El apagón
Capítulo 4
El segundo día de la convención del Instituto Nacional de Electricidad terminaba.
Todos los actos oficiales del día habían concluido. Los salones de reuniones del
hotel «Christopher Columbus» estaban desiertos. La mayoría de los delegados y sus
esposas, algunos con toda la familia, estaban en sus habitaciones o suites. Algunos
espíritus resistentes estaban todavía de fiesta. Muchos otros ya dormían. Varios de los
delegados más jóvenes y un puñado de gente madura juerguista andaban repartidos
por la ciudad: en bares, restaurantes, discotecas y espectáculos de strip-tease. Pero
aun éstos comenzaban a volver al «Christopher Columbus», y cuando cerraran los
locales nocturnos, a las dos, volvería el resto.
—Buenas noches, señores —Nim besó a Leah y Benjy, y luego apagó las luces en
el segundo dormitorio de la suite, en el que dormían los niños.
Casi dormida, Leah murmuró algo inaudible. Benjy, más animado aunque ya
había pasado la medianoche, dijo:
—Papaíto, vivir en un hotel es muy divertido.
—Al cabo de un tiempo se vuelve algo caro —dijo Nim—. Sobre todo cuando un
tipo llamado Benjamin Goldman insiste en firmar vales por el servicio en la
habitación.
—Me gusta hacerlo —rio Benjy.
Esa mañana Nim le había permitido a Ben firmar el vale, y lo mismo por la
noche, cuando Ben y Leah comieron un bistec en la suite mientras Nim y Ruth
asistían a una reunión y cena del «INE». Después, toda la familia salió del hotel para
ver una película, de la que acababan de volver hacía poco.
—Duerme ahora —dijo Nim—, o la mano que firma no te servirá mañana.
En el salón, Ruth, que había escuchado la conversación por la puerta abierta del
dormitorio, sonrió cuando Nim volvió.
—Quizá ya te lo he dicho —dijo—, pero supongo que sabes que los niños te
adoran.
—¿No me adora todo el mundo, acaso?
—Bueno… —Ruth lo pensó—. Ya que lo mencionas, podría haber una o dos
excepciones. Como Ray Paulsen.
—¡Dios mío! —Nim rio con fuerza—. Hubieras debido ver la cara de Ray cuando
volvió a la convención con Eric Humphrey, pensando que el presidente me iba a
destrozar por lo que he dicho por la mañana; y en cambio Eric ha hecho todo lo
contrario.
—¿Qué ha dicho?
—Algo así como que había recibido tantas felicitaciones por mi discurso que,
¿cómo iba a estar en minoría y objetarlo? De modo que me felicitaba.
—Si Eric cedió de esa manera, ¿no crees que podría haber un cambio de táctica,
hacia una mayor franqueza, como querías tú?
Nim negó con la cabeza.
—No estoy seguro. La facción que no quiere perturbaciones, encabezada por Ray,
sigue siendo fuerte. Además, en nuestra empresa muy poca gente comprende que una
crisis energética es casi inevitable —se desperezó bostezando—. ¡Pero basta de
preocupaciones por esta noche!
—Ya es la mañana —le corrigió Ruth—. Casi la una. De todos modos ayer fue un
buen día para ti y me alegra que hayas tenido buena prensa —indicó una edición de la
tarde del California Examiner que tenía al lado.
—Eso sí que ha sido una sorpresa —Nim había leído horas antes el artículo del
Examiner sobre su discurso—. No entiendo a esa Molineaux. Estaba seguro de que
me clavaría el cuchillo de nuevo, revolviéndolo en la herida.
—¿No sabes que las mujeres son inconstantes? —dijo Ruth, y luego agregó con
picardía—: Creía que tus investigaciones te lo habían demostrado.
—Quizá lo he olvidado. No sé si has notado que últimamente he limitado mis
investigaciones —se inclinó hacia delante y la besó suavemente en el cuello; luego se
sentó enfrente—. ¿Cómo te encuentras?
—Normal casi todo el tiempo. Pero me canso fácilmente en comparación con la
energía que solía tener.
—Hay algo que quiero preguntarte —Nim describió su conversación con Leah y
su convicción de que a los niños debería informárseles sobre la salud de Ruth, para
que, de producirse un empeoramiento repentino, estuvieran preparados—. Espero que
no ocurra, tanto como tú, pero es algo que debemos considerar.
—He estado pensando lo mismo —le dijo ella—. Déjamelo a mí. En los próximos
días elegiré el momento para decírselo.
Debió haberlo imaginado. Ruth, con su buen juicio, su habilidad para afrontar
situaciones, siempre haría lo mejor para la familia.
—Gracias.
Siguieron hablando, tranquila y fácilmente, gozando con su mutua compañía.
Hasta que Nim cogió la mano de Ruth.
—Estás cansada y yo también. Vamos a la cama.
Entraron al dormitorio de la mano, y al apagar la luz él miró la hora: la una y
media.
Se quedaron dormidos casi en seguida, abrazados.
A medio kilómetro del hotel, Georgos Winslow Archambault estaba sentado solo en
la camioneta roja del «Servicio de Protección contra Incendios, Inc.» Apenas podía
esperar que llegaran las tres y comenzaran las explosiones. La excitación de Georgos
hervía como una caldera, incitándole sexualmente de tal modo que hacía unos minutos había tenido que masturbarse.
Era casi increíble lo fácil que había sido todo. Desde el momento en que la policía
abrió paso al camión de «Amigos de la Libertad» para que pudiera llegar a la entrada
de servicio del hotel (¡y qué chiste formidable había sido ése!), dentro del mismo les
habían detenido solo dos veces. A Ute le interrogó brevemente un guardia de civil, a
Georgos un auxiliar de la gerencia que encontró en un ascensor de servicio. Los dos
incidentes hicieron pasar un momento de nerviosismo a Ute y a Georgos, pero las
órdenes de trabajo que mostraron fueron vistas y devueltas inmediatamente sin más
preguntas. En ningún caso fue necesario presentar la carta en papel del hotel.
La actitud general —previsible— pareció ser: ¿Quién iba a querer impedir que se
colocara un extintor de incendios en el lugar que le correspondía? Los pocos que
podían interesarse tenían que suponer que otra persona había dado la orden o
aprobado esa precaución suplementaria.
Ahora solo quedaba la espera: la parte más difícil. Deliberadamente, había
aparcado a cierta distancia del hotel, para evitar que le vieran, y también para
desaparecer rápidamente cuando fuera necesario. Justo antes de que empezara el
espectáculo, se acercaría a pie para verlo mejor.
En cuanto el hotel estuviera envuelto en llamas, con la gente atrapada dentro,
Georgos se proponía llamar a una emisora de radio para que difundieran el
comunicado que ya tenía redactado. Contenía sus nuevas exigencias: las anteriores y
algunas más. Estaba claro que sus órdenes serían obedecidas de inmediato cuando la
estructura del poder fascista comprendiera por fin la fuerza y la habilidad de los
«Amigos de la Libertad». Mentalmente, Georgos veía a las autoridades humillándose
ante él…
Solo le preocupaba algo insignificante. La repentina desaparición de Yvette;
estaba inquieto, consciente de que en lo referente a su mujer era culpable de
debilidad. Debió haberla eliminado semanas atrás. Cuando volviera, como estaba
seguro de que ocurriría, lo haría en seguida. Pero le alegraba haber ocultado a Yvette
sus planes para esta última y valiente batalla.
¡Qué día para que la historia recordara!
Por vigésima vez desde que llegara allí, Georgos miró el reloj: las dos menos
veinte. Faltaba una hora y veinte minutos.
Por precaución, aunque en realidad no lo creía necesario, Davey Birdsong se
preparaba una coartada.
Estaba fuera de la ciudad, a unos treinta kilómetros del hotel «Christopher
Columbus», y se proponía mantener esa distancia hasta que finalizara la operación.
Horas antes había pronunciado una conferencia (pagada) de una hora, a un grupo
de estudio de adultos sobre «el ideal socialista». El debate posterior consumió unos
noventa minutos. Ahora estaba con una docena de gente tediosa, aburrida, que se había trasladado a la casa de uno de ellos para seguir charlando de política
internacional, de la que tenían solo nociones superficiales. Mientras hablaban, bebían
mucha cerveza y café, y era evidente, pensó Birdsong, que podían muy bien seguir
hasta la madrugada. Perfecto, ¡que siguieran! El mismo participaba un poco de vez en
cuando, asegurándose que todos se dieran cuenta que se había quedado.
También Davey Birdsong tenía un declaración escrita a máquina que entregaría a
la prensa. Tenía una copia en el bolsillo; comenzaba:
La popular organización de consumidores, «Luz y Fuerza Para el Pueblo», reafirma su posición ante toda violencia.
Deploramos la violencia en toda ocasión, y en particular el ataque con bombas que tuvo lugar anoche en el hotel «Christopher Columbus», declara Davey Birdsong, líder de la lfpp.
La lfpp continuará sus esfuerzos pacíficos en busca de…
Birdsong sonrió al recordar, y verificó la hora subrepticiamente: las dos menos
cuarto.
Nancy Molineaux todavía estaba en la reunión de la noche; había resultado buena,
pero deseaba irse. Estaba cansada, había sido uno de esos días atestados de cosas, en
el que apenas si había tenido un minuto para sí misma. Además, le dolía la
mandíbula. El maldito dentista le había trabajado una caries como si estuviera
perforando para hacer un sótano, y cuando se lo dijo solo se rio.
A pesar del dolor, Nancy estaba segura de que esa noche dormiría bien, y ansiaba
meterse entre sus sábanas «Porthault» de seda.
Después de despedirse de los dueños de la casa, que vivían en un apartamento con
terraza no lejos del centro de la ciudad, bajó en el ascensor hasta donde el portero la
esperaba con su coche. Después de darle una propina, Nancy miró la hora: las dos
menos diez. Su apartamento quedaba a menos de diez minutos. Con suerte estaría en
casa a eso de las dos.
De repente recordó que esa noche se había propuesto escuchar las cintas que le
había dado Yvette. Bueno, hacía mucho tiempo que trabajaba en ese artículo, y un día
más no significaría nada. Si se levantaba temprano, las escucharía antes de ir al
Examiner.