El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 52 de 68

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El apagón

Capítulo 4

 

El segundo día de la convención del Instituto Nacional de Electricidad terminaba.

Todos los actos oficiales del día habían concluido. Los salones de reuniones del

hotel «Christopher Columbus» estaban desiertos. La mayoría de los delegados y sus

esposas, algunos con toda la familia, estaban en sus habitaciones o suites. Algunos

espíritus resistentes estaban todavía de fiesta. Muchos otros ya dormían. Varios de los

delegados más jóvenes y un puñado de gente madura juerguista andaban repartidos

por la ciudad: en bares, restaurantes, discotecas y espectáculos de strip-tease. Pero

aun éstos comenzaban a volver al «Christopher Columbus», y cuando cerraran los

locales nocturnos, a las dos, volvería el resto.

 

—Buenas noches, señores —Nim besó a Leah y Benjy, y luego apagó las luces en

el segundo dormitorio de la suite, en el que dormían los niños.

Casi dormida, Leah murmuró algo inaudible. Benjy, más animado aunque ya

había pasado la medianoche, dijo:

—Papaíto, vivir en un hotel es muy divertido.

—Al cabo de un tiempo se vuelve algo caro —dijo Nim—. Sobre todo cuando un

tipo llamado Benjamin Goldman insiste en firmar vales por el servicio en la

habitación.

—Me gusta hacerlo —rio Benjy.

Esa mañana Nim le había permitido a Ben firmar el vale, y lo mismo por la

noche, cuando Ben y Leah comieron un bistec en la suite mientras Nim y Ruth

asistían a una reunión y cena del «INE». Después, toda la familia salió del hotel para

ver una película, de la que acababan de volver hacía poco.

—Duerme ahora —dijo Nim—, o la mano que firma no te servirá mañana.

En el salón, Ruth, que había escuchado la conversación por la puerta abierta del

dormitorio, sonrió cuando Nim volvió.

—Quizá ya te lo he dicho —dijo—, pero supongo que sabes que los niños te

adoran.

—¿No me adora todo el mundo, acaso?

—Bueno… —Ruth lo pensó—. Ya que lo mencionas, podría haber una o dos

excepciones. Como Ray Paulsen.

—¡Dios mío! —Nim rio con fuerza—. Hubieras debido ver la cara de Ray cuando

volvió a la convención con Eric Humphrey, pensando que el presidente me iba a

destrozar por lo que he dicho por la mañana; y en cambio Eric ha hecho todo lo

contrario.

—¿Qué ha dicho?

—Algo así como que había recibido tantas felicitaciones por mi discurso que,

¿cómo iba a estar en minoría y objetarlo? De modo que me felicitaba.

—Si Eric cedió de esa manera, ¿no crees que podría haber un cambio de táctica,

hacia una mayor franqueza, como querías tú?

Nim negó con la cabeza.

—No estoy seguro. La facción que no quiere perturbaciones, encabezada por Ray,

sigue siendo fuerte. Además, en nuestra empresa muy poca gente comprende que una

crisis energética es casi inevitable —se desperezó bostezando—. ¡Pero basta de

preocupaciones por esta noche!

—Ya es la mañana —le corrigió Ruth—. Casi la una. De todos modos ayer fue un

buen día para ti y me alegra que hayas tenido buena prensa —indicó una edición de la

tarde del California Examiner que tenía al lado.

—Eso sí que ha sido una sorpresa —Nim había leído horas antes el artículo del

Examiner sobre su discurso—. No entiendo a esa Molineaux. Estaba seguro de que

me clavaría el cuchillo de nuevo, revolviéndolo en la herida.

—¿No sabes que las mujeres son inconstantes? —dijo Ruth, y luego agregó con

picardía—: Creía que tus investigaciones te lo habían demostrado.

—Quizá lo he olvidado. No sé si has notado que últimamente he limitado mis

investigaciones —se inclinó hacia delante y la besó suavemente en el cuello; luego se

sentó enfrente—. ¿Cómo te encuentras?

—Normal casi todo el tiempo. Pero me canso fácilmente en comparación con la

energía que solía tener.

—Hay algo que quiero preguntarte —Nim describió su conversación con Leah y

su convicción de que a los niños debería informárseles sobre la salud de Ruth, para

que, de producirse un empeoramiento repentino, estuvieran preparados—. Espero que

no ocurra, tanto como tú, pero es algo que debemos considerar.

—He estado pensando lo mismo —le dijo ella—. Déjamelo a mí. En los próximos

días elegiré el momento para decírselo.

Debió haberlo imaginado. Ruth, con su buen juicio, su habilidad para afrontar

situaciones, siempre haría lo mejor para la familia.

—Gracias.

Siguieron hablando, tranquila y fácilmente, gozando con su mutua compañía.

Hasta que Nim cogió la mano de Ruth.

—Estás cansada y yo también. Vamos a la cama.

Entraron al dormitorio de la mano, y al apagar la luz él miró la hora: la una y

media.

Se quedaron dormidos casi en seguida, abrazados.

 

A medio kilómetro del hotel, Georgos Winslow Archambault estaba sentado solo en

la camioneta roja del «Servicio de Protección contra Incendios, Inc.» Apenas podía

esperar que llegaran las tres y comenzaran las explosiones. La excitación de Georgos

hervía como una caldera, incitándole sexualmente de tal modo que hacía unos minutos había tenido que masturbarse.

Era casi increíble lo fácil que había sido todo. Desde el momento en que la policía

abrió paso al camión de «Amigos de la Libertad» para que pudiera llegar a la entrada

de servicio del hotel (¡y qué chiste formidable había sido ése!), dentro del mismo les

habían detenido solo dos veces. A Ute le interrogó brevemente un guardia de civil, a

Georgos un auxiliar de la gerencia que encontró en un ascensor de servicio. Los dos

incidentes hicieron pasar un momento de nerviosismo a Ute y a Georgos, pero las

órdenes de trabajo que mostraron fueron vistas y devueltas inmediatamente sin más

preguntas. En ningún caso fue necesario presentar la carta en papel del hotel.

La actitud general —previsible— pareció ser: ¿Quién iba a querer impedir que se

colocara un extintor de incendios en el lugar que le correspondía? Los pocos que

podían interesarse tenían que suponer que otra persona había dado la orden o

aprobado esa precaución suplementaria.

Ahora solo quedaba la espera: la parte más difícil. Deliberadamente, había

aparcado a cierta distancia del hotel, para evitar que le vieran, y también para

desaparecer rápidamente cuando fuera necesario. Justo antes de que empezara el

espectáculo, se acercaría a pie para verlo mejor.

En cuanto el hotel estuviera envuelto en llamas, con la gente atrapada dentro,

Georgos se proponía llamar a una emisora de radio para que difundieran el

comunicado que ya tenía redactado. Contenía sus nuevas exigencias: las anteriores y

algunas más. Estaba claro que sus órdenes serían obedecidas de inmediato cuando la

estructura del poder fascista comprendiera por fin la fuerza y la habilidad de los

«Amigos de la Libertad». Mentalmente, Georgos veía a las autoridades humillándose

ante él…

Solo le preocupaba algo insignificante. La repentina desaparición de Yvette;

estaba inquieto, consciente de que en lo referente a su mujer era culpable de

debilidad. Debió haberla eliminado semanas atrás. Cuando volviera, como estaba

seguro de que ocurriría, lo haría en seguida. Pero le alegraba haber ocultado a Yvette

sus planes para esta última y valiente batalla.

¡Qué día para que la historia recordara!

Por vigésima vez desde que llegara allí, Georgos miró el reloj: las dos menos

veinte. Faltaba una hora y veinte minutos.

 

Por precaución, aunque en realidad no lo creía necesario, Davey Birdsong se

preparaba una coartada.

Estaba fuera de la ciudad, a unos treinta kilómetros del hotel «Christopher

Columbus», y se proponía mantener esa distancia hasta que finalizara la operación.

Horas antes había pronunciado una conferencia (pagada) de una hora, a un grupo

de estudio de adultos sobre «el ideal socialista». El debate posterior consumió unos

noventa minutos. Ahora estaba con una docena de gente tediosa, aburrida, que se había trasladado a la casa de uno de ellos para seguir charlando de política

internacional, de la que tenían solo nociones superficiales. Mientras hablaban, bebían

mucha cerveza y café, y era evidente, pensó Birdsong, que podían muy bien seguir

hasta la madrugada. Perfecto, ¡que siguieran! El mismo participaba un poco de vez en

cuando, asegurándose que todos se dieran cuenta que se había quedado.

También Davey Birdsong tenía un declaración escrita a máquina que entregaría a

la prensa. Tenía una copia en el bolsillo; comenzaba:

La popular organización de consumidores, «Luz y Fuerza Para el Pueblo», reafirma su posición ante toda violencia.

Deploramos la violencia en toda ocasión, y en particular el ataque con bombas que tuvo lugar anoche en el hotel «Christopher Columbus», declara Davey Birdsong, líder de la lfpp.

La lfpp continuará sus esfuerzos pacíficos en busca de…

 

Birdsong sonrió al recordar, y verificó la hora subrepticiamente: las dos menos

cuarto.

 

Nancy Molineaux todavía estaba en la reunión de la noche; había resultado buena,

pero deseaba irse. Estaba cansada, había sido uno de esos días atestados de cosas, en

el que apenas si había tenido un minuto para sí misma. Además, le dolía la

mandíbula. El maldito dentista le había trabajado una caries como si estuviera

perforando para hacer un sótano, y cuando se lo dijo solo se rio.

A pesar del dolor, Nancy estaba segura de que esa noche dormiría bien, y ansiaba

meterse entre sus sábanas «Porthault» de seda.

Después de despedirse de los dueños de la casa, que vivían en un apartamento con

terraza no lejos del centro de la ciudad, bajó en el ascensor hasta donde el portero la

esperaba con su coche. Después de darle una propina, Nancy miró la hora: las dos

menos diez. Su apartamento quedaba a menos de diez minutos. Con suerte estaría en

casa a eso de las dos.

De repente recordó que esa noche se había propuesto escuchar las cintas que le

había dado Yvette. Bueno, hacía mucho tiempo que trabajaba en ese artículo, y un día

más no significaría nada. Si se levantaba temprano, las escucharía antes de ir al

Examiner.