Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 12 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 11

11

 

Cuando rememoramos una historia que ha pasado hace un año, intentamos situar los acontecimientos por orden cronológico para ver lo que ocurrió de una forma lógica y comprensible. Es evidente que no presencié muchos de los actos que describo aquí, y que solo supe de ellos a través de los propios protagonistas cuando me los contaron, o a través de terceros. Por eso no sé si todo lo que cuento es verdad, si sucedió exactamente así, pero ¿acaso tengo otra forma de hacerlo? Por otro lado, es evidente que las historias que cuento y la forma en que lo hago también traslucen mis sentimientos sobre las personas, sean estos buenos o malos, y mis opiniones, sean estas justas o injustas. ¿Y cómo podría ser de otra manera? Recurro a los recuerdos para ordenar las emociones y los hechos, pero mi memoria no es independiente de mí, de mis ideas y de mis sentimientos, ¿no es verdad?

 

En cuanto Hugh Gold pudo razonar, pensó en lo que haría a continuación, en cómo reorganizaría su vida. Quizá debería presentarse en casa del embajador. Si se dirigía al Rossio, después podría subir hasta Santa Marta y seguramente su amigo lo acogería. Sonrió al pensar que la víspera, antes de acudir a su cita con la señora Locke, había estado cenando con el embajador en el gran palacio del marqués de Marialva, cuyo patio estaba lleno de caballerizas y de estiércol y donde los cerdos campaban alegremente a sus anchas. La fauna era vasta y colorida, criados y criadas, curas y boticarios, toreros y brigadieres, todos escuchando con gusto los fados que se cantaban en el patio y las anécdotas que se contaban en el balcón.

El banquete fue suculento, en un salón caldeado con braseros donde se saborearon dulces y guisos. Fue una velada divertida, y al final tanto él como el embajador acudieron a sus encuentros amorosos con sus respectivas amantes. La del embajador era la condesa de Vila Meã, una portuguesa cuyo marido pasaba en París una temporada y se sentía muy sola. En cuanto al capitán, fue a visitar a la señora Locke, cuyo marido se acostaba siempre con las gallinas, pues era un comerciante avaro que trabajaba de sol a sol. La pobre señora hacía mucho que no recibía atenciones del marido, y desde que vio al capitán por primera vez no paró de lanzarle miraditas seductoras y llenas de deseo. A pesar de que por cuestiones de trabajo se cruzara con el señor Locke varias veces al día, el capitán no reprimió las intenciones de la señora, sino todo lo contrario. El hecho de que estuviera casada con el representante de una casa comercial de la competencia era incluso una ventaja, pues podría proporcionarle acceso a información útil, tanto para sus negocios como para compartirla con el embajador, a quien le gustaba estar al corriente de las novedades de la comunidad inglesa de la ciudad.

De naturaleza semejante, el capitán y la señora Locke cayeron el uno en los brazos de la otra a los dos días de conocerse. Durante el último año se habían encontrado con regularidad semanal los viernes por la noche. Hugh Gold golpeaba en el postigo de la ventana de la dama, ella abría la puerta trasera de la casa y lo llevaba a una habitación que cerraba con llave, no fuera que el marido se despertase de repente.

Acordarse de la señora Locke le hizo recordar a su esposa y a su criada. Hugh Gold no podía creerse todavía que ambas hubiesen muerto en el terremoto. ¿Qué habría pasado con la señora Locke y su marido? ¿Habrían sobrevivido? Y su otra amante, la marquesa, ¿estaría bien? Vivía en la rua da Junqueira, en un pequeño palacete. ¿Los daños serían graves en aquella parte de la ciudad? Pensó en desplazarse hasta allí, pero se convenció de que sería imposible. Tendría que atravesar la ribera de Alcântara y andar varios kilómetros, y no se veía con fuerzas para semejante caminata.

De pronto, sintió mucha sed y comprendió por qué. Frente a él, a unos diez metros, una mujer ofrecía una jarra de agua a dos niños. Hugh Gold caminó hasta ella y le preguntó si le daba de beber. Desconfiada, la mujer preguntó:

—¿Eres un hereje?

Hugh Gold suspiró profundamente, enfadado. Siempre pasaba lo mismo, la misma antipatía de los católicos con él.

—¡Soy inglés, English with sed, water!

La mujer no le ofreció la jarra y el capitán escuchó su indignada proclama:

—¡Dios ha castigado a la ciudad por culpa de los herejes!

Ordenó a los niños que se levantaran y se alejaron los tres. El capitán los observó, incrédulo, mientras se unían a otro grupo de mujeres arrodilladas, y se arrodillaron también. Poco después, la resabiada señora dio su opinión mientras señalaba al capitán. Gold dedujo que lo mejor sería alejarse: aquel grupo de fanáticas iba en busca de culpables y él sería el primer importunado.

Una distracción acudió en su auxilio. En el rincón opuesto de la plaza dio inicio una pelea, varios hombres entraron en la refriega y las mujeres se quedaron mirándolos. El capitán advirtió que dos de los implicados en la lucha vestían ropa de presidiarios. Seguro que habían huido del Tronco. La prisión de los marineros estaba cerca de allí y sin duda estaría afectada por el terremoto. Con todo, no había guardias a la vista. En poco tiempo las escaramuzas se apoderarían de la ciudad…

Lisboa ya era peligrosa en días normales. Después de ponerse el sol había grupos de jóvenes que provocaban disturbios, bandidos que recorrían las callejuelas, y casi todas las semanas se oía decir que había muerto alguien a puñaladas en el silencio de la noche. El embajador y él siempre salían protegidos por cuatro esclavos negros, e incluso así, a veces, los importunaban.

Gold preveía lo peor. El caos y la anarquía eran el ambiente propicio para los fuera de la ley. Mientras pensaba en ello, se acordó del dinero que guardaba en un cofre de la casa comercial. Había bastante. Si le robaban aquellas posesiones, entonces sí que se vería en una situación complicada. Sin casa, aún podría salvarse; sin dinero, seguro que no.

De manera que decidió ir a su casa comercial, situada detrás de los mercados del Terreiro do Paço. Recuperaría el dinero y después pensaría qué hacer a continuación. Quizá se dirigiese a la residencia del embajador o quizá la marquesa lo dejara pernoctar en el palacete.

Reunió fuerzas y, aun sin haber bebido agua, empezó a caminar. Se sentía ridículo en pijama y con zapatillas, pero era mejor que ir desnudo, como la gente que deambulaba por la ciudad como Dios la trajo al mundo. Atravesó Remolares, donde también se agolpaba mucha gente junto al río, y poco después vislumbró la Ribeira das Naus, la parte trasera del Palacio Real y la nueva Iglesia Patriarcal, que estaba muy dañada.

De pronto, un hombre se acercó en su dirección, pero como su cara parecía más bien una bola de polvo no lo reconoció. El desconocido exclamó entusiasmado:

—¡Capitán Gold! ¿Está vivo?

Qué pregunta tan inútil y estúpida, pensó el capitán, y la cara de asombro que puso debió de ser lo que obligó al hombre a presentarse de pronto:

—¡Soy yo, Ferdinand Locke, de la casa Locke & Grover!

Hugh Gold se quedó perplejo, boquiabierto. El que estaba allí delante, en medio de la hecatombe, era el marido de la señora Locke, con quien había estado divirtiéndose la víspera. El polvo lo hacía irreconocible cual alma en pena salida de un cuento de terror. El capitán balbuceó:

—¡Señor Locke! Good lord, hell…

—¡Esto es horrible, es una locura! —exclamó el hombre—. Está todo destruido, no ha quedado nada en pie… ¿Adónde va?

Curiosamente, el señor Locke hablaba un portugués casi perfecto, lo que irritó al capitán, que a pesar de sus esfuerzos mezclaba, y mal, las dos lenguas. Le explicó que se dirigía a su casa comercial.

—¡No lo haga! —exclamó el hombre—. Yo vengo de allí, pero he tenido que huir. Por suerte, el dinero viene conmigo. —Golpeó con la mano una gran bolsa que cargaba a cuestas—. He traído solo una parte, no he podido coger más. El resto se ha quedado en el cofre, bajo tierra… Así los ladrones no lo descubrirán. No vaya por allí ahora, que hay muchos ladrones rondando… ¡Si se acerca, lo matarán!

Estaba histérico, entumecido por el miedo, y el capitán sospechaba que el señor Locke estaba exagerando intencionadamente su relato, quizá para que Hugh Gold no recuperase el dinero y su casa comercial saliese peor parada por el desastre que la suya. Sin embargo, el capitán no temía a los asaltantes, incluso herido, pensaba, podría enfrentarse a ellos. No era ningún cobarde, como el señor Locke, que huía con el rabo entre las piernas.

—¡Good lord, nobody me mata! —replicó Gold, airado—. ¡Al diablo! ¡Got to go, tengo que ir, my money!

El señor Locke frunció el ceño, desconfiado, pero desistió ante tamaña determinación, y ya se alejaba cuando el capitán le preguntó:

—¿And la señora Locke? ¿Is she bien, all right?

El esposo de la susodicha abrió los brazos, torciendo la boca y esbozando una mueca de preocupación:

—No tengo ni idea. Salí de casa esta mañana a las siete y todavía roncaba —dijo, y forzó un poco más la mueca—. Ronca mucho…

El capitán Hugh Gold me contó que en ese momento cometió un pequeño desliz al decir:

—Sí, I know.

¡Menuda metedura de pata! A pesar de que el polvo le cubría la cara, el señor Locke esbozó una sonrisa de circunstancias, molesto por el significado de aquel enigmático «sí», pero se recompuso enseguida y dijo:

—Espero que esté bien, ahora voy para allá.

—I’m sure de que sí —remató el capitán.

Al narrarme este episodio, Hugh Gold se sujetaba la barriga, riéndose a carcajada limpia:

—¡Sí, I know!

Muerto de risa, se volvió hacia mí:

—Good lord, qué diablos, ¿where was my cabeza, my head? ¿Tell this al marido de la señora Locke, to the husband? Hell, he could ask: «¿Cómo lo sabe? ¿How do you know, capitán?». A lo que yo le hubiera respondido: «What, hell? ¡I know because todos los fridays gozo with your wife! ¡And ella se queda dormida, sleeps, and ronca, señor cornudo!».

El capitán Hugh Gold se deleitaba con la superioridad que ejercía sobre el señor Locke por copular con su mujer. A los amantes de las mujeres casadas siempre les pasa lo mismo: tienen ese sentimiento de superioridad sobre el otro macho que los extasía y les hace sentirse más poderosos que el engañado.

—Good lord, cornudo y avariento, the poor man —remató Hugh Gold—. More money than me! ¡Pero, what the hell, qué diablos, me fucks his mujer, su wife!

El capitán Hugh Gold no podía parar de reír, quizá para impresionarme a mí o a mi amigo Mohamed, sin saber que esa misma noche alguien más lo estaba escuchando y reflexionaba seriamente sobre sus palabras.