El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 36 de 68

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El apagón

Capítulo 4

 

—He tenido un día agotador y me tomaría una copa —dijo Cynthia—.

Generalmente hay whisky. ¿Y usted, quiere algo?

—De acuerdo —dijo Nim. Hacía una hora que había hecho el amor con Karen,

que ahora dormía. Él también sentía la necesidad de beber algo.

La hermana mayor de Karen había entrado hacía veinte minutos, con su llave.

Nim ya estaba vestido.

Se había presentado como Cynthia Woolworth.

—Antes de que lo pregunte, mi marido no tiene nada que ver con los Woolworth

millonarios. Solía pasar la mitad de mi vida contestando a eso; ahora es lo primero

que digo. Con Sloan era más sencillo.

—Gracias —dijo él—. No lo volveré a mencionar.

Observó que Cynthia era distinta de Karen, y al mismo tiempo tenían algo en

común. Karen era rubia y delgada; Cynthia era morena, regordeta, aunque no

demasiado. También era evidente que Cynthia tenía una personalidad más fuerte y era

más desenvuelta; aunque, pensó Nim, el temprano golpe que la vida le había asestado

a Karen, sus distintos estilos de vida desde entonces, bien podían explicar las

diferencias. Lo que tenían en común era una extraña belleza natural: la misma

delicada simetría de rasgos, labios gruesos, grandes ojos azules, un cutis impecable, y

aunque más destacadas en Cynthia, manos delgadas y elegantes. A Nim se le ocurrió

que las dos chicas habían heredado sus encantos de Henrietta, la madre, en quien aún

se descubrían rasgos de una belleza anterior. Nim recordó que Cynthia tenía tres años

más que Karen, lo que significaba que tenía cuarenta y dos, si bien parecía más joven.

Cynthia encontró el whisky, luego hielo y soda, y preparó dos copas con

eficiencia. La rapidez y economía de movimientos revelaban que estaba

acostumbrada a desenvolverse sola. Lo había demostrado desde que llegó al

apartamento, cuando se quitó el impermeable empapado y lo colgó en el cuarto de

baño. Después de las presentaciones mutuas le indicó a Nim:

—Muy bien, siéntese y descanse. Tome, he traído el periódico de la noche. Yo me

ocuparé de mi hermana.

Entró en el cuarto de Karen, cerrando la puerta, de modo que Nim oyó el

murmullo de las voces pero nada más.

Cuando Cynthia salió al cuarto de hora, caminando sin hacer ruido, le comunicó

que Karen dormía.

Ahora, sentada frente a Nim, Cynthia agitó el whisky y el hielo en su vaso, y le

informó:

—Sé lo que ha ocurrido aquí esta noche. Karen me lo ha dicho.

Sorprendido por la franqueza, todo lo que se le ocurrió contestar fue:

—Comprendo.

Cynthia echó atrás la cabeza y rio. Le señaló con un dedo acusador.

—¡Tiene miedo! Se pregunta si seré la hermana mayor vengadora. O si pienso

llamar a la policía y gritar: «¡Violación!»

—No estoy seguro de querer, o necesitar, conversar con usted… —empezó a

decir él secamente.

—¡Vamos, vamos! —Cynthia había seguido riendo; pero ahora dejó de reírse

repentinamente. Se puso seria—. Mira, Nimrod, lo siento si te he molestado; me doy

cuenta de que lo he hecho. Deja entonces que te diga algo. Karen te considera un

hombre bueno, dulce, gentil, cariñoso, y lo mejor que jamás ha conocido. Y si te

interesa una opinión de afuera, yo pienso lo mismo.

Nim la miró fijamente. Al hacerlo se dio cuenta de que por segunda vez en la

noche veía llorar a una mujer.

—¡Maldición! No era mi intención hacer esto —Cynthia se secó las lágrimas con

un pañuelito—, pero supongo que estoy tan feliz y satisfecha como la propia Karen

—miró a Nim con decidida aprobación—. Bueno, casi tanto.

La tensión que había sentido Nim momentos antes se aflojó. Sonriente, admitió:

—Solo puedo decir una cosa. ¡Increíble!

—Y hay más y te lo voy a decir —dijo Cynthia—. ¿Tomamos otra copa antes?

Sin esperar respuesta, recogió el vaso de Nim y lo volvió a llenar, e hizo lo mismo

con el suyo. Después de volver a su asiento, bebió antes de continuar, eligiendo las

palabras con cuidado.

—Por ti, tanto como por Karen, Nimrod, quiero que sepas algo. Lo que ha

ocurrido entre tú y mi hermana esta noche ha sido maravilloso y hermoso. Quizá no

sepas ni comprendas por qué, pero el hecho es que algunas personas tratan a los

cuadripléjicos como si fueran leprosos. Yo misma lo he visto varias veces; Karen lo

ve mucho más. Por eso, para mí eres el señor Buena Persona. Nunca pensaste en ella

ni la trataste sino como una mujer… ¡Pero, por Dios…! Ya estoy llorando otra vez.

Era evidente que el pañuelito de Cynthia no bastaría. Nim le alcanzó el suyo y

ella le miró agradecida.

—Son las pequeñas cosas que haces… Karen me ha dicho que…

—Tú sabes que todas mis visitas a Karen comenzaron accidentalmente —dijo él,

humildemente.

—Así ocurre con la mayoría de las cosas.

—Y lo que ha pasado con nosotros esta noche… bueno, no lo planeé. Ni siquiera

pensé… —Nim se detuvo—. Sencillamente, ocurrió.

—Lo sé —dijo Cynthia—. Y ya que estamos en eso, te voy a preguntar otra cosa.

¿Te sentiste, te sientes culpable?

Él asintió con la cabeza:

—Sí.

—¡No lo hagas! Una vez, cuando estaba tratando de aprender cómo ayudar a

Karen, leí algo de un hombre que se llama Milton Diamond. Es profesor de medicina

en Hawai y ha estudiado el sexo en los lisiados. Quizá no recuerde las palabras exactas, pero el sentido era: «Los lisiados tienen bastantes problemas ya, para que se

les impongan valores que agobian con el sentido de culpa… la satisfacción sexual

privada importa más que la aprobación pública; en consecuencia, todo sentimiento de

culpa es un error… y sexualmente cualquier cosa vale para los incapacitados.» —

Cynthia agregó casi con rabia—: Así que no te sientas culpable tú tampoco.

¡Olvídalo!

—No sé —dijo Nim— si no he colmado mi capacidad de sorprenderme esta

noche. De todos modos, me alegra que hablemos.

—A mí también. Forma parte del aprendizaje, y yo tuve que estudiar a Karen, lo

mismo que tú —Cynthia siguió bebiendo su whisky, y luego dijo pensativa—: ¿Me

creerás si te digo que cuando Karen tenía dieciocho años y yo veintiuno, la odiaba?

—Cuesta creerlo.

—Pero es verdad. La odiaba porque toda la atención de nuestros padres y amigos

era para ella. Algunos días, en casa, era como si yo no existiera. Siempre era: «Karen

esto, Karen aquello. ¿Qué podemos hacer por la pobre querida Karen?» Nunca «¿qué

podemos hacer por la sana y normal Cynthia?». Era el día en que cumplía veintiún

años. Yo quería una gran fiesta, pero mi madre dijo que no era «apropiado» para

Karen. Entonces tuve solo una reunión familiar: mis padres y yo, porque Karen

estaba en el hospital; un té asqueroso y un pastel barato. En cuanto a los regalos de

cumpleaños, fueron solo simbólicos, porque supongo que adivinas adonde iba todo el

dinero, hasta el último centavo. Me avergüenza decirlo, pero esa noche recé para que

Karen muriera.

En el silencio que siguió, pese a las cortinas, Nim oyó la lluvia que el viento hacía

chocar contra la ventana. Comprendía lo que Cynthia le había contado, y se sentía

emocionado. Y, sin embargo, en un rincón de su mente pensó: ¡Gloriosa lluvia! Para

quien tuviera que ver con la provisión de energía, lluvia, aguanieve o nieve

significaban almacenamiento de energía hidroeléctrica para la estación seca que se

acercaba. Apartó esos pensamientos y le dijo a Cynthia:

—¿Y cuándo cambiaste de sentimientos?

—Al cabo de años, y fue muy lento. Antes pasé por mi propio período de

sentimiento de culpabilidad. Me sentía culpable porque no me faltaba nada y a Karen

sí. Culpable, porque hacía cosas que ella no podía hacer: jugar al tenis, ir a fiestas,

salir con muchachos —Cynthia suspiró—. No fui una buena hermana.

—Pero ahora sí.

—Tanto como puedo, después de ocuparme de mi marido, la casa y los niños.

Cuando nació mi primer hijo, empecé a comprender y apreciar a mi hermana menor y

nos hicimos íntimas. Ahora las dos somos buenas amigas, cariñosas, que comparten

ideas y confidencias. No hay nada que yo no dejaría de hacer por Karen. Y no hay

nada que ella no me confíe.

—Ya lo he comprobado —dijo Nim, secamente.

Siguieron hablando. Cynthia le contó más cosas de sí misma. Se había casado a los veintidós años; en parte para irse de casa. Desde entonces su marido había

recorrido una serie de trabajos; ahora era vendedor de zapatos. Nim dedujo que era

una unión apenas soportable, si es que lo era, y que Cynthia y su marido seguían

juntos porque no tenían otra alternativa, y por las tres criaturas. Antes de casarse,

Cynthia había tomado lecciones de canto; ahora cantaba cuatro noches por semana en

un night-club de segundo orden para complementar el magro sueldo del marido. Esta

era una de las noches que no cantaba, y se quedaría con Karen mientras el marido se

ocupaba del único hijo que todavía tenían en casa. Mientras hablaban, Cynthia bebió

dos whiskies más; Nim no quiso beber. Al cabo de un rato, Cynthia comenzó a

farfullar un poco.

Finalmente, Nim se levantó.

—Es tarde. Tengo que irme.

—Te traeré el impermeable —dijo Cynthia—. Lo necesitarás aunque sea para

llegar al coche —y añadió—: O puedes quedarte, si quieres. Hay un diván que se

convierte en cama.

—Gracias. Será mejor que no me quede.

Ella le ayudó a ponerse el impermeable, y en la puerta del apartamento le besó

con fuerza en la boca.

—En parte es por Karen y en parte por mí.

Camino a su casa, trató de descartar la idea como codiciosa y desleal, pero no

pudo: tantas mujeres atractivas y deseables en el mundo, y tantas disponibles y

dispuestas a compartir placeres sexuales. La experiencia, el instinto, los propios e

inequívocos gestos de ella se lo decían: Cynthia también estaba a su disposición.