El apagón
Capítulo 3
—Un sistema de distribución de luz y fuerza que cae en un apagón extenso e
imprevisto —explicó pacientemente Nim Goldman— es como el juego de niños en
que uno tiene delante un mazo entero y de pronto, sin aviso, el suelo está cubierto de
cartas. Hay que levantarlas una por una, y hacerlo requiere tiempo.
Estaba en una galería de observación, un poco más arriba que el Centro de
Control de Energía y separada de éste por una división de cristal, en la que se había
hecho entrar a los periodistas de los periódicos, de la televisión y la radio. Las
diversas agencias de noticias habían enviado urgentemente a sus hombres a la
«CCS», y la presidente de Relaciones Públicas de la empresa, Teresa van Buren, le
había pedido a Nim que hablara en representación de la compañía. El resultado fue
una rueda de prensa improvisada.
Algunos periodistas empezaban a mostrarse hostiles ante lo que consideraban
contestaciones inadecuadas a sus preguntas.
—¡Por amor de Dios! —protestó una reportera del California Examiner, Nancy
Molineaux—. Ahórrenos los símiles domésticos y díganos lo que he venido a
averiguar. ¿Qué ha fallado? ¿Quién es responsable? ¿Qué van a hacer, si es que van a
hacer algo? ¿Cuándo habrá energía nuevamente?
La señorita Molineaux era vehemente, atractiva en un estilo severo. Los pómulos
altos le daban expresión orgullosa, y lo era a veces. Su expresión usual era una
mezcla de curiosidad y escepticismo que rayaba en el desdén. También era elegante,
vestía su cuerpo esbelto con buena ropa, y era negra. Profesionalmente había logrado
una reputación al investigar y denunciar la venalidad en la administración pública.
Nim la consideraba como un carámbano, un iceberg erizado de agudas puntas.
Informes anteriores habían puesto en evidencia que la señorita Molineaux no veía en
la «CGS» a una institución admirable.
Varios periodistas asintieron con la cabeza.
—Lo que ha ocurrido es una explosión en La Mission —Nim controló un impulso
de responder bruscamente, enfadado—. Creemos que han muerto por lo menos dos
de los nuestros, pero está ardiendo el aceite de lubrificación con un humo denso, y
por ahora no tenemos más detalles.
—¿Conocen los nombres de los dos muertos? —preguntó alguien.
—Sí, pero todavía no podemos darlos. Primero hay que informar a las familias.
—¿Conocen las causas de la explosión?
—No.
La señorita Molineaux intervino.
—¿Y en cuanto a la energía?
—Ya hay algo de energía —dijo Nim—. La mayor parte de lo que falta volverá
en cuatro horas, seis como máximo. Todo lo demás debería estar normalizado por la
noche.
«Normalizado —pensó Nim—, excepto para Walter Talbot.» La noticia de que el
jefe había sido víctima de la explosión, y la de su presunta muerte, había llegado al
Centro de Control de Energía hacía solo unos minutos, produciendo una sorpresa
aniquilante. Nim, su amigo de muchos años, todavía no había tenido tiempo de sentir
toda la realidad de la noticia, ni de lamentarla como sabía que la sufriría luego. Nim
apenas conocía a Danieli, el superintendente de la planta, de modo que su
desaparición, si bien trágica, le parecía más remota. A través del tabique de vidrio a
prueba de ruidos que separaba la galería de observación del área de trabajo, en el
Centro de Control, Nim veía que en la consola y a su alrededor continuaba una
actividad febril. Quería volver allí lo antes posible.
—¿Habrá mañana otro apagón? —quería saber un corresponsal de una agencia.
—No si cesa la ola de calor, como creemos que ocurrirá.
Mientras continuaban las preguntas, Nim se embarcó en una descripción de los
problemas que acarrea la sobrecarga con un tiempo imprevisiblemente caluroso.
—De modo que, en realidad, lo que está diciendo —sugirió Nancy Molineaux
agriamente—, es que ustedes no habían planeado, no habían previsto, no habían
tenido en cuenta algo que pudiera alterar las condiciones normales.
—Solo se puede planear en la medida… —dijo Nim sonrojándose.
La frase quedó sin terminar.
Teresa van Buren, directora de Relaciones Públicas, entró en la galería, de la que
se había ausentado durante unos minutos. Era una mujer baja, regordeta, vivaracha,
de unos cuarenta y cinco años, que invariablemente llevaba trajes de hilo arrugados y
cómodos zapatos marrones sin tacón. A menudo se la veía descuidada y despeinada, y
parecía más un ama de casa atareada que la experimentada ejecutiva de una empresa.
—Tengo algo que anunciar —dijo la señora Van Buren. Su voz sonó emocionada,
y el papel que tenía en la mano temblaba. El recinto quedó en silencio—. Acabamos
de saber que hubo cuatro muertos, no dos. Todos los muertos son empleados de la
compañía que estaban realizando sus tareas en el momento de la explosión. Se está
informando a sus parientes más cercanos y en unos minutos les entregaremos a
ustedes una lista de los nombres con una breve biografía. También puedo decirles que
se sospecha que hubo sabotaje, aunque por ahora no hay pruebas.
En medio de la andanada de preguntas que siguió, Nim se deslizó fuera de la
galería.
Paso a paso, dirigido por el Centro de Control de Energía, el descalabrado sistema de
distribución iba normalizándose.
En la consola de comunicaciones, el jefe, haciendo malabarismos con dos
teléfonos y manipulando a la vez una batería de botones, enviaba rápidas
instrucciones a media voz a los conmutadores, tratando de restablecer las conexiones
con otras empresas; éstos se habían desconectado automáticamente cuando «Gran Lil» saltó. Cuando logró retomar la Interconexión Pacífico, el jefe se arrellanó en su
silla giratoria metálica y dejó escapar un sonoro suspiro; luego se dedicó a apretar
botones para comenzar a proporcionar energía. Cuando volvió Nim, le echó una
rápida mirada de soslayo.
—Ya estamos a mitad de camino, señor Goldman.
Nim comprendió que eso significaba que casi la mitad de toda la zona afectada
por el repentino apagón tenía ya energía, y que el proceso avanzaba. La computadora
podía —y lo había hecho— detener el sistema mucho más rápido que la mano del
hombre. Pero restablecerlo requería decisiones directas de los técnicos, supervisadas
desde el Centro de Control de Energía.
Las ciudades y poblaciones urbanas tenían prioridad y, distrito tras distrito,
volvían a la vida eléctrica una vez más. Seguían luego los suburbios, particularmente
aquellos con concentraciones de plantas industriales. Las poblaciones rurales
seguirían después. Las zonas rurales alejadas, en la base del tótem de la energía,
serían las últimas.
Con algunas excepciones, hospitales, plantas de depuración de agua y de líquidos
residuales, e instalaciones de compañías de teléfonos, gozaban de prioridad por el
carácter de sus servicios. Es cierto que esas entidades normalmente tienen
generadores de emergencia propios, pero éstos aceptan solo una potencia parcial, y la
energía exterior es esencial para su buen funcionamiento. También había, aquí y allá,
casos individuales especiales.
El jefe había centrado su atención en un curioso plano de circuitos que había
estado comentando por uno de los teléfonos: tenía una serie de círculos de colores
desparramados en la superficie del plano.
—¿Qué es eso? —preguntó Nim, aprovechando una pausa entre llamadas.
—¿No lo sabe? —el jefe pareció sorprenderse.
Nim sacudió la cabeza. Ni un vicepresidente de programación podía recordar o
haber visto siquiera los miles de planos minuciosamente detallados de un sistema
operacional tan grande como el de la «CGS».
—Equipos salvavidas en casas particulares —el jefe hizo señas a uno de sus
asistentes y dejó la silla, que el otro ocupó—. Necesito un descanso —se pasó la
mano entre el pelo blanco en un gesto de cansancio; luego, descuidadamente, se echó
otra tableta de «Gelusil» a la boca.
Liberado de las presiones del momento, el jefe colocó el plano de circuitos entre
él y Nim.
—Los círculos rojos son pulmones de acero, equipos respiratorios, como los
llaman hoy. El verde corresponde a máquinas para diálisis renal. El círculo naranja es
una unidad generadora de oxígeno para un bebé. Tenemos uno de estos planos en
cada central, y los mantenemos al día. Los hospitales, que saben dónde están
ubicados los equipos domésticos, nos ayudan.
—Acaba de llenar una laguna en mis conocimientos —aceptó Nim. Continuó estudiando el plano, que le fascinaba.
—La mayoría de la gente que depende de esos equipos tiene un dispositivo de
conexión a una batería para las emergencias —continuó el jefe—. De todas maneras,
cualquier fallo de la energía exterior les resulta traumático. De modo que si hay una
interrupción local de corriente, hacemos verificaciones inmediatas. Si queda alguna
duda o problema, les llevamos rápidamente un generador portátil.
—Pero no tenemos tantos generadores portátiles, por lo menos no los necesarios
para cubrir un corte de energía tan extendido como el de hoy.
—No, ni tampoco tantas cuadrillas disponibles. Pero hoy hemos tenido suerte.
Las centrales han estado haciendo verificaciones. Nadie que utilice un equipo en su
casa ha tenido problemas —el jefe señaló el plano—. Todos esos lugares ya tienen
energía.
Era emocionante y tranquilizador saber que un grupo humano tan reducido en
número era vigilado y cuidado en medio de preocupaciones tan vastas. Nim estudió el
plano recorriéndolo todo con la mirada. Encontró una esquina que conocía bien.
Lakewood y Balboa. Uno de los círculos rojos señalaba la ubicación de una casa de
apartamentos delante de la que había pasado muchas veces. Al lado se leía un
nombre, «Sloan», presumiblemente alguien que necesitaba un pulmón de acero.
¿Quién era Sloan?, se preguntó. ¿Cómo era? Alguien interrumpió sus cavilaciones.
—Señor Goldman, el presidente quiere hablar con usted. Llama desde La Mission
—Nim cogió el teléfono que le alargaba un asistente del Centro de Control.
—Nim —dijo Eric Humphrey—, usted conocía bastante bien a Walter Talbot,
¿verdad? —a pesar de la crisis, la voz del presidente era tan serena como siempre. En
cuanto se recibieron las primeras noticias de la explosión había pedido su limusina y
había partido hacia La Mission junto con Ray Paulsen.
—Sí —dijo Nim—, Walter y yo éramos buenos amigos —sintió que se le
quebraba la voz y que las lágrimas no estaban muy lejos. Casi desde que la «CGS»
había incorporado a Nim, once años atrás, él y el ingeniero jefe habían simpatizado y
confiaban habitualmente el uno en el otro. Le parecía imposible admitir que no
volvería a haber ya más intercambio de confidencias entre ellos.
—¿Y la mujer de Walter? ¿La conoce bien?
—Ardythe. Mucho —Nim sintió la vacilación del presidente y le preguntó—:
¿Cómo andan las cosas por ahí?
—Sombrías. Jamás había visto cuerpos quemados por vapor supercalentado.
Espero no volverlos a ver nunca. No queda virtualmente piel, solo una masa de
ampollas que dejan ver todo lo que hay debajo. Las caras son irreconocibles —
durante un momento el aplomo de Eric Humphrey pareció flaquear; luego lo recobró
—. Por eso me gustaría que fuera a ver a la señora Talbot lo antes posible. Tengo
entendido que ha encajado muy mal la noticia, lo que no me sorprende. Como amigo
quizás usted pueda ayudarla. También me gustaría que la disuadiera, si puede, de ver
el cuerpo de su marido.
—Por Dios, Eric —dijo Nim—. ¿Por qué yo?
—Por una razón obvia. Alguien tiene que hacerlo, y usted les conocía a los dos,
por lo que veo mejor que ninguno de nosotros. También le pido a un amigo de
Danieli que vaya a ver a su esposa con el mismo propósito.
Nim quería replicar: «¿Por qué no va usted, a ver a las mujeres de los cuatro
muertos? Usted es nuestro jefe y cobra un salario principesco que debería compensar
por una ocasional tarea desgraciada. Además, morir en servicio, ¿no merece una
actitud personal de la cabeza de la compañía?» Pero no lo dijo, porque sabía que J.
Eric Humphrey, si bien era un administrador dedicado, prefería no mostrarse siempre
que podía evitarlo; y ésta era evidentemente una de esas ocasiones en las que Nim o
algún otro infortunado debía actuar en su lugar.
—Está bien —concedió Nim—. Lo haré.
—Gracias. Y, por favor, exprese a la señora Talbot mi sincera condolencia.
Nim devolvió el teléfono, preocupado. Lo que le habían pedido que hiciera no era
una de las cosas que sabía hacer bien. Sabía que eventualmente vería a Ardythe
Talbot, y tendría que encontrar, emocionado, las palabras para hablarle. Pero no había
esperado que fuera tan pronto.
Al salir del Centro de Control, Nim encontró a Teresa van Buren. Parecía
exprimida. Presumiblemente, su último encuentro con los periodistas había
contribuido a dejarla en ese estado, y además, Teresa también había sido amiga de los
Talbot.
—Un día nada bueno para ninguno de nosotros —dijo.
—No —asintió Nim; y le dijo adónde iba y cuáles habían sido las instrucciones
de Eric Humphrey.
La vicepresidente de Relaciones Públicas hizo una mueca.
—No le envidio. Es una misión dura. Antes de que me olvide, me dijeron que
había tenido un encontronazo con Nancy Molineaux.
—¡Esa perra! —dijo con rabia.
—Cierto que es una perra, Nim. También es una periodista valiente, muy superior
a la mayoría de esos payasos incompetentes que hemos encontrado esta ronda.
—Me sorprende oírle decir esto. Había decidido censurar, ser hostil, antes de
saber siquiera de qué se trataba.
Teresa van Buren se encogió de hombros.
—El paquidermo para el que trabajamos bien puede soportar unos cuantos
hondazos y flechazos. Además, puede ser que la hostilidad sea la manera que tiene
Nancy de conseguir que usted, y otros, digan más de lo que se proponían. Le falta
aprender unas cuantas cosas sobre las mujeres, Nim, aparte de la gimnasia de cama a
la que, según dicen, se dedica con entusiasmo —le miró con agudeza—. Es un
cazador de mujeres, ¿no? —luego sus ojos maternales se ablandaron—. Quizá no he
debido decir eso justamente ahora. Vaya y haga lo que pueda por la mujer de Walter.