El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 24 de 68

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El apagón

Capítulo 6

 

Karen dirigió a Nim la misma sonrisa radiante que él recordaba tan bien del primer

encuentro. Luego dijo, comprensiva:

—Sé que ésta ha sido una semana difícil para usted. He leído la asamblea anual

de su compañía y he visto algo en la televisión.

Instintivamente, Nim hizo una mueca. El reportaje de la televisión se había

centrado en los aspectos tumultuosos, sin tomar en cuenta las complejas cuestiones

ventiladas durante cinco horas de trabajo —preguntas, debates, votación de

resoluciones— que habían seguido al forzado aplazamiento. (Para ser justos, pensó

Nim, las cámaras de televisión solo podían hacer tomas exteriores, y hubiera sido

mejor dejarlas entrar.) Durante la media hora de descanso, se restableció el orden y

luego se pudo realizar una sesión maratoniana de trabajo. Al final nada cambió, salvo

que todos los participantes estaban cansados y que mucho de lo que debía decirse

salió a la superficie. Para sorpresa de Nim, al día siguiente el comentario más

comprensivo y equilibrado de los hechos apareció en el California Examiner, bajo la

firma de Nancy Molineaux.

—Si no le importa —le dijo a Karen—, querría olvidarme de nuestro circo anual

durante un rato.

—Considérelo borrado, Nimrod. ¿Qué es una asamblea anual? Jamás he oído

hablar de una asamblea.

Él rio y luego dijo:

—Su poesía me gustó. ¿Ha publicado algo?

Ella sacudió la cabeza, y eso le recordó nuevamente que, sentada en la silla de

ruedas frente a él, era la única parte de su cuerpo que podía mover.

Había ido a verla en parte porque sentía necesidad de salir, aunque fuera

brevemente, de la barahúnda de la «CGS». También necesitaba mucho ver a Karen

Sloan, un deseo aumentado ahora por su encanto y notable belleza. Era tal como la

recordaba: el pelo rubio resplandeciente, largo hasta los hombros, la cara de

proporciones perfectas, los labios gruesos e impecables, el cutis opalescente.

Por un instante, Nim se preguntó si se estaría enamorando. Si fuera así,

significaría un cambio, pensó. En muchos casos había gozado la relación sexual sin

amor. Pero con Karen sería amor sin sexo.

—Escribo poesía por placer —dijo Karen—. Cuando entró estaba trabajando en

un discurso.

Él ya había notado la máquina de escribir eléctrica detrás de ella. Contenía una

hoja parcialmente escrita. Al lado, sobre la mesa, había otros papeles diseminados.

—¿Discurso para quién? ¿Y sobre qué?

—Para una convención de abogados. Un grupo de abogados del Estado está

trabajando en un informe sobre las leyes para lisiados de casi todos los estados y de

otros países. Algunas leyes funcionan bien; otras no. Yo las he estudiado.

—¿Usted les habla a los abogados sobre leyes?

—¿Por qué no? Los abogados se dejan envolver por la teoría. Necesitan una

persona práctica que les diga lo que ocurre realmente bajo las leyes y

reglamentaciones. Por eso me llamaron; además, ya lo he hecho antes. En general,

voy a hablar de para y cuadripléjicos, y también aclararé algunos conceptos erróneos.

—¿Qué errores?

Mientras hablaban se oían ruidos en la habitación contigua. Cuando Nim la llamó

por teléfono esa mañana, Karen le había invitado a almorzar. Ahora, Josie, la

ayudanta y ama de llaves que Nim conoció en su primera visita, estaba preparando la

comida.

—Antes de contestar —dijo Karen—, me empieza a molestar la pierna derecha.

¿Me hace el favor de moverla?

Él se levantó y se acercó inseguro a la silla de ruedas. Karen tenía la pierna

derecha cruzada sobre la izquierda.

—Póngalas al revés. La izquierda sobre la derecha, por favor —lo dijo

objetivamente, y Nim extendió la mano, notando que las piernas, cubiertas por

medias de nylon, eran esbeltas y atractivas. Y eran cálidas, momentáneamente

excitantes al tacto.

—Gracias —reconoció Karen—. Tiene manos suaves —cuando él pareció

sorprenderse, ella añadió—: Ese es uno de los errores.

—¿Cuál?

—Que los paralíticos están privados de sensaciones normales. Es cierto que

algunos no sienten ya nada, pero los casos de polio, como el mío, pueden conservar

su sensibilidad intacta. De modo que, aunque no puedo mover mis miembros, tengo

tantas sensaciones como cualquiera. Por eso, una pierna o un brazo pueden

molestarme o «dormirse», y necesitar que los cambie de posición, como acaba de

hacer usted.

—Tiene razón —confesó él—. Supongo que yo también pensaba como usted

dice, inconscientemente.

—Ya sé —sonrió con picardía—. Pero sentí sus manos sobre mis piernas y, por si

le interesa, más bien me gustó.

Un pensamiento súbito y sorprendente le asaltó; lo desechó y dijo:

—Dígame algún otro error.

—Que a los cuadripléjicos no debe pedírseles que hablen de lo que les pasa. Le

sorprendería saber cuántas personas son contrarias a tener contacto con nosotros, o se

sienten molestos y hasta asustados.

—¿Ocurre a menudo?

—Siempre. La semana pasada mi hermana Cynthia me llevó a un restaurante a

almorzar. El camarero anotó el pedido de Cynthia y luego, sin mirarme, preguntó:

«¿Y ella, qué va a comer?» Cynthia, Dios la bendiga, dijo: «¿Por qué no se lo

pregunta a ella?» Pero aun así, cuando le hice el pedido, no me miró a la cara.

Nim se quedó en silencio, luego le cogió la mano y la retuvo entre las suyas.

—Me da vergüenza por todos.

—No lo haga. Me compensa por muchos otros, Nimrod.

—La última vez que estuve aquí me habló un poco de su familia —dijo él,

dejando su mano.

—Hoy no necesito hacerlo, porque les va a conocer; por lo menos a mis padres.

Espero que no le moleste, pero van a venir después del almuerzo. Es el día libre de mi

madre y mi padre está haciendo un trabajo de fontanería no muy lejos de aquí.

Sus padres, explicó Karen, pertenecían a familias austríacas, y a mediados de los

años treinta, aún adolescentes, llegaron a los Estados Unidos como inmigrantes,

mientras sobre Europa se cernían nubes de tormenta. Se conocieron en California, se

casaron y tuvieron dos hijas: Cynthia y Karen. El nombre de la familia del padre era

Slonhausen, y fue adaptado al inglés como Sloan cuando se naturalizó. Karen y

Cynthia sabían poco de su país de origen, y crecieron como chicas americanas

nativas.

—¿Entonces Cynthia es mayor?

—Tres años mayor, y muy hermosa. La hermana mayor. Quiero que algún otro

día la conozca.

Los ruidos de la cocina cesaron y apareció Josie, trayendo un carrito cargado.

Colocó una mesita plegable delante de Nim y una bandeja en la silla de ruedas de

Karen. Sirvió el almuerzo del carrito. Salmón frío con una ensalada y pan francés

caliente. Josie sirvió vino en dos copas: un «Louis Martini Pinot Chardonnay» frío.

—No puedo tomar vino todos los días —dijo Karen—; pero hoy es un día

especial, porque ha vuelto.

—¿Le doy la comida o lo hará el señor Goldman? —preguntó Josie.

—Nimrod —preguntó Karen—, ¿le gustaría hacerlo?

—Sí —dijo él—, aunque si me equivoco tendrá que enseñarme.

—En realidad no es difícil. Cuando abro la boca, mete la comida. Lo único es que

tendrá que trabajar el doble que para comer usted solo.

Con una mirada a Karen y una sonrisa de inteligencia, Josie volvió a la cocina.

—Ya ve —dijo Karen mientras almorzaban, y después de un sorbo de vino—, lo

hace muy bien. ¿Me seca los labios, por favor? —lo hizo con una servilleta cuando

ella levantó la cabeza hacia él.

Mientras alimentaba a Karen pensó que existía una extraña sensación de

intimidad en lo que estaban haciendo juntos, un compartir y una proximidad nuevos

en su experiencia; incluso un poco de sensualidad.

Cerca del final de la comida, la sensación de intimidad se había acentuado con el

vino, y ella dijo:

—Le he contado muchas cosas de mí. Ahora cuénteme algo de usted.

Él comenzó un poco distraídamente, hablando de su ambiente: niñez, familia,

trabajo, matrimonio con Ruth, los hijos, Leah y Benjy. Luego, llevado por las preguntas de Karen, reveló sus dudas actuales: sobre sus sentimientos religiosos y si

se prolongarían en sus hijos; el curso de su propia vida; el futuro, si es que lo había,

de su matrimonio.

—Ya basta —dijo por fin—, no he venido para aburrirla.

—No creo que jamás pudiera aburrirme, Nimrod —dijo Karen, sonriendo y

moviendo la cabeza—. Usted es una personalidad compleja, y la gente compleja es la

más interesante. Aparte de eso, usted me gusta más que cualquier otra persona que

haya conocido en mucho tiempo.

—Lo mismo que siento por usted —dijo él.

La sangre afluyó a las mejillas de Karen:

—Nimrod, ¿te gustaría besarme?

Mientras él se levantaba y cruzaba el breve espacio que los separaba, le contestó

tiernamente:

—Tengo muchas ganas.

Los labios de ella eran cálidos y amantes; fue un largo beso. Ninguno quería

separarse. Nim movió los brazos con la intención de abrazar a Karen. Entonces oyó el

agudo sonido del timbre, al que siguió el de una puerta que se abría, y voces; la de

Josie y otros. Nim dejó caer los brazos, y se alejó.

—¡Bendito sea Dios! —susurró Karen, bajito—, ¡Qué mal momento! —luego

llamó—: ¡Pasad! —y un momento después los presentaba—: Nimrod, mis padres.

Un hombre mayor, de aspecto digno, de pelo espeso, gris y ensortijado, y rostro

curtido, le tendió la mano. Cuando habló, su voz sonó profunda y gutural, aún

evidente el origen austríaco:

—Soy Luther Sloan, señor Goldman. Mi esposa, Henrietta. Karen nos ha hablado

de usted y le hemos visto en la televisión.

La mano que Nim estrechó era la de un obrero, ruda y callosa, pero daba la

impresión de haber sido bien cuidada; las uñas estaban limpias. Aunque Luther Sloan

llevaba un mono en el que había señales del trabajo que acababa de dejar, también

mostraba que lo cuidaba, y había sido cuidadosamente remendado en varios lugares.

La madre de Karen le estrechó las dos manos y dijo:

—Es usted muy amable al visitar a nuestra hija. Sé que ella sabe apreciarlo.

Nosotros también. —Era una mujer pequeña y cuidada, modestamente vestida, que se

peinaba con un anticuado moño; parecía ser mayor que el marido. Alguna vez, pensó

Nim, debió ser hermosa, lo que explicaba la belleza de Karen, pero el rostro estaba

envejecido y los ojos delataban tensión y cansancio. Nim supuso que esos rastros

estaban allí desde hacía tiempo.

—Vengo por una razón muy simple —le aseguró—. Gozo con la compañía de

Karen.

Cuando Nim volvió a su silla y los Sloan se sentaron, Josie trajo una cafetera y

cuatro tazas. La señora Sloan sirvió y ayudó a Karen con la suya.

—Papá —dijo Karen—, ¿cómo anda el trabajo?

—No tan bien como quisiera —suspiró Luther Sloan—. Los materiales cuestan

mucho, cada día más; usted sabrá algo de eso, señor Goldman. De modo que cuando

cobro lo que me cuestan a mí y agrego mi trabajo, la gente cree que los estafo.

—Lo sé —dijo Nim—. En la «Golden State» nos acusan de lo mismo por las

mismas razones.

—Pero su compañía es fuerte y puede aguantarlo. Mi negocio es muy pequeño.

Tengo tres empleados, señor Goldman, y yo también trabajo, y hay días que le

aseguro que casi no vale la pena. Particularmente con los formularios del gobierno,

que cada vez son más, y me pregunto para qué quieren saber la mitad de esas cosas.

Paso las noches y los fines de semana llenando formularios y nadie me paga por eso.

—Luther, no es necesario informar a todo el mundo de nuestros problemas —le

reprochó Henrietta Sloan a su marido.

—Me pregunta cómo anda el negocio. Digo la verdad —dijo él, encogiéndose de

hombros.

—De todos modos, Karen —dijo Henrietta—, nada de eso te debe preocupar, ni

impedirá que tengas tu camioneta. Ya casi tenemos bastante dinero para un primer

pago, y luego pediremos prestado el resto.

—Madre —protestó Karen—, ya os he dicho que no hay ninguna prisa. Me

arreglo para salir. Josie me acompaña.

—Pero no tan a menudo como podrías, ni tan lejos como quisieras —la madre

apretó los labios con firmeza—. Tendrás tu camioneta. Te lo prometo, querida.

Pronto.

—Yo también he estado pensando en eso —dijo Nim—. La última vez que vine,

Karen mencionó que quería una camioneta en la que pudiera llevar la silla de ruedas

y que Josie pudiera conducir.

—¿Van a dejar de preocuparse de una vez? ¡Por favor! —dijo con firmeza Karen.

—No es una preocupación. Pero sí recordé que nuestra compañía, la «CGS», a

menudo tiene pequeñas camionetas que vende cuando las ha usado un año o dos, y

las reemplaza por nuevas. Muchas están en buenas condiciones. Si usted quiere,

puedo pedirle a alguien de nuestro personal que esté atento por si hay algo que pueda

resultar una buena ocasión.

—Eso sería una gran ayuda —el rostro de Luther Sloan se iluminó—. Claro que

por buena que sea la camioneta, habrá que adaptarla para que pueda transportar la

silla fácilmente.

—Quizá también podamos ayudar en eso —dijo Nim—. No lo sé, pero lo

averiguaré.

—Le daremos nuestro número de teléfono —le dijo Henrietta—. Si hay

novedades, puede llamarnos.

—Nimrod —dijo Karen—, es usted maravillosamente bueno.

Siguieron conversando tranquilamente hasta que, mirando el reloj, Nim se

sorprendió del tiempo que había pasado allí y anunció que tenía que irse.

—Nosotros también —dijo Luther Sloan—. Estoy cambiando algunas tuberías de

gas en un edificio viejo por aquí cerca, para su gas, señor Goldman, y hay que

terminar el trabajo hoy.

—Y si pensáis que yo no tengo nada que hacer —terció Karen—, tengo que

terminar un discurso.

Sus padres se despidieron cariñosamente. Nim les siguió. Antes de salir, él y

Karen quedaron solos brevemente y él la besó por segunda vez, con intención de

hacerlo en la mejilla, pero ella volvió la cabeza para que sus labios se encontraran.

Con una sonrisa deslumbrante, le murmuró:

—Ven otra vez, pronto.

Los Sloan y Nim bajaron solos en el ascensor; los tres se quedaron callados un

momento, todos dominados por sus pensamientos privados. Luego Henrietta dijo

serenamente:

—Tratamos de hacer lo mejor que podemos por Karen. A veces querríamos que

fuera más —la tensión y el cansancio que Nim había observado antes, quizá más bien

una sensación de derrota, aparecieron en sus ojos nuevamente.

—No creo que Karen lo sienta así —dijo Nim suavemente—. Por lo que ella me

ha dicho, aprecia el apoyo que le dan y todo lo que hacen por ella.

Henrietta sacudió la cabeza enfáticamente, acentuando el movimiento con el del

moño que le caía sobre la nuca.

—Todo lo que hagamos es lo mínimo que podemos hacer. Aun así, es muy poco

para compensarla por lo que le ocurrió, por lo que nosotros hicimos, hace mucho

tiempo.

Luther apoyó una mano cariñosa sobre el brazo de su mujer.

—Liebchen, lo hemos hablado tantas veces. No te tortures. No se gana nada, solo

sirve para hacerte daño.

—Tú piensas lo mismo. Sabes que es así —dijo ella, volviéndose hacia él

bruscamente.

Luther suspiró; luego, abruptamente, le preguntó a Nim:

—¿Karen le dijo que tuvo polio?

—Sí —asintió él.

—¿Le dijo cómo? ¿Y por qué?

—No. Bueno, no exactamente.

—Generalmente no lo dice —añadió Henrietta.

Habían llegado a la planta baja y salieron del ascensor deteniéndose en el

pequeño vestíbulo solitario, mientras Henrietta Sloan continuaba:

—Karen tenía quince años; todavía estaba en la escuela secundaria. Era una

alumna sobresaliente; tomaba parte en las competiciones deportivas de la escuela. Su

futuro prometía ser muy bueno.

—Lo que mi esposa está tratando de aclarar es que ese verano —dijo Luther—

los dos habíamos decidido ir a Europa. Íbamos con otras personas de la iglesia luterana en un peregrinaje religioso a lugares santos. Habíamos decidido que mientras

estuviéramos afuera Karen iría a un campamento de verano. Nos dijimos que le haría

bien pasar un tiempo en el campo; además, nuestra hija Cynthia había ido al mismo

campamento dos años antes.

—La verdad es —dijo Henrietta— que pensamos más en nosotros que en Karen.

Su marido continuó como si no le hubiera interrumpido:

—Pero Karen no quería ir al campamento. Estaba saliendo con un chico; él se

quedaba en la ciudad. Karen quería pasar el verano en casa y estar cerca de él. Pero

Cynthia ya se había ido; Karen se hubiera quedado sola.

—Karen insistió e insistió —dijo Henrietta—. Dijo que no le importaba quedarse

sola, y que, en cuanto al muchacho, podíamos confiar en ella. Hasta dijo que tenía

una premonición: que si iba donde nosotros queríamos algo saldría mal. Nunca lo he

olvidado. Jamás lo olvidaré.

Su propia experiencia le dio una idea a Nim de la escena que le describían: los

Sloan como padres jóvenes; Karen apenas salida de la infancia, y las voluntades

fuertes en pugna, los tres tan distintos de lo que eran ahora.

Una vez más Luther reanudó la narración, hablando rápido, como si deseara

terminar:

—El resultado fue que tuvimos una pelea de familia, nosotros dos por un lado,

Karen por el otro. Nosotros insistimos en que fuera al campamento, y al final fue.

Mientras estaba allá y nosotros en Europa, hubo una epidemia de polio. Karen fue

una de las víctimas.

—Si se hubiera quedado en casa —empezó Henrietta—, como ella quería…

—¡Basta ya! —interrumpió su marido—. Estoy seguro de que el señor Goldman

ya se hace una idea.

—Sí —dijo Nim suavemente—. Creo que sí —estaba recordando los versos que

Karen le había escrito después de la electrocución de Wally Talbot.

Ahora lo comprendía mejor. Luego, suponiendo que debía decir algo, aunque no

sabía qué, añadió:

—No veo por qué seguir culpándose por circunstancias…

Una mirada de Luther y un «por favor, señor Goldman», le hicieron callar. Nim

comprendió lo que debió haber sabido instintivamente: no había nada más que decir;

ya habían considerado esos argumentos y los habían rechazado enfáticamente. No

había manera, y nunca la hubo, de aliviar ni por un instante la carga de culpa que

llevaban sobre su espíritu.

—Henrietta tiene razón —dijo Luther—. En realidad pienso como ella. Los dos

nos llevaremos nuestra culpa a la tumba.

—Comprenderá entonces lo que quiero decir con eso de que todo lo que

hagamos, incluso trabajar para comprarle una camioneta a Karen, en realidad no es

nada —añadió la mujer.

—No es que no sea nada —dijo Nim—. Aunque todo lo otro sea cierto, es mucho más que eso.

Del vestíbulo de la casa de apartamentos pasaron fuera, a la calle. El coche de

Nim estaba aparcado a pocos metros de allí.

—Gracias por contarme todo esto —les dijo—. Trataré de hacer algo por la

camioneta, lo más pronto que pueda.

 

Tal como Nim se había acostumbrado a esperar, dos días después llegaron algunos

poemas de Karen.

 

¿Cuando joven

Corriste alguna vez por las aceras

Jugando

A esquivar las grietas?

¿O mucho después,

Nadaste entre dos aguas

O anduviste en la cuerda floja,

Temiendo y a la vez buscando,

El desastre de la caída?

 

¿«Desastre», he dicho?

¡Palabra aberrante!

Porque hay otras caídas y castigos

No enteramente catastróficos,

Amortiguados por alegrías y

Gloria generosas.

Enamorarse es una de ellas.

 

Pero la sabiduría advierte:

Una caída es una caída

Con secuelas de daño y dolor

Tan solo demoradas, no evitadas.

¡Bah, bah!

¡Abajo la sabiduría!

Hurra por las baldosas rotas,

La cuerda floja y el agua.

¿Quién es ahora sabio, o quiere serlo?

Yo no.

¿Y tú?