El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 47 de 68

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El apagón

Capítulo 15

 

En su oficina, Nim leía la correspondencia de la mañana. Su secretaria, Victoria

Davis, ya había abierto y clasificado casi todas las cartas y memorándums,

poniéndolos en dos carpetas, una verde y la otra roja, esta última para asuntos

urgentes o importantes. Hoy la carpeta roja desbordaba. Además, había algunas cartas

marcadas «personal». Entre ellas, Nim reconoció un sobre de un familiar color azul

escrito a máquina. Era el papel de Karen Sloan.

Últimamente la conciencia le había hecho pensar en Karen… de dos maneras. Por

una parte, la quería realmente mucho y, aunque habían hablado por teléfono, se sentía

culpable por no haberla visitado desde la noche en que hicieron el amor. Y, por otra

parte, estaba Ruth. ¿Cómo encajaba su amor por Karen con la reconciliación y la

nueva armonía con Ruth? La verdad era que no encajaba. Y, sin embargo, no podía

hacer a un lado a Karen, de repente, como un pañuelo de papel usado. Si se hubiera

tratado de otra mujer, hubiera sido posible, y lo habría hecho inmediatamente. Pero

Karen era diferente.

Había pensado contarle a Ruth lo de Karen, pero decidió que no se ganaría nada.

Además, Ruth ya tenía bastantes problemas como para cargarla con otro; por otra

parte, él era quien debía tomar la decisión sobre Karen.

Le daba vergüenza admitirlo incluso para sí, pero por ahora había archivado

mentalmente a Karen; por eso tardaba en abrir su carta.

Sin embargo, el recuerdo de Ruth le hizo recordar otra cosa.

—Vicki —llamó a través de la puerta abierta—, ¿hizo aquella reserva de hotel?

—Ayer —entró señalando la carpeta verde—. Le escribí una nota; está allí. El

«Columbus» tenía una cancelación, de manera que dispone de una suite de dos

dormitorios. Me prometieron que será en un piso alto y con buena vista.

—¡Bien! ¿Cómo anda la última revisión de mi discurso?

—Si deja de hacerme preguntas que ya he contestado —le dijo Vicki—, lo tendré

listo esta tarde.

—¡Fuera de aquí! —gritó él, sonriente.

Al cabo de una semana Nim tenía que hablar en la convención anual del Instituto

Nacional de Electricidad. El discurso, que ya había pasado por varios borradores,

versaba sobre futuras exigencias de energía y se titulaba Apagón.

La gran convención nacional del Instituto, importante para la industria de los

servicios públicos y sus proveedores, se celebraba allí este año, en el hotel

«Christopher Columbus». Duraría cuatro días. Como había varios actos sociales

programados, a Nim se le ocurrió que para su familia sería un cambio interesante

trasladarse con él al hotel mientras durara la convención. Se lo había sugerido a Ruth,

Leah y Benjy, que respondieron entusiasmados.

La idea de conseguir una habitación en un piso alto con buena vista fue de Nim.

Pensó que a los niños les gustaría.

Había prometido hablar en la convención casi un año antes, mucho antes de dejar

de ser portavoz de la compañía. Cuando días antes mencionó el compromiso a Eric

Humphrey, el presidente le dijo: «Adelante, pero no entre en polémicas.» En realidad,

el discurso de Nim sería extremadamente técnico, dirigido especialmente a

planificadores de otras compañías. Todavía no había decidido si lo sazonaría o no con

una pizca de polémica, pese a la advertencia del presidente.

Cuando Vicki cerró la puerta de la oficina, Nim cogió su carpeta roja y decidió

abrir la carta de Karen.

Estaba seguro de que el sobre contenía versos, esos versos que Karen escribía tan

laboriosamente con el palito que sostenía en su boca. Y, como le ocurría siempre, se

conmovió al pensar en ella trabajando tanto y con tanta paciencia para él.

Tenía razón.

 

ESTRICTAMENTE CONFIDENCIAL

(como dicen los militares):

 

Solo para tus ojos, querido Nimrod,

Ojos tan queridos y buenos.

Otros no deben aterrizar en este comunicado

Nada militar,

Muy privado, íntimo, amante.

 

Mi deleite sensual se prolonga:

Mezcla lujuriosa, turbulenta, embriagadora,

A la vez.

Tan dulcemente suave, vigorosamente camal.

 

Mente, carne

Terminaciones nerviosas, labios, manos.

Hormigueando de placer

Recuerdan, ¡oh, exquisito amante!

La plena satisfacción de tu amor.

¡Éxtasis tal!

¡De hoy en adelante Voto por el hedonismo!

 

Eres en verdad un noble caballero,

De bruñida armadura,

Cuya reluciente espada (Particularmente esa espada)

Trae felicidad dorada.

Me conmueve.

Y tú,

Para siempre.

 

«¡Karen —pensó al terminar—, te deseo! ¡Oh, cómo te deseo!» Sus mejores

intenciones parecieron desvanecerse. Volvería a ver a Karen, sin importarle nada de nada. Y pronto.

Pero primero, se dijo, tenía que cumplir con un programa de trabajo intenso que

incluía el discurso para la convención. Se dedicó nuevamente a la correspondencia

oficial.

Instantes después sonó el teléfono. Cuando Nim contestó con impaciencia, Vicki

le informó:

—El señor London está en la línea y desearía hablar con usted. Consciente de la

carpeta roja repleta, Nim le dijo:

—Pregunte si es importante.

—Ya lo he hecho. Dice que sí.

—Póngame con él, entonces —un click y la voz del jefe de protección

patrimonial dijo:

—¿Nim?

—Harry, tengo una semana muy ocupada. ¿Es algo que pueda esperar?

—No lo creo. Ha surgido algo delicado, algo que creo debes saber.

—Está bien, adelante.

—Por teléfono, no. Tengo que verte.

Nim suspiró. A veces Harry London se comportaba como si todo lo de su

departamento tuviera prioridad sobre el resto de la «CGS».

—Muy bien, sube ahora.

Nim volvió a su trabajo hasta que llegó London, al cabo de cinco minutos.

Apartando la silla del escritorio, Nim dijo:

—Te escucho, Harry. Pero sé breve.

—Lo intentaré —el jefe de Protección Patrimonial, bajo, rudo, se instaló en una

silla de enfrente. En cuanto a vestimenta y actitud, seguía pareciendo un exsoldado de

la Marina, elegante y vivo, pero a Nim le pareció que tenía la cara más arrugada que

unos meses atrás.

—Recordarás —comenzó London— que poco después de pescar a esos tipos de

«Quayle» robando energía en el edificio «Zaco», te dije que habíamos descubierto un

nido de ratas. Predije que saldrían a luz muchas cosas y que algunos nombres

importantes podían estar involucrados.

Nim asintió.

—A ver qué te parece este nombre importante: señor juez Paul Sherman Yale.

—¡Estarás bromeando! —dijo Nim, irguiéndose de pronto.

—Ojalá lo estuviera —dijo London con tristeza—. Desgraciadamente no es así.

Toda la impaciencia de Nim se evaporó. Dijo:

—Dime lo que sabes. Todo.

—El día que almorzamos juntos —dijo Harry London—, también te dije que mi

departamento verificaría los archivos de contratistas de «Quayle», de acuerdo con el

fiscal del distrito, para comprobar qué había hecho «Quayle» durante el último año.

Luego iríamos más a fondo para saber si había algo ilegal.

—Lo recuerdo.

—Lo hicimos. Mi gente ha trabajado como el demonio y hemos encontrado un

buen farol. Tendrás los detalles en el informe que estoy preparando. Lo esencial es

que el fiscal tiene muchos más casos con tipos de mucho dinero involucrados.

—Vamos al juez Yale —dijo Nim—. ¿Cómo encaja en esto?

—A eso voy.

Entre las órdenes de trabajo de la compañía «Quayle», le informó el jefe de

protección patrimonial, había un número inusitado con las iniciales de la misma

persona: un tal Ian Norris.

Aunque el nombre le resultaba familiar, Nim no lo ubicaba.

—Norris —dijo London— es un abogado que trabaja como una especie de asesor

financiero. Tiene una oficina en la ciudad que, por una gran casualidad, está en el

edificio «Zaco», y administra fideicomisos y propiedades. Uno es el fondo de la

familia Yale.

—Estoy enterado de la existencia del fondo Yale —ahora Nim recordó a Norris.

Se habían visto brevemente en el campo de engorde de ganado cerca de Fresno.

—Tenemos pruebas sólidas —continuó London— de que Norris está metido en el

robo de energía hasta el cuello. Controla muchas propiedades: edificios de oficina e

industriales, apartamentos, comercios. Aparentemente, hace tiempo Norris descubrió

que atendería mejor a sus clientes ahorrándoles dinero, con ganancias para él, si

disminuía las facturas de electricidad y gas haciendo trampas. Supuso que podría

salirse con la suya, por lo menos eso es lo que parece, así que se dedicó a robar

energía en gran escala, utilizando a Contratistas de Electricidad y Gas «Quayle».

—Pero eso no significa necesariamente —señaló Nim— que la gente que él

representa tuviera la menor idea de lo que estaba pasando —tuvo una sensación de

alivio. Aunque el fondo de la familia Yale estuviera involucrado, tenía la seguridad

de que Paul Sherman Yale jamás tomaría parte, personalmente, en nada deshonesto.

—Lo que dices es muy cierto —dijo London—, y aun si alguno de los clientes de

Norris lo supiera, dudo que pudiéramos probarlo. Pero el fiscal está preparando el

caso contra Norris y es inevitable que se mencione el nombre de Yale. Por eso pensé

que debías saberlo. No vamos a quedar en buen lugar, Nim, ni él ni nosotros.

Harry tenía razón, pensó Nim. Los nombres de Yale y «Golden State» estaban

ahora íntimamente relacionados, y siempre habría quienes creerían, a pesar de toda la

evidencia en contra, que existía alguna complicidad. No importa que no tuviera

sentido. Eso no detendría a los chismosos, y habría un desconcierto general.

—No he terminado —dijo Harry London—, y quizás esto sea lo más importante.

Nim escuchó, preguntándose qué vendría ahora.

—Buena parte del trabajo ilegal que los «Quayle» hicieron para Norris, o más

bien para la gente que Norris representa, comenzó hace casi un año. Pero todo lo que

corresponde al fondo de la familia Yale, que incluye conexiones ilegales en dos

edificios de apartamentos en esta ciudad, una bodega en el valle Napa y un campo para engorde de ganado cerca de Tresno, ha sido hecho en los tres últimos meses. Y,

por si no te has dado cuenta, eso coincide con el momento en que el juez Yale dejó el

Tribunal Supremo y se vinculó a la «Golden State».

—Dame un minuto, Harry —dijo Nim. Estaba como bajo un shock y

completamente aturdido—. Déjame pensarlo.

—Tómate el tiempo que necesites —le dijo London—. Yo también lo he pensado

mucho.

Nim no podía creerlo. Simplemente no podía creer que Paul Sherman Yale

participara en un robo de energía, aunque fuera de lejos, como simple espectador. Y

sin embargo… Nim recordó inquieto la conversación en el campo. ¿Qué había dicho

Paul Yale? «La inflación nos hunde… especialmente la electricidad. Toda esta

operación la necesita. Usamos energía eléctrica para el molino… para cuarenta mil

cabezas… en los corrales las luces están encendidas toda la noche… Pero nuestras

facturas de electricidad son astronómicas… a Ian Norris, el administrador del fondo

que reduzca gastos, que economice… ¡Hay que hacerlo!»

Aun antes de eso, aquel día en el valle Napa, cuando Nim conoció a los Yale,

Beth Yale delató su amargura y la de su marido porque el fondo de la familia estaba

mal administrado y perdía dinero.

Nim se dirigió a Harry London.

—Una pregunta más. ¿Sabes si alguno en tu departamento, en la policía o la

oficina del fiscal, ha hablado con el señor Yale de esto?

—Nadie. Estoy seguro.

Nim hizo una pausa, evaluando una vez más todo lo que había oído.

—Harry, esto es demasiado grande para mí. Se lo voy a pasar al presidente.

El jefe de Protección Patrimonial asintió.

—Pensé que tendrías que hacerlo.

A las once de la mañana siguiente, se reunieron en la oficina del presidente, J.

Eric Humphrey, Nim, Harry London y Paul Sherman Yale.

El juez Yale, que acababa de llegar en coche desde el valle Napa, estaba

particularmente jovial. Con su cara arrugada radiante, les dijo a los demás:

—Volver a California me hace sentir más joven y más feliz. Debí haberlo hecho

hace años —al darse cuenta de que nadie sonreía, se volvió hacia Humphrey—. Eric,

¿pasa algo malo?

Nim comprendió que Humphrey, si bien aparentemente tan compuesto y sereno

como siempre, se sentía muy incómodo. Sabía que el presidente encaraba esta

reunión con recelo.

—Sinceramente, no estoy seguro —respondió Humphrey—. Pero he recibido

cierta información, que creo que usted debe conocer. Nim, haga el favor de explicar

el panorama general al señor Yale.

En pocas frases, Nim explicó la gran frecuencia con que se realizaban robos de

energía, y la función que desempeñaba en la compañía Harry London, a quien el juez Yale no conocía aún.

Mientras Nim hablaba, el viejo iba frunciendo el entrecejo cada vez más. Parecía

intrigado, y durante una pausa preguntó:

—¿Qué tiene que ver todo esto con lo que yo hago en la compañía?

—Desgraciadamente —dijo Humphrey—, lo que está en discusión no tiene que

ver con su tarea. Parecería haber…, bueno, cierto aspecto personal.

Yale movió la cabeza en un gesto de perplejidad.

—Ahora sí que no entiendo nada. ¿Alguien podría explicármelo?

—Harry —indicó Nim—, sigue tú.

—Señor —dijo London dirigiéndose a Yale—, creo que usted conoce a un tal Ian

Norris.

¿Fue imaginación, se preguntó Nim, o una expresión de alarma cruzó fugazmente

la cara del juez Yale? Probablemente no. Nim se advirtió: «No empieces a ver

fantasmas.»

—Claro que conozco a Norris —admitió Yale—. Tenemos relaciones de

negocios. Pero lo que me extraña es su conexión con él.

—Mi conexión, señor, viene de que Norris es un ladrón. Tenemos pruebas

contundentes —Harry London siguió describiendo lo que había revelado ayer a Nim

sobre los robos de energía realizados por Norris y el fondo de la familia Yale.

Esta vez la reacción de Paul Sherman Yale no dejó lugar a dudas. Sucesivamente,

incredulidad, shock, furia.

Cuando London terminó su exposición, Eric Humphrey añadió:

—Espero que comprenda, Paul, por qué decidí que este asunto, aunque doloroso,

tenía que serle presentado.

Yale asintió, la cara sonrojada, reflejando aún el conflicto de emociones.

—Sí, eso lo comprendo. Pero en cuanto al resto… —le habló severamente a

Harry London—. Es una acusación seria. ¿Está seguro de los hechos?

—Sí, señor. Absolutamente seguro —London aguantó la mirada del viejo sin

pestañear—. El fiscal también está seguro. Cree tener evidencia suficiente para hacer

una acusación.

Eric Humphrey interrumpió:

—Debería explicarte, Paul, que el historial del señor London en nuestra empresa

es excepcional. Ha robustecido nuestro programa de protección patrimonial y ha

demostrado ser un ejecutivo responsable. No tiene la costumbre de hacer acusaciones

en el aire.

—Y menos de este calibre —añadió Nim.

—Es realmente seria —el juez Yale había recuperado su serenidad y hablaba en

tono mesurado, como si, pensó Nim, ocupara nuevamente el estrado más alto de la

justicia—. Por el momento, acepto lo que ustedes dicen, caballeros, aunque más

adelante insistiré en examinar las pruebas.

—Por supuesto —dijo Eric Humphrey.

—Mientras tanto —continuó Yale—, supongo que está claro que hasta este

momento no estaba al tanto de nada de lo que ustedes me han referido.

—Está de más decirlo —aseguró Humphrey—. Ninguno de nosotros tenía la

menor duda sobre eso. Nuestra mayor preocupación era la molestia que le causaría.

—Y a la «Golden State» —agregó Nim.

Yale le dirigió una mirada rápida y aguda.

—Sí, hay que considerar eso —se permitió una leve sonrisa—. Bien, les

agradezco la confianza que me demuestran.

—Cuenta con ella —dijo Humphrey.

Nim se preguntó fugazmente si el presidente no estaba exagerando un poco. Pero

apartó la idea. Paul Yale parecía querer seguir hablando.

—Aparte de este desgraciado incidente, encuentro que el concepto de robo de

energía es interesante. Sinceramente, no tenía idea de que existiera tal cosa. Nunca

había oído hablar de eso. Tampoco sabía que en este negocio hay gente como el señor

London —le dijo al jefe de protección patrimonial—: En alguna otra ocasión me

gustaría saber algo más sobre su trabajo.

—Encantado de proporcionarle los detalles cuando quiera, señor.

Siguieron hablando, desaparecida ya la tensión de los primeros momentos. Quedó

concertado que luego Harry London revelaría al juez Yale con todo detalle las

pruebas relacionadas con Ian Norris y las propiedades del fondo de la familia Yale.

Este anunció su decisión de asesorarse legalmente para proteger sus intereses frente a

Norris. Explicó:

—La designación de administradores para el fondo ha sido siempre un problema.

Mi abuelo tomó medidas poco elásticas y que no se han adaptado a los tiempos. Se

necesitará una orden judicial para destituir a Norris. En estas circunstancias, la voy a

pedir.

Nim contribuyó poco a la conversación. Algo le molestaba en algún rincón de su

mente. No estaba seguro de qué era.

 

A los dos días, Harry London volvió a ver a Nim.

—Tengo noticias que te gustarán sobre el caso Norris.

Nim levantó la vista del último borrador de su discurso para la convención del

Instituto.

—¿Cómo qué?

—Ian Norris ha declarado. Jura que tu amigo Paul Sherman Yale no sabía nada de

lo que estaba ocurriendo. Así que se confirma lo que dijo el viejo.

Nim preguntó con curiosidad:

—¿Por qué habría de hacer esa declaración Norris?

—Tratos entre gente importante. No estoy seguro de si la balanza de la justicia

está bien equilibrada, pero la cosa es así: el abogado de Norris habló con el fiscal. Primero se acordó que le pagaran a la «CGS» lo que le deben, o más bien lo que

calculamos que se debe, que es un montón de dinero. Después, Norris declarará que

no contestará la acusación de robo del artículo 591.

—¿Qué es eso?

—Una disposición del Código Penal de California. Se refiere al robo a empresas

de servicios públicos como la nuestra y compañías de teléfonos, y lo sanciona con

multa y pena de prisión de hasta cinco años. De todos modos, el fiscal pedirá el

máximo de la pena de multa, pero no exigirá la de prisión. Súmalo todo y resulta que

el nombre del fondo de la familia Yale no aparecerá en el expediente.

Harry London se calló.

—Para sacarte información —se quejó Nim— hay que usar sacacorchos.

Háblame del resto del acuerdo que no se revelará.

—Algunas partes no las conozco y probablemente no las conoceré jamás. Una

cosa que se hace evidente es que nuestro señor Yale tiene amigos poderosos. Al fiscal

le han presionado para que llegara a un arreglo, y mantener así a salvo el nombre de

Yale —London se encogió de hombros—. Supongo que para nuestra querida «CGS»

es mejor.

—Sí —estuvo de acuerdo Nim—, es mejor.

Cuando London se fue, Nim se quedó en silencio, pensando.

Era cierto: para la compañía hubiera sido mala publicidad que uno de sus

directores y portavoz oficial se viera involucrado en un caso de robo de energía,

aunque fuera inocentemente. Nim pensó que debía sentir alivio. Sin embargo, algo

seguía importunándole desde hacía dos días, un zumbido en el subconsciente, la

convicción de que él sabía algo importante pero que no podía recordar.

Había otra cosa. Esta vez no en el subconsciente.

¿Por qué había puesto tanto énfasis el juez Yale (como ocurrió en la conversación

con Eric Humphrey, Harry London y Nim) en que nunca había oído hablar de robos

de energía? Claro que era muy posible que así fuera. Es cierto que los periódicos, y

ocasionalmente la televisión, los habían mencionado, pero no es de esperar que todo

el mundo sepa todo lo que sale en las noticias, ni siquiera un juez del Tribunal

Supremo. De todos modos, a Nim la insistencia le había parecido desusada.

Volvió a su primer pensamiento. La duda que le importunaba.

¿Qué demonios era lo que sabía? Quizá si no se esforzara tanto, le vendría a la

memoria naturalmente.

Siguió trabajando en el discurso que pronunciaría para la convención del Instituto

Nacional de Electricidad al cabo de cuatro días.