El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 26 de 68

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El apagón

Capítulo 8

 

J. Eric Humphrey, con la cara roja e incómodo, estaba sentado en la silla de los

testigos, alta y de respaldo recto. Había pasado allí medio día, superando en varias

horas la «breve aparición» que Oscar O’Brien le había anunciado.

A un metro de distancia, en ese escenario parecido al de un tribunal, Davey

Birdsong se enfrentaba al testigo desde su altura. Birdsong se balanceaba levemente

sobre sus pies, transfiriendo su peso formidable de los talones a las plantas; luego

hacia atrás; adelante y atrás de nuevo.

—Ya que parece sordo le repetiré la pregunta. ¿Cuánto le pagan por año?

Humphrey, que había dudado la primera vez que oyó la pregunta, miró a O’Brien,

sentado a la mesa de los letrados. El abogado se encogió de hombros levísimamente.

Con los labios apretados, el presidente de la «CGS» contestó:

—Doscientos cuarenta y cinco mil dólares.

—No, bromas no, no me comprende —dijo Birdsong, agitando ligeramente una

mano en el aire—. No le he preguntado por los ingresos de la «Golden State». Le

pregunté por el pan que usted gana.

Humphrey, nada divertido, contestó:

—Es la cantidad que acabo de darle.

—¡Casi no puedo creerlo! —Birdsong se llevó la mano a la cabeza en un ademán

teatral—. Nunca imaginé que una persona pudiera ganar tanto dinero —emitió un

silbido largo y sordo—, ¡Vaya!

De la sala cálida y hacinada donde se celebraba la audiencia llegaron ecos del

silbido y otros «¡Vaya!». Alguien gritó:

—¡Lo pagamos nosotros, los usuarios! ¡Es demasiado! —el provocador fue

contestado con aplausos y pataleos.

En su sitial, desde el que dominaba al testigo, interrogador y público, el

comisionado que presidía adelantó la mano para tomar el mazo. Golpeó suavemente y

exclamó: «¡Orden!» El comisionado era un individuo de unos treinta y pico de años,

de cara rosada y aniñada; había sido elegido un año atrás después de haber ocupado

cargos en el partido actualmente en el poder. Era contable y se decía que tenía cierto

parentesco con el gobernador.

Cuando el comisionado habló, O’Brien se levantó pesadamente.

—Señor presidente, ¿es necesario acosar de ese modo a mi testigo?

El comisionado observó a Birdsong, con su uniforme de tejanos raídos, camisa

multicolor desabrochada y zapatillas de tenis. En contraste, Humphrey, que encargaba

sus trajes a «De Lisi» en Nueva York y se los iba a probar allá, aparecía

impecablemente vestido.

—Ha hecho su pregunta y ha sido contestada, señor Birdsong —dijo el

comisionado—. Podemos pasarnos sin el espectáculo. Continúe, por favor.

—Por cierto, señor presidente —Birdsong se volvió nuevamente hacia Eric Humphrey—. ¿Dijo, efectivamente, doscientos cuarenta y cinco mil dólares?

—Así es.

—¿Hay otras compensaciones por ser el queso más importante… (risas de los

espectadores) perdón, el presidente de una gran empresa de servicios públicos?

¿Quizás una limusina de uso exclusivo?

—Sí.

—¿Con chófer?

—Sí.

—¿Además de un cheque gordo para gastos?

—Yo no lo llamaría gordo —dijo Humphrey, irritado.

—¿De qué tamaño?

Más risas.

El intenso desagrado de J. Eric Humphrey comenzaba a surgir.

Fundamentalmente ejecutivo de alto nivel, y de ninguna manera luchador violento,

estaba mal preparado para vérselas con la teatralidad ostentosa de Birdsong.

Respondió fríamente:

—Mis deberes implican ciertos gastos que se me permite cargar a cuenta de la

compañía.

—¡Por supuesto!

O’Brien estaba ya casi de pie. El comisionado le hizo señas para que se sentara e

indicó:

—Limítese a las preguntas, señor Birdsong.

—¡Sí, señor! —dijo el enorme hombre barbudo, sonriendo ampliamente.

Sentado entre el público, Nim escupía fuego. ¿Por qué Humphrey no contestaba

secamente, agresivamente, como sabía y debería hacerlo? Mi salario, señor

Birdsong, es un asunto público, ya que se comunica a las oficinas correspondientes y

se trata de una información fácil de conseguir. Estoy seguro de que usted lo conocía

antes de hacer la pregunta; por lo tanto, su demostración de sorpresa ha sido falsa y

engañosa. Además, ese salario es el que corresponde al presidente y ejecutivo

principal de una de las empresas más grandes del país; en realidad es más bajo de lo

que suele ser en compañías de la misma importancia. Una razón para el nivel de mi

salario es que las organizaciones industriales como la «CGS» saben que deben ser

competitivas para obtener y retener ejecutivos valiosos. Para ser concreto: mi

experiencia e idoneidad me significarían, sin duda, un salario igual o más alto en otra

parte. Quizás a usted no le guste mucho nuestro sistema, señor Birdsong, pero

mientras sigamos viviendo en una sociedad de libre empresa, será así. En cuanto al

coche con chófer, cuando entré en la empresa me lo ofrecieron como parte de mi

remuneración, siempre con esa finalidad competitiva, y también por considerar que el

tiempo y las energías de un ejecutivo de primera línea valen más que el costo de un

automóvil y un chófer. Otra cosa en cuanto al coche: al igual que otros ejecutivos

atareados, acostumbro a trabajar cuando me traslado de un lugar a otro y muy raramente descanso en él. Finalmente, si los directivos y accionistas de la compañía

no están satisfechos con lo que hago por lo que me pagan, pueden reemplazarme…

¡Pero no!, pensó Nim fastidiado. El enfoque suave. Excesiva preocupación por

ofrecer una imagen pública de discreción, excesiva cautela, no enfrentarse a los

Birdsong de este modo, oponiéndoles sus mismas tácticas rudas, ésta era la orden del

día. De este día y de los días próximos.

Era el segundo día de debates sobre el permiso para el proyecto Tunipah, la

primera etapa. El del día anterior había sido dedicado a formalismos, incluyendo la

presentación por el consejero legal de la «CGS», de un gigantesco Proyecto

preliminar —9500 páginas en una tirada de 350 ejemplares—; el primero de muchos

documentos similares que seguirían. Como dijo O’Brien irónicamente: «Para cuando

terminemos habremos hecho talar un bosque para hacer el papel que usaremos aquí,

que si lo juntáramos, podría llenar una biblioteca o hundir un barco.»

Más temprano, hoy, J. Eric Humphrey había sido llamado como primer testigo de

la empresa solicitante de la licencia.

O’Brien condujo rápidamente al presidente a través de una exposición sobre la

necesidad del proyecto Tunipah y las ventajas de la ubicación elegida: la prometida

«aparición breve». Siguió un turno de preguntas más largo del asesor de la comisión,

y después otro de Roderick Pritchett, secretario gerente del «Club Sequoia». Ambos

turnos, si bien requirieron más de una hora cada uno, fueron constructivos y

moderados. Pero Davey Birdsong, que los siguió en representación de la lfpp, ya

había animado la sesión para evidente deleite de sus seguidores, mezclados entre el

público.

—Ahora bien, señor Humphrey —continuó—, supongo que usted se despierta por

las mañanas pensando que tiene que hacer algo para justificar ese enorme salario que

le pagan. ¿O no?

—¡Me niego a la pregunta! —saltó O’Brien en seguida.

—Concedido —declaró el comisionado.

—Lo preguntaré de otra manera —dijo Birdsong sin inmutarse—, ¿Cree usted,

querido Eric, que parte de su tarea es dedicarse a proyectar planes continuamente,

como este asunto de Tunipah, que le dejen grandes beneficios a su compañía?

—¡Me opongo a la pregunta!

Birdsong se volvió hacia el consejero de la «CGS».

—¿Por qué no lo graba? No tendría más que apretar un botón sin tener que abrir

la boca.

Hubo risas y algún aplauso desperdigado. El joven comisionado se volvió para

consultar con quien estaba sentado a su lado, un juez administrativo de edad madura

y funcionario de larga experiencia en debates como aquél. Mientras le hablaba en voz

baja, se vio que el hombre de más edad movía la cabeza.

—Objeción denegada —anunció el comisionado, y luego agregó—: En estos

debates somos muy tolerantes, señor Birdsong, pero le ruego que se dirija a todos los testigos con respeto y usando sus nombres correctamente, y no —intentó, sin éxito,

suprimir una sonrisa— bromeando o diciendo «Eric querido».

Otra cosa: nos gustaría tener alguna seguridad de que sus preguntas son

pertinentes.

—¡Claro que son pertinentes! ¡Realmente pertinentes! —la respuesta de Birdsong

fue expansiva. Luego, en repentina mutación, asumió una actitud suplicante—. Pero,

por favor, señor presidente, recuerde que soy solo una persona sencilla, que

representa a gente humilde, no un abogado de lujo, importante como el viejo y

querido Oscar, aquí presente —señaló a O’Brien—, de modo que si soy torpe, o

demasiado amistoso, o cometo errores…

—Limítese a proseguir, ¡por favor! —suspiró el comisionado.

—¡Sí, sí! ¡Por supuesto, señor! —Birdsong se volvió hacia Humphrey—. ¡Ya lo

ha oído! Está haciéndole perder tiempo al comisionado. Déjese de rodeos y conteste a

la pregunta.

—¿Qué pregunta? —intervino O’Brien—. Que me maten si la recuerdo. Estoy

seguro de que el testigo tampoco la recuerda.

—El relator leerá la pregunta —indicó el comisionado.

El procedimiento se detuvo, y la gente sentada en sillas duras y bancos se movió

tratando de acomodarse, mientras un dactilógrafo, que llevaba el acta oficial de la

comisión, hojeaba sus notas. En el fondo de la sala aparecieron varios recién

llegados, y otros salieron. Como ya sabían los participantes, estas escenas se

repetirían innumerables veces en los meses y años venideros.

La sala de debates, revestida de roble, estaba en un edificio de doce pisos cerca

del centro de la ciudad, sede de la Comisión de Energía de California, que más

adelante llevaría a cabo sus propios debates sobre Tunipah, en buena medida

repetitivos. La rivalidad y los celos entre las dos comisiones eran intensos, y a veces

parecían cosas de Alicia en el País de las Maravillas.

Otros dos departamentos estatales intervendrían próximamente y tendrían sus

propios debates; el Consejo de Recursos Hidroeléctricos de California y el Consejo

de Recursos Ambientales. Cada uno de los cuatro cuerpos estatales recibirían todos

los informes y otros documentos que se generaran en los otros tres, y, posiblemente,

ni los tomarían en cuenta en su mayor parte.

Además, en un nivel inferior, habría que satisfacer al Control de Contaminación

de la Atmósfera del distrito, que podría imponer restricciones aún más severas que las

de los departamentos estatales.

Como dijo O’Brien en privado: «Nadie que no esté metido directamente en esto

puede llegar a creer en su increíble duplicación y futilidad. Los que participamos y

los que organizamos este sistema de locos deberíamos ser declarados enfermos

mentales. Sería menos oneroso para el erario público, y más eficiente, que nos

encerraran en manicomios.»

El dactilógrafo la había encontrado: «¿… planes, como este asunto de Tunipah, que le dejen grandes beneficios a su compañía?»

—El objetivo de Tunipah —respondió Humphrey—, es proporcionar un servicio

a nuestros clientes y a la comunidad en general, como siempre hemos hecho, al

anticiparnos a la demanda de electricidad. El beneficio es cuestión secundaria.

—Pero habrá ganancias —persistió Birdsong.

—Naturalmente. Somos una empresa pública con obligaciones hacia nuestros

inversores…

—¿Ganancias importantes? ¿Beneficios de millones?

—Dada la gran importancia de la empresa y la enorme inversión, se emitirán

acciones y bonos, que se podrían ofrecer a los inversores a menos que…

—Conteste «sí» o «no». ¿Habrá beneficios de millones? —interrumpió Birdsong

secamente.

El presidente de la «CGS» enrojeció.

—Probablemente… sí.

Una vez más, su torturador se balanceó atrás y adelante sobre los talones.

—De modo que solo tenemos su palabra, señor Humphrey, sobre lo que le

interesa más a la «CGS», si las ganancias o el servicio, y es la palabra de una persona

que, si le encajan este monstruoso fraude de Tunipah al público, se beneficiará por

todos lados.

—Me opongo —dijo O’Brien cansado—. Eso no es una pregunta. Es una

afirmación infundada, puro prejuicio, y hecha para inflamar la opinión pública.

—¡Cuántas palabras difíciles! Está bien, retiro lo dicho —ofreció Birdsong, antes

de que el comisionado pudiera intervenir. Sonrió—: Supongo que no he podido

dominar mis sentimientos de hombre honesto.

Pareció que O’Brien iba a objetar una vez más, pero decidió no hacerlo.

Como Birdsong y otros sabían, el último diálogo quedaría registrado en actas,

pese a haber retirado las palabras. Además, los periodistas escribían sin parar en la

mesa de prensa, sin levantar la cabeza del papel; algo que no habían hecho antes.

Siempre observando desde su lugar en el auditorio, Nim pensó: «No cabe duda

que las frases de Birdsong aparecerán en los periódicos de mañana, porque, como de

costumbre, el líder de la lfpp proporcionaba material colorista para los artículos.»

Entre la gente de prensa Nim vio a la periodista negra, Nancy Molineaux. Había

estado observando a Birdsong intensamente, sin escribir, sentada erguida e inmóvil;

la posición destacaba sus pómulos altos, su cara a la vez hermosa e intimidante, el

cuerpo delgado y sinuoso. Estaba pensativa. Nim supuso que ella también admiraba

la actuación de Birdsong.

Antes, la señorita Molineaux y Nim se habían cruzado fuera de la sala de debates.

Cuando él saludó fríamente, ella levantó una ceja y le sonrió burlona.

Birdsong reasumió el interrogatorio:

—Dígame, viejo amigo Eric…, ¡perdón!, señor Humphrey, ¿alguna vez ha oído

hablar del ahorro?

—Claro que sí.

—¿Está enterado de que, en general, se piensa que proyectos como el de Tunipah

no serían necesarios si ustedes consideraran al ahorro en serio? Quiero decir, ¿que no

solo jugaran al ahorro, simbólicamente, sino que lo predicaran, con el mismo

empeño que ponen hoy para conseguir un permiso para construir más plantas y lograr

beneficios cada vez más altos?

O’Brien estaba ya a punto de levantarse cuando Humphrey dijo:

—Le voy a contestar —el abogado se sentó.

—En primer lugar, en la compañía «Golden State» no tratamos de vender más

electricidad; antes lo hacíamos, pero hace mucho que abandonamos esa actitud. En

cambio, instamos a los usuarios a conservar, a ahorrar energía, y muy seriamente.

Pero si bien el ahorro ayuda, jamás eliminará el constante crecimiento de la demanda

de electricidad, y ésta es la razón por la que necesitamos Tunipah.

—¿Esa es su opinión? —preguntó Birdsong.

—Naturalmente, es mi opinión.

—¿La misma opinión prejuiciosa que quiere hacernos creer que no le importa si

Tunipah produce beneficio o no?

—Es una tergiversación —objetó O’Brien—. El testigo no ha dicho que no le

importara si había o no beneficios.

—Lo reconozco —abruptamente, Birdsong giró para encarar a O’Brien; el cuerpo

pareció crecer al levantar la voz—. Ya sabemos que en la «Golden State» a todos les

interesan las ganancias, ganancias grandes, gordas, abultadas, extorsionantes, a

expensas del pequeño usuario, de la gente decente, trabajadora de este estado, que

paga sus cuentas y a la que se les encajará el costo de Tunipah si…

Los bravos, aplausos y golpes en el suelo ahogaron el resto de sus palabras. En

medio de esa barahúnda, el comisionado dejó caer el mazo, gritando: «¡Orden!

¡Orden!»

Un hombre que se había unido al aplauso y que estaba sentado al lado de Nim,

observó su silencio. Le preguntó belicoso:

—¿Ya usted esto no le importa, amiguito?

—Sí —dijo Nim—. Me importa.

Nim comprendía que de haber sido éste un proceso normal, en un tribunal, era

muy posible que Birdsong ya hubiera sido acusado de desacato. Pero eso no ocurriría

aquí, ni ahora ni más adelante, porque el marco de tribunal era solo una fachada.

Aquel tipo de debates se desarrollaba deliberadamente sin rigor, y se toleraban

algunos desórdenes. Oscar O’Brien les había explicado las razones en una de las

reuniones preparatorias.

—Hoy día, las comisiones públicas se mueren de miedo porque si no les da a

todos la oportunidad de decir lo que piensan, más adelante, en los tribunales, se les

imputaría la supresión de pruebas importantes. De ocurrir eso, se podría llegar a

revocar la decisión, mandando al cubo de la basura años de trabajo, y todo porque se le ordenó a algún loco que se callara o se desestimó un argumento menor. Nadie

quiere que eso ocurra; y nosotros tampoco. De modo que, por acuerdo general, los

demagogos y los locos pueden hablar todo lo que quieran. Eso alarga los debates,

pero, con todo, probablemente sea más breve así.

Nim sabía que ésa era la razón por la que el experimentado juez administrativo

había sacudido la cabeza momentos antes, aconsejando al joven comisionado que

hiciera lugar a la pregunta objetada de Birdsong.

Otra cosa que O’Brien les había explicado era que los abogados que como él

patrocinaban a los solicitantes, hacían menos objeciones en estas audiencias que en

los tribunales. «Las reservamos para algo que esté terriblemente fuera de lugar y deba

ser incluido en el acta.» Nim sospechaba que las objeciones de O’Brien a las

preguntas de Birdsong a Eric Humphrey habían tenido por objeto, en su mayor parte,

calmar a Humphrey, el patrón de O’Brien, que de todos modos había asistido de mala

gana.

Nim estaba seguro de que cuando le tocara el turno de testificar a él, O’Brien

dejaría que se las arreglara solo.

—Volvamos —oyó decir a Davey Birdsong— a los grandes beneficios de que

hablábamos. Veamos ahora el efecto sobre el recibo mensual del consumidor…

Durante otra media hora, el líder de la lfpp siguió con las preguntas. Utilizó frases

sugerentes, mal intencionadas e infundadas, interrumpidas por payasadas, pero que

machacaban que los beneficios de Tunipah serían excesivos y el motivo principal del

proyecto. Nim tuvo que admitir mentalmente que, si bien la imputación era falsa, la

insistencia estilo Goebbels era efectiva. Sin duda, los medios de difusión le

dedicarían mucho espacio, y probablemente le darían fe, lo que estaba claramente

entre los objetivos de Birdsong.

—Gracias, señor Humphrey —dijo el comisionado cuando el presidente de la

«CGS» bajó del estrado de los testigos. Eric Humphrey saludó con la cabeza y se

retiró con evidente alivio.

Le siguieron otros dos testigos de la «CGS». Ambos eran ingenieros

especializados. Su testimonio y las repreguntas no ofrecieron novedad; pero llevaron

dos días enteros, después de los cuales el debate se aplazó hasta el lunes de la semana

siguiente. Nim, a quien correspondía presentar la esencia del proyecto de la «CGS»,

sería el próximo en el estrado de los testigos al reanudarse el debate.