El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 21 de 68

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El apagón

Capítulo 3

 

Nim se estaba afeitando, poco después de las siete de un jueves de finales de agosto.

Hacía diez minutos que Ruth había bajado a preparar el desayuno. Leah y Benjy

todavía dormían. Ruth volvió y apareció en la puerta del baño con un ejemplar del

Chronicle-West.

—Tengo que dar un mal comienzo a tu día —dijo—, pero sé que querrás saberlo.

—Gracias —dejó la navaja y cogió el periódico con las manos mojadas,

recorriendo la primera página. Por debajo del doblez había un artículo a una sola

columna:

 

«CGS» ESCALADA DE TARIFAS PROHIBIDA

LA ELECTRICIDAD Y EL GAS NO AUMENTAN.

Lo reveló ayer por la tarde la Comisión de Servicios Públicos al anunciar el rechazo de la solicitud de la compañía «Golden State» de un aumento del 13% en las tarifas del gas y la electricidad, que significarían a la poderosa empresa una renta anual de 580 millones de dólares.

«No consideramos necesario un aumento en este momento», declaró la Comisión en una decisión a la que se había llegado tras una votación de tres a dos.

En un debate público, la «CGS» había argumentado que necesita más dinero para compensar los aumentos en los costos debidos a la inflación, y para formar capital para su plan de inversiones.

Los directivos de la «CGS» no hicieron comentarios, aunque un portavoz expresó su pesar y preocupación por la situación futura de la energía en California. Sin embargo, Davey Birdsong, líder de un grupo de consumidores, Luz y Fuerza Para el Pueblo, aclamó la decisión como…

 

Nim dejó el periódico sobre el depósito del water mientras terminaba de afeitarse;

ya conocía la decisión la tarde anterior, de modo que el artículo era solo una

confirmación. Cuando bajó, Ruth, que tenía preparado el desayuno —riñones de

cordero con huevos revueltos—, se sentó frente a él con una taza de café mientras

comía.

—¿Qué significa realmente la decisión de la Comisión? —preguntó.

—Quiere decir —respondió, haciendo una mueca— que tres personas, que tienen

sus puestos gracias a la política, tienen el derecho de decirles a grandes empresas,

como la «CGS» y la compañía telefónica, cómo deben ser manejadas, y que ejercen

ese derecho.

—¿A ti te afectará?

—¡Ya lo creo, demonios! Tendré que rehacer el programa de construcciones;

cancelaremos algunos proyectos o iremos más despacio con otros, y eso traerá

despidos. Aun así se pasarán aprietos económicos. Tendremos caras largas esta

mañana, especialmente la de Eric —Nim pinchó un riñón con el tenedor—. Están

muy buenos. Los haces mejor que nadie.

—¿Te parece que podrías prepararte tu desayuno durante un tiempo? —dijo Ruth,

después de una corta vacilación.

—Seguro; pero ¿por qué? —se sorprendió Nim.

—Quizá tenga que irme —con su voz suave, Ruth se corrigió—: Tengo que irme.

Una semana. Quizá más.

Él dejó los cubiertos, mirándola a través de la mesa.

—¿Por qué? ¿Adónde?

—Mamá se llevará a Leah y a Benjy mientras yo no esté, y la señora Blair vendrá

como de costumbre para limpiar. De modo que solo significa que tendrás que cenar

fuera, y estoy segura de que eso no te resultará difícil.

—No has contestado a mi pregunta. ¿Adónde vas, y por qué? —insistió Nim,

levantando la voz sin hacer caso del comentario.

—No hay ninguna necesidad de gritar —detrás de la compostura de Ruth notó

una dureza poco usual en ella—. He oído tu pregunta; pero, dado como están las

cosas entre nosotros, no creo que sea necesario contestarla. ¿No te parece?

Nim se quedó callado, comprendiendo exactamente lo que Ruth quería decir:

¿Por qué dos criterios? Si Nim elegía no respetar las reglas del matrimonio, tener una

serie de amoríos, y salir noche tras noche a divertirse, ¿por qué no había Ruth de

ejercer igual libertad, también sin dar explicaciones?

Considerándolo todo, su declaración de igualdad —ya que evidentemente era eso

— parecía razonable. De todos modos, Nim sintió un pinchazo de celos, pues ahora

estaba seguro de que había otro hombre. Al principio no lo había pensado; ahora

estaba convencido, y aunque sabía que las concesiones mutuas no eran raras en

algunos matrimonios, le resultaba difícil aceptarlas en el propio.

—Los dos sabemos —dijo Ruth, interrumpiendo sus pensamientos— que hace

mucho tiempo que tú y yo solo mantenemos la apariencia de un matrimonio. No lo

hemos hablado. Pero creo que deberíamos hacerlo —esta vez, a pesar de un intento

de firmeza, hubo un temblor en su voz.

—¿Quieres hablar ahora? —preguntó él.

—Quizá cuando vuelva —agregó Ruth, moviendo la cabeza—. En cuanto arregle

algunas cosas te avisaré cuándo me voy.

—Está bien —dijo Nim, abatido.

—No has terminado el desayuno.

—No tengo ganas de comer —dijo él, apartando el plato.

 

Aunque la conversación con Ruth, desconcertante por lo imprevista, preocupó a Nim

mientras se dirigía al centro, el trabajo en la «CGS» eclipsó rápidamente sus

pensamientos personales.

La decisión de la Comisión de Servicios Públicos no le dejó pensar en otra cosa.

Durante toda la mañana, una procesión de ejecutivos de los departamentos legal y

financiero de la empresa entraron y salieron de la oficina del presidente con

expresiones serias. Sus idas y venidas revelaban una sucesión de conferencias, todas

relativas a la cuestión esencial, teniendo en cuenta que no habría aumento alguno en las tarifas, ¿cómo podría la «CGS» desarrollar los proyectos de inversiones

imprescindibles y mantener su solvencia? El consenso: sencillamente imposible sin

una reducción drástica e inmediata en los gastos.

En cierto momento, J. Eric Humphrey preguntó retóricamente, mientras recorría

con la mirada la alfombra de detrás de su escritorio:

—¿Por qué cuando el precio del pan sube por la inflación, o el precio de la carne

se va a las nubes, o cuesta más la entrada a un partido o a un cine, nadie se sorprende

y todos lo aceptan? ¿Y por qué nadie nos cree cuando nosotros señalamos, con toda

verdad, que no podemos producir electricidad con las tarifas de siempre, porque

nuestros costos también han subido?

Oscar O’Brien, el asesor general, contestó mientras encendía uno de sus

inevitables cigarros:

—No nos creen porque han sido condicionados para no creernos, en su mayor

parte por políticos que tratan de quedar bien con sus electores y buscan un blanco

fácil. Los servicios públicos siempre lo han sido.

—¡Políticos! —resopló el presidente—. ¡Políticos! ¡Me dan asco! Inventaron la

inflación, la iniciaron, la empeoraron, la mantuvieron mientras aumentaban la deuda

pública, todo para comprar votos y aferrarse a sus puestos. Sin embargo, esos

charlatanes, esos ocultadores de la verdad, echan la culpa de la inflación a los demás,

a los sindicatos, al comercio, a cualquiera, salvo a ellos mismos. Si no fuera por los

políticos no estaríamos pidiendo un aumento de tarifas, porque no lo necesitaríamos.

Sharlett Underhill, vicepresidente ejecutiva de finanzas y la cuarta persona en

jerarquía en la oficina del presidente, murmuró: «¡Amén!» La señora Underhill, una

morena alta, cuarentona, eficiente, generalmente serena, ese día parecía acosada. Era

comprensible, pensó Nim. Cualquier decisión financiera que se tomara después del

rechazo por parte de la Comisión de Servicios Públicos, inevitablemente tendría que

ser dura, y a Sharlett Underhill le correspondía llevarla a efecto.

Eric Humphrey, que había dejado de caminar, preguntó:

—¿Alguien tiene alguna teoría acerca de por qué se rechazó todo lo que pedimos?

¿Interpretamos mal los perfiles? ¿Dónde equivocamos la estrategia?

—No estoy seguro de que nuestra estrategia fuera equivocada —dijo O’Brien—.

Y no hay la menor duda de que estudiamos los perfiles a fondo y actuamos de

acuerdo.

Detrás de la pregunta y la respuesta estaba una práctica común en las empresas de

servicios públicos; pero también un secreto celosamente guardado.

Siempre que se nombraba a un miembro de la Comisión de Servicios Públicos,

las compañías que se veían afectadas por las decisiones del nuevo comisionado

emprendían un detallado estudio clandestino del individuo, que incluía su perfil

psiquiátrico. El material resultante era estudiado por expertos en psicología que

indagaban acerca de los prejuicios frente a los que deberían prevenirse o debilidades

que podrían explotar.

Más adelante, un ejecutivo de la compañía intentaba entablar amistad con el

comisionado a quien invitaría a su casa, a jugar al golf, a compartir entradas difíciles

de conseguir para acontecimientos deportivos, o lo llevaría a pescar truchas en un

refugio en las sierras. Las atenciones siempre eran agradables, privadas y discretas;

nunca ostentosas. A lo largo de conversaciones informales quizá se hablara de

asuntos de la empresa, pero no se pedían favores directos; la influencia era más sutil.

A menudo la táctica operaba a favor de la empresa. Ocasionalmente, no.

—Sabíamos que, de cualquier modo, dos de los comisionados votarían en contra

—dijo el abogado—; y sabíamos que dos de los tres restantes estaban con nosotros.

De modo que el voto decisivo era el de Cy Reid. Lo habíamos trabajado y creíamos

que vería las cosas como nosotros, pero nos equivocamos.

Nim tenía datos sobre el comisionado Cy Reid. Era doctor en economía y

exprofesor universitario, casi sin experiencia en la práctica. Pero Reid había

colaborado muy de cerca con el gobernador de California a lo largo de dos campañas

electorales, y la gente informada creía que cuando el gobernador pasara de

Sacramento a la Casa Blanca, como esperaba, Cy Reid lo acompañaría como director

de personal.

Según un informe confidencial que Nim había leído, el comisionado Reid había

sido ardiente devoto de la economía de Keynes, pero había renegado de ella y

aceptaba ahora que las doctrinas de John Maynard Keynes sobre el déficit

presupuestario y el gasto público habían llevado al desastre económico en todo el

mundo. Un informe reciente de un vicepresidente de la «CGS», Stewart Ino, que se

había relacionado con Reid, indicaba que el comisionado «se había ocupado de las

realidades de las declaraciones de ganancias y balances, incluyendo las empresas de

servicios públicos». Pero quizá, pensó Nim, Cy Reid el político se había reído de

todos ellos y seguía riéndose ahora.

—Mientras el asunto estaba pendiente —insistió el presidente—, debe haber

habido conversaciones privadas con los asesores de la comisión. ¿No se llegó a

ningún acuerdo?

—La respuesta a ambas preguntas es sí —contestó Sharlett Underhill.

—Entonces, si se llegó a acuerdos, ¿qué ocurrió con ellos?

—Nada que se haga entre bambalinas obliga —dijo la señora Underhill

encogiéndose de hombros—. Tres de los comisionados, incluyendo a Reid, hicieron

caso omiso de las recomendaciones de los asesores.

Otra cosa que la mayoría de la gente nunca llega a conocer, pensó Nim, son las

negociaciones que tienen lugar durante y después de las sesiones de la comisión.

Las empresas como la «CGS», cuando buscaban un mayor ingreso mediante un

aumento de tarifas, a menudo pedían más de lo que necesitaban. Lo que seguía era

una danza ritual en la que participaban los comisionados. Reducían lo que se pedía y

así parecía que cumplían su deber celosamente. La empresa, aunque aparentemente

desairada, en realidad lograba lo que quería, o casi.

Los asesores de la Comisión hacían cálculos con los de la empresa durante las

conversaciones privadas. Una vez, Nim asistió a una de esas reuniones en un

saloncito reservado, y oyó a un funcionario de la Comisión preguntar: «¿Qué

aumento necesitan realmente? Olvídense de la mierda de las sesiones públicas.

Dígannoslo a nosotros y les diremos hasta dónde podemos llegar.» Las dos partes

fueron francas y el resultado se logró en privado en mucho menos tiempo del que

requieren las sesiones.

El procedimiento era razonable. En general, daba resultado. Pero era obvio que

esta vez había fallado. Comprendiendo que el presidente todavía estaba en ascuas,

Nim dijo cautamente:

—No parece que nuestras investigaciones puedan servir de mucho en estos

momentos.

—Tiene razón —Humphrey suspiró. Se dirigió a la vicepresidente de finanzas—.

Sharlett, en términos financieros, ¿cómo nos arreglamos el año que viene?

—Las opciones son limitadas —dijo la señora Underhill—; pero las expondré

todas —dispuso varias cuartillas de complejos cálculos sobre la mesa.

Los debates continuaron la mayor parte del día, con aún más miembros del

personal llamados a la oficina del presidente para proporcionar datos. Pero al final se

vio claramente que había solo dos salidas. Una era reducir los planes de inversiones,

el mantenimiento y el servicio a los usuarios. La otra consistía en suspender el pago

de dividendos a los accionistas. Se afirmó que no era posible pensar siquiera en la

primera; la segunda podía ser desastrosa porque mandaría las acciones de la «CGS»

al cubo de la basura y haría peligrar el futuro de la compañía. Sin embargo,

terminaron por admitir que no había otra solución posible.

Al atardecer J. Eric Humphrey visiblemente cansado y abatido, pronunció el

veredicto que el reducido grupo de alto nivel había previsto desde el principio: «La

gerencia recomendará al consejo la suspensión inmediata y por tiempo indefinido del

pago de dividendos para las acciones ordinarias de la compañía.»

Fue una decisión histórica.

Desde su formación, hacía tres cuartos de siglo, cuando su antecesora se fusionó

con varias otras para convertirse en una única entidad, la «Golden State» había sido

una compañía modelo por su rectitud financiera. Jamás, en los años que siguieron,

había dejado de cumplir sus obligaciones o de pagar dividendos sobre las acciones.

Por eso la «GGS» era conocida entre inversores, grandes y pequeños, como la «vieja

leal» y la «amiga de viudas y huérfanos». Los jubilados de California y otras partes

invertían los ahorros de toda una vida en acciones de la «CGS», confiando en la

regularidad de sus dividendos como medio de vida. Inversores cautelosos del dinero

de otros hacían lo mismo. Así, la suspensión de los dividendos tendría un efecto muy

amplio, no solo por la entrada perdida, sino por la reducción de capital cuando cayera

el valor de las acciones, como inevitablemente ocurriría.

El cuarteto original de la mañana se había vuelto a reunir poco antes del angustioso anuncio del presidente. Eric Humphrey, Oscar O’Brien, Sharlett Underhill

y Nim, y además, Teresa van Buren. La jefa de relaciones públicas había sido llamada

pensando en el gran impacto público que pronto tendría la decisión.

Ya se había anunciado una reunión regular de consejo para las diez del lunes

próximo, y el comité de finanzas del mismo se reuniría una hora antes.

Presumiblemente, en ambas sesiones se confirmaría la decisión de la presidencia;

después de eso se haría un anuncio público.

Mientras tanto, era necesario tomar precauciones para que no se filtrara la noticia,

y no se desatara la especulación con la venta de acciones de la compañía.

—Fuera de esta oficina —recordó Sharlett Underhill a los otros— no debe ni

susurrarse lo que se va a hacer hasta que salga el anuncio oficial. Además, como

director de finanzas debo advertirles que, debido a la información interna que

poseemos los cinco, cualquier negociación con acciones de la compañía previa al

anuncio del lunes, sería un delito conforme a las leyes de la Comisión de Valores y la

Bolsa.

Tratando de romper la tensión, Nim dijo:

—De acuerdo, Sharlett, no venderemos en baja para enriquecernos.

Nadie rio.

—Supongo —observó Teresa van Buren— que todos recuerdan que la asamblea

anual se reúne dentro de dos semanas. Tendremos que enfrentarnos a muchos

accionistas furiosos.

—¡Furiosos! —gruñó O’Brien; estaba encendiendo de nuevo el cigarro que se le

había apagado—. Echarán espuma por la boca y la asamblea necesitará una patrulla

antidisturbios para poder celebrar la sesión.

—Controlar la reunión es tarea mía —dijo J. Eric Flumphrey. Por primera vez en

varias horas, el presidente sonrió—. Sin embargo, estaba pensando si no sería

conveniente que me pusiera un chaleco antibalas.