El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 8 de 68

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El apagón

Capítulo 7

 

—Alguna gente de por acá tiene la idea errónea de que el robo de energía es algo

nuevo —afirmó Harry London—. Pues bien, no lo es. ¿Le sorprendería si le dijera

que en California se dio un caso hace más de un siglo? —habló como un maestro de

escuela que se dirige a su clase, aunque toda su audiencia era una persona: Nim

Goldman.

—La mayoría de las cosas no me sorprenden en absoluto; ésa sí —dijo Nim.

—Entonces, oiga esto —asintió London.

Era un hombre bajo, rudo, de hablar conciso, que se ponía pedante cuando, como

ahora, se disponía a explicar algún asunto. Exsargento mayor de la Infantería de

Marina, con una Estrella de Plata por valor en acción de combate, había sido

detective de la policía de Los Ángeles y después se había incorporado a la «Golden

State» como subjefe de seguridad. Durante los últimos seis meses, Harry London

había dirigido un nuevo departamento, Protección Patrimonial, creado

específicamente para ocuparse de los robos de energía, y en ese tiempo él y Nim se

habían hecho buenos amigos. Los dos hombres estaban en las oficinas provisionales,

en la de London, una serie de apretados cubículos de cristal.

—Ocurrió en 1867, en Vallejo —dijo London—. La compañía de gas de San

Francisco estableció una planta allí, y el hombre a cargo era un tal M. P. Young. Uno

de los hoteles de Vallejo era propiedad de un tipo llamado John Lee. Y bien, a este

Lee le pescaron haciendo trampa con las cuentas de gas. Había hecho un puente en su

contador.

—¡Nunca lo hubiera pensado! ¿Ya entonces?

—¡Espere! Eso no es todo. El encargado de la compañía de gas trató de que John

Lee pagara el gas que había robado. Eso enfureció tanto a Lee que le pegó un tiro a

Young y lo procesaron por agresión e intento de asesinato.

—¿Todo eso es cierto? —dijo Nim, escéptico.

—Está en la historia de California —insistió London—. Puede buscarlo ahí, como

hice yo.

—No importa. Sigamos con lo de aquí y ahora.

—¿Ha leído mi informe?

—Sí. También lo leyó el presidente —Nim repitió la decisión de J. Eric

Humphrey en cuanto a reforzar las medidas, y a que exigía resultados.

—Ya tendrán resultados —asintió London—. Quizás esta semana.

—¿Se refiere a Brookside?

—Exactamente.

Brookside, una comunidad residencial a unos veinticinco kilómetros del centro de

la ciudad, figuraba en el informe del departamento de Protección Patrimonial. Habían

descubierto allí una serie de robos de energía, y ahora se planeaba una investigación

más a fondo.

—El día-D para Brookside —agregó Harry London— es mañana.

—El jueves. No esperaba que pudiera organizar las cosas tan rápido.

El informe indicaba, sin especificar cuándo, que se planeaba una inspección

sorpresa en Brookside. Sería encabezada por el personal de Protección Patrimonial,

integrado por London, su delegado inmediato, Art Romeo, y tres auxiliares. Serían

apoyados por un contingente de otros empleados de la «CGS», treinta lectores de

contadores especialmente entrenados, que les prestaba el departamento de ventas,

más una media docena de ingenieros del servicio y dos fotógrafos que registrarían las

evidencias que se lograran.

La expedición entera se reuniría en el centro de la ciudad y partiría para

Brookside en un autobús alquilado. Les acompañaría una camioneta de

transmisiones, que utilizarían como centro de comunicaciones. La gente clave estaría

provista de transmisores-receptores portátiles. Lina flotilla de vehículos pequeños

proporcionaría el servicio de enlace local.

Durante el día precedente —día-D menos uno— los revisores de contadores y los

ingenieros recibirían instrucciones sobre lo que deberían hacer, aunque se mantendría

el secreto sobre el destino de la expedición.

Al llegar a Brookside el día-D, los revisores comenzarían una verificación casa

por casa y comercio por comercio, en busca de indicios de manipulación en los

contadores de electricidad y gas. También irían a edificios determinados,

seleccionados en función de ciertos procedimientos empleados para robos. Por

ejemplo, los supermercados eran siempre sospechosos, porque la electricidad

ocupaba el segundo lugar entre sus costos operativos (el personal constituía el

primero), y muchos de esos negocios habían cometido fraudes con anterioridad. De

modo que verificarían todos los supermercados de la zona. En cuanto se localizara

algo sospechoso, los ingenieros, apoyados por hombres del departamento de Harry

London, se harían presentes.

—Cuanto más rápido se organizan estas cosas, menos peligro hay de filtraciones

—sonrió London—. En la Infantería de Marina hicimos trabajos más importantes

mucho más rápido.

—De acuerdo, sargento —dijo Nim—, yo no fui más que soldado. Pero me

gustaría estar presente en esa operación.

Aunque el servicio militar de Nim había sido breve, le proporcionaba algo así

como un vínculo común con Harry London. En cuanto terminó sus estudios, Nim fue

llamado a filas, y le mandaron a Corea. Allí, al mes de llegar, mientras su pelotón

vigilaba al enemigo desde una posición avanzada, fueron castigados y bombardeados

por aviones norteamericanos. (El desgraciado error fue descrito luego en el ambiguo

lenguaje militar como «fuego de amigos».) Murieron cuatro marines, otros sufrieron

heridas, incluyendo a Nim con un tímpano perforado, que se infectó y le dejó sordo

del lado izquierdo. Muy pronto después de eso le mandaron a casa y le licenciaron

por motivos de salud, sin mayor ruido, y no se habló más del episodio en Corea. Hoy día, la mayoría de los colegas y amigos de Nim sabían que para conversar debían

sentarse a su derecha, el lado de su oído bueno. Pero muy pocos sabían exactamente

por qué. Harry London era uno de esos pocos.

—Venga como invitado mío el jueves —dijo London.

Prepararon el encuentro y luego hablaron del sabotaje en La Mission que había

matado a Walter Talbot y los otros. Aunque Harry London no estaba directamente

vinculado con la investigación, él y el jefe de seguridad de la empresa solían reunirse

para tomar unas copas después del trabajo e intercambiar confidencias; además, la

experiencia de London como detective de la policía le había proporcionado contactos

con la justicia, que mantenía vivos.

—El comisario del condado está trabajando con el FBI y la policía de la ciudad

—informó a Nim—. Hasta ahora, todas las pistas se han estrellado contra la pared. El

FBI, que tiene a su cargo la instrucción del sumario en estos casos, piensa que están

detrás de un nuevo grupo de locos, sin antecedentes policiales, lo que lo vuelve todo

más difícil.

—¿Y qué se sabe del hombre con uniforme del «Ejército de Salvación»?

—Están trabajando en eso, pero hay cien maneras de conseguir ese uniforme y la

mayoría no dejarían rastros. Claro que si repiten el truco, sería otra cosa. Habrá

mucha gente alerta y a la espera.

—¿Cree que podría ocurrir?

—Se trata de fanáticos —dijo London encogiéndose de hombros—. Y eso les da

una astucia de locos, por momentos brillante, en otros estúpida. No se puede saber. A

menudo es solo cuestión de tiempo. Si sé algo se lo haré saber.

—Gracias.

Nim pensó que lo que acababa de oír era, en esencia, lo que le había dicho a

Ardythe la noche del miércoles pasado. Eso le recordó que debería llamarla, y quizás

ir a verla. Nim la había visto una vez desde el miércoles, brevemente, el sábado por la

mañana, en el entierro de Walter, al que había ido mucha gente de la «CGS». Para

Nim había sido una ceremonia depresivamente ritual, orquestada por un empresario

de pompas fúnebres untuoso que Walter Talbot hubiera detestado. Nim y Ardythe

habían intercambiado tan solo unas pocas palabras de compromiso.

Ahora se preguntaba: ¿Debería dejar pasar un lapso «decente» antes de llamar a

Ardythe? ¿O a estas alturas era hipócrita de su parte siquiera pensar en decencia?

—Nos veremos el día-D —le dijo a Harry London.