El apagón
Capítulo 6
Karen dirigió a Nim la misma sonrisa radiante que él recordaba tan bien del primer
encuentro. Luego dijo, comprensiva:
—Sé que ésta ha sido una semana difícil para usted. He leído la asamblea anual
de su compañía y he visto algo en la televisión.
Instintivamente, Nim hizo una mueca. El reportaje de la televisión se había
centrado en los aspectos tumultuosos, sin tomar en cuenta las complejas cuestiones
ventiladas durante cinco horas de trabajo —preguntas, debates, votación de
resoluciones— que habían seguido al forzado aplazamiento. (Para ser justos, pensó
Nim, las cámaras de televisión solo podían hacer tomas exteriores, y hubiera sido
mejor dejarlas entrar.) Durante la media hora de descanso, se restableció el orden y
luego se pudo realizar una sesión maratoniana de trabajo. Al final nada cambió, salvo
que todos los participantes estaban cansados y que mucho de lo que debía decirse
salió a la superficie. Para sorpresa de Nim, al día siguiente el comentario más
comprensivo y equilibrado de los hechos apareció en el California Examiner, bajo la
firma de Nancy Molineaux.
—Si no le importa —le dijo a Karen—, querría olvidarme de nuestro circo anual
durante un rato.
—Considérelo borrado, Nimrod. ¿Qué es una asamblea anual? Jamás he oído
hablar de una asamblea.
Él rio y luego dijo:
—Su poesía me gustó. ¿Ha publicado algo?
Ella sacudió la cabeza, y eso le recordó nuevamente que, sentada en la silla de
ruedas frente a él, era la única parte de su cuerpo que podía mover.
Había ido a verla en parte porque sentía necesidad de salir, aunque fuera
brevemente, de la barahúnda de la «CGS». También necesitaba mucho ver a Karen
Sloan, un deseo aumentado ahora por su encanto y notable belleza. Era tal como la
recordaba: el pelo rubio resplandeciente, largo hasta los hombros, la cara de
proporciones perfectas, los labios gruesos e impecables, el cutis opalescente.
Por un instante, Nim se preguntó si se estaría enamorando. Si fuera así,
significaría un cambio, pensó. En muchos casos había gozado la relación sexual sin
amor. Pero con Karen sería amor sin sexo.
—Escribo poesía por placer —dijo Karen—. Cuando entró estaba trabajando en
un discurso.
Él ya había notado la máquina de escribir eléctrica detrás de ella. Contenía una
hoja parcialmente escrita. Al lado, sobre la mesa, había otros papeles diseminados.
—¿Discurso para quién? ¿Y sobre qué?
—Para una convención de abogados. Un grupo de abogados del Estado está
trabajando en un informe sobre las leyes para lisiados de casi todos los estados y de
otros países. Algunas leyes funcionan bien; otras no. Yo las he estudiado.
—¿Usted les habla a los abogados sobre leyes?
—¿Por qué no? Los abogados se dejan envolver por la teoría. Necesitan una
persona práctica que les diga lo que ocurre realmente bajo las leyes y
reglamentaciones. Por eso me llamaron; además, ya lo he hecho antes. En general,
voy a hablar de para y cuadripléjicos, y también aclararé algunos conceptos erróneos.
—¿Qué errores?
Mientras hablaban se oían ruidos en la habitación contigua. Cuando Nim la llamó
por teléfono esa mañana, Karen le había invitado a almorzar. Ahora, Josie, la
ayudanta y ama de llaves que Nim conoció en su primera visita, estaba preparando la
comida.
—Antes de contestar —dijo Karen—, me empieza a molestar la pierna derecha.
¿Me hace el favor de moverla?
Él se levantó y se acercó inseguro a la silla de ruedas. Karen tenía la pierna
derecha cruzada sobre la izquierda.
—Póngalas al revés. La izquierda sobre la derecha, por favor —lo dijo
objetivamente, y Nim extendió la mano, notando que las piernas, cubiertas por
medias de nylon, eran esbeltas y atractivas. Y eran cálidas, momentáneamente
excitantes al tacto.
—Gracias —reconoció Karen—. Tiene manos suaves —cuando él pareció
sorprenderse, ella añadió—: Ese es uno de los errores.
—¿Cuál?
—Que los paralíticos están privados de sensaciones normales. Es cierto que
algunos no sienten ya nada, pero los casos de polio, como el mío, pueden conservar
su sensibilidad intacta. De modo que, aunque no puedo mover mis miembros, tengo
tantas sensaciones como cualquiera. Por eso, una pierna o un brazo pueden
molestarme o «dormirse», y necesitar que los cambie de posición, como acaba de
hacer usted.
—Tiene razón —confesó él—. Supongo que yo también pensaba como usted
dice, inconscientemente.
—Ya sé —sonrió con picardía—. Pero sentí sus manos sobre mis piernas y, por si
le interesa, más bien me gustó.
Un pensamiento súbito y sorprendente le asaltó; lo desechó y dijo:
—Dígame algún otro error.
—Que a los cuadripléjicos no debe pedírseles que hablen de lo que les pasa. Le
sorprendería saber cuántas personas son contrarias a tener contacto con nosotros, o se
sienten molestos y hasta asustados.
—¿Ocurre a menudo?
—Siempre. La semana pasada mi hermana Cynthia me llevó a un restaurante a
almorzar. El camarero anotó el pedido de Cynthia y luego, sin mirarme, preguntó:
«¿Y ella, qué va a comer?» Cynthia, Dios la bendiga, dijo: «¿Por qué no se lo
pregunta a ella?» Pero aun así, cuando le hice el pedido, no me miró a la cara.
Nim se quedó en silencio, luego le cogió la mano y la retuvo entre las suyas.
—Me da vergüenza por todos.
—No lo haga. Me compensa por muchos otros, Nimrod.
—La última vez que estuve aquí me habló un poco de su familia —dijo él,
dejando su mano.
—Hoy no necesito hacerlo, porque les va a conocer; por lo menos a mis padres.
Espero que no le moleste, pero van a venir después del almuerzo. Es el día libre de mi
madre y mi padre está haciendo un trabajo de fontanería no muy lejos de aquí.
Sus padres, explicó Karen, pertenecían a familias austríacas, y a mediados de los
años treinta, aún adolescentes, llegaron a los Estados Unidos como inmigrantes,
mientras sobre Europa se cernían nubes de tormenta. Se conocieron en California, se
casaron y tuvieron dos hijas: Cynthia y Karen. El nombre de la familia del padre era
Slonhausen, y fue adaptado al inglés como Sloan cuando se naturalizó. Karen y
Cynthia sabían poco de su país de origen, y crecieron como chicas americanas
nativas.
—¿Entonces Cynthia es mayor?
—Tres años mayor, y muy hermosa. La hermana mayor. Quiero que algún otro
día la conozca.
Los ruidos de la cocina cesaron y apareció Josie, trayendo un carrito cargado.
Colocó una mesita plegable delante de Nim y una bandeja en la silla de ruedas de
Karen. Sirvió el almuerzo del carrito. Salmón frío con una ensalada y pan francés
caliente. Josie sirvió vino en dos copas: un «Louis Martini Pinot Chardonnay» frío.
—No puedo tomar vino todos los días —dijo Karen—; pero hoy es un día
especial, porque ha vuelto.
—¿Le doy la comida o lo hará el señor Goldman? —preguntó Josie.
—Nimrod —preguntó Karen—, ¿le gustaría hacerlo?
—Sí —dijo él—, aunque si me equivoco tendrá que enseñarme.
—En realidad no es difícil. Cuando abro la boca, mete la comida. Lo único es que
tendrá que trabajar el doble que para comer usted solo.
Con una mirada a Karen y una sonrisa de inteligencia, Josie volvió a la cocina.
—Ya ve —dijo Karen mientras almorzaban, y después de un sorbo de vino—, lo
hace muy bien. ¿Me seca los labios, por favor? —lo hizo con una servilleta cuando
ella levantó la cabeza hacia él.
Mientras alimentaba a Karen pensó que existía una extraña sensación de
intimidad en lo que estaban haciendo juntos, un compartir y una proximidad nuevos
en su experiencia; incluso un poco de sensualidad.
Cerca del final de la comida, la sensación de intimidad se había acentuado con el
vino, y ella dijo:
—Le he contado muchas cosas de mí. Ahora cuénteme algo de usted.
Él comenzó un poco distraídamente, hablando de su ambiente: niñez, familia,
trabajo, matrimonio con Ruth, los hijos, Leah y Benjy. Luego, llevado por las preguntas de Karen, reveló sus dudas actuales: sobre sus sentimientos religiosos y si
se prolongarían en sus hijos; el curso de su propia vida; el futuro, si es que lo había,
de su matrimonio.
—Ya basta —dijo por fin—, no he venido para aburrirla.
—No creo que jamás pudiera aburrirme, Nimrod —dijo Karen, sonriendo y
moviendo la cabeza—. Usted es una personalidad compleja, y la gente compleja es la
más interesante. Aparte de eso, usted me gusta más que cualquier otra persona que
haya conocido en mucho tiempo.
—Lo mismo que siento por usted —dijo él.
La sangre afluyó a las mejillas de Karen:
—Nimrod, ¿te gustaría besarme?
Mientras él se levantaba y cruzaba el breve espacio que los separaba, le contestó
tiernamente:
—Tengo muchas ganas.
Los labios de ella eran cálidos y amantes; fue un largo beso. Ninguno quería
separarse. Nim movió los brazos con la intención de abrazar a Karen. Entonces oyó el
agudo sonido del timbre, al que siguió el de una puerta que se abría, y voces; la de
Josie y otros. Nim dejó caer los brazos, y se alejó.
—¡Bendito sea Dios! —susurró Karen, bajito—, ¡Qué mal momento! —luego
llamó—: ¡Pasad! —y un momento después los presentaba—: Nimrod, mis padres.
Un hombre mayor, de aspecto digno, de pelo espeso, gris y ensortijado, y rostro
curtido, le tendió la mano. Cuando habló, su voz sonó profunda y gutural, aún
evidente el origen austríaco:
—Soy Luther Sloan, señor Goldman. Mi esposa, Henrietta. Karen nos ha hablado
de usted y le hemos visto en la televisión.
La mano que Nim estrechó era la de un obrero, ruda y callosa, pero daba la
impresión de haber sido bien cuidada; las uñas estaban limpias. Aunque Luther Sloan
llevaba un mono en el que había señales del trabajo que acababa de dejar, también
mostraba que lo cuidaba, y había sido cuidadosamente remendado en varios lugares.
La madre de Karen le estrechó las dos manos y dijo:
—Es usted muy amable al visitar a nuestra hija. Sé que ella sabe apreciarlo.
Nosotros también. —Era una mujer pequeña y cuidada, modestamente vestida, que se
peinaba con un anticuado moño; parecía ser mayor que el marido. Alguna vez, pensó
Nim, debió ser hermosa, lo que explicaba la belleza de Karen, pero el rostro estaba
envejecido y los ojos delataban tensión y cansancio. Nim supuso que esos rastros
estaban allí desde hacía tiempo.
—Vengo por una razón muy simple —le aseguró—. Gozo con la compañía de
Karen.
Cuando Nim volvió a su silla y los Sloan se sentaron, Josie trajo una cafetera y
cuatro tazas. La señora Sloan sirvió y ayudó a Karen con la suya.
—Papá —dijo Karen—, ¿cómo anda el trabajo?
—No tan bien como quisiera —suspiró Luther Sloan—. Los materiales cuestan
mucho, cada día más; usted sabrá algo de eso, señor Goldman. De modo que cuando
cobro lo que me cuestan a mí y agrego mi trabajo, la gente cree que los estafo.
—Lo sé —dijo Nim—. En la «Golden State» nos acusan de lo mismo por las
mismas razones.
—Pero su compañía es fuerte y puede aguantarlo. Mi negocio es muy pequeño.
Tengo tres empleados, señor Goldman, y yo también trabajo, y hay días que le
aseguro que casi no vale la pena. Particularmente con los formularios del gobierno,
que cada vez son más, y me pregunto para qué quieren saber la mitad de esas cosas.
Paso las noches y los fines de semana llenando formularios y nadie me paga por eso.
—Luther, no es necesario informar a todo el mundo de nuestros problemas —le
reprochó Henrietta Sloan a su marido.
—Me pregunta cómo anda el negocio. Digo la verdad —dijo él, encogiéndose de
hombros.
—De todos modos, Karen —dijo Henrietta—, nada de eso te debe preocupar, ni
impedirá que tengas tu camioneta. Ya casi tenemos bastante dinero para un primer
pago, y luego pediremos prestado el resto.
—Madre —protestó Karen—, ya os he dicho que no hay ninguna prisa. Me
arreglo para salir. Josie me acompaña.
—Pero no tan a menudo como podrías, ni tan lejos como quisieras —la madre
apretó los labios con firmeza—. Tendrás tu camioneta. Te lo prometo, querida.
Pronto.
—Yo también he estado pensando en eso —dijo Nim—. La última vez que vine,
Karen mencionó que quería una camioneta en la que pudiera llevar la silla de ruedas
y que Josie pudiera conducir.
—¿Van a dejar de preocuparse de una vez? ¡Por favor! —dijo con firmeza Karen.
—No es una preocupación. Pero sí recordé que nuestra compañía, la «CGS», a
menudo tiene pequeñas camionetas que vende cuando las ha usado un año o dos, y
las reemplaza por nuevas. Muchas están en buenas condiciones. Si usted quiere,
puedo pedirle a alguien de nuestro personal que esté atento por si hay algo que pueda
resultar una buena ocasión.
—Eso sería una gran ayuda —el rostro de Luther Sloan se iluminó—. Claro que
por buena que sea la camioneta, habrá que adaptarla para que pueda transportar la
silla fácilmente.
—Quizá también podamos ayudar en eso —dijo Nim—. No lo sé, pero lo
averiguaré.
—Le daremos nuestro número de teléfono —le dijo Henrietta—. Si hay
novedades, puede llamarnos.
—Nimrod —dijo Karen—, es usted maravillosamente bueno.
Siguieron conversando tranquilamente hasta que, mirando el reloj, Nim se
sorprendió del tiempo que había pasado allí y anunció que tenía que irse.
—Nosotros también —dijo Luther Sloan—. Estoy cambiando algunas tuberías de
gas en un edificio viejo por aquí cerca, para su gas, señor Goldman, y hay que
terminar el trabajo hoy.
—Y si pensáis que yo no tengo nada que hacer —terció Karen—, tengo que
terminar un discurso.
Sus padres se despidieron cariñosamente. Nim les siguió. Antes de salir, él y
Karen quedaron solos brevemente y él la besó por segunda vez, con intención de
hacerlo en la mejilla, pero ella volvió la cabeza para que sus labios se encontraran.
Con una sonrisa deslumbrante, le murmuró:
—Ven otra vez, pronto.
Los Sloan y Nim bajaron solos en el ascensor; los tres se quedaron callados un
momento, todos dominados por sus pensamientos privados. Luego Henrietta dijo
serenamente:
—Tratamos de hacer lo mejor que podemos por Karen. A veces querríamos que
fuera más —la tensión y el cansancio que Nim había observado antes, quizá más bien
una sensación de derrota, aparecieron en sus ojos nuevamente.
—No creo que Karen lo sienta así —dijo Nim suavemente—. Por lo que ella me
ha dicho, aprecia el apoyo que le dan y todo lo que hacen por ella.
Henrietta sacudió la cabeza enfáticamente, acentuando el movimiento con el del
moño que le caía sobre la nuca.
—Todo lo que hagamos es lo mínimo que podemos hacer. Aun así, es muy poco
para compensarla por lo que le ocurrió, por lo que nosotros hicimos, hace mucho
tiempo.
Luther apoyó una mano cariñosa sobre el brazo de su mujer.
—Liebchen, lo hemos hablado tantas veces. No te tortures. No se gana nada, solo
sirve para hacerte daño.
—Tú piensas lo mismo. Sabes que es así —dijo ella, volviéndose hacia él
bruscamente.
Luther suspiró; luego, abruptamente, le preguntó a Nim:
—¿Karen le dijo que tuvo polio?
—Sí —asintió él.
—¿Le dijo cómo? ¿Y por qué?
—No. Bueno, no exactamente.
—Generalmente no lo dice —añadió Henrietta.
Habían llegado a la planta baja y salieron del ascensor deteniéndose en el
pequeño vestíbulo solitario, mientras Henrietta Sloan continuaba:
—Karen tenía quince años; todavía estaba en la escuela secundaria. Era una
alumna sobresaliente; tomaba parte en las competiciones deportivas de la escuela. Su
futuro prometía ser muy bueno.
—Lo que mi esposa está tratando de aclarar es que ese verano —dijo Luther—
los dos habíamos decidido ir a Europa. Íbamos con otras personas de la iglesia luterana en un peregrinaje religioso a lugares santos. Habíamos decidido que mientras
estuviéramos afuera Karen iría a un campamento de verano. Nos dijimos que le haría
bien pasar un tiempo en el campo; además, nuestra hija Cynthia había ido al mismo
campamento dos años antes.
—La verdad es —dijo Henrietta— que pensamos más en nosotros que en Karen.
Su marido continuó como si no le hubiera interrumpido:
—Pero Karen no quería ir al campamento. Estaba saliendo con un chico; él se
quedaba en la ciudad. Karen quería pasar el verano en casa y estar cerca de él. Pero
Cynthia ya se había ido; Karen se hubiera quedado sola.
—Karen insistió e insistió —dijo Henrietta—. Dijo que no le importaba quedarse
sola, y que, en cuanto al muchacho, podíamos confiar en ella. Hasta dijo que tenía
una premonición: que si iba donde nosotros queríamos algo saldría mal. Nunca lo he
olvidado. Jamás lo olvidaré.
Su propia experiencia le dio una idea a Nim de la escena que le describían: los
Sloan como padres jóvenes; Karen apenas salida de la infancia, y las voluntades
fuertes en pugna, los tres tan distintos de lo que eran ahora.
Una vez más Luther reanudó la narración, hablando rápido, como si deseara
terminar:
—El resultado fue que tuvimos una pelea de familia, nosotros dos por un lado,
Karen por el otro. Nosotros insistimos en que fuera al campamento, y al final fue.
Mientras estaba allá y nosotros en Europa, hubo una epidemia de polio. Karen fue
una de las víctimas.
—Si se hubiera quedado en casa —empezó Henrietta—, como ella quería…
—¡Basta ya! —interrumpió su marido—. Estoy seguro de que el señor Goldman
ya se hace una idea.
—Sí —dijo Nim suavemente—. Creo que sí —estaba recordando los versos que
Karen le había escrito después de la electrocución de Wally Talbot.
Ahora lo comprendía mejor. Luego, suponiendo que debía decir algo, aunque no
sabía qué, añadió:
—No veo por qué seguir culpándose por circunstancias…
Una mirada de Luther y un «por favor, señor Goldman», le hicieron callar. Nim
comprendió lo que debió haber sabido instintivamente: no había nada más que decir;
ya habían considerado esos argumentos y los habían rechazado enfáticamente. No
había manera, y nunca la hubo, de aliviar ni por un instante la carga de culpa que
llevaban sobre su espíritu.
—Henrietta tiene razón —dijo Luther—. En realidad pienso como ella. Los dos
nos llevaremos nuestra culpa a la tumba.
—Comprenderá entonces lo que quiero decir con eso de que todo lo que
hagamos, incluso trabajar para comprarle una camioneta a Karen, en realidad no es
nada —añadió la mujer.
—No es que no sea nada —dijo Nim—. Aunque todo lo otro sea cierto, es mucho más que eso.
Del vestíbulo de la casa de apartamentos pasaron fuera, a la calle. El coche de
Nim estaba aparcado a pocos metros de allí.
—Gracias por contarme todo esto —les dijo—. Trataré de hacer algo por la
camioneta, lo más pronto que pueda.
Tal como Nim se había acostumbrado a esperar, dos días después llegaron algunos
poemas de Karen.
¿Cuando joven
Corriste alguna vez por las aceras
Jugando
A esquivar las grietas?
¿O mucho después,
Nadaste entre dos aguas
O anduviste en la cuerda floja,
Temiendo y a la vez buscando,
El desastre de la caída?
¿«Desastre», he dicho?
¡Palabra aberrante!
Porque hay otras caídas y castigos
No enteramente catastróficos,
Amortiguados por alegrías y
Gloria generosas.
Enamorarse es una de ellas.
Pero la sabiduría advierte:
Una caída es una caída
Con secuelas de daño y dolor
Tan solo demoradas, no evitadas.
¡Bah, bah!
¡Abajo la sabiduría!
Hurra por las baldosas rotas,
La cuerda floja y el agua.
¿Quién es ahora sabio, o quiere serlo?
Yo no.
¿Y tú?