El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 31 de 68

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El apagón

Capítulo 13

 

De todos modos, Nim se sentía hastiado. La perspectiva de otro testimonio, más las

inevitables repreguntas, le enojaba aún más.

La noche anterior había dormido solo a ratos, y cuando consiguió dormirse soñó

que estaba en algo parecido a una celda, sin puertas ni ventanas, con las cuatro

paredes cubiertas de paneles de interruptores; Nim trataba de mantener los

interruptores abiertos para que fluyera la corriente mientras a su alrededor Davey

Birdsong, Laura Bo Carmichael y Roderick Pritchett intentaban cerrarlos.

Nim quería gritarles, discutir y rogar, pero había perdido la voz. En su

desesperación trató de moverse más aprisa. Para desasirse de las seis manos con las

dos suyas, trató de golpear los interruptores con los pies. Pero las piernas se resistían;

parecían embutidas en cola y se movían con una lentitud exasperante. Impotente,

Nim comprendió que estaba perdiendo, que no podía mantenerse a la par de los otros,

y pronto los interruptores estarían todos cerrados. Entonces se despertó y no pudo

volver a dormirse. Ahora estaba nuevamente en el banquillo de los testigos y el

presidente le decía:

—Recuerdo al testigo que ya ha jurado…

Cuando se cumplieron los preliminares, Oscar O’Brien comenzó:

—Señor Goldman, ¿cuántas acciones de la «Golden State» posee?

—Ciento veinte.

—¿Su valor en plaza?

—A partir de esta mañana, dos mil ciento sesenta dólares.

—De modo que cualquier sugerencia de que usted personalmente va a ganar una

enorme suma de dinero con Tunipah es…

—Ridícula y ofensiva —Nim explotó antes de que la pregunta terminara. Le

había pedido personalmente a O’Brien que hiciera que eso constara en actas y

esperaba que la prensa lo recogiera, tal como había informado sobre la acusación de

aprovechamiento hecha por Birdsong. Pero Nim dudaba que lo hicieran.

—Exactamente —O’Brien pareció desconcertado ante la furia de Nim—. Ahora

volvamos a la impactante afirmación ecológica sobre Tunipah. En su testimonio la

señora Carmichael argumentó que…

La idea era contrarrestar el testimonio erróneo, excesivamente prejuicioso o

incompleto de los testigos de la oposición. Nim se preguntó, mientras respondía a las

preguntas de O’Brien, qué resultado podría obtener con eso. Llegó a la conclusión de

que probablemente ninguno.

O’Brien terminó en menos de media hora. Le siguieron Holyoak, el asesor de la

comisión, y Roderick Pritchett, ninguno de los cuales molestó a Nim, pues fueron

misericordiosamente breves.

Faltaba solo Davey Birdsong.

El líder de la lfpp se permitió un gesto característico de pasarse una mano entre la tupida barba moteada de gris, con los ojos puestos en Nim.

—Estas acciones suyas, Goldman, ha dicho que valían… —Birdsong consultó un

papelito— dos mil ciento sesenta dólares. ¿No?

—Sí —admitió Nim cautelosamente.

—Tal como lo dijo, y yo estaba aquí, escuchando, como otros, sonó como si esa

cantidad de dinero no significara nada para usted. «Simplemente» dos mil, pareció

que quería decir. Bien, supongo que para alguien como usted, acostumbrado a pensar

en millones y a pasear en helicóptero…

—¿Se trata de una pregunta, señor Birdsong? Si es así, concrétela —interrumpió

el comisionado.

—¡Sí, señor! —el hombre corpulento sonrió al estrado—. Solo que supongo que

este Goldman me exaspera, porque es un queso tan grande, o actúa como si lo fuera,

y no entiende lo que esa cantidad de dinero significa para la gente pobre…

El comisionado golpeó fuerte con el mazo.

—¡Prosiga de una vez!

Birdsong sonrió de nuevo, seguro de que por mucho que le reprendieran, las

posibilidades de que le hicieran callar eran extremadamente remotas. Se volvió otra

vez hacia Nim.

—Muy bien, ahí va la pregunta: ¿Se le ha ocurrido alguna vez que ese dinero,

«solo unos miles» como usted dice, significa una fortuna para mucha gente que

tendrá que pagar la factura de Tunipah?

—En primer lugar, no he dicho «solo unos miles», ni lo he sugerido —dijo Nim

—. Lo ha dicho usted. En segundo lugar, sí se me ha ocurrido, porque esa suma

también significa mucho para mí.

—Sí, significa tanto —dijo prontamente Birdsong— que quizá quisiera doblarla.

—Quizá. ¿Qué tiene de malo eso?

—Yo hago las preguntas —Birdsong sonrió con malicia—. ¿Así que admite que

le gustaría doblar su dinero, y que quizá lo haga si el proyecto Tunipah es aprobado?

—agitó una mano ligeramente—. No, no se moleste en contestar. Sacaremos nuestras

propias conclusiones.

La irritación de Nim era visible. Vio que O’Brien le miraba fijamente tratando de

transmitirle un mensaje: «¡Cuidado: Muéstrese cauteloso y tranquilo!»

—Usted dijo algo sobre ahorro —siguió Birdsong—. También tengo algunas

preguntas sobre eso.

Durante el segundo interrogatorio de O’Brien, éste se había referido brevemente

al ahorro. Eso le dio a la lfpp derecho a tratar el tema.

—¿Sabe, Goldman, que si las empresas grandes y ricas como la «Golden State»

gastaran más en fomentar el ahorro en vez de hacer robos multimillonarios como

Tunipah, en este país el consumo de electricidad se reduciría en un cuarenta por

ciento?

—No, no lo sé —replicó Nim—, porque calcular un ahorro del cuarenta por ciento por esa vía no es realista, y se trata de una cifra que usted probablemente ha

inventado, como la mayoría de sus otras acusaciones. Lo más que puede resultar del

ahorro, y ya se está obteniendo, es paliar en parte el crecimiento de la demanda y

darnos un poco de tiempo.

—¿Tiempo para qué?

—Tiempo para que la mayoría de la gente comprenda que se enfrenta con una

crisis energética que cambiará su vida, para peor, de una manera que jamás soñaron.

—¿Eso es realmente cierto? —se mofó Birdsong—. ¿O será que en realidad la

«Energía Dorada» no quiere fomentar el ahorro porque eso limita las ganancias?

—No, eso no es verdad, ni remotamente, y se necesita una mente torcida como la

suya para sugerirlo o creerlo —Nim sabía que le estaban tirando el anzuelo y que él

se lo estaba tragando, tal como quería Birdsong. Oscar O’Brien frunció el entrecejo;

Nim desvió la mirada.

—No haré caso de esa observación desagradable —dijo Birdsong—, y preguntaré

otra cosa. ¿No será que el verdadero motivo por el que ustedes no se empeñan en

desarrollar la energía solar y la del viento, que ya son operativas, es que ésas son

fuentes de energía baratas, y no obtendrían los grandes beneficios que esperan en

Tunipah?

—La respuesta es «no», aunque su pregunta sea una media verdad distorsionada.

La energía solar no se puede obtener en cantidades considerables, y no estará a punto

hasta fines del siglo, como muy pronto. El costo de producción de la energía solar es

extremadamente alto, mucho más que la electricidad con carbón de Tunipah; además,

quizá la solar sea la más contaminante de todas las fuentes de energía conocidas. En

cuanto al viento, hay que olvidarse de eso, salvo para usos secundarios y menores.

El comisionado se inclinó hacia delante por encima de Nim.

—¿Estoy equivocado, o ha dicho, señor Goldman, que la energía solar puede

contaminar?

—Sí, señor presidente —la información sorprendía a menudo a quienes no habían

estudiado la energía solar en todos sus aspectos—. Con la tecnología actual, una

planta de energía solar, con la misma producción que proponemos para Tunipah,

necesitaría ciento cincuenta kilómetros cuadrados de terreno solamente para instalar

los colectores. Serían, aproximadamente, setenta y cinco mil acres, un tamaño

equivalente al del lago Tahoe, contra los tres mil acres que necesita una planta

convencional, tal como la que proponemos nosotros. Y hay que recordar esto: la

tierra que se utilice para los colectores solares no podrá dedicarse a ningún otro uso.

Si eso no es polución…

Dejó la frase inconclusa mientras el comisionado asentía.

—Un punto interesante, señor Goldman. No creo que muchos de nosotros

hayamos pensado en eso.

Birdsong, que había esperado impaciente a que terminara el diálogo, volvió al

ataque.

—Usted nos dice, señor Goldman, que la energía solar no será aprovechable hasta

el siglo que viene. ¿Por qué hemos de creerle?

—No está obligado a hacerlo —Nim volvió a su tono anterior, poniendo bien en

evidencia el desprecio que sentía por Birdsong—. Puede creer o no creer lo que

quiera. Pero el consenso de las mejores opiniones técnicas, emitidas por expertos,

afirma que el uso de la energía solar en gran escala está a veinte años de distancia; y

aun entonces quizá no responda a lo que se espera. Por eso, mientras tanto, debe

haber plantas de carbón como Tunipah, y en muchos otros lugares además de

Tunipah, para salvar la crisis que se avecina.

—Así que hemos vuelto a esa falsa crisis, a esa crisis de mentirijillas —dijo

Birdsong, burlón.

—Cuando ocurra —le dijo Nim acalorado—, podrá releer sus palabras y

comérselas.

El comisionado hizo ademán de tomar el mazo para imponer orden, y luego

vaciló; quizá curioso por saber qué ocurría, dejó caer la mano. Birdsong enrojeció y

apretó la boca, enfadado.

—No seré yo quien coma palabras. ¡Será usted! —le escupió a Nim—. Se

ahogarán con palabras, usted y su pandilla capitalista de la «Golden State». ¡Palabras,

palabras, palabras! Palabras de estos debates, que los que nos oponemos a ustedes

haremos durar todo lo que podamos, y de otros debates como éstos. Después de eso,

más palabras aún, porque arrastraremos esta tontería de Tunipah por los tribunales, y

los ataremos de pies y manos con apelaciones, incidentes y cualquier otra obstrucción

posible. Luego, si eso no bastara, presentaremos nuevas objeciones, y el ciclo

comenzará de nuevo; y, si es necesario, seguiremos durante veinte años. El pueblo

terminará con los planes de enriquecimiento, ¡y el pueblo ganará! —el líder de la lfpp

se calló, respirando agitadamente, y luego agregó—: De modo que puede ser que la

energía solar llegue primero después de todo, señor Goldman. Porque deje que le diga

que no tendrá sus plantas de carbón. Ni Tunipah ni ninguna otra. Ni ahora ni nunca.

Cuando el comisionado vaciló otra vez, aparentemente fascinado con el duelo

verbal, estalló el aplauso en un sector de la sala. En ese mismo momento, Nim

explotó. Pegó con el puño con fuerza en el brazo del sillón de los testigos y se puso

de pie de un salto. Con los ojos encendidos, se enfrentó a Davey Birdsong.

—Puede ser que usted consiga evitar que se construyan esas plantas, Tunipah y

las otras, por los medios que menciona. Ocurrió con la nuclear; puede ocurrir de

nuevo con el carbón. Y si lo hace será porque este sistema de locos y de

autodestrucción le da poderes ilimitados a los egomaníacos y a los locos y charlatanes

como usted.

La sala de audiencias se quedó en silencio repentinamente. Nim fue levantando la

voz al continuar:

—Pero ahórrenos todas las estupideces mojigatas, Birdsong, acerca de que usted

representa al pueblo. No lo representa. Nosotros representamos al pueblo: a la gente común, decente, que vive normalmente, que confía en las compañías de energía como

la nuestra para dar luz y calor a sus hogares, y para mantener funcionando las

fábricas, y hacer el millón de cosas de las que usted privará al pueblo, si usted y los

de su especie, egoístas e imprevisores, se salen con la suya.

Nim se volvió hacia el estrado, dirigiéndose directamente al comisionado y al

juez administrativo.

—Lo que se necesita ahora en este estado, y en la mayoría de los otros, es un

compromiso inteligente. Compromiso entre los que quieren detener el progreso a

cualquier precio, como el «Club Sequoia» y Birdsong, y los que quieren el máximo

de adelanto y mandan al diablo el ambiente. Y bien, yo y la empresa para la que

trabajo admitimos la necesidad de un compromiso, y lo exigimos de nosotros mismos

y de los demás. Reconocemos que no existe una elección fácil y sencilla, y ésa es la

razón por la que buscamos un término medio, es decir, que haya algún progreso,

pero, por el amor de Dios, concédannos los medios, eléctricos, de obtenerlo.

Se volvió hacia Birdsong.

—Lo que ustedes conseguirán finalmente es hacer sufrir al pueblo. Sufrir

carencias de energía desesperantes, paro laboral masivo, y todas las cosas grandes y

pequeñas que no funcionan sin electricidad. Todo ello ocurrirá cuando se produzca la

crisis, una crisis no falsa sino real, una crisis que recorrerá toda Norteamérica y,

probablemente, muchos otros lugares del mundo —Nim le preguntó a la figura

enmudecida de sorpresa que tenía delante—: ¿Y dónde estará usted entonces,

Birdsong? Escondido, probablemente. Ocultándose del pueblo que habrá descubierto

quién es usted realmente: un tramposo e impostor que lo ha engañado.

Ya mientras hablaba, Nim comprendió que había ido demasiado lejos, que había

infringido las restricciones normales de los debates públicos, tanto como las que le

había impuesto la «CGS». Quizás hasta le hubiera dado motivos a Birdsong para un

juicio por calumnia. Pero algo le decía a Nim que lo que había dicho necesitaba ser

dicho, que la paciencia y moderación tienen límites, y que alguien tenía que hablar

claramente, sin miedo, aceptando las consecuencias. Siguió desahogándose:

—Usted declama sobre el cuarenta por ciento de ahorro, Birdsong. Eso no es

ahorro; es privación. Significaría todo un nuevo modo de vida, y seguro que mucho

peor. Y bien, hay quienes dicen que deberíamos tener un nivel de vida más bajo, que

vivimos demasiado bien y deberíamos privarnos de algo. Bueno, quizá sea así, quizá

no. Pero sea como sea, no son las compañías de energía como la «CGS» las que

deben tomar la decisión a favor del cambio. Nuestra responsabilidad es mantener el

nivel de vida que el pueblo, a través del gobierno que han elegido, nos dice que

quiere. Por eso seguiremos protegiendo esos niveles, Birdsong, hasta que recibamos

otra orden, un mandamiento oficial, no de mequetrefes orgullosos y autodesignados

como usted.

Cuando Nim se detuvo para respirar, el comisionado preguntó fríamente:

—¿Ha terminado, señor Goldman?

Nim se volvió para mirar al estrado.

—No, señor presidente, no he terminado. Ya que estoy de pie, querría decir un par

de cosas más.

—Señor presidente, si pudiera sugerir un descanso… —era Oscar O’Brien

tratando de que le prestaran atención.

—Tengo la intención de terminar, Oscar —dijo Nim con firmeza. Vio que en la

mesa de prensa todos escribían, y que el taquígrafo oficial tenía la cabeza gacha y los

dedos volando sobre el papel.

—Por el momento no habrá descanso —dijo el comisionado, y O’Brien se sentó

fastidiado, encogiéndose de hombros. Birdsong seguía de pie, silencioso, pero una

media sonrisa reemplazó ahora su expresión de sorpresa. Quizá pensaba que la salida

de Nim dañaba a la causa de la «CGS» y favorecía a la lfpp. Bueno, pensó Nim, fuera

cierto o no, había ido demasiado lejos para asustarse ahora. Se dirigió al comisionado

y al juez administrativo, que le miraban con curiosidad.

—Todo este teatro, señor presidente, y me refiero a este debate y otros similares,

es una broma inútil, un modo de perder tiempo y dinero. Es inútil porque se necesitan

años para hacer lo que debería hacerse en semanas, y a veces aún más, para nada. Es

un modo de perder tiempo, porque aquellos de nosotros que somos verdaderos

productores, no burócratas que se alimentan de papeles, podríamos dedicar las horas

interminables que nos exigen que pasemos aquí a las compañías en las que

trabajamos y a la sociedad en general, con más utilidad. Es espantosamente costoso

porque los contribuyentes y los usuarios, a quienes Birdsong pretende que representa,

aunque no sea así, se ven obligados a pagar millones por este falso sistema loco y

contraproducente, que parece sacado de una ópera cómica. Y es una broma porque

pretendemos que lo que hacemos aquí tiene razón y sentido, cuando todos los que

estamos a este lado sabemos muy bien que no los tiene.

La cara del comisionado adquirió un tono rojo subido. Esta vez tomó el mazo con

decisión y golpeó la mesa con él. Mirando enfurecido a Nim, manifestó:

—Eso es todo lo que voy a permitir sobre ese tema, pero cumplo con advertirle,

señor Goldman: me propongo leer la versión, con todo cuidado, para considerar la

acción a tomar —luego, a Birdsong con la misma frialdad—: ¿Ha terminado usted

con el turno de preguntas a este testigo?

—¡Sí, señor! —Birdsong sonrió ampliamente—. Si me lo pregunta, le diré que

acaba de meter la cabeza en el lazo.

El mazo cayó.

—No se lo he preguntado.

Oscar O’Brien estaba nuevamente de pie. Impaciente, el comisionado le hizo un

gesto para que se sentara y declaró:

—Este debate queda aplazado.

Mientras la sala se vaciaba, se oyó el zumbido de conversaciones excitadas. Nim no

participó. Había mirado a O’Brien, que metía papeles en un portafolios; pero el

abogado movió la cabeza —en un gesto que combinaba incredulidad con tristeza— y

un instante después salió solo.

Davey Birdsong se unió a un grupo de adictos que le felicitaron ruidosamente, y

todos salieron riendo.

Laura Bo Carmichael, Roderick Pritchett y otros del «Club Sequoia» miraron a

Nim con curiosidad, pero no hicieron ningún comentario mientras salían.

La mesa de prensa se vació rápidamente; solo quedó Nancy Molineaux, que

parecía revisar sus notas y hacer algunas anotaciones más. Cuando Nim pasó, levantó

la cabeza. Dijo suavemente:

—¡Vaya, vaya! ¡Qué manera de crucificarse!

—Sí lo he hecho —le dijo él—, estoy seguro de que usted sabrá aprovecharlo a

fondo.

Ella movió la cabeza y sonrió indolente.

—No tengo que aprovechar nada, hombre. Se ha liado usted solo. ¡Hombre,

hombre! Espere a ver los periódicos de mañana.

Él no contestó y dejó a la señorita Molineaux, que seguía con sus notas, sin duda

buscando las citas más duras para destruirle. Nim estaba seguro de que aquella perra

trabajaría en su artículo como para presentarle lo peor posible, y hasta disfrutaría

más, pensó, que con su informe sobre el helicóptero en Devil’s Gate.

Una sensación de soledad se apoderó de él cuando abandonó la sala.

Afuera, le sorprendió ver que le esperaban varios reporteros de la televisión.

Había olvidado la rapidez con que los medios de comunicación visuales pueden

llegar en instantes para cubrir una noticia importante.

—Señor Goldman —gritó uno de los hombres de la televisión—, nos han contado

que ha dicho algunas cosas ahí dentro. ¿Las repetiría para que salgan al aire esta

noche?

Nim vaciló un segundo. No necesitaba hacerlo. Luego decidió que ya estaba

metido en un problema tal que nada que se dijera o hiciese podría empeorar las cosas.

¿Por qué demonios no hablar entonces?

—De acuerdo —respondió—, la cosa fue así —y comenzó a hablar enérgica y

acaloradamente una vez más, mientras las cámaras funcionaban.