El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 45 de 68

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El apagón

Capítulo 13

 

El instinto le dijo a Nancy que estaba sobre una buena pista. Posiblemente una noticia

importante, aunque por ahora desdibujada. Había otros problemas. Uno, que en

realidad no sabía qué estaba buscando. Otro, que la necesidad práctica de ocuparse de

su trabajo de todos los días para el California Examiner limitaban el tiempo

disponible para dedicarse a su nebulosa investigación. Resultaba aún más difícil

debido a que hasta entonces no había hablado de eso con nadie, ni siquiera con el

redactor jefe de noticias locales que siempre estaba desesperadamente ansioso por ver

resultados, y era incapaz de comprender que la sutileza y la paciencia a veces son

herramientas importantes para un buen periodista. Nancy poseía las dos.

Las estaba utilizando desde aquella asamblea anual de accionistas de la «Golden

State», cuando Nim le sugirió, enfadado: «¿Por qué no le investiga a él?»

«Él» era Davey Birdsong.

Por supuesto que para Goldman fue un desahogo, y no esperaba que ella tomara

en serio la sugerencia. Pero, después de pensarlo, eso es lo que Nancy hizo.

Ya antes había sentido curiosidad por Birdsong. Nancy desconfiaba de la gente

que siempre está al lado de la justicia y de los oprimidos, o quiere que uno piense que

lo está, como era el caso de Davey Birdsong. La experiencia de Nancy con

benefactores progresistas populistas era que generalmente se ocupaban de sí mismos;

los otros venían muy atrás y solo recibían las migajas. Lo había visto tanto en

comunidades negras como entre blancos.

El señor Milo Molineaux, el padre de Nancy, no era un benefactor progresista.

Era un contratista de obras que toda su vida había perseguido un objetivo franco y

determinado: convertirse de muchacho pobre, hijo de padres negros de la Luisiana

rural, en un hombre rico. Lo había logrado, honradamente, y hoy día el señor

Molineaux era realmente muy rico.

Sin embargo, tal como había observado Nancy, su padre había hecho más por

gente de su propia raza —al proporcionarles trabajo estable, sueldos justos y tratarlos

con dignidad— que miles de activistas y otros de esa laya que nunca habían tenido

que vivir pendientes de una hoja salarial.

Despreciaba a algunos progresistas, incluyendo a los blancos que actuaban como

si trataran de expiar personalmente trescientos años de esclavitud negra. Aquellos

idiotas actuaban como si un negro no pudiera hacer nada malo… jamás. Nancy se

divertía portándose grosera y aviesamente con ellos; la toleraban sonrientes,

permitiendo que se saliera con la suya, solamente porque era negra. Mientras tanto,

en Nancy crecía su desprecio hacia ellos.

A Nim Goldman no le despreciaba. En realidad —aunque el primer sorprendido

hubiera sido Nim— había llegado a gustarle, y le admiraba.

Goldman la hubiera destrozado, y Nancy lo sabía. La odiaba abiertamente, sin

tratar de ocultarlo. La odiaba como periodista y como mujer. Nancy estaba enteramente segura de que el color de su piel no tenía nada que ver con el odio de

Goldman, que hubiera sido igualmente intenso fuera ella blanca, amarilla o piel roja.

En lo que respectaba a su odio por Nancy Molineaux, Goldman era daltónico. Como

debía ser. Por eso Nancy le respetaba.

De una manera perversa, lo reconocía, sentía cierto placer en excitar la ira de

Goldman. ¡Era tan malditamente refrescante! De todas maneras, ya era suficiente.

Dos veces le había puesto en la picota cruelmente, pero no era justo seguir

haciéndolo. Además, el hijo de perra tenía agallas y era honesto, más de lo que se

podía decir de la mayoría de los sentenciosos de pacotilla que estaban en el debate en

el que Goldman había hablado claramente antes de que le amordazaran.

En cuanto al debate, Nancy escribió el artículo que sintió que tenía que escribir,

porque, por encima de todo, se enorgullecía de ser una periodista cabal. Eso significa

ser implacable, hacer a un lado emociones y sentimientos personales. Pero nada había

impedido que lamentara lo ocurrido a Goldman y que interiormente le deseara buena

suerte.

Si algún día llegaba a tener una relación más amigable con él, cosa harto

improbable, le diría todo esto.

Mientras tanto, pensó Nancy Molineaux, había cierta lógica y era justo que, al

abandonar a Goldman como blanco de sus ataques, hubiera enfocado la atención

sobre Davey Birdsong.

Era evidente que no le admiraba; estaba segura ya, en esta primera etapa de sus

investigaciones, de que era un farsante y probablemente un estafador.

Inmediatamente después de la asamblea de accionistas de la «CGS», había

comenzado a investigar sigilosamente sobre la lfpp de Birdsong. Le había llevado

varios meses porque trabajaba a ratos perdidos y a veces pasaba largos períodos sin

tener un momento para dedicarle al asunto. Pero aunque lentos, los resultados eran

interesantes.

Nancy averiguó que Birdsong había fundado la lfpp cuatro años antes, en un

momento en que la inflación, sumada al aumento de precio del petróleo, había

elevado mucho las tarifas de electricidad y gas. Los aumentos de las tarifas golpearon

duramente a las familias de bajos y medianos ingresos. Birdsong se proclamó

defensor del pueblo.

Su extravagancia le ganó inmediatamente la atención de los medios de

información, y él se aprovechó de eso para reclutar miles de simpatizantes para la

lfpp. Para lograrlo, empleó un pequeño ejército de estudiantes universitarios para

solicitar adhesiones, y Nancy había conseguido localizar a varios exestudiantes que

trabajaron para él. Todos, sin excepción, lamentaban la experiencia.

—Creímos hacer algo noble, ayudar a los desamparados —le dijo uno de los

exestudiantes, arquitecto ahora, a Nancy—. Pero descubrimos que lo que hacíamos

en realidad era ayudar a Davey Birdsong.

El informante continuó:

—Cuando salíamos a conseguir gente nos daban unas peticiones que Birdsong

había hecho imprimir. Iban dirigidas al gobernador, al Senado, a la Cámara de

Representantes, a la Comisión de Servicios Públicos… lo que se le ocurra. Instaba a

conceder «tarifas reducidas para los usuarios de pocos recursos»; íbamos de puerta en

puerta pidiendo a la gente que la firmara. ¡Demonios! ¿Quién no firmaría eso? Casi

todos lo hacían.

Otro de esos exestudiantes, una joven que también participaba en el diálogo,

continuó el relato.

—Tan pronto obteníamos una firma, no antes, debíamos explicar al firmante que

organizar esas peticiones cuesta dinero. ¿Estaría dispuesto a ayudar a la campaña

donando tres dólares? Con lo que también satisfacían la cuota anual de socio de la

lfpp. A estas alturas, las personas a las que les estábamos hablando empezaban a

sentir que nos debían algo por nuestro trabajo, un método psicológico inteligente;

Birdsong sabe mucho de eso, y fueron muy pocos, incluso entre las familias pobres,

los que no pagaron los tres dólares.

—Supongo que no había en ello nada básicamente deshonesto —dijo el joven

arquitecto—, a menos que lo sea reunir mucho más dinero del necesario para llevar

adelante a la lfpp. Pero lo que fue una estafa es lo que hizo Birdsong con los

estudiantes que trabajaban para él.

—Birdsong nos prometió como remuneración —dijo la joven— un dólar de cada

tres que consiguiéramos. Pero insistió en que primero debíamos entregarle todo el

dinero —según él para asentarlo en los libros— y que se nos pagaría más adelante.

Por supuesto que fue más adelante, mucho más adelante. Y además sacamos solo una

cuarta parte de lo que nos había prometido: veinticinco centavos en vez de un dólar

de cada tres. Claro, se lo discutimos. Pero todo lo que dijo es que habíamos entendido

mal.

—¿No tenían nada escrito? —preguntó Nancy.

—Nada. Confiamos en él. Después de todo, estaba con los pobres y contra el

capitalismo; por lo menos eso es lo que creíamos.

—Además —agregó el arquitecto—, tal como comprendimos luego, Birdsong se

cuidaba de hablar con cada uno de nosotros por separado. De esa manera… no había

testigos. Si hubo un malentendido, fue el mismo para todos.

—No hubo tal malentendido —dijo la joven informante—. Birdsong es un

estafador.

Nancy pidió a esos dos exestudiantes y a otros un cálculo de cuánto dinero se

había reunido. En sus declaraciones públicas, Birdsong había dicho que la lfpp tenía

veinticinco mil miembros. Pero la mayoría de los que Nancy entrevistó creían que el

verdadero número era bastante más alto: probablemente treinta y cinco mil. De ser

así, deducida la cantidad pagada a los solicitantes, lo recibido el primer año por la

lfpp probablemente se acercaba a los cien mil dólares, en su mayor parte en efectivo.

—No es broma —dijo el arquitecto cuando se enteró del cálculo de Nancy—. Birdsong tiene un trabajo lucrativo —añadió con tristeza—: Probablemente yo haya

elegido mal.

Otra cosa que Nancy descubrió fue que la lfpp seguía recolectando dinero.

Davey Birdsong empleaba aún estudiantes universitarios —siempre hay una

nueva generación que necesita trabajar unas horas— con el objeto de conseguir

nuevos socios para la lfpp, y cuyas aportaciones se sumaban a las cuotas de los

actuales. Aparentemente, Birdsong ya no estafaba a los estudiantes; probablemente

había comprendido que no podía salirse con la suya por tiempo indefinido. Pero lo

cierto es que el dinero entraba a raudales en la lfpp.

¿Qué hacía Birdsong con el dinero? No parecía haber una respuesta fácil. Es

cierto que llevaba una activa oposición verbal contra la «Golden State» en varios

frentes —a veces con éxito—, y también que muchos de los que pertenecían a la lfpp

pensaban que su dinero estaba bien empleado. Pero Nancy tenía sus dudas.

Con la ayuda de un contable había hecho cuentas; aun suponiendo gastos muy

elevados y una remuneración para Birdsong, no había manera de gastar más de la

mitad de lo que entraba. ¿Qué ocurría con el resto? Lo más probable era que

Birdsong, que controlaba totalmente la lfpp, lo retirara para sí.

Pero Nancy no podía probarlo. Por ahora.

El contable que la asesoraba dijo que, en última instancia, la Dirección de

Impuestos podía exigir una rendición de cuentas a la lfpp y a Birdsong. Pero le señaló

que la Dirección tenía una notoria escasez de personal. En consecuencia, muchas de

las llamadas entidades de beneficio público quedaban sin controlador fiscal, y

seguían adelante con sus tretas.

—¿Quiere usted que informe confidencialmente a la Dirección de Impuestos? —

le preguntó el contable.

Su contestación fue un «no» enfático, pues no estaba aún preparada para ese tipo

de informe.

Nancy contaba con los servicios del contable porque su padre era un cliente

importante de su bufete de abogados. Lo mismo ocurría con un abogado a quien Milo

Molineaux Inc. consultaba a menudo; así que Nancy le llevó a los exestudiantes

universitarios y les hizo firmar declaraciones juradas. Colaboraron con mucho gusto.

Iba elaborando su informe muy cuidadosamente.

Nancy Molineaux conocía los otros ingresos de Birdsong provenientes de su

actividad universitaria y sus escritos. En eso no había nada malo, ni siquiera inusual,

pero estimuló su curiosidad por averiguar qué hacía Birdsong con todo ese dinero.

Además, circulaba un vago rumor —algo que ella oyó en una fiesta— acerca de

que Birdsong y la lfpp habían solicitado ayuda financiera al «Club Sequoia». Nancy

lo consideró improbable, y aun de ser cierto, estaba segura de que el rico y

prestigioso «Club Sequoia» no entraría nunca en tratos con gente como Davey

Birdsong. De todos modos, su costumbre era cubrir todos los ángulos, así que hizo

algunos sondeos. Hasta ahora sin resultados.

Lo que más la intrigó fue lo que vio un día de enero cuando, conduciendo su

«Mercedes» 450 SL, dio por casualidad con Birdsong caminando por una calle del

centro. Sin detenerse a pensar por qué, decidió seguirle. Rápidamente, metió el coche

en un aparcamiento que felizmente estaba allí mismo y le siguió a pie a una distancia

discreta. Lo que pasó después le pareció sacado de una novela de espionaje.

Aunque Nancy estaba segura de que Birdsong no la había visto, él se comportó

como si temiera que le siguieran y estuviera decidido a quitarse de encima a su

perseguidor. Primero entró en el vestíbulo lleno de gente de un hotel. Después de

echar una mirada a su alrededor, se metió en el lavabo de hombres y pocos minutos

más tarde salió con gafas de sol y un sombrero blando de fieltro. El cambio no

engañó a Nancy. Sin embargo, tenía otro aspecto, y comprendió que si hubiera estado

vestido así desde el principio, no le habría reconocido. Salió del hotel por una puerta

lateral. Nancy permitió que se le adelantara bastante y luego le siguió. Casi lo pierde

un poco más adelante, porque subió a un autobús que cerró rápidamente las puertas y

arrancó.

No tenía tiempo de volver al coche, pero por suerte se acercaba un taxi. Nancy le

hizo señas. Mostró un billete de veinte dólares y le dijo al conductor, un joven negro:

—Siga a ese autobús sin que se note. Pero cada vez que se detenga, quiero ver

quién baja.

El conductor respondió en seguida:

—¡De acuerdo, señora! Quédese tranquila. Yo me encargo del asunto.

Era inteligente y hábil. Se adelantó dos veces al autobús, y cada vez se metió por

la derecha, para que el autobús, que iba por el lado de afuera, le adelantara. Mientras

los dos vehículos iban juntos, Nancy mantuvo la cabeza hacia delante, pero cada vez

que el autobús se detenía para que subieran o bajaran pasajeros, el taxi estaba ubicado

de modo que ella viera claramente. Durante un tiempo que pareció largo, Birdsong no

apareció y Nancy se preguntó si después de todo no se le habría escapado. Luego, a

seis kilómetros del punto en que había subido, bajó del autobús.

Vio que miraba a su alrededor.

—Ahí está: el de la barba —le dijo al conductor.

—¡Ya lo veo! —el taxista aceleró sin mirar en dirección a Birdsong y se acercó a

la acera—. No se dé la vuelta, señora. Le veo por el espejo. Está cruzando la calle —

al cabo de un minuto o dos, exclamó—: Que me maten si no está subiendo a otro

autobús.

También siguieron al segundo autobús. Iba en dirección opuesta al primero y

volvió sobre parte de la ruta anterior. Esta vez, Birdsong bajó a las pocas manzanas,

mirando nuevamente a su alrededor. Muy cerca había varios taxis aparcados.

Birdsong cogió el primero y, cuando arrancó, Nancy vio su cara espiando por el

cristal de atrás.

Tomó otra decisión e indicó:

—Que se vaya. Lléveme de nuevo al centro.

Nancy pensó que era mejor no abusar de la suerte. Esperaba que Birdsong no

hubiera descubierto que el taxi le seguía, pero si ella insistía ahora, indudablemente

se daría cuenta. La solución del misterio de adonde iba y por qué, debería llegar de

otra manera.

—¡Caramba, señora!, no es fácil entenderla —se quejó el taxista cuando

cambiaron de rumbo—. Primero quiere seguir al tipo, y nos va bien. Y entonces

abandona —siguió protestando—. Ni siquiera me dejó acercarme lo suficiente para

ver el número del otro taxi.

Como el hombre había hecho todo lo posible, le explicó que no quería acercarse

tanto por temor a que la reconociera. La escuchó y asintió:

—¡Entiendo!

Pocos minutos después, el joven conductor volvió la cabeza.

—¿Todavía quiere saber adónde va el barbitas?

—Sí —dijo Nancy. Cuanto más pensaba en las complicadas precauciones que

tomaba Birdsong, más convencida estaba de que algo importante ocurría. Algo que

ella debía saber.

El conductor preguntó:

—¿Sabe por dónde anda el tipo habitualmente?

—¿Su domicilio? No. Pero no sería difícil averiguarlo.

—Podríamos hacer un trato —dijo el conductor—. Conmigo y dos compañeros.

Están sin trabajo y tienen coches con radio. Yo también tengo una. Los tres

podríamos hacer turnos para seguir al barbitas, cambiando repentinamente para que

no viera siempre el mismo coche. Usaríamos las radios. De esa manera, cuando uno

le deja entra el otro.

—Pero para hacer eso tendrían que vigilarle todo el día —señaló Nancy.

—Se puede hacer. Como le he dicho, mis amigos están sin trabajo.

El plan tenía posibilidades. Preguntó:

—¿Cuánto costaría?

—Habría que calcularlo, señora. Pero seguramente no tanto como usted piensa.

—Cuando haya hecho sus cálculos, llámeme —dijo Nancy. Garabateó el número

telefónico de su apartamento en el reverso de una tarjeta comercial.

Llamó esa misma noche, tarde. Para entonces, ella había buscado la dirección de

Birdsong en la guía telefónica.

—Doscientos cincuenta por semana —dijo el taxista—. Para mí y los otros dos.

Ella vaciló. ¿Era tan importante como para tomarse todo ese trabajo y gastar

tanto? Nuevamente su instinto le dijo que sí.

En ese caso, ¿debería pedir el dinero al Examiner? Nancy no estaba segura. Si lo

hacía, tendría que revelar todo lo que había descubierto hasta entonces, y estaba

segura de que el periódico querría publicar inmediatamente el material sobre Davey

Birdsong y su lfpp. En opinión de Nancy, sería prematuro; estaba convencida de que

había más, y que valía la pena esperar.

Además, la administración del periódico era tacaña y se resistía a gastar dinero a

menos que fuera necesario. Decidió seguir adelante por su cuenta. Por ahora pagaría

ella, con la esperanza de que se lo devolvieran más adelante. Si no lo hacían, el

desastre no sería demasiado grande, pero tendría que apartarse de una norma que se

había autoimpuesto.

En muchos sentidos, Nancy Molineaux era rica. Varios años atrás, su padre había

establecido un fondo fiduciario que le aseguraba una holgada renta estable. Pero —

era una cuestión de orgullo— ella mantenía separadas esas rentas privadas y sus

ganancias profesionales.

Por una vez acallaría su orgullo.

El taxista, que se llamaba Vickery, dijo que quería algo como adelanto; era

razonable, y Nancy le dijo que pasara a recogerlo.

Después, no tuvo noticias durante seis días. Al sexto, el joven taxista le trajo un

informe. Para su sorpresa, era detallado y estaba escrito cuidadosamente. Describía

todos los movimientos de Birdsong; eran de rutina e inocuos. En ningún momento

había demostrado darse cuenta de que le seguían. Más importante aún; no hizo

ninguna tentativa para quitarse de encima algún perseguidor.

—Sirve para demostrar que una semana no basta —dijo Vickery—. ¿Quiere

intentarlo otra?

Nancy pensó: «¡Y por qué no, qué demonios!»

Al cabo de otros siete días, Vickery volvió. Traía un informe igualmente

detallado, con resultados igualmente negativos. Desilusionada, le dijo:

—Está bien, eso es todo. Olvídelo.

El joven la miró sin ocultar su desilusión.

—¿Va a abandonar ahora? ¡Mire lo que lleva invertido! —cuando notó que

vacilaba, le insistió—: ¡Vaya hasta el fin! Pruebe una semana más.

—Merecería ser uno de esos vendedores de porquería —dijo Nancy—, en vez de

andar con un taxi.

Lo pensó. Tenía pruebas de que Birdsong era un impostor. ¿Seguía pensando que

era un criminal? ¿Descubrir adónde iba de manera tan misteriosa la ayudaría a

escribir su artículo? Finalmente, ¿debería dar por perdido lo gastado, o, como decía el

jovencito sabelotodo, seguir hasta el final?

Otra vez su instinto. Le respondió «sí» a las tres preguntas.

—Está bien, genio —le dijo a Vickery—. Una semana más. Y se acabó.

El cuarto día descubrieron el filón de oro.

Vickery llamó por teléfono y luego fue a su apartamento por la noche.

—Supuse que querría saberlo en seguida. Esta tarde el barbitas ha intentado

sacarse a alguien de encima, como hizo aquel día con usted y conmigo —y añadió,

satisfecho—: Se la hemos jugado al hijo de puta.

—Por lo que me ha contado —dijo Nancy—, espero que sea cierto.

El joven sonrió al presentar el informe escrito acostumbrado. Decía que Davey Birdsong había conducido su propio coche desde el garaje del edificio donde vivía y

lo había aparcado en el otro extremo de la ciudad. Antes de salir del coche se había

puesto gafas de sol y sombrero. Luego había cogido un taxi para volver a atravesar la

ciudad en sentido contrario; después, dos viajes en autobús en direcciones distintas, y

finalmente había continuado a pie, dando un rodeo, hasta una casa pequeña en el lado

este de la ciudad.

Entró en la casa. Figuraba la dirección.

—El barbitas se quedó dentro dos horas —dijo Vickery.

Después de eso —se leía en el informe—, Birdsong cogió un taxi hasta un lugar a

unas manzanas de donde había aparcado el coche. Caminó hasta él y se dirigió a su

casa.

Vickery preguntó esperanzado:

—¿Quiere que sigamos vigilando al barbitas? Esos amigos míos siguen sin

trabajo.

—Teniéndole a usted —le dijo Nancy—, no deberían preocuparse —y sacudió la

cabeza—. Ya no.

Dos días después, Nancy estaba sentada en su coche observando la casa que

Davey Birdsong visitaba tan en secreto. Hacía casi dos horas que estaba allí. Era

cerca del mediodía.

Ayer, el día después del informe final de Vickery, lo había pasado terminando un

artículo para una sección del Examiner, aunque todavía no lo había entregado en la

redacción. Lo haría mañana. Mientras tanto, disponía de todo su tiempo.

La casa que vigilaba era el número 117 de la calle Crocker. Era una entre doce

casas iguales construidas en los años veinte y restauradas una década atrás por un

constructor especulador que creía que el barrio estaba destinado a revivir, y

mejoraría. El constructor se equivocó. La calle Crocker no cambió: una calle

cualquiera, común, donde vivía gente que no tenía medios para hacerlo en un lugar

mejor. Y las casas restauradas estaban volviendo a su condición anterior, como lo

mostraban la mampostería que saltaba, los cristales rotos y la pintura descascarada.

Para Nancy, la número 117 no era mejor que el resto. Hábilmente, había aparcado

su «Mercedes» a una manzana, en un lugar desde donde veía la casa claramente, pero

le parecía que a ella no podían observarla. La presencia de otros autos aparcados

ayudaba. Había traído prismáticos, pero no los usaba por temor a despertar la

curiosidad de algún transeúnte.

Hasta ahora no se había notado mayor actividad en la calle, y ninguna en absoluto

en el número 117.

Nancy no tenía idea de lo que podía descubrir, si es que descubría algo, ni

tampoco tenía un plan. Mientras transcurría la mañana pensó que llegaría a ver a

algún ocupante de la casa: infructuosa espera. Se preguntó si no habría esperado

bastante. Quizá debiera irse y volver otro día.

Un vehículo pasó al lado de su coche, como había ocurrido con otros durante las dos horas anteriores. Sin prestarle mayor atención vio que era una camioneta

«Volkswagen» desvencijada, pintada de marrón y con una ventanilla lateral rota y

burdamente reparada con cartón y cinta adhesiva.

Repentinamente, Nancy prestó atención. El «Volkswagen» había enfilado hacia la

otra acera de la calle y se detenía frente al número 117.

Salió un hombre. Nancy se arriesgó a usar los prismáticos. Vio que era delgado,

de pelo bien corto y con un bigote tupido, le pareció de unos treinta años. En

contraste con su vehículo, iba bien vestido, con un traje azul oscuro, y llevaba

corbata. Fue hacia la parte posterior del vehículo y abrió la puerta. Los prismáticos

eran poderosos (los usaba para observar los barcos desde su apartamento) y pudo ver

las manos del hombre. Se veían muy manchadas.

El hombre metió la mano dentro del cajón y sacó un cilindro color rojo. Parecía

pesado. Dejó el objeto sobre la acera, metió las manos otra vez y sacó otro; luego los

llevó hasta la casa. Mientras lo hacía, Nancy comprobó que eran extintores de

incendios.

El hombre hizo dos viajes más entre el «Volkswagen» y la casa, transportando

cada vez dos extintores más. Seis en total. Después del último par permaneció en la

casa unos cinco minutos y luego volvió a salir y se alejó en la camioneta.

Nancy dudó entre seguirle o no, y decidió no hacerlo. Luego se quedó pensando:

«¿Por qué una casa tan pequeña necesita tanta protección contra el fuego?» De

pronto, exclamó: «¡Mierda!» No se le había ocurrido apuntar el número del

«Volkswagen», cosa que pudo hacer fácilmente. Ahora era demasiado tarde. Se

increpó por ser tan mal detective, y pensó que lo que debió hacer era seguir a la

camioneta.

¿Hora de irse, de todos modos? Le pareció que sí. Llevó la mano al arranque,

pero se detuvo. En el 117 pasaba algo más. Una vez más cogió los prismáticos.

De la casa había salido una mujer; era joven, de cuerpo pequeño, e iba vestida

descuidadamente, con tejanos descoloridos y un sacón. Miró a su alrededor

brevemente y luego comenzó a caminar con paso ágil, en dirección opuesta al

«Mercedes».

Esta vez Nancy no vaciló. Puso el motor en marcha y salió del aparcamiento.

Siguiendo a la mujer con la mirada, condujo despacio, cautelosamente, acercándose

de vez en cuando a la acera para no adelantarse a su presa.

La mujer no miró hacia atrás. Cuando dobló la esquina, Nancy esperó todo lo que

le pareció prudente antes de hacer lo mismo. Lo hizo a tiempo para ver que la mujer

entraba en un pequeño supermercado. Había un aparcamiento y Nancy entró en él.

Cerró el coche y la siguió adentro.

El supermercado estaba medianamente activo, con unas veinte personas

comprando. Nancy vio a la mujer que seguía en el otro extremo de un pasillo

poniendo latas en un carrito. Nancy también cogió un carrito, dejó caer en él algunos

artículos que tomó al azar de los estantes que tenía cerca, y luego se dirigió disimuladamente hacia donde estaba la otra mujer.

Le pareció más joven que cuando la había visto de lejos, poco más que una

muchacha. Pálida, con el pelo rubio despeinado y sin maquillaje. En la mano derecha

tenía algo que parecía un guante improvisado. Obviamente, cubría alguna deformidad

o lesión, porque usaba solo la mano izquierda. Cogió una botella de aceite y leyó la

etiqueta.

Nancy Molineaux se le adelantó con el carrito y luego se volvió abruptamente,

como si hubiera olvidado algo. Su mirada se cruzó con la de la otra mujer. Nancy

sonrió y dijo animadamente:

—¡Hola! ¿No nos conocemos? —y añadió—: Creo que tenemos un conocido en

común: Davey Birdsong.

La reacción fue inmediata y extraña. La joven palideció hasta tomar un color

ceniza, tembló visiblemente, y se le cayó la botella de aceite, que se rompió contra el

suelo.

Hubo un silencio de varios segundos durante los que no ocurrió nada salvo que el

charco de aceite se extendió rápidamente a través del pasillo. Luego, el encargado

llegó apresurado, cloqueando como una gallina preocupada:

—¡Dios mío! ¡Qué barbaridad! ¿Qué ha pasado aquí?

—Yo tengo la culpa —dijo Nancy rápido—. Lo siento, y pagaré lo que he roto.

—Con eso no paga la limpieza, ¿eh? —objetó el encargado.

—No —le dijo Nancy—, pero piense en el ejercicio que va a hacer. —Cogió del

brazo a la otra mujer, que se había quedado paralizada como en shock.

—Vámonos de aquí —dijo Nancy. Sin resistirse y abandonando el carrito, la

chica se fue con ella.

En el aparcamiento Nancy la condujo hacia el «Mercedes». Pero cuando abrió la

puerta del coche pareció recobrarse.

—¡No puedo! ¡No puedo! Tengo que volver a casa —su voz sonó aguda y

nerviosa; y volvió el temblor que la había abandonado al salir del supermercado.

Miró a Nancy alocadamente—. ¿Quién es usted?

—Una amiga. Mire, ahí cerca hay un bar; lo he visto al venir. ¿Por qué no nos

vamos a tomar una copa? Me parece que le hará bien.

—¡Le digo que no puedo!

—Sí que puede, y lo hará —dijo Nancy—. Porque si no lo hace, esta misma tarde

llamaré a su amigo Davey Birdsong y le diré…

No tenía idea de cómo hubiera terminado la frase, pero tuvo un efecto

electrizante. La chica se metió en el coche sin más protestas. Nancy cerró la

portezuela y rodeó el coche para ponerse al volante.

En unos pocos minutos llegaron al bar y encontraron lugar para aparcar. Dejaron

el coche y entraron. El interior estaba oscuro y olía a humedad.

—¡Dios! —dijo Nancy—. Necesitamos un perro para ciegos. —Tanteó hasta

llegar a una mesa lejos de la otra gente que ya estaba bebiendo. La chica la siguió.

Cuando se sentaron, Nancy dijo:

—Tengo que llamarla de alguna manera. ¿Cómo?

—Yvette.

Apareció un camarero e Yvette pidió una cerveza; Nancy un daiquiri. Se

quedaron calladas hasta que sirvieron las bebidas.

Esta vez la chica habló primero.

—Todavía no me ha dicho quién es.

No parecía haber motivos para no decirlo.

—Me llamo Nancy Molineaux. Soy periodista.

Yvette había mostrado sorpresa dos veces ya, pero esta vez la reacción fue aún

mayor. Abrió la boca, el vaso se le escapó de las manos y si Nancy no lo hubiera

cogido habría seguido el camino del aceite.

—Tómelo con calma —le pidió Nancy—. Los periodistas se comen a la gente

solo cuando tienen hambre. Yo no tengo.

La chica farfulló como si le costara decir algo:

—¿Qué quiere de mí?

—Una información.

Yvette se humedeció los labios.

—¿Sobre qué?

—Sobre, por ejemplo, quién vive en la casa de la que usted ha salido. ¿Qué está

ocurriendo allí? ¿Por qué va Davey Birdsong? Eso para empezar.

—No es asunto suyo.

Los ojos de Nancy se iban acostumbrando a la oscuridad, y pudo ver que, pese a

la repulsa, la otra mujer seguía asustada. Probó un disparo al aire.

—Bien, supongo que debí haber ido a la policía primero y…

—¡No! —Yvette casi se levantó, pero se dejó caer de nuevo. De pronto apoyó la

cara en las manos y empezó a sollozar.

Nancy tendió la mano por encima de la mesa.

—Sé que tiene algún problema. Si me lo permite, la ayudaré.

—Nadie puede ayudarme —dijo entre sollozos. Un momento después, con un

evidente esfuerzo de voluntad, se puso de pie—. Me voy —aun en su gran congoja,

mantenía cierta dignidad.

—Escuche —dijo Nancy—. Haremos un trato. Si promete verme de nuevo, no

diré ni haré nada mientras tanto.

La chica vaciló.

—¿Cuándo?

—Dentro de tres días. Aquí mismo.

—Tres días no —otra vez la mezcla de duda y miedo—. Quizás una semana.

Había que conformarse.

—Está bien. Dentro de una semana, el próximo viernes; la misma hora, el mismo

lugar.

Con un gesto de asentimiento, Yvette se fue.

De regreso, Nancy no estaba segura si había manejado bien o mal la situación. ¿Y

de qué demonios se trataba? ¿Qué tenían que hacer Davey Birdsong e Yvette en todo

aquello? La alusión de Nancy a la policía había sido una observación de paso,

impulsiva. Sin embargo, la reacción casi histérica de la chica mostraba que había algo

ilegal. Si era así, ¿ilegal en qué sentido? Todo era muy frustrante, con demasiadas

preguntas y escasas respuestas. Era como tratar de organizar un rompecabezas sin la

menor idea del molde.