El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 59 de 68

Páginas del PDF

El apagón

Capítulo 11

 

Ruth Goldman estaba en Nueva York.

Había ido para comenzar el tratamiento en el Instituto Sloan-Kettering, y se

quedaría dos semanas. Más adelante tendría que volver varias veces.

El doctor Levin había tomado la decisión después de estudiar los resultados de los

análisis hechos en la visita anterior de Ruth y de conversar por teléfono con los

médicos de Nueva York. Les dijo a Nim y Ruth:

—No puedo hacer promesas; nadie puede hacerlas y no hay nada definitivo. Pero

me atrevería a decir que yo, y la gente de Sloan-Kettering, somos cautamente

optimistas —fue todo lo que pudieron sacarle.

Nim había llevado a Ruth al aeropuerto temprano por la mañana para un vuelo

directo de «American Airlines». Se habían despedido emocionados.

—Te amo —le dijo a Ruth cuando iba a embarcar—. Te echaré de menos, y me

quedaré haciendo lo que equivalga a rezar.

Entonces ella se rio y lo besó una vez más.

—Qué extraño —había dicho—, pero pese a todo, nunca he sido más feliz.

En Nueva York Ruth viviría en casa de unos amigos e iría al Instituto varios días

por semana como paciente externa.

Leah y Benjy habían vuelto a quedarse en casa de los abuelos. Esta vez, como las

relaciones entre Nim y los Neuberger eran ahora cordiales, Nim había prometido ir a

cenar de vez en cuando, para ver a los niños.

También, cumpliendo una promesa anterior, Nim había tomado medidas para

llevar a Karen Sloan al concierto.

Días antes había recibido una de las notas de Karen:

 

Los días llegan, los días se van.

En algunos estás en las noticias

Con Begin, Sadat, Schmidt, Brezhnev, Carter,

Giscard d’Estaing y el obispo Muzorewa.

Pero entre ellos un cierto Nimrod Goldman

Merece mi primera plana.

Hace bien leer sobre ti Pero mejor aún

Verte, escucharte, tus caricias, y compartir

Amor persona a persona.

 

Había suspirado al leerlo, porque deseaba verdaderamente ver a Karen; luego

había pensado con sentimientos de culpa que todas las complicaciones de su vida

personal se las debía a sí mismo. Desde la noche memorable en que él y Karen habían

hecho el amor, había ido a verla dos veces, de día, pero las visitas fueron breves y

apresuradas, de paso, mientras Nim iba de un lugar a otro. Sabía que Karen ansiaba

retenerle un tiempo más largo, con más intimidad.

La ausencia de Ruth pareció una oportunidad para estar con Karen de una manera

más satisfactoria: ir al concierto en vez de pasar la noche en casa de ella, fue como un

compromiso con su conciencia.

 

Cuando llegó al apartamento de Karen, la encontró preparada, con un vestido rojo

oscuro que le sentaba muy bien y un collar de perlas. El largo pelo rubio, cepillado y

reluciente, le caía sobre los hombros. La boca amplia y los suaves ojos azules

sonrieron en un saludo cálido. Las uñas de sus largos dedos, apoyados sobre una

mesita, estaban manicuradas y brillaban.

Cuando se besaron, dejando que su proximidad se mantuviera, Nim sintió que su

deseo, que había permanecido latente, revivía, sin duda alguna. Sintió alivio porque

iban a salir de la casa.

Uno o dos minutos después, cuando Josie había entrado y estaba ocupada en

desconectar la silla de ruedas de un enchufe para que fuera más móvil, Karen dijo:

—Nimrod, has vivido en tensión. Se nota.

—Han ocurrido algunas cosas —admitió él—. Algunas las has leído. Pero hoy no

existe nada más que tú, yo y la música.

—Y yo —dijo Josie poniéndose delante de la silla. El ama de llaves y ayudante le

sonrió a Nim, que era a todas luces uno de sus favoritos—. Pero todo lo que voy a

hacer es llevarles. Si baja con Karen dentro de unos minutos, señor Goldman, yo me

adelanto y traigo a Humperdinck.

—¡Ah, Humperdinck! —rio Nim, y le preguntó a Karen—: ¿Cómo está esa

camioneta tuya con personalidad?

—Siempre maravillosa, pero —se le nubló la mirada— el que me preocupa es mi

padre.

—¿Por qué?

—Dejémoslo ahora —dijo ella moviendo la cabeza—. Quizá te lo cuente más

tarde.

Como siempre, Nim se maravilló de la destreza con que Karen, usando solo el

tubo por el que aspiraba y soplaba, sacó la silla del apartamento y la llevó por el

pasillo hacia el ascensor.

En el camino, él preguntó:

—¿Cuánto te dura la batería?

—Esta noche la tengo cargada —sonrió ella—. Así que usando la batería para la

silla y el respirador, probablemente cuatro horas. Luego tendré que enchufarla de

nuevo en la querida y vieja «CGS».

Le fascinaba lo tenue que era el hilo del que pendía la vida de Karen, y que la

electricidad la mantuviera viva.

—Hablando de la «CGS» —dijo ella—, ¿cómo andan tus problemas?

—Siempre tenemos un surtido nuevo. Brotan como mala hierba.

—En serio. Quiero saberlo.

—Bueno, por de pronto el petróleo se convierte en nuestra preocupación principal

—le dijo—. ¿Has oído que las últimas conversaciones entre la OPEP y los Estados

Unidos se han interrumpido hoy?

—Lo dijeron por la radio antes de que llegaras. Los países exportadores de

petróleo dicen que ya no aceptarán papel moneda. Quieren oro.

—Amenazaron con eso varias veces —Nim recordaba la conversación con Eric

Humphrey y el juez Yale poco antes de Navidad. Entonces la situación del petróleo

era inquietante; ahora, en marzo, era sumamente crítica. Agregó—: Esta vez parece

que lo dicen en serio.

—Si el petróleo importado no llega, ¿cuál es la situación? —preguntó Karen.

—Mucho peor de lo que cree la mayoría de la gente. Más de la mitad del petróleo

que se consume en América es importado, y el ochenta y cinco por ciento viene de

países de la OPEP —continuó—; sin embargo, aun ahora se piensa en la escasez de

petróleo principalmente en términos de coches y gasolina, no de electricidad.

Nim pensó de nuevo en lo que había estado pensando cuando iba hacia allí esa

noche: la conferencia más dramática hasta ahora con los países exportadores de

petróleo de la OPEP, con consecuencias mucho más desoladoras que las del embargo

árabe de 1973, había tenido lugar bruscamente en las últimas cuarenta y ocho horas.

Era una posibilidad conocida por todos, pero que comparativamente muy pocos

habían tomado en serio. Los eternos optimistas, incluso algunos que ocupaban cargos

importantes, confiaban en poder evitar un ajuste de cuentas final en el que de una

manera u otra, el Niágara de petróleo importado continuaría fluyendo. Nim no

compartía esa esperanza.

Había tenido una idea con respecto a Karen, pero cuando iba a hablar llegaron al

ascensor y se abrieron las puertas.

Los únicos ocupantes eran dos criaturas, un varón y una niña, alegres y de caras

frescas, probablemente de nueve y diez años.

—¡Hola, Karen! —dijeron ambos cuando entró la silla de ruedas, seguida por

Nim.

—Hola, Philip y Wendy —dijo Karen—. ¿Salís?

El chico contestó:

—No, solo vamos abajo a jugar —miró a Nim—. ¿Quién es?

—Mi amigo. El señor Goldman —a Nim le dijo—: Son dos vecinos amigos míos.

Mientras bajaba el ascensor se saludaron.

—Karen —dijo el niño—, ¿puedo tocarte la mano?

—Claro.

Él lo hizo pasando suavemente las yemas de los dedos; luego, preguntó:

—¿Lo sientes?

—Sí, Philip —dijo ella—. Tienes las manos suaves —él pareció interesado y

complacido.

La niña, que no quería quedarse atrás, preguntó:

—¿Karen, quieres que te mueva las piernas?

—Bueno… está bien.

Cuidadosamente, como quien sabe hacerlo, la chica levantó la pierna derecha de

Karen y la cruzó sobre la izquierda.

—Gracias, Wendy.

En el vestíbulo de abajo, los niños se despidieron y salieron corriendo.

—Ha sido hermoso —dijo Nim.

—Sí —Karen sonrió cálidamente—. Los niños son tan espontáneos. No tienen

miedo ni se sienten confundidos como los adultos. Cuando vine a vivir aquí, los niños

del edificio me preguntaban cosas como: «¿Qué te pasa?» o «¿No puedes caminar?»,

y cuando los padres les oían les decían: «¡Chitón!» Me llevó tiempo, pero logré

hacerles comprender a todos que las preguntas no me molestan, en realidad me

agradan. Pero todavía hay adultos que no se sienten cómodos. Cuando me ven miran

hacia otro lado.

Josie esperaba con la camioneta delante de la puerta. Era una «Ford», pintada de

un agradable verde claro que en el lado de la acera mostraba abierta una ancha puerta

corrediza, Karen maniobró la silla de ruedas para que quedara frente a la puerta, a

pocos pies de distancia.

—Si observas —le dijo a Nim—, verás lo que hizo tu señor Paulsen para

ayudarme a subir a Humperdinck.

Mientras Karen hablaba, Josie bajó dos rieles de acero del interior de la

camioneta, los enganchó por un extremo a dos encajes en la base de la entrada, y bajó

los otros extremos hasta el suelo. Entre la camioneta y el suelo quedó así instalada

una rampa doble que coincidía con las ruedas de la silla de Karen.

Luego, Josie entró en la camioneta y tomó un gancho atado al extremo de un

cable de acero; el cable estaba conectado a un montacargas en el otro extremo. Llevó

el gancho hasta la silla, lo pasó por un aro de acero y volvió al montacargas; allí hizo

girar una llave y la mantuvo en esa posición.

—¡Ahí vamos! —dijo Karen. Mientras lo decía, la silla subió suavemente por la

rampa. Una vez adentro, Josie la hizo girar y las ruedas encajaron exactamente en dos

entradas del suelo, donde quedaron aseguradas con dos pernos.

Sonriendo, Josie le dijo a Nim:

—Vaya delante, señor Goldman. Con el conductor.

Cuando dejaron la casa y se metieron en el tráfico, Nim se volvió en el asiento de

delante para hablar con Karen. Retornó a lo que estaba a punto de decir cuando

llegaron al ascensor.

—Si llegamos a tener una escasez seria de petróleo, es casi seguro que haya

cortes de corriente alternados. ¿Sabes de qué se trata?

—Creo que sí —asintió Karen—. Quiere decir que cortarán la energía eléctrica en

lugares distintos unas horas cada vez.

—Sí, probablemente tres horas diarias para empezar, y luego durante períodos

más largos si la situación empeora. Si eso ocurre, me aseguraré de que lo sepas con

anterioridad para que tengas tiempo de ir a un hospital con generador propio.

—«Redwood Grove» —dijo Karen—. Allí fuimos con Josie la noche que esos

«Amigos de la Libertad» volaron las subplantas y se cortó la energía.

—Mañana —le dijo Nim— averiguaré en qué condiciones tienen el generador en

«Redwood Grove». A veces esos aparatos para emergencias no valen nada porque no

los mantienen bien. Cuando hubo los grandes apagones en Nueva York, algunos ni

siquiera empezaron a funcionar.

—No tengo por qué preocuparme —dijo Karen—, si tú me cuidas así.

Josie conducía con cuidado y Nim pudo descansar durante el viaje al Palacio de

las Artes, donde actuaba la orquesta sinfónica de la ciudad. En la entrada principal

del Palacio, mientras Josie sacaba la silla de Karen, les llegó ayuda en la persona de

un asistente uniformado, que rápidamente condujo a Karen y Nim por una puerta

lateral hasta un ascensor que los llevó hasta los palcos. Había asientos vacíos

adelante, en el palco, y una rampa movible le facilitó la llegada a Karen. Era evidente

que en el Palacio de las Artes estaban habituados a recibir gente en sillas de ruedas.

Cuando estuvieron instalados, Karen miró a su alrededor y dijo:

—Esto es un tratamiento especial, Nimrod, ¿cómo lo conseguiste?

—La querida «CGS», como tú la llamas, tiene cierta influencia.

A petición de Nim, Teresa van Buren había conseguido los asientos en el palco y

las otras comodidades para Karen. Cuando ofreció pagar, Tess le dijo:

—¡Olvídalo! Todavía quedan algunos privilegios para los ejecutivos. Disfrútalos

mientras duren.

Nim le sostuvo un programa a Karen para que lo leyera, pero al cabo de un

momento ella movió la cabeza.

—Me gusta escuchar, y siempre pienso que la crítica musical y los comentarios

de los programas los escriben personas que lo único que quieren es lucirse.

—Estoy de acuerdo —rio él.

Cuando se fueron apagando las luces y el director subió al podio entre aplausos,

Karen dijo bajito:

—Nimrod, las cosas han cambiado entre nosotros, ¿no es cierto?

A él le sorprendió su intuición pero no tuvo tiempo de contestar antes de que

comenzara la música.

El programa era puro Brahms. Variaciones sobre un tema de Haydn, primero.

Inmediatamente después el Concertó para piano N.° 2 en si bemol mayor: el soberbio

solista era Eugene Istomin. El Concerto para piano estaba entre los favoritos de Nim

y, a juzgar por su atención arrobada, también de Karen. Durante el tercer movimiento,

con su emotiva, obsesionante melodía de violoncelo, él apoyó una mano sobre la de

Karen. Cuando ella le miró, vio que tenía los ojos llenos de lágrimas.

Finalmente, la música terminó en medio de un fuerte aplauso, al que se unió Nim.

—¡Por favor!, por los dos —le instó Karen; las luces se encendieron para el

descanso.

Mientras otros salían para pasearse, Nim y Karen permanecieron donde estaban.

Ambos quedaron unos momentos en silencio, y luego, ella dijo:

—Si quieres puedes contestar ahora mi pregunta.

Él no necesitó preguntar cuál y suspirando dijo:

—Supongo que nada permanece siempre igual.

—Sería una tontería esperarlo —admitió Karen—, y quiero que sepas que nunca

lo esperé. A veces es bonito soñar, desear lo imposible y querer que todo lo bueno

dure, pero si hay algo que he aprendido, es a ser realista. Sé sincero conmigo,

Nimrod. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha cambiado entre la última vez y hoy?

Entonces se lo dijo: Le habló de Ruth, de la invasión maligna que amenazaba su

vida, y cómo, debido a eso, ella y Nim habían vuelto a encontrar el camino perdido

durante un tiempo.

Karen escuchó en silencio. Luego, dijo:

—Desde el momento en que te vi esta noche, supe que había algo diferente, algo

importante y personal. Ahora que sé qué es, en cierto modo me alegro por ti; pero, al

mismo tiempo, siento tristeza, especialmente por tu mujer.

—A lo mejor tenemos suerte —dijo él.

—Así lo espero. Alguna gente la tiene.

La orquesta empezaba a entrar para la segunda parte del concierto. La gente

volvía a sus asientos. Karen dijo tranquilamente:

—Ya no debemos seguir siendo amantes. No sería justo ni correcto. Pero espero

que sigamos siendo amigos, y que a veces nos veamos.

Él volvió a tocarle la mano y consiguió decir, antes de que comenzara la música:

—Amigos, siempre.

 

En el camino de regreso estuvieron más silenciosos y Josie también pareció percibir

el cambio y habló poco. Les había esperado afuera con Humperdinck, después de

visitar a unos amigos mientras Nim y Karen estaban en el Palacio de las Artes.

Después de un rato, volviéndose para mirar a Karen, Nim dijo:

—Me habías empezado a contar que tu padre te preocupaba.

No me explicaste por qué. No quisiste hablar de eso. ¿Quieres decírmelo ahora?

—No me molesta —dijo Karen—. Salvo que no hay mucho que contar. Sé que

papá tiene algún problema; creo que económico.

Ha dejado caer algunas insinuaciones, pero no me dice exactamente de qué se

trata. Pero, por supuesto, significa que no podré disfrutar mucho tiempo de

Humperdinck.

—¿Por qué? —se sorprendió Nim.

—Los plazos mensuales son excesivos para mis padres. Creo que te dije que el banco de papá no le prestaba el dinero, así que fue a una financiera, y la tasa de

interés es más alta. Supongo que entre eso y ciertas cosas del negocio, se le hizo

pesado pagar.

—Mira —dijo Nim—, me gustaría ayudar.

—¡No! Ya te he dicho que jamás te pediría dinero, Nimrod, y es cierto. Tienes tu

propia familia que atender. Además, por mucho que quiera a Humperdinck, antes me

arreglaba sin camioneta y volveré a hacerlo. Es papá el que me preocupa.

—Verdaderamente —le dijo Nim—, desearía poder hacer algo.

—Sigue siendo mi amigo, Nimrod. Es todo lo que pido.

Se dieron las buenas noches, con un beso cariñoso, sin pasión, delante del edificio

de apartamentos de Karen, porque ella se lo pidió, dijo que estaba cansada. Él no

subió y se dirigió triste, a su coche, aparcado a una manzana de allí.