El apagón
Capítulo 11
Georgos Winslow Archambault (Yale, curso del 72) escribió en un diario con un resto
de lápiz:
Ayer, una incursión con éxito contra las fuerzas de opresión fascista-capitalistas.
Un líder enemigo, Fenton, director de Pis y Saliva «Golden State», ha muerto. ¡En buena hora!
En el honroso nombre de los «Amigos de la Libertad», el bastión central de los despiadados explotadores de los recursos energéticos del pueblo fue atacado con éxito. De diez armas de los «Amigos de la Libertad» dirigidas contra el objetivo, cinco dieron en el blanco. ¡Bastante bien!
Quizás el número real de blancos haya sido mayor, ya que la prensa amordazada por la clase gobernante minimizó, como de costumbre, esta importante victoria del pueblo.
Georgos colocó de nuevo el lápiz entre los dedos. Aunque era incómodo,
invariablemente escribía con un pedacito de lápiz, porque una vez había leído que
Mohandas K. Gandhi lo hacía, porque consideraba que descartar un lápiz usado
denigraba la humilde labor que lo había creado.
Gandhi era uno de los héroes de Georgos Archambault, como lo eran Lenin,
Marx, Engels, Mao Tse-tung, Renato Curzio, el Ché Guevara, Fidel Castro, César
Chávez y varios más. (La anomalía de que Mohandas Gandhi fuera un apóstol de la
no violencia no parecía preocuparle.)
Continuó escribiendo:
Además, la servil prensa capitalista ha lamentado hoy bastante la muerte y heridas de los que llamó «víctimas inocentes». ¡Qué ingenuamente ridículo!
En cualquier guerra, los así llamados «inocentes» inevitablemente mueren o son heridos, y cuanto más grande sea la guerra, mayor será el número de víctimas «inocentes». Cuando los beligerantes son las mal llamadas «grandes potencias», como en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y en la despreciable agresión de América contra Vietnam, esos «inocentes» son asesinados a millares, como ganado, y nadie se opone. ¡Nadie! Por supuesto que no lo hacen los dirigentes de la prensa, adoradores del dólar, ni sus colaboradores escribas ignorantes y serviles.
Una guerra social justa, como la que ahora han entablado los «Amigos de la Libertad», no es diferente, salvo que hay menos víctimas.
Ya en Yale, Georgos había tenido fama entre sus profesores de abultar sus
disertaciones sembrando adjetivos como perdigonadas. Pero su especialidad nunca
había sido el idioma, sino la física y, más tarde, a fuerza de charla logró el doctorado
en química. Luego, sus conocimientos sobre productos químicos le resultaron útiles
cuando estudió explosivos (entre otras cosas), en Cuba. Y, mientras tanto, el campo
de sus intereses se fue reduciendo, tanto como sus opiniones sobre la vida y la
política.
Las anotaciones en el diario continuaban:
Incluso la prensa enemiga, que exagera obedientemente esos asuntos en vez de minimizarlos, confiesa que hubo dos muertos y tres heridos graves. Uno de los muertos fue Fenton, el gerente criminal; el otro, un cerdo de la guardia de seguridad. ¡Casi nada!
El resto fueron lacayos menores: mecanógrafas, empleados, etc., que debieran estar agradecidos por ser mártires de una causa noble.
¡Y punto final en cuanto a la estúpida propaganda sobre «víctimas inocentes»!
Georgos se detuvo; la cara delgada, ascética, reflejaba una intensa concentración.
Como de costumbre, se afanaba mucho con su diario porque creía que algún día sería
un documento histórico importante, a la altura de obras como El Capital y Citas del
presidente Mao Tse-tung.
Comenzó con una nueva línea de pensamiento.
Las exigencias de los «Amigos de la Libertad» serán publicadas, hoy, en un comunicado de guerra:
Suministro gratuito de gas y electricidad durante un año a los parados, a los que reciben asistencia social y a los ancianos. Al finalizar el año, los «Amigos de la Libertad» reconsiderarían el asunto.
Una reducción inmediata del veinticinco por ciento en las tarifas eléctricas y de gas para casas y apartamentos modestos.
Abandono de los proyectos de construcción de plantas nucleares. Las existentes deben ser cerradas de inmediato.
La falta de aceptación y obediencia a estas exigencias, significará una intensificación del programa de violencia.
Suficiente para empezar. Y la amenaza de intensificar la acción era muy real.
Georgos miró alrededor del sótano taller en el que escribía, atestado y embarullado de
cosas. Había abundante provisión de pólvora, mechas, detonadores, envolturas de
caños, glicerina, ácidos y otros productos químicos. Y tanto él como los otros tres
defensores de la libertad que reconocían su liderazgo, sabían usarlas. Sonrió,
recordando el ingenioso aparatito que iba en los sobres explosivos del día anterior.
Un pequeño cilindro de plástico que contenía tetril altamente explosivo, con un
pequeño detonador. Apoyado sobre el detonador había un percutor de resorte; al abrir
el sobre se liberaba el percutor, que golpeaba el detonador. Simple, pero mortal. La
carga de tetril bastaba para arrancarle la cabeza o partirle el cuerpo a quien abriera la
carta.
Es obvio que esperan nuestras exigencias, porque ya la prensa y su dócil aliada, la televisión, han comenzado a repetir la frase de Pis y Saliva «Golden State» de que nada cambiará «como consecuencia del terrorismo».
¡Basura! ¡Crasa estupidez! Está claro que el terrorismo traerá cambios. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará. La historia nos proporciona abundantes ejemplos.
Georgos pensó en algunos ejemplos que le habían metido en la cabeza durante su
entrenamiento revolucionario en Cuba. Fue un par de años después de su doctorado, y
en esos años le consumió el odio por lo que consideraba el país decadente y tiránico
en que había nacido. Con todo desprecio, lo deletreaba Amerika.
Su desencanto general no había disminuido ante la noticia de que su padre, un
acaudalado hombre de mundo de Nueva York, había conseguido su octavo divorcio y
se había vuelto a casar, y que su madre, una actriz de cine griega, aclamada
internacionalmente, estaba entre maridos, después de abandonar al sexto. Georgos
odiaba a sus padres, y todo lo que representaban, aunque no había visto a ninguno de
los dos en esos veinte años. Su mantenimiento y educación, incluyendo las matrículas de Yale, eran pagados impersonalmente a través de un bufete de abogados de Atenas.
De modo que el terrorismo no cambiaría nada, ¿eh?
El terrorismo es un instrumento de la guerra social. Permite a unos pocos individuos lúcidos (tales como los «Amigos de la Libertad») debilitar el puño y la voluntad de hierro de las fuerzas reaccionarias que detentan el poder y abusan de él.
El terrorismo inició la triunfante revolución rusa. Las repúblicas irlandesa e israelí deben su existencia al terrorismo. El terrorismo del IRA durante la Primera Guerra Mundial logró un Eire independiente. El terrorismo irgun en Palestina forzó a los británicos a entregar su mandato para que los judíos pudieran establecerse en Israel. Argelia conquistó su independencia de Francia con el terrorismo.
La OLP, con representantes ahora en las conferencias internacionales y en la ONU, utilizó el terrorismo para lograr la atención mundial.
El terrorismo de las Brigadas Rojas italianas ha logrado atraer aún más atención mundial.
Georgos Winslow Archambault se detuvo. Escribir le cansaba. Además,
comprendió que se estaba apartando de la jerga revolucionaria, que (también lo había
aprendido en Cuba) era importante como arma psicológica y como descarga
emocional. Pero a veces era difícil mantenerse dentro de ella.
Se puso en pie, se desperezó y bostezó. Tenía buen tipo, era ágil, y se mantenía en
forma gracias a un rígido programa de gimnasia diaria. Se miró en un pequeño espejo
de pared roto y se tocó el bigote, espeso pero cuidado. Se lo había dejado
inmediatamente después del ataque a la planta de La Mission, donde se había hecho
pasar por miembro del «Ejército de Salvación». Según los periódicos del día
siguiente, un guardián de seguridad de la planta le había descrito como lampiño, de
modo que el bigote podría como mínimo dificultar la identificación, si es que llegaba
el caso. Ni que hablar de que hacía tiempo que había destruido el uniforme del
«Ejército de Salvación».
El recuerdo del éxito de La Mission le llenó de satisfacción, y se rio.
Una cosa que no había hecho nunca, ni antes ni después de La Mission, era
dejarse la barba. Eso sería como poner una firma. La gente esperaba que los
revolucionarios llevaran barba y fueran descuidados con su apariencia; Georgos se
preocupaba de ser exactamente lo contrario. Cada vez que salía de la modesta casa
que había alquilado en el lado este, podía pasar por un agente de bolsa o un banquero.
No es que le resultara difícil, porque era cuidadoso por naturaleza y se vestía bien. El
dinero que el abogado de Atenas seguía depositando regularmente en una cuenta de
un banco de Chicago ayudaba, aunque la cantidad era menor ahora, y Georgos
necesitaba bastante dinero para financiar los proyectos futuros de los «Amigos de la
Libertad».
Afortunadamente, ya estaba recibiendo ayuda del exterior; ahora debería
aumentar la cantidad que venía de esa fuente.
Solo un factor chocaba con la imagen de burgués que Georgos cultivaba: sus
manos. En los primeros tiempos de su dedicación a la química, y luego a los
explosivos, se descuidó y trabajó sin guantes protectores. El resultado fue que tenía las manos marcadas y descoloridas. Ahora tenía más cuidado, pero el daño ya estaba
hecho. Pensó en injertos de piel, pero el riesgo le pareció demasiado grande. Lo
mejor que podía hacer cuando salía era mantener las manos tan escondidas como le
resultara posible.
El agradable aroma del almuerzo —¿pimientos dulces rellenos?— le llegó desde
el piso superior. Su mujer, Yvette, era una excelente cocinera, que sabía lo que le
gustaba a Georgos e intentaba complacerle. Además, admiraba sus conocimientos,
porque ella apenas tenía instrucción.
Compartía a Yvette con los otros tres jóvenes defensores de la libertad que vivían
en la casa: Wayde, un estudioso como Georgos y discípulo de Marx y Engels; Ute, un
indio americano que albergaba un odio ardiente por las instituciones que habían
acabado con la independencia de su gente, y Félix, producto del ghetto de Detroit,
cuya filosofía era quemar, matar o destruir de cualquier manera todo lo que no
estuviese en su propia amarga experiencia de la vida.
Pero pese a compartirla con otros, Georgos experimentaba por Yvette un
sentimiento de propiedad que rayaba en el afecto. Al mismo tiempo, se despreciaba a
sí mismo por su fracaso en un aspecto del Catecismo revolucionario (atribuido a los
rusos del siglo XIX Bakunin y Netchaiev), en el que se leía:
El revolucionario es un hombre perdido: no tiene intereses propios, sentimientos, costumbres, pertenencias… Todo en él es absorbido por un interés único, exclusivo, un pensamiento, una pasión: la revolución… Ha roto el lazo con el orden civil, con el mundo educado y las leyes, convenciones y… con la ética de este mundo.
Todos los sentimientos tiernos de la vida familiar, de la amistad, amor, gratitud y hasta honor, deben ser acallados en él… Día y noche debe tener un solo pensamiento, un solo propósito: la destrucción despiadada… El carácter del verdadero revolucionario no permite ningún romanticismo, sentimentalismo, entusiasmo o seducción… Siempre y en todas partes debe ser no lo que su propia inclinación lo llevaría a ser, sino lo que el interés general de la revolución exige.
Georgos cerró el diario recordando que el comunicado de guerra, con sus justas
exigencias, debía llegar a una de las emisoras de radio de la ciudad al caer la tarde.
Como siempre, lo dejarían en un lugar seguro, y luego se avisaría a la radio por
teléfono. Los idiotas de la emisora correrían, atropellándose unos a otros para
recogerlo.
Georgos pensó, satisfecho, que el comunicado constituiría un titular interesante
en las noticias de la noche.