El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 9 de 68

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El apagón

Capítulo 8

 

Sería otro día abrasador en ese largo y cálido verano. Lo prometía ya a las nueve,

cuando Nim llegó a Brookside.

La expedición del día-D había llegado una hora antes. El centro de

comunicaciones quedó establecido en un aparcamiento convenientemente central,

donde se ubicaron apiñados una docena de vehículos de la empresa, identificables por

su color anaranjado y blanco, y el familiar logotipo «CGS». Ya habían llevado a los

treinta inspectores a los puntos desde donde se dispersarían. En su mayoría eran

jóvenes, entre ellos había algunos estudiantes universitarios que trabajaban durante el

verano; cada uno tenía un fajo de fichas con los domicilios donde debían inspeccionar

los contadores y equipos anexos. Las fichas habían sido preparadas especialmente por

la computadora la noche anterior. Normalmente, el trabajo de los inspectores

consistía solo en leer los contadores e informar; hoy no se ocuparían de los números y

buscarían solamente indicios de robo de energía.

Harry London salió de la camioneta de comunicaciones para recibir a Nim.

London parecía animado y alegre. Llevaba una camisa militar de manga corta,

pantalones color canela bien planchados y zapatos relucientes. Nim se quitó la

chaqueta y la tiró dentro del «Fiat». El sol comenzaba a calcinar el aparcamiento,

levantando oleadas de calor.

—Ya tenemos resultados —dijo London—. Cinco casos de fraude evidente en la

primera hora de trabajo. Los muchachos están verificando tres más.

—Los primeros cinco, ¿son comerciales o residenciales? —preguntó Nim.

—Cuatro residenciales; uno comercial que es una joyita. El tipo nos robaba a

cuatro manos, gas y electricidad a la vez. ¿Quiere verlo?

—Claro.

London les gritó a los de la camioneta de comunicaciones:

—Estaré en mi coche con el señor Goldman. Vamos al número cuatro. —

Mientras se movían le dijo a Nim—: Ya tengo dos conclusiones. Una, que lo que

veremos hoy es solo la punta del iceberg. Dos, que en algunos casos estamos frente a

profesionales. Quizás una banda organizada.

—¿Por qué piensa eso?

—Le contestaré cuando haya visto lo que le voy a enseñar.

—De acuerdo —Nim se arrellanó en el asiento y se dedicó a observar Brookside

mientras lo recorrían.

Era un barrio de ricos, un ejemplo de los muchos que se habían formado a fines

de la década de los cincuenta y a principios de los sesenta. Antes era zona de granjas;

ahora éstas habían desaparecido, reemplazadas por complejos residenciales y los

comercios que los aprovisionaban. En Brookside no había pobreza, por lo menos

aparente. Incluso las casitas baratas construidas en hileras, de arquitectura uniforme,

parecían bien cuidadas: los cuadrados de césped cortado, la pintura nueva. Más allá de las viviendas modestas había varios kilómetros cuadrados de casas más grandes,

incluso mansiones suntuosas con garajes para tres coches y entrada de servicio

separadas. Las tiendas del barrio, algunas situadas en atractivos paseos arbolados,

exhibían mercancías de calidad que reflejaban la prosperidad del lugar. A Nim le

pareció improbable que hubiese allí robos de energía. Como si le hubiera leído el

pensamiento, Harry London se adelantó:

—Las cosas no siempre son lo que parecen —salió de la zona de comercios y se

dirigió a una estación de servicio con aparcamiento que también tenía un túnel de

lavado. London se detuvo delante de la oficina y bajó del coche. Nim le siguió. Había

un camión de la «CGS».

—Hemos llamado a uno de los fotógrafos —dijo London—. Mientras tanto, el

muchacho vigila la prueba.

Un hombre con mono gris se acercó a ellos, secándose las manos con un trapo.

Con una figura larguirucha de zorro, parecía preocupado.

—Oiga, ya le he dicho que no sé nada de…

—Sí, señor; ya me lo ha dicho —London se volvió hacia Nim—. Es el señor

Jackson. Nos dio permiso para entrar en su local para inspeccionar los contadores.

—Ahora no estoy tan seguro de haber hecho bien —gruñó Jackson—. De todos

modos soy solo el inquilino. El edificio es propiedad de otra empresa.

—Pero el negocio es suyo —dijo London—. Y el gas y la electricidad están a su

nombre, ¿no?

—Tal como están las cosas, el banco es ahora dueño de todo.

—Pero el banco no metió mano en sus contadores de gas y electricidad.

—Les estoy diciendo la verdad —las manos del hombre retorcían el trapo—. No

sé quién lo hizo.

—¡Ajá! ¿Le importa si entramos?

El empleado les miró con mala cara, pero no les impidió entrar.

London entró el primero en la oficina de la estación de servicio y pasó a una

pequeña habitación, utilizada sin duda como depósito. En la pared del fondo había un

tablero de interruptores eléctricos y los contadores de gas y electricidad. Un joven

con uniforme de la «CGS» les miró cuando entraron y les saludó con un «¡Hola!».

Harry London presentó a Nim, luego indicó:

—Dígale al señor Goldman qué ha encontrado.

—Bien, el contador de electricidad tenía el sello roto y estaba como está ahora,

cabeza abajo.

—Lo que hace que retroceda o se detenga —agregó London.

Nim asintió, conocedor de ese recurso simple pero efectivo de conseguir energía

gratis. Primero, se abría cuidadosamente el sello. Con eso se podía invertir y

reponerlo en su lugar con toda facilidad, porque solo estaba encajado en unas ranuras.

De esta manera, cuando se consumía electricidad, el contador marchaba hacia atrás o

se detenía por completo; en el primer caso el registro de consumo disminuía en vez de aumentar. En su momento, probablemente unos días antes de que pasara el

inspector de la compañía, se volvía el contador a su posición y funcionamiento

normal, disimulando cuidadosamente la violación del sello.

Varias compañías que habían sufrido robos de ese tipo lo evitaban con un nuevo

modelo de contador, que trabajaba correctamente aunque estuviera cabeza abajo. Otra

defensa era el empleo de cerraduras de seguridad que hacían imposible sacar el

contador sin una llave propia. Pero se habían descubierto otras maneras ingeniosas de

robar energía; por otra parte, todavía había millones de contadores instalados a los

que no se podían colocar esas cerraduras de seguridad, y reemplazarlos hubiera

costado millones. Así, por razón del número, más la imposibilidad de inspeccionar

todos los medidores regularmente, los infractores llevaban las de ganar.

—El trabajito con el gas fue más complicado —dijo el empleado. Se acercó al

contador de gas y se arrodilló al lado—. Mire esto. —Nim observó una tubería que el

empleado le señalaba con una mano. Emergía de la pared y luego se conectaba con el

contador varios palmos más allá—. Esta es la tubería de gas que viene de afuera.

—De la calle —agregó Harry London—. De la general de la compañía.

Nim asintió.

—Aquí —el empleado llevó la mano al otro extremo del contador—, hay una

tubería que va hasta las tomas del cliente. En este local usan el gas para un gran

calentador de agua, secadores de coches por aire caliente, y para la cocina y la estufa

de un apartamento situado arriba. Mensualmente, eso significa mucho gas. Ahora,

mire esto de cerca —usando esta vez las dos manos, tocó lo que parecía ser la unión

de tuberías por la que las dos que había señalado desaparecían en la pared. El

cemento estaba suelto alrededor de las dos y había un montoncito en el suelo.

—Eso lo he hecho yo —adelantó el empleado— para ver mejor, y lo que se ve

ahora es que no se trata de conexiones comunes. Son conexiones en T, unidas entre sí

por una tubería empotrada.

—Un antiguo sistema de puente empleado por los tramposos —dijo London—,

aunque éste es el más bien hecho que he visto. Así, la mayor parte del gas que se usa

no pasa por el contador, como es normal, sino que va directamente desde la calle a los

aparatos.

—Siempre pasa por el contador lo suficiente como para mantenerlo en

funcionamiento —explicó el joven empleado—. Pero el gas fluye por donde

encuentra menos resistencia; y como el paso por el contador ofrece alguna, la mayor

parte se va por la tubería añadida, la autopista sin peaje.

—Nunca más —dictaminó London.

Una jovencita vivaz, con cámaras y equipo, entró desde la calle. Preguntó

animadamente:

—¿Alguien quiere fotografías aquí?

—Por supuesto que sí —London señaló el contador de gas—. Primero esa

estructura —le dijo a Nim—: Cuando tengamos una foto de como está ahora, le sacaremos el resto de la mampostería para que se vea la tubería ladrona.

El hombre con cara de zorro se había quedado rondando atrás. Protestó:

—¡Eh!, ustedes no pueden romper ninguna pared. Esto es mío.

—Le recuerdo, señor Jackson, que usted nos dio permiso para entrar y verificar el

equipo de nuestra compañía. Pero si desea asegurarse de sus derechos, y de los

nuestros, le sugiero que llame a su abogado. Creo que necesitará uno, de todos

modos.

—Yo no necesito ningún abogado.

—Eso es decisión suya, señor.

—Señor Jackson —dijo Nim—, ¿no comprende la gravedad de todo esto?

Manipular un contador es un delito, y las fotos que estamos tomando pueden ser una

prueba.

—Por descontado que habrá un proceso penal —dijo London, como respondiendo

a una señal—. Aunque diré que si el señor Jackson coopera de dos maneras, eso

podría obrar a su favor.

El hombre de la estación de servicio les miró con desconfianza:

—¿De qué manera?

Mientras hablaban, la fotógrafo siguió sacando fotos con flash del contador de gas

y luego del de electricidad. El empleado comenzó a hacer caer más mampostería,

poniendo al descubierto la cañería escondida dentro de la pared.

—Lo primero que debe hacer —le dijo London a Jackson—, es pagar lo que

debe, porque lo robó. Después de estar aquí me comuniqué con nuestro departamento

de facturación. Al comparar sus últimas facturas con lo que solía ser su consumo de

gas y electricidad, deducen que debe unos cinco mil dólares. Eso incluye el cargo por

lo que estamos haciendo ahora.

El hombre de la estación de servicio palideció; movió la boca nerviosamente.

—¡Dios mío! No puede ser tanto. Si solo hace… —se calló.

—Sí —urgió Nim—. ¿Cuánto hace que comenzó a toquetear los contadores?

—Si el señor Jackson nos lo dice —intervino London—, quizá nos diga quién

hizo el trabajo con el contador de gas. Esa es la segunda cosa que consideramos

colaboración.

El empleado les dijo, desde donde estaba trabajando:

—Les diré algo que es seguro. Esto no lo ha hecho ningún aficionado.

London le echó una mirada a Nim.

—¿Recuerda lo que le dije? Mucho de lo que estamos viendo es obra de

profesionales —se volvió a Jackson—. ¿Qué le parece, señor? ¿Tiene ganas de

decirme quién lo ha hecho?

El hombre le miró con enojo, pero no contestó. London le dijo:

—Cuando hayamos terminado aquí, señor Jackson, le desconectaremos el gas y la

electricidad. Permanecerán desconectados hasta que pague su deuda.

—¿Y cómo demonios hago funcionar mi negocio? —farfulló Jackson.

—Si es por eso —replicó London—, ¿cómo haríamos funcionar el nuestro si

todos los clientes fueran unos tramposos como usted? —Le preguntó a Nim—: ¿Ha

visto bastante?

—Demasiado —dijo Nim—. Vámonos ya.

Cuando estuvieron fuera, London dijo:

—De diez pescaremos uno; y éste está demasiado empeñado para pagar lo que

debe. También dudo que nos diga quién lo hizo.

Cuando entraron en el coche, Nim preguntó:

—¿Podemos hacer un juicio y sacar algo?

El expolicía sacudió la cabeza.

—Me gustaría intentarlo; quizás hasta consiguiéramos que le condenaran. Pero lo

más probable es que el tribunal exija que probemos acabadamente que Jackson fue

quien modificó los contadores, o al menos que él sabía que se había hecho. No

tenemos manera de probarlo.

—De modo que en cierto modo es una causa perdida.

—De alguna manera, sí; pero no del todo. Correrá la voz; ya ha corrido

probablemente, y eso asustará a muchos otros Jacksons en potencia. Recuerde

también que hoy estamos cubriendo una zona extensa. Antes de que se ponga el sol

habremos encontrado muchos otros ladrones.

—Pero solo de Brookside —Nim pensó melancólicamente en la enorme zona que

servía la «CGS»; dentro de ella Brookside no era más que un pequeño cacahuete en

una plantación enorme.

Minutos después estaban de nuevo en el centro de comunicaciones instalado en el

aparcamiento del centro comercial.

Tal como lo había predicho Harry London, el día-D pescaron en Brookside a

muchos que cometían fraude con los contadores. A mediodía había más de cuarenta

casos entre probados y sospechosos; parecía probable que caerían por lo menos igual

número durante la tarde. Algunos supermercados cayeron en la redada; investigaron

todas las sucursales de una cadena local y comprobaron infracciones en cinco de las

ocho que tenía la organización.

Nim permaneció junto a Harry London, observando, visitando la escena de las

trampas más interesantes, más ingeniosas.

Por la mañana habían ido juntos a una de las cuidadas casitas que Nim había visto

antes. Dos vehículos de la «CGS» estaban aparcados afuera. Un empleado del

personal de protección patrimonial, un mecánico y la misma fotógrafo de antes

rodeaban un contador de electricidad exterior cerca de la puerta lateral.

—No hay nadie en casa —explicó London—, pero en el centro de

comunicaciones obtuvimos datos sobre el tipo que vive aquí, y parece que es

fabricante de herramientas y matrices. Mire esto —cuando los otros se hicieron a un

lado, London señaló un agujerito en la tapa de cristal del contador. El alambre estaba

unido a un disco de metal central que normalmente gira cuando se consume electricidad.

—Ese alambre, que no debería estar ahí, impide que el disco gire —dijo London.

—De modo que el contador no mide ni cuando la corriente sigue fluyendo —dijo

Nim, indicando que comprendía la maniobra.

—Correcto. Pero detener el disco no produce ningún daño, así que cuando sacan

el alambre todo vuelve a la normalidad.

—Salvo el agujerito.

—Ni se nota —dijo el muchacho detrás de ellos—, a menos que se mire muy

cuidadosamente. Yo creo que utilizaron un taladro de joyero para hacer el agujero, y

por eso no se rompió el vidrio. Astuto como el demonio.

—No se sentirá tan astuto cuando reciba la próxima cuenta —dijo London—.

Además, esta noche vigilaremos la casa. Lo más probable es que los vecinos le digan

que hemos estado aquí; se pondrá nervioso y querrá quitar el alambre. Cuando lo

haga, si le pescamos con las manos en la masa, podremos hacerle un juicio y ganarlo.

Se fueron mientras la fotógrafo sacaba primeros planos del agujero y del alambre

incriminatorio.

Al centro de comunicaciones seguían llegando informes de otros hallazgos. Un

ladrón de energía, aún más ingenioso, había llegado al corazón del contador, al

parecer limando varios dientes de un eje dentado que hacía girar el disco registrador.

Había logrado así atrasar la marcha del disco y reducir el registro de consumo

aproximadamente a la mitad. Investigando en sus archivos, el departamento de

contabilidad del centro estimó que el fraude había durado tres años sin ser detectado.

En otro caso, un cliente había cambiado los contadores con toda habilidad. De

alguna manera había conseguido otro contador de electricidad (Harry London

sospechaba que lo había robado), con el que había reemplazado el de la compañía, de

modo que tenía electricidad gratis durante un tiempo.

Aunque se considera más difícil manipular los contadores de gas, esto no había

disuadido a quienes gustan de vivir a costa ajena. Como dijo London:

—Conectar o desconectar un contador de gas requiere ciertos conocimientos de

fontanería, pero no demasiados. Un aficionado puede aprender rápido.

Un inspector de contadores descubrió que uno de esos «aficionados» había sacado

el contador y llenado el hueco con un trozo de tubería de goma. Era un método de

robo peligroso, pero efectivo. Presumiblemente dejaba desconectado el contador

durante parte de cada mes, y luego lo colocaba cuando esperaba que pasara el

inspector.

Otro infractor, dueño de varios comercios vecinos, que alquilaba los locales,

había actuado de manera similar, excepto que había invertido el contador poniéndolo

de cara a la pared, de modo que funcionara hacia atrás. Allí fue donde tuvo lugar el

único incidente violento del día. El comerciante, enfurecido al verse descubierto,

atacó al mecánico de la compañía con una llave Stillson, haciéndole bastante daño.

Tuvieron que internarle con un brazo y la nariz rotos, y el comerciante fue a parar a la cárcel acusado de agresión con lesiones y otros cargos.

Un aspecto de los muchos casos que se descubrían extrañaba a Nim, y se lo dijo a

Harry London:

—Creí que las computadoras del departamento de contabilidad estaban

programadas para revelar los cambios abruptos en el consumo de los clientes.

—Lo están y lo hacen —aseguró London—. El problema es que la gente está

cayendo en la cuenta de lo que hacen las computadoras y aprende a ganarlas. No es

difícil. Si uno se propone robar energía y tiene el sentido común de reducir el gasto

gradualmente, un poco el primer mes, luego un poco más cada mes siguiente, en vez

de registrar una gran reducción de una vez, la compañía no lo advierte.

—De cualquier modo que se mire salimos perdiendo.

—Por ahora quizá. Pero ya cambiará.

Nim no estaba tan seguro.

Quizás el episodio más extraño tuvo lugar a media tarde, cuando London recibió

un mensaje en el centro de comunicaciones, llamándole a un domicilio situado a un

kilómetro de allí más o menos.

Al llegar vieron que la casa era grande y moderna; tenía un jardín muy cuidado y

un camino de entrada largo y curvo, en el que estaba aparcado un brillante

«Mercedes». Los vehículos anaranjados y blancos de la «CGS» estaban agrupados

afuera, en la calle.

El mismo joven mecánico que estaba en la estación de servicio por la mañana se

acercó al coche de London.

—Problemas —anunció—. Necesito ayuda.

—¿Qué problemas?

Un muchacho de Protección Patrimonial que se les había acercado, dijo:

—La mujer que está dentro amenaza con echarnos el perro encima. Es un pastor

alemán enorme. Dice que el marido es médico, un hombre importante en la

comunidad, y que denunciarán a la compañía si les molestamos.

—¿Por qué han venido aquí?

—Uno de los lectores de contadores, un estudiante muy despierto, informó sobre

un alambre sospechoso —contestó el mecánico—. Tenía razón; miré detrás del

contador de electricidad y vi la correa suelta y dos alambres que pasaban por encima.

Seguí los alambres hasta el garaje, no había nadie, y la puerta estaba abierta.

Entonces apareció la mujer con el perro.

Nim pareció intrigado. London ordenó:

—Explíqueselo al señor Goldman.

—En la parte posterior de algunos contadores hay una correa que hace funcionar

el mecanismo —dijo el mecánico—. Si se desconecta, si se suelta, se interrumpe el

circuito y el contador no registra. Ahora bien, si se pone un interruptor en lugar de la

correa, se puede hacer funcionar o detener el contador cuando se quiera.

—¿Y eso es lo que han hecho aquí?

—Es evidente.

—¿Está absolutamente seguro? —le preguntó Nim.

—Podría jurarlo.

El empleado de Protección Patrimonial agregó:

—Yo también lo he visto. No hay duda alguna —consultó una libreta—. El

nombre del cliente es Edgecombe.

—Muy bien —dijo London—. ¡Al diablo con el perro! Pidan un fotógrafo y

tratemos de conseguir la prueba.

Esperaron mientras el mecánico utilizaba el transmisor de radio que tenía en la

camioneta, y luego Harry London encabezó la pequeña procesión por el camino de

entrada. Al acercarse a la casa salió por la puerta del frente una mujer alta, atractiva,

probablemente de más de cuarenta años. Llevaba pantalones azules de hilo y una

camisa de seda haciendo juego; el pelo largo, castaño oscuro, estaba atado atrás con

un pañuelo. Al lado tenía un pastor alemán que gruñía y tiraba de la correa que la

mujer sostenía. Anunció fríamente:

—Les advertí que si insisten en invadir mi casa, suelto este perro y se tendrán que

atener a las consecuencias. ¡Y ahora salgan de aquí!

—Señora —dijo London con firmeza—, le aconsejo retener a ese perro o atarlo.

Soy oficial de seguridad de la compañía «Golden State» —mostró una insignia—, y

aquí está el señor Goldman, vicepresidente de la compañía.

—Los vicepresidentes no me impresionan —dijo la mujer con brusquedad—. Mi

marido conoce muy bien al gerente general de su compañía, y también al presidente.

—En ese caso —le dijo Nim—, estoy seguro de que comprenderá que todos los

que estamos aquí hoy no hacemos sino cumplir con nuestro deber. ¿Usted es la señora

Edgecombe?

—Sí —contestó ella altanera.

—Nuestro departamento de mantenimiento informa que su contador eléctrico está

en infracción.

—Si lo está, nosotros no sabemos nada. Mi marido es un importante cirujano

ortopédico y hoy está operando; si no, le llamaría para que les pusiera en su lugar.

A pesar de toda su jactancia, pensó Nim, en los ojos y la voz de la mujer se

percibía cierto nerviosismo. London también lo advirtió.

—Señora Edgecombe, queremos sacar fotografías del contador eléctrico y de

unos alambres que pasan por detrás; llevan a un interruptor que está en su garaje. Le

agradeceríamos que nos diera permiso para hacerlo.

—¿Y si no lo doy?

—Pediremos una orden judicial de allanamiento. Pero debo advertirle que, en ese

caso, todo se hará público.

La mujer vaciló, y Nim se preguntó si se daba cuenta de que en buena medida

Harry London estaba tratando de intimidarla. Para cuando consiguieran la orden, la

evidencia podía haber desaparecido. Pero el diálogo la había confundido.

—No será necesario —aceptó ella—. Muy bien, hagan lo que tienen que hacer,

pero rápido.

—Otra cosa más, señora —dijo London—. Cuando terminemos aquí, la

electricidad quedará cortada hasta que pague su deuda, que calculará el departamento

de facturación.

—¡Eso es ridículo! Mi marido va a tener mucho que decir sobre eso —la señora

Edgecombe les volvió la espalda y ató la correa del perro a un aro de acero que había

en la pared. Nim observó que le temblaban las manos.

—¿Por qué lo hacen? ¿Gente como ésta? —Nim hizo la pregunta en voz baja,

para sí y también para Harry London.

Iban en el coche de London, de nuevo en dirección al centro comercial donde

Nim recogería su coche para volver. Decidió que había visto más que suficiente de

Brookside y de robo de energía para comprender realmente, por primera vez, la

magnitud y la naturaleza de la cabeza de hidra de la bestia.

—Hay muchas razones —contestó London—. Para lo que hemos visto ahora y

también en otros lugares. Por supuesto, la gente habla. Le gusta jactarse de su viveza,

de que le ganan a una empresa grande como la «Golden State». Y mientras unos

hablan, otros escuchan y luego hacen lo mismo.

—¿Le parece que eso explica epidemias como la que hemos visto hoy?

—Es una de las piezas en el rompecabezas.

—¿Y las otras?

—Otra es la gente del oficio deshonesta, que es la que me interesa especialmente

atrapar. Hacen correr la voz de que saben arreglar los contadores a cierto precio.

Parece fácil y la gente pica.

—Pero eso sigue sin explicar la última casa —dijo Nim, dudoso—. El médico

adinerado, cirujano ortopédico, una de las especialidades mejor pagadas. Usted vio la

mujer, la casa. ¿Por qué?

—Le diré algo que aprendí en la policía —dijo London—. No hay que dejarse

llevar por las apariencias. Mucha gente con grandes ingresos y casas deslumbrantes

están hundidos en deudas, luchando por mantenerse a flote, por salvar un dólar como

puedan, sin reparar en los medios. Apostaría a que eso es lo que ocurre con todo

Brookside. Y piense en esto: hasta no hace mucho las facturas de servicios públicos

no eran muy altas; pero ahora son importantes, y cada vez más. De modo que muchos

que antes no hubieran hecho trampa porque no valía la pena correr el riesgo, han

cambiado de opinión. El premio es mayor, compensa el riesgo.

—Y la mayoría de los servicios públicos son tan enormes, tan despersonalizados,

que la gente no considera que robar energía sea un verdadero robo. No lo censuran

como harían con asaltos o raterías.

—He pensado mucho sobre eso que dice. Creo que se trata de algo aún más

amplio —London detuvo el coche mientras esperaba que cambiara el semáforo.

Cuando estuvieron de nuevo en marcha, continuó—: Tal como yo lo veo, la mayor parte de la gente ha llegado a la conclusión de que el sistema es una porquería porque

los políticos están todos corrompidos, de una manera u otra, así que piensan: ¿Por

qué ha de pasarlo mal el hombre común por ser honesto? Está bien, dicen, Watergate

echó a una pandilla, pero la gente nueva, tan recta antes de que la eligieran, está

haciendo las mismas cosas deshonestas, sobornos políticos y cosas peores, ahora que

tiene el poder.

—Es un punto de vista harto pesimista.

—Por supuesto que sí —dijo London—. Pero explica mucho de lo que está

ocurriendo, y no solamente lo que hemos visto hoy. Quiero decir la ola de crímenes,

desde los delitos más graves hasta los pequeños hurtos. Y le diré más: Hay días, y

hoy es uno de ellos, en los que me gustaría estar de nuevo en la Infantería de Marina,

donde todo parecía más simple y más limpio.

—Ahora no se lo parecería.

—Quizá —suspiró London.

—Usted y su gente han hecho hoy un gran trabajo —dijo Nim.

—Es una guerra —Harry London dejó de lado su seriedad y sonrió—. Dígale a su

patrón, el comandante en jefe, que hemos ganado una escaramuza, y que ganaremos

otras.