El apagón
Capítulo 10
El vuelo 460 de «United Airlines» salió puntualmente de West Coast a las siete y
cuarto. Cuando el «Boeing» 727 estaba en el aire ascendiendo, el sol, que minutos
antes había aclarado el horizonte en el este, tiñó el paisaje que dejaban abajo de un
suave color dorado rojizo. Nim pensó que el mundo parecía limpio y puro, como
siempre al amanecer; diaria ilusión que dura menos de media hora.
Mientras el reactor enfilaba el rumbo este, Nim se arrellanó en su confortable
asiento de primera clase. No vaciló en viajar así, a expensas de la compañía, porque
sus pensamientos, mientras se dirigía al aeropuerto en la oscuridad, le habían
confirmado en la sensatez del impulso de la noche anterior. Sería un vuelo de dos
horas y veinte minutos, sin escalas, hasta Denver. Allá lo esperaría Thurston Jones,
un viejo amigo.
Una joven azafata, alegre y rebosante de felicidad, de las que «United» parecía
tener el arte de conseguir, le sirvió una tortilla de desayuno y persuadió a Nim de
acompañarla con vino de California, aun a esa hora temprana.
—¡Vamos! —insistió cuando vio que él vacilaba—, se ha «liberado de las ásperas
cadenas de la tierra», así que ¡deje volar el espíritu! ¡Disfrute! —en realidad disfrutó
de un «Riesling Mirassou», bueno aunque no demasiado, y llegó a Denver más
descansado de lo que se sentía la noche pasada.
En el aeropuerto internacional Stapleton de Denver, Thurston Jones le dio un
cálido apretón de manos y luego le condujo directamente a su coche, ya que el
equipaje de Nim consistía solo en una pequeña maleta que él mismo llevaba.
Thurston y Nim habían sido compañeros de estudios y de habitación, y además
amigos íntimos, en la Universidad de Stanford. En esos días compartían casi todo,
incluyendo las mujeres que conocían, y era muy poco lo que cada uno ignoraba del
otro. La amistad se mantenía desde entonces, aunque se encontraran solo de vez en
cuando y su correspondencia fuera infrecuente.
Pero sus hábitos habían sido distintos y lo seguían siendo. Thurston era tranquilo,
estudioso, brillante y atractivo, con un estilo juvenil. Era retraído, aunque capaz de
ejercer autoridad cuando era necesario. Tenía un sentido del humor jovial. En el
trabajo, la carrera de Thurston había coincidido con la de Nim, y ahora ocupaban el
mismo cargo: Thurston era vicepresidente de planeamiento de la empresa de
Servicios Públicos de Colorado, una de las productoras y distribuidoras de
electricidad y gas natural más prestigiosas del país. Además, Thurston tenía lo que le
faltaba a Nim: amplia experiencia práctica en la generación de energía con carbón.
—¿Cómo andan las cosas por casa? —preguntó Nim camino del aparcamiento del
aeropuerto. Su viejo amigo estaba casado desde hacía unos ocho años con una
efervescente inglesita, llamada Úrsula, a la que Nim conocía y apreciaba.
—Muy bien. Lo mismo que vosotros, supongo.
—En realidad, no.
Nim esperó haber comunicado, sin crudeza, su renuencia a comentar sus
problemas y los de Ruth. Al parecer fue así, porque Thurston no hizo comentarios y
prosiguió:
—Úrsula está ansiosa por verte. Te quedarás con nosotros, naturalmente.
Nim murmuró su agradecimiento mientras subían al coche de Thurston, un «Ford
Pinto». Nim sabía que, como él, su amigo nunca tenía coches que gastaran demasiado
combustible.
El día era luminoso, seco, soleado. Mientras se dirigían a Denver, vieron la
primera cadena de montañas nevadas de las Rocosas, nítida y hermosa, hacia el oeste.
—Después de tanto tiempo, es un verdadero placer tenerte aquí, Nim —observó
Thurston, un poco tímidamente; y añadió con una sonrisa—: Aunque hayas venido
solo para hablar de carbón.
—¿Suena a locura, Thurs?
La noche anterior Nim le había explicado por teléfono su repentino interés por
visitar una planta alimentada a carbón, y las razones para ello.
—¿Quién puede decidir qué es una locura y qué no lo es? Estos interminables
debates de ahora son una locura; no la idea de realizarlos, pero sí la manera en que
los dirigen. En Colorado estamos en el mismo lío que vosotros en California. Nadie
quiere permitirnos la construcción de nuevas plantas generadoras; pero dentro de
cinco o seis años, cuando comiencen los cortes de energía, nos acusarán de no haber
sido previsores, de no haber tomado medidas para evitar la crisis.
—Las plantas que queréis construir vosotros, ¿serían a carbón?
—¡Claro que sí! Cuando Dios repartió los recursos naturales fue generoso con
Colorado. Llenó este estado de carbón, de la misma manera que entregó petróleo a
los árabes. Y no cualquier carbón, sino del bueno, con poco azufre, que quema
limpio, y en su mayor parte está a poca profundidad y es fácil de extraer. Pero eso ya
lo sabes.
Nim asintió, porque en realidad lo sabía, y luego dijo pensativo:
—Hay bastante carbón al oeste del Mississippi como para proveer las necesidades
de energía del país, durante tres siglos y medio. Si nos permiten usarlo.
Thurston siguió conduciendo el pequeño automóvil en medio del tráfico ligero del
sábado por la mañana.
—Iremos directamente a nuestra planta de Cherokee, al norte de la ciudad —
anunció—. Es la mayor que tenemos. Traga carbón como un brontosaurio
hambriento.
—Quemamos siete mil quinientas toneladas diariamente, más o menos —le gritó
a Nim el superintendente de la planta de Cherokee, esforzándose por hacerse oír por
encima del rugido de los pulverizadores, ventiladores y bombas. Era un joven
despierto, de cabello color arena, cuyo apellido, Folger, se leía en el casco protector
rojo que llevaba. Nim llevaba un casco blanco que decía «visitante». Thurston Jones
había traído el suyo.
Estaban de pie sobre un suelo de planchas de acero cerca de un costado de la
caldera gigantesca en la que inyectaban carbón en enormes cantidades, recién
convertido en un polvo finísimo. Dentro de la caldera, el carbón se encendía al
instante y se calentaba al blanco. Se podía ver en parte a través de una lumbrera de
observación cerrada con vidrio, como un anticipo del infierno. El calor se transmitía a
un enrejado de tubos de caldera llenos de agua que inmediatamente se convertía en
vapor a alta presión y era inyectado en una sección separada, de sobrecalentamiento,
de la que salía a cuatrocientos cincuenta grados. El vapor, a su vez, accionaba una
turbina que, junto con otras calderas y turbinas en Cherokee, suministraba casi tres
cuartos de millón de kilovatios a Denver y sus alrededores, ávidos de energía.
Desde el lugar cerrado donde estaban de pie se veía solo una parte del exterior de
la caldera. Su altura total era la de un edificio común de quince pisos.
Pero alrededor de ellos todo lo que se veía y se oía, y se olía y se gustaba, era
carbón. Bajo los pies tenían una fina capa de polvo de carbón. Nim la sentía como
una arenilla entre los dientes y en la nariz.
—Limpiamos tan a menudo como podemos —adelantó el superintendente Folger
—. Pero el carbón es sucio.
Thurston añadió en voz alta, con una sonrisa:
—Más sucio que el petróleo o la hidroeléctrica. ¿Estás seguro de que en
California queréis esta suciedad?
Nim afirmó con la cabeza, ante el rugido de los inyectores y transportadores.
Luego se decidió a hablar y contestó a gritos:
—Sí, nos uniremos a la pandilla negra. No tenemos otra salida.
Ya estaba contento de haber venido. Era importante formarse una idea de lo que
era el carbón, del carbón de Tunipah, para su testimonio de la semana próxima.
¡El Rey Carbón! Nim había leído en alguna parte que «el viejo Rey Carbón
vuelve a su trono». Tenía que ser así, pensó; no había otra alternativa. En las últimas
décadas, América le había vuelto la espalda al carbón, que en un tiempo le procuraba
energía barata, además de desarrollo y prosperidad, cuando los Estados Unidos eran
un país joven. Otras formas de energía, especialmente el petróleo y el gas, habían
reemplazado al carbón porque eran más limpias, más fáciles de manejar, de conseguir
y, en un tiempo, más baratas. Pero ya no era así.
A pesar de las desventajas del carbón —y nada lograría hacerlas desaparecer—
los enormes depósitos subterráneos aún podían constituir la salvación para América,
su última riqueza natural y la más importante, su as escondido en la manga.
Se dio cuenta de que Thurston hacía gestos para que siguieran avanzando.
Durante otra hora exploraron las complejidades ruidosas y sucias de carbón de
Cherokee. Se detuvieron largamente ante los enormes recolectores de polvo
electrostáticos, exigidos por las leyes de protección ambiental, cuyo objetivo era
eliminar las cenizas quemadas que de otro modo saldrían por las chimeneas
convirtiéndose en un agente contaminador.
Las salas de los generadores, grandes como catedrales, recordaban con su
ensordecedor gemido que cualquiera que fuese el combustible, el lugar producía
electricidad en cantidades monstruosas.
El trío formado por Nim, Thurston y Folger emergió por fin del interior de la
planta al exterior, a una pasarela alta, cerca de la cima del edificio, a setenta metros
del suelo. La pasarela, que conectaba con un laberinto de otras pasarelas más bajas
por empinadas escaleras de acero, era en realidad un enrejado de metal que permitía
ver todo lo que había abajo. Los trabajadores de la planta que caminaban por las
pasarelas inferiores parecían moscas. Al principio Nim miraba inquieto hacia abajo a
través del enrejado; al cabo de unos minutos se acostumbró. El objeto del suelo
enrejado, explicó Folger, era permitir que en invierno el hielo y la nieve no se
acumularan.
Aún allí seguía rodeándoles un ruido que todo lo penetraba. Alrededor y a través
de la pasarela volaban nubes de vapor de agua que despedían las torres de
enfriamiento y que cambiaban de dirección con el viento. Por momentos, Nim se
encontraba como en una nube, aislado, con visibilidad limitada a uno o dos palmos.
Luego el vapor de agua se desplazaba, dejando ver los suburbios de Denver
desparramados abajo, con los rascacielos del centro a lo lejos. Aunque había sol, el
viento a esa altura era gélido y cortante, y Nim sintió un escalofrío. Experimentó una
sensación de soledad, de aislamiento y peligro.
—Allí está la tierra prometida. Si te sales con la tuya, eso es lo que verás en
Tunipah —dijo Thurston señalando un área de unos quince acres directamente al
frente. Una montaña de carbón, gigantesca, la cubría por completo.
—Ahí tiene la provisión para cuatro meses, no muy por debajo de un millón de
toneladas —aseguró Folger.
—Y debajo de eso está lo que fue una hermosa pradera —agregó Thurston—.
Ahora ofende la vista, nadie lo va a negar. Pero lo necesitamos. ¡Ahí está el quid de la
cuestión!
Mientras observaban, una locomotora diésel sobre rieles de cremallera maniobró
un largo tren de vagones de carga que traían aún más carbón. Sin desengancharse,
cada vagón ocupaba un volcador giratorio que lo invertía, dejando caer el carbón
sobre pesadas parrillas. Debajo había transportadores que llevaban el carbón a la
planta.
—Nunca se detienen —dijo Thurston—. Nunca.
Como Nim ya sabía, se trataría de impedir que la naturaleza intocada de Tunipah
se convirtiera en aquello. En principio, compartía el punto de vista de los opositores.
Pero se dijo: la energía eléctrica que Tunipah debe producir es esencial; en
consecuencia, debe tolerarse el cambio.
Dejaron el alto mirador; descendieron por una de las escaleras exteriores de
metal, a un nivel algo inferior, y volvieron a detenerse. Ahora estaban más protegidos
y la fuerza del viento había disminuido. Pero el ruido que les envolvía era mayor.
—Descubrirán otra cosa cuando trabajen con carbón —decía el superintendente
de la planta—: que tendrán más accidentes entre el personal que con petróleo o gas, o
con energía nuclear. Aquí tenemos un buen programa de prevención de accidentes.
De todos modos…
Nim no escuchaba.
Increíblemente, con esa coincidencia que solo la vida real, no la ficción, puede
ofrecer, estaba ocurriendo un accidente mientras miraban.
Unos quince metros delante de Nim y a espaldas de los otros que estaban frente a
él, operaba una cinta transportadora de carbón. La transportadora, una combinación
de goma flexible y acero, se movía sobre rodillos y así llevaba el carbón a los
moledores, que lo reducían a trozos más pequeños. Más adelante era reducido a un
polvo fino, listo para quemar al instante. En ese momento, debido a unos trozos
grandes de carbón, la cinta transportadora se había bloqueado y desbordaba. La cinta
siguió moviéndose, y el carbón que llegaba se desparramaba por el costado. Por
encima de la cinta en movimiento, un obrero aislado, precariamente ubicado sobre
una parrilla, removía la sobrecarga con una varilla de acero, tratando de despejar el
camino.
Más tarde, Nim se enteraría de que ese procedimiento estaba prohibido. Las
normas de seguridad requerían que la cinta se detuviera para despejar el estorbo. Pero
los obreros, conscientes de la necesidad de mantener el flujo de carbón, no
observaban esa precaución.
En segundos, mientras Nim miraba, el obrero resbaló, se sostuvo agarrándose del
borde de la parrilla, resbaló otra vez, y cayó sobre la cinta transportadora. Nim vio
que el hombre abría la boca para gritar, pero con el ruido no se le oyó. Había caído
pesadamente; era evidente que estaba herido. La cinta ya lo llevaba hacia arriba,
cerca del punto donde la maquinaria que molía el carbón, ubicada en una estructura
que parecía una caja, le cortaría en pedazos.
No había nadie más a la vista. Nadie, salvo Nim, había visto cómo se producía el
accidente.
Solo tuvo tiempo para saltar hacia delante gritando:
—¡Que alguien pare la cinta!
Cuando Nim se abalanzó entre los dos, Thurston y Folger, que no sabían qué
ocurría, se dieron la vuelta. Captaron la escena en seguida, reaccionaron con rapidez
y corrieron tras Nim. Pero para cuando empezaron a correr, él ya se había adelantado
mucho.
En el punto más próximo a la pasarela, la cinta transportadora se movía a varios
palmos por encima y en curso ascendente. Era difícil subirse a ella. Nim confió en su
suerte y saltó. Cuando cayó torpemente sobre la cinta en movimiento, apoyado en
manos y pies, se lastimó la mano izquierda con el borde afilado de una piedra de
carbón. No hizo caso de la herida y trepó hacia adelante y arriba, sobre carbones
sueltos, en movimiento, acercándose al obrero que esta tendido, atontado, y se movía apenas, en un punto más alto de la cinta. El hombre estaba tan solo a un metro de la
maquinaria mortal que le esperaba, y cada vez se acercaba más.
Lo que siguió fue una secuencia de hechos tan rápidos que no sería posible
separarlos entre sí.
Nim llegó hasta el obrero y lo agarró, tratando de arrastrarlo hacia él. Por un
momento lo logró, luego oyó que una tela se rasgaba y sintió una resistencia. En
alguna parte, de alguna manera, la ropa del hombre se había enganchado en la cinta.
Nim tiró de nuevo, pero sin éxito. La ruidosa maquinaria estaba apenas a dos palmos
de distancia. Nim luchó con desesperación, sabiendo que era la última oportunidad.
En vano. El brazo derecho del obrero, que tenía extendido hacia delante, entró en la
maquinaria y se oyó un horrible crujir de huesos. La sangre saltó, mientras la cinta
continuaba moviéndose. Luego, sin poder creerlo, horrorizado, Nim comprendió que
su propia ropa se había enganchado. Era demasiado tarde para salvarse.
En ese momento la cinta se detuvo.
Después de una pausa ínfima, la cinta revirtió la marcha, llevó a Nim de regreso
al lugar donde había saltado, y se detuvo de nuevo.
Por debajo del transportador, Folger había corrido directamente a una caja de
control, donde golpeó con fuerza un botón rojo que decía «parada», y luego hizo que
la cinta retrocediera.
Se alzaron manos que ayudaron a Nim a volver a la pasarela. Se oyeron gritos, y
el ruido de pasos que corrían, al llegar más ayuda. Los recién llegados levantaron al
obrero semiinconsciente, que se quejaba y sangraba abundantemente. Abajo, en
alguna parte, se oyó un timbre de alarma. El superintendente Folger, arrodillado al
lado del obrero herido, se arrancó el cinturón de cuero y lo utilizó como torniquete.
Thurston Jones había abierto una caja de metal y daba órdenes por teléfono. Nim le
oyó decir:
—Consigan un médico y una ambulancia, ¡rápido!