El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 33 de 68

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El apagón

Tercera Parte

1

 

—Papaíto —dijo Leah a través de la mesa—, ¿ahora pasarás más noches en casa?

Hubo un momento de silencio; Nim notó que Benjy había dejado el cuchillo y el

tenedor y le observaba con atención, como apoyando silenciosamente la pregunta de

su hermana.

También Ruth, que estaba a punto de coger el molinillo de la pimienta, se detuvo

y esperó la respuesta de Nim.

—Quizá —dijo él. La inusitada pregunta, y tener tres pares de ojos encima, le

resultaba desconcertante—. Bueno, si es que no tengo mucho trabajo que me retenga

en la oficina hasta tarde.

—¿Y los fines de semana también estarás más con nosotros, papá? —dijo Benjy

con el rostro iluminado.

—Quizá.

—Me parece que te están haciendo llegar un mensaje —intervino Ruth.

Sonrió al decirlo, algo que hacía raramente desde su regreso a casa unos días

atrás. Estaba más seria que antes, notaba Nim, a veces preocupada. Todavía no habían

tenido una conversación > franca y definitiva; Ruth parecía eludirla, y Nim,

deprimido aún por sus experiencias recientes, no se había sentido con ánimos para

tomar la iniciativa.

Nim se había preguntado, antes de que volviera Ruth: ¿Cómo se tratan marido y

mujer cuando ella vuelve después de haber estado fuera de casa dos semanas, casi

seguramente con otro hombre? En el caso de ellos la respuesta parecía ser:

exactamente como antes de que se fuera.

Ruth había vuelto, simplemente; había traído a los niños de la casa de los abuelos

y luego había reanudado la vida doméstica como si nunca se hubiera ausentado.

Siguieron compartiendo el dormitorio como siempre, aunque no así la cama; tenía la

impresión de que hacía mucho tiempo que no dejaba su cama para unirse a Ruth en la

de ella. Pero, en otros aspectos, reanudaron su vida normal. Claro, recordó Nim, que

en el pasado se habían dado situaciones similares, aunque al revés, cuando él volvía

de sus excursiones extramatrimoniales, que entonces él creía que Ruth ignoraba.

Ahora sospechaba que ella siempre había estado al corriente. Y una última razón para

esa inercia era una vez más su ego herido, lesionado por otras cosas. Sencillamente,

todavía no estaba preparado para más emociones.

Ahora todos estaban en casa, cenando en familia, por tercera vez en tres días, lo

que ya era inusual.

—Como todos sabéis —dijo Nim—, ha habido algunos cambios en la oficina,

pero todavía no sé cómo se van a desarrollar las cosas —notó algo en Benjy y se

inclinó para mirarle de cerca—, ¿Qué te pasó en la cara?

Benjy vaciló; su manita cubrió un moretón en la mejilla izquierda y un corte

debajo del labio inferior.

—¡Oh! Solo algo que pasó en la escuela, papá.

—¿Algo qué? ¿Te peleaste?

Benjy pareció incómodo.

—Sí, se peleó —dijo Leah—. Todd Thornton dijo que eres una mala persona,

papaíto, porque no te preocupa el ambiente y quieres destruirlo. Por eso Benjy le

pegó, pero Todd es más grande.

Nim le dijo severamente a Benjy:

—No importa lo que alguien diga sobre lo que sea; andar pegando a la gente está

mal y es estúpido.

—Sí, papá —dijo el niño, abatido.

—Ya hablamos de eso —dijo Ruth—. Y Benjy lo sabe.

Más allá de su reacción verbal, Nim quedó sorprendido e impresionado. Hasta ese

momento no se le había ocurrido que las críticas dirigidas contra él podrían alcanzar

también a su familia. Dijo suavemente:

—Realmente lo siento, si lo que me ha ocurrido os ha hecho daño a alguno de

vosotros.

—No importa —le aseguró Leah—. Mami nos explicó que lo que has hecho es

honorable.

Benjy agregó ansiosamente:

—Y mami dijo que tenías más agallas que todos los otros juntos —Benjy

demostró claramente, por la forma en que la dijo, que le encantaba la palabra

«agallas».

Nim tenía los ojos fijos en Ruth.

—¿Tu madre os ha dicho eso?

—Es cierto, ¿no? —preguntó Benjy.

—Claro que es cierto —dijo Ruth; se había sonrojado levemente—. Pero tu padre

no puede decir eso de sí mismo, ¿no os parece? Por eso os lo he dicho yo.

—Y entonces eso es lo que les decimos a los otros niños cuando hablan —agregó

Leah.

Por un instante Nim sintió una oleada de emoción. La idea de Benjy peleando con

sus puñitos para defender la reputación de su padre, y luego Ruth, superando las

diferencias entre los dos para proteger su honor ante los niños, le emocionó hasta las

lágrimas. Se salvó de un momento embarazoso gracias a las palabras de Ruth:

—Muy bien, ahora sigamos con la cena.

Más tarde, cuando Nim y Ruth todavía estaban sentados a la mesa tomando café y

los chicos se habían ido a ver la televisión, él dijo:

—Quiero que sepas que te agradezco lo que les has dicho a Leah y Benjy.

Ruth hizo un gesto como quitándole importancia.

—Si no lo hubiera creído no se lo habría dicho. Que ya no seamos Romeo y

Julieta, no significa que haya dejado de leer y pensar, objetivamente, sobre las cosas

que te pasan fuera.

—Ofrecí mi dimisión —le dijo él—. Eric dice que no es necesario, pero quizá

todavía lo haga —continuó hablando de las diversas posibilidades que estaba

considerando, incluyendo la de irse a otra empresa de energía, quizás en el Medio

Oeste. De ocurrir eso, Nim le preguntó si ella le seguiría allá con los chicos.

La respuesta fue rápida y terminante.

—No iría.

—¿Podrías decirme por qué?

—Creo que es obvio. Por qué habrían de desarraigarse tres miembros de nuestra

familia, Leah, Benjy y yo, e ir a vivir en un lugar desconocido, solamente para tu

comodidad, cuando tú y yo todavía no hemos hablado sobre nuestro futuro como

pareja, si es que lo tenemos, cosa que dudo.

Así que ahí estaba, al descubierto; pensó que era la señal de que había llegado el

momento de tener una conversación seria. Qué extraño, pensó, que ocurriera cuando

por un momento habían parecido estar más cerca que desde hacía mucho tiempo.

—¿Qué demonios ha pasado con nosotros? —dijo con tristeza.

Ruth respondió duramente:

—Tú deberías poder contestar mejor que nadie. Hay una cosa que querría saber,

sin embargo: ¿exactamente cuántas mujeres ha habido en nuestros quince años de

casados? —Volvió a notar la dureza nueva que había observado en Ruth; y ella

continuó—: O quizás hayas perdido la cuenta, como me pasó a mí. Al principio,

siempre me daba cuenta cuando había algo nuevo en marcha, ¿o debería decir alguien

nuevo? Luego ya no fue tan fácil, y supuse que estabas superponiendo, que jugabas a

dos manos o quizá más. ¿Tenía razón?

Le costaba mirar a Ruth a los ojos; le contestó:

—Alguna vez.

—Bueno, por lo menos en eso estaba en lo cierto. Así que lo adiviné. Pero no has

contestado a la primera pregunta. ¿Cuántas mujeres en total?

—No lo sé, por Dios —dijo él, desconsolado.

—Si eso es cierto —señaló Ruth—, no es exactamente halagador para todas esas

mujeres por las que debes haber sentido algo, por breve que haya sido. Quienes

quiera que fueran merecían algo más que ni siquiera ser recordadas.

—Nunca fue algo serio. Con ninguna. Con ninguna de ellas —protestó él.

—Eso lo creo —las mejillas de Ruth estaban rojas de furia—. Si es por eso, nunca

fue serio conmigo.

—¡Eso no es cierto!

—¿Cómo puedes decirlo después de lo que acabas de confesar? Habría

comprendido si hubiera habido otra mujer; quizá dos. Cualquier esposa con sentido

común sabe que eso puede suceder incluso en los mejores matrimonios. Pero no

docenas de mujeres como ha ocurrido contigo.

—Ahora estás diciendo tonterías. Nunca fueron docenas —argumentó él.

—Una docena entonces. Por lo menos.

Nim se quedó callado.

—Quizás haya sido algo freudiano… —dijo Ruth, pensativa—, el que yo dijera

«docenas». Porque en realidad a ti te gusta conquistar mujeres; cuantas más, mejor.

—Probablemente haya algo de cierto en eso —admitió él.

—Sé que es así —agregó tranquila—; pero a una mujer, a una esposa, no la hace

sentirse mejor, o menos despreciada, maltratada o defraudada, el oírselo decir al

hombre que ama, o que creyó amar.

—Si hace tanto tiempo que sientes eso —le preguntó él—, ¿por qué has esperado

hasta ahora para decirlo? ¿Por qué nunca hablamos antes?

—Es una pregunta justa —Ruth se detuvo, sopesando su respuesta, y luego

continuó—: Supongo que fue porque no dejaba de esperar que cambiaras; que te

cansarías de querer fornicar con toda mujer atractiva que vieras; que lo superarías

como una criatura que deja de querer caramelos. Pero me equivoqué; no cambiaste.

Y, ya que estamos sincerándonos, sí, hubo otra razón. Fui cobarde. Tenía miedo a lo

que significaría quedarme sola, a lo que podría hacerles a Leah y Benjy, y miedo, o

quizá fue orgullo, de admitir que mi matrimonio, como tantos otros, no funcionaba —

Ruth se calló; la voz se le quebró por primera vez—. Bueno, ya no tengo miedo, ni

orgullo, ni nada. Solo quiero terminar.

—¿Lo dices en serio?

Dos lágrimas gemelas corrieron por las mejillas de Ruth.

—¿Qué otra cosa nos queda?

En Nim se encendió una chispa de protesta. ¿Era necesario que se quedara tan

enteramente a la defensiva? ¿No es verdad que todo tiene dos caras, incluso aquello?

—¿Y qué hay de tu propio lío amoroso? —preguntó—. Si nos separamos, ¿tu

amigo entra en cuanto yo salgo?

—¿Qué amigo?

—El que estás viendo. Con el que te fuiste.

Ruth se había secado los ojos. Le miró con expresión en parte divertida, en parte

triste.

—¿Realmente lo crees? ¿Que me fui con un hombre?

—¿No es cierto acaso?

Ella movió la cabeza despacio.

—No.

—Pero yo pensé…

—Ya sé lo que pensaste. Y dejé que lo siguieras pensando, lo que probablemente

no fue una buena idea. Decidí, por despecho supongo, que no te haría daño, y quizá

se lograra algo bueno, si probabas un poco de lo que yo sentía.

—¿Y las otras veces, entonces? ¿Dónde estabas?

Ruth dijo con un resto de su enfado de antes:

—No hay otro hombre. ¿No puedes metértelo en la cabeza? Nunca lo hubo.

Llegué a ti virgen; lo sabes, a menos que lo hayas olvidado o me confundas con una de tus amigas. Y desde entonces no ha habido ningún otro.

Nim dio un respingo, porque recordaba, pero insistió:

—¿Entonces qué hacías…?

—Eso es asunto mío. Pero te vuelvo a decir que no se trata de un hombre.

Él la creyó. Enteramente.

—¡Por Dios! —dijo, y pensó que todo se desintegraba a un tiempo; casi todo lo

que había hecho o dicho últimamente había resultado mal. De su matrimonio, no

sabía si quería continuar o no. Quizá Ruth tenía razón, y separarse sería lo mejor para

los dos. La idea de quedar libre era atractiva. Pero, por otra parte, echaría de menos

muchas cosas: a los niños, el hogar, cierta sensación de estabilidad, incluso a Ruth, a

pesar del distanciamiento entre ellos. Como no quería verse forzado a una decisión, y

deseando que lo que estaba ocurriendo pudiera ser postergado, preguntó casi

quejumbrosamente:

—Según lo que les he oído decir a los amigos que han seguido este camino —la

voz de Ruth sonó fría de nuevo—, cada uno de nosotros recurre a un abogado y

comienza a delimitar posiciones.

—¿Tenemos que hacerlo ya? —rogó él.

—Dame una sola razón, válida, para esperar más.

—Es una razón egoísta, lo admito. Pero acabo de pasar por momentos difíciles…

—no pudo continuar, al darse cuenta de que lo que decía sonaba a

autoconmiseración.

—Lo sé, y lamento que las dos cosas ocurrieran juntas. Pero nada va a cambiar

entre nosotros después de tanto tiempo. Los dos lo sabemos, ¿no es así?

—Supongo que no —dijo él, desolado. No tenía sentido prometer enmendarse

cuando no estaba seguro de poder hacerlo, y ni siquiera de querer hacerlo.

—Bien, entonces…

—Mira… ¿no esperarías un mes? ¿Quizá dos? Aunque sea porque tendremos que

decírselo a Leah y Benjy, y así tendrán tiempo de hacerse a la idea —no estaba

seguro de que su argumento tuviera sentido; probablemente no lo tenía. Tampoco

parecía plausible que la demora lograra nada. Pero su instinto le decía que Ruth

también tenía pocas ganas de dar el paso final, irrevocable, para terminar su

matrimonio.

—Bueno… —ella vaciló y luego aceptó—. Está bien. Por lo que te acaba de

pasar, esperaré un poco. Pero no digo dos meses, ni uno. Si decido que sea menos, así

será.

—Gracias —tuvo una sensación de alivio por la pausa, por breve que fuera.

—¡Hola! —era Benjy en la puerta del comedor—. Acabo de traer una nueva

cassette de casa de los Meredith. Es una obra de teatro. ¿Queréis verla?

Los Meredith eran los vecinos de al lado. Nim miró a Ruth.

—¿Por qué no?

En el cuarto de juegos del sótano, Ruth y Nim se sentaron juntos en un sofá, y Leah se tiró sobre una alfombra, mientras Benjy insertaba hábilmente la cassette de

video en la «Betamax» conectada con el televisor en color. Un grupo de vecinos de la

zona tenía un acuerdo que se estaba extendiendo: una familia grababa un programa de

televisión —generalmente los niños o la canguro se ocupaban de hacerlo—

interrumpiendo la grabación cada vez que aparecía la tanda de anuncios. Resultaba

una grabación de la mejor calidad que los adultos y otras familias veían luego,

cuando les venía bien, ya que las cassettes circulaban entre una docena de familias

más o menos.

Sabiendo que esta práctica se extendía y que cada vez más gente compartía el

descubrimiento, Nim se preguntó cuánto tardaría eso en afectar los ingresos de las

cadenas de televisión. Quizá ya lo sentían. En cierto modo, pensó Nim, las cadenas y

canales de televisión estaban en las mismas aguas que ya habían navegado las

empresas de energía como la «CGS». La gente de televisión había abusado de sus

privilegios públicos al inundar las ondas aéreas con un vulgar exceso de anuncios y

programas de baja calidad. Ahora, el sistema «Betamax» y otros similares ofrecían al

público la posibilidad de vengarse eligiendo los programas y suprimiendo los

anuncios. Quizá con el tiempo la gente de la televisión se daría cuenta de la necesidad

de asumir su responsabilidad pública.

La obra, de una duración de dos horas, era Mary White, el relato trágico, emotivo,

sobre la familia de una adolescente muy querida que ha muerto. Pocas veces como en

ese momento Nim se había sentido unido a su familia; pero a la vez comprendía que

le quedaba poco tiempo para continuar siendo parte de ese todo; se alegró de que las

luces estuvieran bajas, y los otros tres no pudieran notar su tristeza y sus lágrimas.