Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 7 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 6

6

 

Igual que la hermana Margarida, el capitán Hugh Gold también se sintió confundido durante los minutos que siguieron al terremoto. En su caso, incluso podría decirse que casi había sucedido un milagro: cayó agarrado a la barandilla al mismo tiempo que se derrumbaba su casa y había sobrevivido. En un estado próximo a la inconsciencia, Hugh Gold sabía que algo verdaderamente horrible acababa de suceder, pero su cerebro se negaba a funcionar y se hundió en un profundo letargo. Por su mente pasaron imágenes discontinuas: la cena de la víspera en casa de un amigo del embajador inglés; su mujer andando por la calle; comensales riendo y contando chistes; la criada gritando; platos de carne y botellas de vino; la señora Locke desnuda en sus brazos. Era como si soñara…

Sin embargo, de pronto, sintió un dolor en el brazo que iba haciéndose cada vez más intenso y que lo despertó del limbo por el que deambulaba desconectado de la realidad. Estaba cubierto de piedras, maderas, ropa, polvo, bajo una amalgama de detritus, pero había salido con vida de aquella manifestación de furia destructiva de la naturaleza. No sabía cómo. Recordaba vagamente haberse agarrado a la barandilla, y después todo se le volvió oscuro y perdió el conocimiento. No sabía qué había pasado, cuánto tiempo había transcurrido ni dónde estaba.

El dolor en el brazo era violento. No podía moverse sin sentir un enorme tormento, era como si le rasgaran la carne y los huesos del brazo. Cerró los ojos y apretó los dientes para contrarrestar el dolor, que al cabo de un tiempo pareció calmarse.

Miró a su alrededor. No podía ver nada, solo escombros. Sumido en la oscuridad, dedujo que se encontraba dentro de su casa. Con el brazo bueno apartó las piedras y maderas que lo cubrían e intentó levantarse. El esfuerzo lo agotó. Una vez habituado a la oscuridad, reconoció algunos objetos de su hogar: una servilleta, unas ollas, dos sillas rotas, un trozo de cerámica del lavabo. Era como si estuviese sepultado entre vestigios domésticos que una hora antes tenían sentido, pero que en aquel instante solo suponían una barrera para su movilidad.

Con todo, enseguida se apercibió de que, si lograba apartar unos palos, conseguiría salir de allí. Con el brazo bueno tardó unos minutos en moverlos, hasta que consiguió avanzar, encorvado. De forma inesperada, chocó contra la criada y gritó asustado. Estaba en una posición extraña: una pierna estirada hacia arriba, aprisionada por una viga, y la otra hacia abajo, aplastada por varias piedras; el tronco echado hacia atrás y hacia la izquierda, como si fuese a coger algo del suelo, y la cabeza vuelta del lado contrario. Muerta.

El inglés permaneció unos instantes mirando el cadáver de la criada. Y al fin se alejó, pues no podía hacer nada por ella. Unos minutos más tarde ya la había olvidado e intentó agujerear la pared con un trozo de madera. Sorprendentemente, el material no se resistió y enseguida abrió un hueco lo bastante ancho como para pasar. Miró a través del agujero pero no vio nada debido a la penumbra. Con dificultades y con un agudo dolor en el brazo, se obligó a pasar por el agujero. Primero metió los pies, después la cintura, los brazos y la cabeza. Cuando había alcanzado el otro lado se dejó caer y rodó por el suelo, aturdido. Para su sorpresa, oyó un grito:

—¡Virgen santísima!

La autora de la exclamación era una mujer gorda y de baja estatura que estaba abrazada a otra mujer mucho más vieja. Las reconoció, eran las vecinas de la casa de al lado. Estaban aterradas, los ojos les daban vueltas, como convulsionados por el miedo. La octogenaria canturreaba una letanía de la que Gold solo entendió el final:

—Dios tenga piedad de nosotros, Dios tenga piedad de nosotros…

Al oírla, la más joven gimió:

—Misericordia, misericordia.

Se taparon la cara con las manos, afligidas. El capitán Hugh Gold no pudo arrancarles una palabra y se dirigió a lo que parecía ser una puerta, dejándolas donde las encontró. Aquel edificio no había resultado tan afectado como el suyo, e instantes después ya estaba en la calle o en lo que antes había sido la calle donde vivía.

Aunque muchas paredes todavía se mantuviesen en pie, la mayoría de los edificios se había desmoronado. En vez de calle había montañas de escombros. El aire era casi irrespirable, cargado de nubes oscuras de polvo que ascendían hasta el cielo. Entonces, el capitán Hugh Gold se dio cuenta de que iba en camisón y zapatillas. Sintió un ligero embarazo, pero al ver a los que pasaban por delante aceptó mejor su suerte.

La mayoría de la gente iba desnuda. Mujeres y hombres y niños sin nada sobre la piel, solo polvo, sangre y tierra. Caminaban sin hablar, solo gemían, aterrados. Los ojos era lo que más impresionaba: abiertos de par en par, fijos en el vacío y sin ver a los demás, sin ver nada más que el horror de las imágenes que acababan de presenciar momentos antes.

A nadie le importaba la suerte de nadie. Era como si cada uno de aquellos seres humanos estuviese solo en el mundo, a solas con su sufrimiento y su angustia y su desesperación, y únicamente contase la voluntad individual de escapar de allí. Los maridos se olvidaban de las esposas, los padres y las madres se olvidaban de los hijos. El egoísmo individual, me contó Gold, era un imperativo absoluto. Los primeros momentos después del gran terremoto, los humanos se transformaron en seres que solo pensaban en su propia supervivencia. Morir era quedarse atrás, como se quedaron el carcelero, la madre del chico, la criada de Gold; y quedarse atrás, aun estando vivo, era estar muerto para los demás. Vivir era huir, salir de donde uno estaba, y eso fue lo que hicimos los que sobrevivimos.

Además, estaba la conmoción brusca e inesperada que provocaba la visión de los cadáveres. La gente también escapaba de eso. El capitán inglés me contó que en un espacio de solo veinte metros vio a una mujer sin cabeza, a un niño con el tronco y los brazos despedazados, y una pierna solitaria apuntando al cielo que emergía de un montón de cascotes. No es de extrañar que la gente también huyese de ese tipo de monumentos macabros.

Cuando salió de ese estado de perturbación, Hugh Gold se acordó de su esposa. Entonces decidió enfilar la calle en la misma dirección que ella había tomado para ir a misa. Escaló pilas de escombros y se cruzó con más personas desnudas. Todas caminaban hacia el río, todas bajaban hacia la plaza de la iglesia de San Pablo. Él iba en sentido contrario, en busca de su mujer.

La encontró al cabo de cincuenta metros, con el tocado todavía en la cabeza teñida de sangre. Apoyada en una pared, estaba ligeramente ladeada hacia la derecha, también muerta. Hugh Gold me confesó que en ese momento se sintió culpable por haber deseado que su esposa desapareciese de su vida minutos antes. Con todo, de nada le servía pensar así. ¿Podría sacarla de allí? Estudió las posibilidades, pero con el brazo en aquel estado no podría cargarla. Y además, ¿dónde la llevaría si su casa estaba derruida?

Ante sus ojos proseguía la peregrinación de seres mugrientos, como salidos de un baño de fango, pero observó que ahora algunos ya hablaban. A medida que los temblores de tierra se alejaban en el tiempo, la gente iba recuperando la voz, así como una cierta estabilidad en la mirada. Hugh Gold decidió que tal vez sería mejor bajar también al río. Dejó a su esposa en el lugar donde la encontró y reanudó la marcha haciendo el recorrido inverso. Al pasar cerca de una pared que se había mantenido en pie, oyó una voz que lo llamaba. Una mujer tenía un bebé en el regazo, pero era incapaz de liberarse de los cascotes que la cubrían. El inglés la ayudó, ella se levantó sin soltar al bebé, muda. Lo miró a él, después la calle, y por fin, al hijo que llevaba en brazos. El capitán le preguntó:

—¿The niño is vivo?

La mujer parecía alucinada, sin reacción. El capitán tocó al niño, que abrió los ojos, y entonces ella reculó y gritó:

—¡¡¡No!!!

El capitán intentó calmarla, pero ella estrechó al bebé con más fuerza contra su pecho para protegerlo. Gimoteó y sollozó. Gold se subió a un montón de escombros y, ya en lo alto, hizo un gesto para que la mujer lo siguiera. Fueron subiendo y bajando montañas de escombros, oyendo los gemidos de los moribundos, la mujer con el niño en brazos a unos metros por detrás del capitán.

De pronto, un tercer temblor sacudió la tierra, tan violento como los anteriores pero de más corta duración. Hugh Gold se tendió sobre un lecho irregular de cascajos intentando protegerse. Algunas estructuras que habían resistido a las primeras sacudidas se derrumbaban ahora, y cuando acabó, entre las nubes de polvo, el capitán comprobó que en su calle ya no quedaba un solo edificio en pie.

Permaneció unos minutos tendido a la espera de poder echar a andar de nuevo, y cuando se levantó, se quedó pasmado. Desde aquel lugar, antes una calle lateral de Santa Catarina con edificios a ambos lados y sin vistas, ahora se podía divisar el río debajo y la otra orilla. La ciudad había desaparecido, no era más que una colcha de escombros de la que se elevaba una oscura bóveda de polvo.

Reaparecieron los gritos, los gemidos y los seres que, cual reptiles, emergían de debajo de las piedras para proseguir su caminata. El capitán Hugh Gold se limpió el polvo de la cara y después se acordó de la mujer a la que acababa de ayudar. La vio enterrada, solo sobresalía la cabeza del nivel del suelo. En su boca abierta, un grito parecía haber quedado paralizado por un aluvión de escombros. A un metro de la madre, el niño también yacía muerto, asfixiado.

El capitán inglés dio media vuelta con el corazón encogido y bajó la colina. Cuando llegó a la plaza de la iglesia de San Pablo encontró a muchas otras personas como él, almas perdidas que no sabían qué hacer o adónde dirigirse. Todo el mundo estaba estupefacto ante tanta destrucción, y había quien decía que era un castigo de Dios, que hasta había destruido las iglesias, y así era, pues la de San Pablo también estaba en ruinas y nadie —ni uno solo de los miles de curas o frailes o monjas de Lisboa— había aparecido para consolarlos.

 

Y Gold, el protestante, me comentó:

—¡Un Dios curioso, your God! ¡Todos los días, everyday, curas everywhere! ¡Today, terremoto, sufrimiento, not one priest! ¡Ni uno, damn! ¿Where are ellos, cuando we need?

Sonreí ante su habitual sarcasmo. Pero no era verdad. Durante aquellos días, deambulando por la ciudad destruida, nos cruzamos con muchos hombres y mujeres de Dios y comprendimos que estaban tan perdidos como nosotros.