El apagón
Capítulo 12
—En primer lugar —dijo Laura Bo Carmichael cuando hubieron pedido un
«Martini» para ella y un «Bloody Mary» para Nim Goldman— quiero decirte cuánto
siento lo de tu gerente, el señor Fenton. No le conocía; pero lo que ocurrió es una
vergüenza y una tragedia. Espero que encuentren a los responsables y que tengan su
castigo.
La presidente del «Club Sequoia» era una mujer delgada y esbelta, entrada en los
sesenta, con un carácter normalmente vivaz y alerta, y de mirada penetrante. Se vestía
con severidad, llevaba zapatos de tacón bajo y llevaba el pelo muy corto, como para
exorcizar su femineidad. Nim lo atribuía a que, quizá por ser una de las primeras
científicas nucleares, Laura Bo Carmichael había competido en un campo en el que,
en ese tiempo, dominaban los hombres.
Estaban en el elegante Salón Squire del «Fairhill Hotel», donde se habían citado
para almorzar a sugerencia de Nim. Era una semana y media después de lo que él
había planeado, pero el alboroto que siguió al episodio de los sobres explosivos en la
«CGS» le había tenido ocupado. Medidas de seguridad complejas, en cuyo
planeamiento Nim había participado, ya estaban en vigor en el gigantesco edificio
principal de la empresa. También le había llegado más trabajo, el estudio de la
urgente necesidad del aumento de tarifas que ahora estaba sometido a la
consideración de la Comisión de Servicios Públicos.
Siguiendo las palabras de Laura Bo Carmichael sobre Fraser Fenton, Nim
admitió:
—Nos conmovió a todos, sobre todo después de los muertos en La Mission.
Supongo que ahora todos andamos con miedo.
Y era cierto, pensó. Los ejecutivos más importantes de la compañía, de gerente
para abajo, insistían en exhibirse poco. No querían figurar en las noticias, para no
exponerse a la atención de los terroristas. J. Eric Humphrey había dado orden que ya
no utilizaran su nombre en los anuncios de la compañía o en las informaciones a los
periódicos; y tampoco atendía a los requerimientos de los periodistas; salvo, a veces,
para reuniones extraoficiales. Habían suprimido su domicilio particular de todos los
registros de la compañía y ahora era un secreto reservado, dentro de lo posible. La
mayoría de los altos ejecutivos ya tenían números de teléfono que no figuraban en la
guía. El presidente y los directores tendrían guardaespaldas en toda ocasión que
pudieran ofrecer blanco, incluso jugando al golf el fin de semana.
Nim sería la excepción.
Su auxiliar, como aclaró el presidente, seguiría siendo el portavoz de la «CGS»; y,
de ser posible, las apariciones en público de Nim serían más frecuentes. Eso, pensó
Nim sombríamente, le colocaba en primera posición en la línea de fuego. O, más
precisamente, en la línea de las bombas.
Silenciosamente, el presidente había aumentado el sueldo de Nim. Plus de peligrosidad en el trabajo, pensó Nim, aunque el aumento venía con retraso.
—Aunque Fraser era nuestro gerente —le explicó a Laura Bo—, no era el
funcionario ejecutivo principal, y en cierto modo no estaba en el centro de decisión.
Solo le faltaban cinco meses para retirarse.
—Eso es lo más triste. ¿Y los otros?
—Uno de los heridos ha muerto esta mañana. Una secretaria —Nim la había
conocido poco. Pertenecía a la tesorería y estaba autorizada para abrir toda la
correspondencia, incluso la marcada como «privada y confidencial». El privilegio le
había costado la vida y salvado la de su jefe, Sharlett Underhill, a quien iba dirigido
el sobre. Dos de las cinco bombas que explotaron hirieron a varias personas que
estaban cerca; un empleado de la tesorería, de dieciocho años, perdió las dos manos.
Un camarero trajo las bebidas y Laura Bo le explicó:
—Cuentas separadas. Lo mismo para el almuerzo.
—No te preocupes —dijo Nim con humor—, no voy a sobornarte a costa de mi
compañía.
—No podrías aunque lo intensaras. De todos modos, por principio no acepto nada
de nadie que pudiera ejercer influencia sobre el «Club Sequoia».
—Cualquier influencia que intente ejercer será a la vista de todos. Simplemente
he pensado que almorzando conversaríamos mejor.
—Estoy a tu disposición en cualquier momento, Nim, y es un placer almorzar
contigo. Pero insisto en pagar mi parte.
Se habían conocido años atrás, cuando Nim estaba en el último año en Stanford y
Laura Bo era profesora visitante. Ella había quedado impresionada por la sutileza de
sus preguntas, y él, por su franqueza cuando se dirigía a ellos. Se habían mantenido
en contacto, y aunque a veces se encontraban en campos opuestos, se respetaban
mutuamente y seguían siendo amigos.
Nim tomó un trago de su «Bloody Mary».
—En general, el tema es Tunipah. Pero también nuestros proyectos para Delvil’s
Gate y Fincastle.
—Me imaginaba algo así. Ahorraremos tiempo si te digo que el «Club Sequoia»
se propone oponerse a todos.
Nim asintió. La afirmación no le había sorprendido. Pensó un momento y luego
eligió las palabras cuidadosamente.
—Laura, me gustaría que no tuvieras en cuenta solamente a la «Golden State», al
«Club Sequoia» e incluso el factor ecológico, sino un espectro mucho más amplio. Lo
podrías llamar «valores civilizados básicos» o «la vida que llevamos», o quizá, más
exactamente, «expectativas mínimas».
—En realidad pienso bastante en esas cosas.
—La mayoría de nosotros lo hace, pero en los últimos tiempos no lo bastante… ni
de manera realista. Porque todo lo que queda bajo esas etiquetas está en peligro. No
solo en parte, no unos pocos pedazos y trozos de la vida tal como la entendemos, sino toda ella. Todo nuestro sistema de vida corre peligro de desmoronarse, de destruirse.
—Ese argumento no es nuevo, Nim. Generalmente lo oigo en frases como ésta:
«Si la presente solicitud de permiso… para construir esto o aquello, que puede
contaminar, exactamente donde y como lo queremos…, no es aprobada mañana a
más tardar, el desastre sobrevendrá rápida e inevitablemente.»
Nim sacudió la cabeza.
—Estás jugando a la dialéctica conmigo, Laura. Es cierto que algunas veces se
afirma o se sugiere lo que acabas de decir. Nosotros mismos, en la «Golden State»
hemos incurrido en ese error. Pero lo que digo ahora es más general… y no es mera
pose, sino la realidad misma.
El camarero reapareció y presentó dos menús afiligranados, con un gesto
ceremonioso. Laura Bo no prestó atención al suyo.
—Un aguacate y una ensalada de toronja con un vaso de leche descremada.
—Lo mismo para mí —dijo Nim devolviendo el suyo.
El camarero se alejó, evidentemente desilusionado.
—Lo que muy pocos parecen poder comprender —continuó Nim— es el efecto
integral cuando, como ha ocurrido, se suman a las alteraciones de los recursos
naturales las calamidades —las naturales y las políticas— virtualmente casi al mismo
tiempo.
—Yo también leo las noticias —sonrió Laura Bo—. ¿Será que he pasado algo por
alto?
—Probablemente no. Pero, ¿has hecho la suma?
—Creo que sí. Pero dame tu versión.
—Muy bien. Primero, Norteamérica se está quedando casi sin gas natural. Todo
lo que queda es una reserva para siete u ocho años; y, aún si se encuentran nuevos
yacimientos, lo mejor que podremos hacer es seguir proveyendo a los usuarios
actuales. No hay lugar para nuevos clientes, ni ahora ni más adelante. De modo que
en lo que respecta a una utilización en gran escala, ilimitada, estamos llegando al
final, salvo que se recurra a la gasificación de nuestras reservas de carbón, y la
estupidez de Washington hace progresar ese proyecto a paso de tortuga. ¿Estás de
acuerdo?
—Desde luego. Y la razón por la que nos estamos quedando sin gas natural es que
las grandes empresas de servicios públicos, la tuya y otras, antepusieron los intereses
propios a los de la conservación de un recurso natural, y desperdiciaron así una fuente
que hubiera durado medio siglo más.
—No hicimos más que satisfacer las exigencias del público —dijo Nim, con una
mueca—, pero no importa. Hablo de hechos actuales, y el uso que se hizo del gas
natural pertenece ya a la historia. No se puede dar marcha atrás —con los dedos
marcó un segundo punto—. En cuanto al petróleo: todavía hay fuentes importantes
sin explotar; pero, por la manera que se está tragando petróleo, puede ser que a
finales del siglo —que no está tan lejos— el mundo esté rascando el fondo de los pozos. Por otra parte, todas las naciones industrializadas del mundo libre dependen
cada vez más del petróleo importado, lo que nos deja expuestos a que cualquier día
de éstos los árabes nos quieran dar otro puntapié, con el chantaje político y
económico consiguiente.
Se detuvo, y luego agregó:
—Es cierto que deberíamos estar licuando carbón, como hicieron los alemanes
durante la Segunda Guerra Mundial. Pero en Washington, los políticos obtienen más
votos con los programas de televisión en los que denigran a las compañías
petrolíferas.
—Tus palabras tienen cierto poder de persuasión, Nim. ¿Has pensado alguna vez
en presentar tu candidatura para un cargo político?
—¿Debería intentarlo en el «Club Sequoia»?
—Quizá no.
—Muy bien —dijo él—. Con eso liquidamos el gas natural y el petróleo. Ahora
consideremos la energía nuclear.
—¿Es necesario?
Se detuvo, mirándola con curiosidad. Ante la mención de la palabra «nuclear», la
expresión de Laura Bo se había endurecido. Siempre ocurría así. En California y en
todas partes se mostraba enemiga a muerte de las plantas de energía nuclear, y sus
opiniones eran escuchadas con respeto por su participación en el Proyecto Manhattan
de la Segunda Guerra Mundial, que produjo las primeras bombas atómicas.
—Esa palabra es todavía como un puñal que tuvieras clavado en el corazón, ¿no?
—dijo Nim, sin mirarla.
Había llegado el almuerzo, y ella esperó a que el camarero se retirase para
contestar.
—Supongo que a estas alturas ya sabes que todavía veo el hongo en el cielo.
—Sí —dijo él cariñosamente—. Lo sé, y creo comprenderlo.
—Lo dudo. Eras tan joven que no puedes recordarlo. No estuviste involucrado en
el proyecto como yo.
Aunque controlaba sus palabras, por debajo de ellas bullía una agonía de años.
Laura Bo había sido una joven científica que se incorporó al proyecto de la bomba
atómica, en los seis meses anteriores a Hiroshima. Entonces deseaba
desesperadamente entrar en la historia; pero, después de la primera bomba —su
nombre de código: «El Chiquito»— quedó horrorizada y desequilibrada. Lo que la
hacía salir más culpable, sin embargo, era no haberse opuesto, después de Hiroshima,
a la segunda bomba. Nombre de código: «El Gordo», que se arrojó sobre Nagasaki.
Es cierto que solo transcurrieron tres días entre las dos. También es cierto que
cualquier protesta suya no hubiera logrado detener la bomba de Nagasaki ni salvar a
las ochenta mil personas que murieron o que quedaron mutiladas allí, simplemente,
como creían muchos, para satisfacer una curiosidad militar y científica.
Pero no había protestado ante nadie, de modo que su sentimiento de culpa no disminuía.
Estaba pensando en voz alta cuando dijo:
—La segunda bomba no era necesaria, ¿sabes? Era totalmente innecesaria. Los
japoneses iban a rendirse después de Hiroshima. Pero «El Gordo» respondía a un
plan diferente al de «El Chiquito»; los creadores querían probarla para saber si
funcionaba. Funcionó.
—Todo eso pasó hace mucho tiempo —dijo Nim—. Y yo pregunto: ¿Debemos
tener en cuenta lo que pasó entonces para decidir sobre la construcción de plantas
nucleares hoy?
—Para mí las dos cosas son inseparables —dijo Laura Bo en tono terminante.
Nim se encogió de hombros. Sospechaba que la presidente del «Club Sequoia» no
era la única propagandista antinuclear que expiaba una culpa personal o colectiva.
Pero que fuera así o no, ahora significaba poco.
—En cierta manera, tú y tu gente habéis ganado la batalla nuclear —declaró él—.
Habéis ganado porque habéis impuesto un punto muerto, y no por lógica ni porque os
apoyara la mayoría, sino utilizando artimañas legales y retrasos. En todo caso,
algunas de las restricciones que impusisteis resultaron buenas, las necesitábamos.
Otras son absurdas. Pero, mientras tanto, con todo eso hicisteis tan alto el precio de
las plantas nucleares y tan incierta la posibilidad de cualquier proyecto nuclear, que la
mayoría de las empresas sencillamente ya no pueden comprometerse a emprenderlos.
No pueden correr el riesgo de esperar de cinco a seis años y gastar decenas de
millones en preliminares, para terminar en una negativa.
Nim hizo una pausa; luego añadió:
—Por eso en cada tramo de nuestros proyectos necesitamos una escotilla de
escape, una alternativa clara para seguir. Esta vez es el carbón.
Laura Bo Carmichael picoteó la ensalada.
—El carbón y la contaminación ambiental van de la mano —dijo—. Cualquier
planta que queme carbón debe ser ubicada con gran cuidado.
—Razón por la que elegimos Tunipah.
—Por razones ecológicas es una mala elección.
—¿Puedes decirme por qué razones?
—Ciertas especies de plantas y de vida natural no se encuentran casi en ninguna
otra zona, aparte de Tunipah. El proyecto las pondría en peligro.
—¿Una de las especies vegetales en peligro es la hierba piojera «Furbish»? —
preguntó Nim.
—Sí.
Él suspiró. A la «CGS» ya le habían llegado rumores acerca de la hierba piojera
«Furbish», una hierba becerra silvestre. La flor era rara, y en un tiempo se la creyó
desaparecida, pero últimamente se habían descubierto nuevos ejemplares; uno
hallado en Maine había servido para que los ecólogos paralizaran un proyecto
hidroeléctrico de seiscientos millones de dólares ya en plena construcción.
—Tú sabes, claro —dijo Nim—, que los botánicos admiten que la hierba piojera
«Furbish» no tiene ningún valor ecológico, y ni siquiera es bonita.
Laura Bo sonrió:
—Quizás encontremos un botánico que sostenga la opinión contraria en las
audiencias públicas. Además está el otro habitante de Tunipah que hay que
considerar: el microdipodopo.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó Nim.
—A veces se le conoce como ratón canguro.
—¡Dios mío! —antes del encuentro Nim se había propuesto mantenerse
tranquilo, pero su decisión se debilitaba—. ¿Permitirías que un ratón, o muchos
ratones, detuvieran un proyecto que beneficiará a millones de personas?
—Supongo —dijo Laura Bo con calma— que esos beneficios relativos del
proyecto los discutiremos durante los próximos meses.
—¡Vaya si tienes razón! Y supongo que tendrás las mismas objeciones para la
planta geotérmica de Fincastle y el depósito de Devil’s Gate, aunque los dos tipos de
operación están entre las más limpias que conozcan el hombre o la naturaleza.
—Realmente, Nim, no puedes esperar que te revele todas las razones por las que
nos oponemos. Pero te aseguro que tendremos argumentos persuasivos para ambas.
Impetuosamente, Nim le pidió a un camarero que pasaba:
—¡Otro «Bloody Mary»!
Señaló la copa vacía de Laura Bo, pero ella movió la cabeza.
—Permíteme preguntar algo —Nim mantuvo la voz bajo control, fastidiado por
haber mostrado su enfado un momento antes—. ¿Dónde ubicarías tú esas plantas?
—Realmente no es problema mío. Es cosa tuya.
—Pero ¿no es cierto que te opondrías, o más bien el «Club Sequoia», a cualquier
ubicación que propusiéramos, fuera cual fuese?
Laura Bo no contestó, aunque apretó los labios.
—Hay otro factor que he omitido mencionar —dijo Nim—. El tiempo. Los
esquemas climáticos están cambiando en todo el mundo, empeorando las perspectivas
energéticas, especialmente la eléctrica. Los meteorólogos dicen que nos esperan
veinte años de temperaturas más frías y de sequías regionales. Ya hemos visto los
efectos a mediados de la década del setenta.
Entre los dos se hizo el silencio, acentuado por los ruidos del restaurante y el
murmullo de voces que llegaba de otras mesas. Luego, Laura Bo Carmichael dijo:
—Que esto quede claro. ¿Exactamente, por qué me invitaste aquí hoy?
—Para pediros a ti y al «Club Sequoia» que considerarais el panorama general y,
en consecuencia, moderarais la oposición.
—¿Has pensado que tus ojos y los míos ven dos panoramas generales diferentes?
—Si es así, no debería serlo —dijo Nim—; vivimos en el mismo mundo —e
insistió—: Volvamos al principio. Si nosotros, la «Golden State», nos vemos
detenidos en todo, el resultado en diez años o menos no podrá sino ser catastrófico. Apagones diarios y largos serán normales. Eso significa una industria destartalada y
paro masivo, de hasta un cincuenta por ciento quizá. Las ciudades serán un caos.
Poca gente se da cuenta de cómo dependemos de la electricidad; pero lo sabrán
cuando la energía eléctrica les falte en serio. En el campo se perderán las cosechas
por falta de riego, y eso tendrá como consecuencia la escasez de alimentos y una
escalada en los precios. Te digo que la gente no sabrá cómo vivir; tendrán hambre; el
impacto sobre América será mayor que el de la Guerra Civil. La depresión de los
años treinta parecerá una juerga. No se trata de imaginación, Laura. Nada de todo
esto. Son hechos concretos, reales. ¿Es que a ninguno de vosotros les importa?
Nim empezó a beber el «Bloody Mary» que le habían traído mientras hablaba.
—Está bien —dijo Laura Bo; su voz era más dura, menos amistosa, que cuando
empezaron—. He escuchado todo lo que tenías que decir. Ahora me toca a mí; y
escúchame con atención —apartó el plato, en el que quedaba la mitad de la ensalada
—. Todo lo que tú piensas, Nim, y lo que piensan otros como tú, es a corto plazo. Los
ecólogos, incluyendo el «Club Sequoia», razonan a largo plazo. Y lo que nos hemos
propuesto detener, por cualquier medio, son tres siglos de destrucción de esta tierra.
—De alguna manera ya lo han logrado —protestó él.
—¡Tonterías! Apenas hemos comenzado, e incluso lo poco que hemos logrado se
perderá si nos dejamos seducir por las voces de las necesidades inmediatas. Voces
como la tuya.
—Todo lo que pido es moderación.
—Lo que tú llamas moderación, yo lo veo como un paso atrás. Y darlo no nos
conservará un mundo habitable.
Sin preocuparse ya de ocultar sus sentimientos, Nim dijo despectivamente:
—¿Y hasta qué punto te parece habitable un mundo tal como te lo acabo de
describir, con cada vez menos energía eléctrica?
—Quizá nos sorprendiera a todos que resulte mejor de lo que piensas —contestó
Laura Bo con calma—. Y lo que es más importante aún; estaríamos haciendo avanzar
la civilización, como es nuestro deber, hacia menos derroche, menos opulencia,
mucha menos avidez, y un nivel de vida menos materialista, lo que sería muy bueno
para todos nosotros.
Hizo una pausa como si quisiera sopesar sus palabras, y luego continuó:
—Hemos vivido tanto tiempo con la idea de que la expansión es algo bueno, que
lo más grande es lo mejor, que la gente ha llegado a creer que es cierto. Y ahora
adoran al «producto nacional bruto» y al «empleo total», sin ver que ambos nos
sofocan y envenenan. En lo que en un tiempo fue la «hermosa América» hemos
creado un erial de cemento feo y sucio, que echa cenizas y ácidos a lo que solía ser
aire puro, destruyendo al mismo tiempo la vida natural: humana, animal y vegetal.
Hemos convertido ríos radiantes en cloacas inmundas, lagos gloriosos en vertederos
de basura; ahora, junto con el resto del mundo, estamos arruinando los mares con
productos químicos y petróleo. Todo ocurre poco a poco. Luego, cuando se señala el desastre, la gente como vosotros exige «moderación», porque tal como decís: «Esta
vez no vamos a matar tantos peces», «No envenenaremos demasiadas plantas» o
«Solo destruiremos un poquito más de belleza.» Y bien, muchos de nosotros lo
hemos visto ocurrir durante demasiado tiempo con demasiada frecuencia como para
tragarnos esa patraña una vez más. De modo que nos hemos decidido a salvar algo de
lo que queda. Porque creemos que en este mundo hay cosas más importantes que el
producto nacional bruto y el empleo total, y una de ellas es la preservación de algo de
limpieza y belleza; y otra, la conservación de una parte de los recursos naturales para
las generaciones que aún no han nacido, en vez de despilfarrarlo todo aquí y ahora. Y
por eso el «Club Sequoia» se opondrá a Tunipah y al depósito en Devil’s Gate, y a la
planta general de Fincastle. Y te diré algo más: creo que ganaremos.
—Estoy de acuerdo con parte de lo que dices —aceptó Nim—. Sabes que es así
porque ya hemos hablado de eso antes. Pero tu error es pisotear toda opinión que
difiera de la tuya. Laura… formas parte de un grupito que sabe lo que les conviene a
los demás, o cree que lo sabe, y que está dispuesto a pasar por alto todo lo que es útil
y a condenarnos a todos los demás mientras se salga con la suya, como un grupo de
niños malcriados. Al final, quizá nos destruyáis a todos.
Laura Bo Carmichael dijo fríamente:
—No creo que tengamos nada más que decirnos —llamó al camarero—. Por
favor, traiga nuestras cuentas separadas.