El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 41 de 68

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El apagón

Capítulo 9

 

En su despacho revestido de caoba en la sede del «Club Sequoia», en Cable Hill, la

presidente Laura Bo Carmichael vaciló, sin decidirse a apoyar la pluma sobre el

cheque que tenía delante. Era por veinticinco mil dólares.

El cheque era contra la cuenta especial de proyectos del Club. Estaba a nombre de

«Luz y Fuerza para el Pueblo».

Sería la segunda cuenta de la suma de cincuenta mil dólares prometida cinco

meses atrás a la organización de Davey Birdsong. Había hecho el primer pago

inmediatamente después de llegarse a un acuerdo confidencial entre el «Club

Sequoia» y la lfpp. Ahora venía el segundo pago.

En el cheque ya estaba la firma del gerente-secretario del «Club Sequoia», una

línea más abajo de donde debía firmar la presidente. Laura Bo Carmichael podía

hacer cobrable el cheque con un garabato (su firma era ilegible). Sin embargo,

vacilaba.

Desde que decidieron aliarse con la lfpp, le invadieron dudas que aún persistían.

Las dudas aumentaron durante los debates sobre Tunipah, en los que la conducta

de Davey Birdsong le había parecido abominable. Todo en el espíritu de Laura Bo se

rebelaba contra esas tácticas baratas, mezquinas, su exhibición payasesca ante el

auditorio; una cínica apelación a los niveles más bajos de la inteligencia.

Ahora se preguntaba nuevamente si se había equivocado al decidir la alianza con

su voto, y así facilitarle el dinero. ¿Se habría rebajado y deshonrado el respetado

«Club Sequoia» con una asociación de la que Laura Bo, como presidente, sería

considerada responsable si la verdad llegaba a conocerse, como era muy posible que

sucediera?

¿Después de todo, no hubiera debido acompañar a Priscilla Quinn, que no había

vacilado en exponer su opinión sobre Birdsong? Laura Bo recordaba claramente y

con inquietud las palabras de Priscilla: «Todo en mí está en contra de confiar en él…

tengo principios, algo de lo que ese hombre desagradable parece carecer.» Y luego:

«Creo que todos ustedes lamentarán este voto. Deseo que mi desacuerdo figure en el

acta.»

Laura Bo Carmichael ya lamentaba su voto.

Dejó la pluma sin haber firmado el cheque y tomó un microteléfono

intercomunicador. Cuando el gerente-secretario contestó, le preguntó:

—Roderick, ¿podría venir un momento, por favor? Se me ha ocurrido —le dijo

minutos después—, que podríamos reconsiderar este segundo pago. Si el primero fue

un error, al menos no lo agravemos.

Pritchett, tan pulido y acicalado como siempre, pareció sorprendido. Se quitó las

gafas y repasó los cristales con el pañuelo, antigua táctica para ganar tiempo.

—¿Ha pensado, señora presidente —dijo volviendo aponerse las gafas—, que si

retenemos esos fondos violaremos un pacto celebrado honorablemente, y cumplido hasta ahora, por la otra parte?

—Pero ¿ha sido cumplido? ¿Qué hemos recibido por los primeros veinticinco

mil? ¿Las payasadas de Birdsong durante los debates de Tunipah?

—Yo diría —Pritchett eligió las palabras cuidadosamente—, que Birdsong ha

hecho algo más que payasadas. Sus tácticas, si bien groseras —por supuesto mucho

más groseras de las que nosotros utilizaríamos—, han sido astutas. Por ahora ha

conseguido que todos los medios informativos se ocupen de la oposición a Tunipah,

mientras que los argumentos de la «Golden State» han recibido solo una atención

mínima. También logró demoler a su testigo clave, Goldman, provocándole primero y

luego haciéndose a un lado mientras Goldman se ganaba la hostilidad de todos,

incluso la de su propia compañía.

—Lo sentí por él —dijo Laura Bo—. Conozco a Nim Goldman desde hace

mucho tiempo y, si bien puede estar equivocado, es honesto y sincero. No merecía lo

que le ocurrió.

—En estas contiendas —dijo Pritchett, con seriedad— se corre el riesgo de

perjudicar a algunos de los involucrados y sus reputaciones. Lo importante, desde el

punto de vista del «Club Sequoia», es ganar. En lo que se refiere a Tunipah, creo que

ganaremos.

—Pero yo jamás he sido partidaria —respondió Laura Bo— de ganar a toda

costa. Ya oí ese argumento hace muchos años. Hasta el día de mi muerte lamentaré

no haberme opuesto.

El gerente-secretario tuvo ganas de suspirar, pero se contuvo. Y a había topado

muchas veces con el sentimiento de culpabilidad por Hiroshima-Nagasaki en la

señora Carmichael, y había aprendido a arreglárselas. Dando marcha atrás ágilmente,

le aseguró:

—Ha sido una elección desafortunada de palabras. Debí haber dicho que el pacto

con Birdsong ayudará a lograr nuestros objetivos, que, como ambos sabemos, son

admirables.

—Pero ¿adónde va todo ese dinero?

—En parte a Birdsong, claro. Después de todo, dedica muchas horas: concurre a

todos los debates, interroga testigos al tiempo que se mantiene él y mantiene a los

opositores de Tunipah en las noticias. Además, tiene partidarios. Ha conseguido

llenar siempre la sala; con eso solo da una impresión de oposición fuerte y

espontánea a Tunipah.

—¿Sugiere que no es espontánea? ¿Que Birdsong paga a esa gente para que

vaya?

—No a todos —Pritchett eligió sus palabras con cuidado; sabía cómo se estaban

haciendo las cosas porque había hablado con Birdsong, pero no tenía ganas de dar

detalles—. Digamos que algunas de esas personas incurren en gastos; tienen que

faltar a su trabajo y otras cosas. Además, algunos de ellos, u otros que reclutó

Birdsong, organizaron manifestaciones durante la asamblea anual de la «Golden State». Recuerde que nos contó esos planes cuando nos reunimos.

 

Laura Bo Carmichael demostró disgusto.

—¡Manifestantes a sueldo! ¡Una interrupción pagada de la asamblea anual! Todo

con nuestro dinero. No me gusta nada en absoluto.

—Permítame recordarle algo, señora Carmichael —le reconvino Pritchett—:

entramos en este acuerdo con los ojos abiertos. Cuando nos reunimos el señor Irwing

Saunders, la señora Quinn, usted y yo, sabíamos que los métodos del señor Birdsong

eran… bueno, poco ortodoxos comparados con los nuestros. Hace unos días revisé

mis notas de esa reunión de agosto, y en ellas se dice que aceptábamos que «era

mejor ignorar ciertas cosas». Digamos de paso que ésas fueron las palabras mismas

que usó el señor Saunders.

—Pero ¿en ese momento estaba Irwing al tanto de los métodos de Birdsong?

—Pienso —dijo Pritchett secamente— que como abogado experimentado tendría

sobre eso una idea bastante aproximada.

Muy acertado. Como bien sabían amigos y enemigos, Irwing Saunders era un

luchador violento en los tribunales y no se destacaba por sutilezas éticas. De todos

ellos, quizás era el que mejor habría previsto cómo trabajaría Birdsong.

El gerente-secretario, aunque no se lo mencionó a Laura Bo, estaba preocupado

además por otra cosa que se refería al abogado Saunders. Roderick Pritchett estaba a

punto de retirarse. Saunders era el influyente presidente del comité de finanzas del

«Club Sequoia», que decidiría cuál sería el monto de la pensión que recibiría

Pritchett.

Las pensiones del club para el personal que se jubilaba no eran automáticas ni

tenían un monto prefijado; se basaban en los años de servicio y la opinión que tenía el

club de la actuación de cada individuo. Roderick Pritchett, sabedor de que había

tenido críticos a lo largo de los años, deseaba especialmente impresionar bien a

Saunders en estos últimos meses, y los debates de Tunipah y Davey Birdsong podían

ser factores cruciales. Por lo tanto, le dijo a Laura Bo:

—El señor Saunders está encantado con la actuación de Birdsong a la hora de

oponerse a Tunipah. Me llamó por teléfono para decírmelo y me recordó que

Birdsong prometió mantener «un acoso continuo sobre la “Golden State” en un

amplio frente.» La lfpp ha cumplido. Otro punto sobre el cual estuvo de acuerdo fue

el de la no violencia; quizá recuerde que yo mismo lo planteé específicamente.

Birdsong también cumplió su promesa en eso.

Laura Bo preguntó:

—¿Sabe algo de Priscilla Quinn?

—No —Roderick Pritchett sonrió—. Pero está claro que la señora Quinn se

sentiría encantada, casi triunfante, si usted se echara atrás ahora y se negara a hacer el

segundo pago. Supongo que andaría diciéndole a todo el mundo que ella estaba en lo cierto y usted equivocada.

Fue una estocada hábil. Ambos lo sabían.

Si a estas alturas se revocara la decisión original, se recordaría que el voto de

Laura Bo Carmichael había decidido la cuestión; por lo tanto, ella se encontraría en

una situación molesta, sobre todo porque implicaría admitir que se habían gastado

imprudentemente veinticinco mil dólares del dinero del club. Y la lengua cáustica de

Priscilla Quinn lo aprovecharía al máximo.

Mujer versus mujer. Pese a todo su desprecio por la femineidad y su

determinación de no permitir que el sexo influyera sobre sus decisiones, al final fue el

orgullo femenino de Laura Bo el que la hizo decidirse.

Tomó la pluma, garabateó una firma en el cheque para la lfpp y se lo entregó a

Roderick Pritchett sonriente.

Ese mismo día el cheque fue enviado a Birdsong por correo.