El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 53 de 68

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El apagón

Capítulo 5

 

Nancy Molineaux gozaba con los lujos de la vida, y su apartamento exclusivo y

moderno en un rascacielos lo demostraba.

La alfombra beige de «Stark» en el salón hacía juego con las cortinas largas de

hilo de las ventanas. Tenía una mesa «Pace», de cristal ahumado, cromo y caoba

blanqueada, ubicada frente a un sofá de mullidos almohadones de gamuza «Clarence

House». El cuadro de Calder era original. También lo era un óleo sobre tela de Roy

Lichtenstein en el dormitorio de Nancy.

Las puertas-ventanas corredizas del comedor daban a un patio exterior con su

propio jardincito y una vista del puerto.

Si Nancy se hubiera visto obligada, viviría en otra parte y se arreglaría con su

sueldo; pero hacía tiempo que había llegado a convencerse de que podía aceptar el

dinero que le pasaba su padre. Allí estaba, honestamente ganado: ¿qué había de malo

en usarlo? Nada.

Pero se cuidaba de no hacer ostentación de esos lujos ante sus colegas, por lo que

nunca los llevaba allí.

Mientras andaba por el apartamento, preparándose para acostarse, Nancy

encontró las cintas que había recordado y las dejó cerca del aparato stereo para

pasarlas por la mañana.

Al entrar al apartamento pocos minutos antes, había encendido la radio de

frecuencia modulada, que mantenía sintonizada en una emisora que pasaba música

casi las veinticuatro horas del día. Sin hacer mayor caso, notó que habían

interrumpido la música para pasar noticias.

«… en Washington aumenta la inquietud ante una inminente crisis petrolífera…

el secretario de Estado llegó a Arabia Saudita para reanudar las negociaciones… el

Senado aprobó ayer tarde el nuevo tope para la deuda nacional… el Kremlin vuelve a

denunciar espionaje por parte de periodistas occidentales… localmente, otras

acusaciones por corrupción en la municipalidad… tarifas de autobús y de otros

medios de transportes de pasajeros seguramente subirán después de los convenios de

sueldos… la policía solicita ayuda para la identificación del cuerpo de una mujer

joven, aparentemente suicidada, encontrado esta tarde en Colina Solitaria…

fragmentos de bomba en la escena… aunque el cuerpo estaba muy mutilado, a una de

las manos le faltaban dos dedos además de otras deformaciones debidas, según

parece, a una lesión anterior…»

Nancy dejó caer el cepillo de dientes.

¿Había oído lo que creía haber oído?

Pensó en hablar a la emisora de radio para pedir que le repitieran la última

noticia, pero comprendió que no era necesario. Aunque escuchaba a medias, había

oído bastante para saber que tenía que ser Yvette. ¡Por Dios!, pensó Nancy, la había

dejado marchar sin seguirla.

¿Hubiera podido ayudarla? ¿Y qué había dicho Yvette? «Ya no tengo miedo.»

Ahora sabía por qué.

Y todavía no había escuchado las cintas.

Repentinamente, Nancy se puso en actividad, desaparecido su cansancio anterior.

Se echó un quimono encima, encendió las luces del salón e insertó la primera

cassette. Hubo una pausa antes de que comenzara la grabación; Nancy la aprovechó

para instalarse en una silla con una libreta sobre la falda y la pluma preparada. Luego,

la insegura voz de Yvette se oyó por el aparato de alta fidelidad de Nancy.

A las primeras palabras Nancy se irguió, prestando toda su atención.

«Se trata de los “Amigos de la Libertad”, todas las bombas y los asesinatos. Están

los “Amigos de la Libertad” en la calle Crocker, número 117. El líder es Georgos

Archambault, tiene un segundo nombre de pila, Winslow, le gusta usarlo. Soy la

mujer de Georgos, yo también he estado en eso. También está Davey Birdsong, él

trae el dinero para comprar explosivos y otras cosas.»

Nancy estaba boquiabierta. Sintió que la recorrían escalofríos. La pluma volaba.

En la cinta había algo más de Yvette, y luego una conversación entre dos voces de

hombre; uno, presumiblemente, el Georgos de quien había hablado Yvette, y el otro,

sin lugar a dudas, Davey Birdsong.

El primer lado de la cinta terminó. La platina de Nancy tenía un cambiador

automático. El segundo lado comenzó en seguida.

Siguió más de Yvette. Describía la noche en la colina sobre Millfield. La

explosión en la subplanta. El asesinato de los dos guardias.

La excitación de Nancy fue en aumento. Apenas podía creer lo que oía: la noticia

más sensacional de su carrera y, por el momento, exclusivamente suya. Siguió

escuchando y tomando notas.

De nuevo Georgos y Birdsong. Discutían algo… hacían arreglos… el hotel

«Christopher Columbus»… bombas camufladas de extintores de incendios… una

camioneta roja; «Servicio de Protección contra Incendios»… segunda noche de la

convención del Instituto Eléctrico Nacional… las tres…

Nancy sintió una picazón en la piel. Hizo un rápido cálculo mental, miró el reloj y

se lanzó sobre el teléfono.

Su artículo ya no tenía prioridad.

La mano le tembló al marcar el 911, número de emergencia de la policía.