que hace en el mar… Roba, asalta, mata.
En cuanto hubo pronunciado aquella conclusión tan elemental, Sebastião José guardó silencio, de nuevo con la mirada puesta en el mapa de la ciudad. Después susurró entre dientes:
—Estás en algún lugar, por aquí…