El apagón
Capítulo 11
—No seré un maldito héroe como tú —le dijo alegremente Thurston—, pero en
esta ciudad tengo cierta influencia —había estado en otra habitación de la casa,
hablando por teléfono, y acababa de volver a la sala de estar donde descansaba Nim,
con una bata prestada, la mano izquierda vendada y la derecha acariciando un whisky
fuerte con agua.
—Están limpiando tu traje con urgencia —continuó Thurston—; y eso no es fácil,
permíteme que te lo diga, un sábado por la tarde. Lo traerán más tarde.
—Gracias.
Úrsula, la esposa de Thurston, había entrado detrás de él, acompañada por su
hermana menor, Daphne, que había venido a visitarles desde Inglaterra con su
pequeño hijito. Las dos mujeres eran notablemente parecidas, había observado ya
Nim. Ninguna de las dos era bonita de una manera convencional: altas, de huesos
grandes, con frente despejada y boca amplia y generosa, quizás una pizca demasiado
grande para ser hermosa. Pero su personalidad jovial y expansiva era fuerte y
atractiva. Nim había conocido a Daphne hacía media hora y le había gustado en
seguida.
—Hay otras novedades —informó Thurston a Nim—. El tipo al que le salvaste la
vida no perderá el brazo. Los cirujanos dicen que pueden arreglarlo, y aunque no
quedará lo bastante fuerte como para usarlo en una planta de carbón, por lo menos
podrá abrazar a su mujer y a sus tres hijitos. ¡Ah, sí!, la mujer ha dicho algo. Ella y
los niños irán a la iglesia luego, para darles las gracias a todos los santos, con los que
tiene algo que ver Nim Goldman, y encenderán velas por ti. Te lo digo por si crees en
algo de eso.
—Por favor, detente un minuto, Thurs —dijo Úrsula—, ya estoy llorando.
—Si quieres saberlo —confesó su marido—, yo mismo estoy bastante
emocionado.
Nim protestó como había hecho ya antes:
—No hice mucho, si es que hice algo. Fue tu hombre, Folger, el que detuvo la
correa…
—Oye —dijo Thurston—. Viste lo que ocurría antes que nadie; actuaste rápido, y
esos palmos que le arrastraste le salvaron la vida. Además, el mundo necesita héroes.
¿Por qué oponerse?
A partir de esos minutos dramáticos, llenos de emoción, esa mañana en la
pasarela, los hechos se habían sucedido rápidamente. El obrero lesionado, cuyo
nombre Nim aún no conocía, había recibido primeros auxilios eficientes; luego, lo
habían cargado cuidadosamente en una camilla que dos empleados de la planta
llevaron a toda prisa hasta la pasarela. En lo que parecieron solo instantes desde la
petición de una ambulancia hecha por Thurston, se oyó débilmente una sirena desde
la dirección del centro de Denver, y una luz roja centelleante fue visible desde esa altura, aunque el vehículo estaba a varios kilómetros de distancia.
Cuando la ambulancia llegó a la planta de Cherokee, ya habían bajado la camilla
en un montacargas y se llevó al herido al hospital. Debido a la gran pérdida de sangre
y el severo shock, al principio se temió por su vida.
Solo después de atender el caso más serio y de partir la ambulancia, examinaron
la mano lastimada de Nim. Se comprobó que tenía un corte profundo en la palma, en
la base del pulgar. Thurston llevó entonces a Nim al servicio de urgencias de un
hospital cercano, donde le dieron varios puntos.
Nim tenía la cara, manos y ropa negras de carbón; después de ir al hospital le
llevaron a la casa de Thurston, donde Nim se quitó el traje, el único que había traído,
y se metió en una bañera llena de agua caliente. Luego, enfundado en la bata de
Thurston, le habían presentado a Daphne, que le curó y vendó la mano con gran
habilidad. Daphne, según se enteró Nim, era enfermera graduada; y también supo de
su reciente divorcio, y que ésta era la razón de su visita a la hermana, para alejarse de
todo.
Úrsula se secó los ojos con un pañuelo minúsculo, y luego dijo con buen sentido:
—Bien, ahora que sabemos que el final es feliz, podemos sentirnos mejor —cruzó
la habitación para acercarse a Nim y le abrazó y besó impulsivamente—: ¡Toma! Esto
es mejor que las velitas.
—¡Eh! —dijo Daphne—. ¿Podemos hacerlo todos?
—¡Por supuesto! —sonrió Nim.
Ella lo besó prestamente. Tenía los labios llenos y cálidos; a él le gustó sentirlos,
lo mismo que la fragancia momentánea que le llegó y se esfumó.
—Te lo tienes merecido por ser un maldito héroe, te guste o no —anunció
Daphne.
—Esta parte me gusta —dijo Nim.
—Lo que todos necesitamos ahora —dijo Úrsula—, es una buena dosis de
diversión —se dirigió a su marido—. Thurs, ¿qué planes tienes para esta noche?
—Es una suerte que lo preguntes —dijo él, sonriente—. Vamos a cenar y a bailar.
Con mi acostumbrada e inteligente previsión he reservado una mesa para cuatro en el
salón San Marco del «Brown Palace».
—Maravilloso —dijo Daphne—, ¿Podemos conseguir un canguro para Keith?
—No os preocupéis —le aseguró Úrsula—. Yo me encargo de eso.
—Y yo voy a bailar —afirmó Nim—, con traje o sin traje.
La música de un pequeño grupo animado y lleno de talento, más el vino y una
excelente cena, los dulcificó a todos. Antes habían traído el traje de Nim, que no
mostraba rastros de su paso por la cinta transportadora de carbón. Simultáneamente
con el hombre de la tintorería habían llegado un corresponsal y un fotógrafo del
Denver Post, buscando una entrevista y una fotografía de Nim. Un tanto de mala gana, éste accedió.
Poco después, con Nim y Daphne apretujados atrás en el «Pinto» de Thurston,
ésta le apretó el brazo.
—Creo que eres bastante notable —le susurró—. Por la manera como haces las
cosas y te comportas; y es bonito que además seas modesto.
Sin saber qué decir, él le cogió la mano y la retuvo, preguntándose qué le traería
la última parte de la noche.
Ahora la cena había terminado. Nim y Daphne habían bailado juntos varias veces,
cada vez más cerca, a lo que Daphne demostró claramente no oponerse en absoluto.
En un momento, estando solos en la mesa, mientras Thurston y Úrsula bailaban,
él le preguntó qué había funcionado mal en su matrimonio.
Con la franqueza que parecía caracterizar a las dos hermanas, ella le contestó:
—Mi marido es mayor que yo. No le atraía mucho la relación sexual, y la
mayoría de las veces no podía excitarle. Otras cosas no marcharon bien, pero ésa fue
la principal.
—Doy por sentado que ése no era tu problema.
—¿Cómo lo adivinaste? —dijo ella, echando atrás la cabeza y riéndose.
—Pero habéis tenido un hijo.
—Sí. Fue una de las veces que lo logramos. Casi la única. De todos modos, estoy
contenta de tener a Keith. Tiene casi dos años y le quiero mucho. A propósito, Keith
y yo compartimos el dormitorio, pero tiene el sueño pesado.
—Aun así —dijo Nim—, no quiero entrar en su dormitorio.
—Es razonable. Deja la puerta entreabierta. Está después de la mía.
Cuando, para variar, Nim bailó con Úrsula, ella le confió:
—Me gusta tener a Daphne aquí; siempre hemos estado muy unidas. Lo único
que le envidio es Keith.
—¿Tú y Thurston no habéis querido tener hijos? —le preguntó Nim.
—Los dos queríamos. Todavía lo queremos. Pero no podemos tenerlos —la voz
de Úrsula fue cortante, como si deseara no haber tocado el tema, y él no insistió.
Pero más tarde, cuando las hermanas se excusaron y dejaron la mesa por un
momento, Thurston dijo:
—Creo que Úrsula te ha dicho que no podemos tener hijos.
—Sí.
—¿Te ha dicho por qué?
Nim negó con la cabeza.
—La culpa es mía, no de Úrsula. Los dos nos hicimos revisiones médicas,
muchísimas. Parece que mi pistola puede tirar, pero yo no tengo balas y jamás tendré
balas vivas, según me dicen los médicos.
—Lo siento.
—Supongo que no se puede tener todo —dijo Thurston, encogiéndose de
hombros—; y Úrsula y yo tenemos muchas otras cosas. Pensamos en adoptar uno, pero ninguno de los dos está aún muy decidido.
Cuando las mujeres volvieron, todos bebieron más vino y bailaron de nuevo.
Mientras bailaban, Daphne le susurró a Nim al oído:
—¿Te he dicho que me gustas bastante?
En respuesta, él hizo más presión con el brazo con que la rodeaba. Esperaba que
no tardaran mucho en volver a casa.
Habían vuelto hacía una hora y media. Thurston había llevado a la canguro a su casa;
luego, todos se sentaron en la cocina y charlaron mientras Úrsula preparaba té con la
ayuda de Daphne. Poco después se dieron las buenas noches y se fueron a acostar.
Ahora Nim estaba casi dormido.
Lo despertó un ruido, un crujido, sin lugar a dudas al abrirse del todo la puerta del
dormitorio, aunque la había dejado entreabierta, como le dijera Daphne. Lo siguió
otro crujido, luego el ruidito del picaporte al cerrar la puerta. Nim levantó la cabeza y
se esforzó por ver en la oscuridad, pero no pudo lograrlo.
Oyó el ruido suave de pisadas y el crujir de una tela; supuso que se quitaba la
ropa. Luego se levantó la sábana y un cuerpo cálido, suave, desnudo, se deslizó a su
lado. Los brazos se extendieron. En la oscuridad, los labios de ella, excitantes,
acogedores, encontraron los suyos. El beso fue largo, y rápidamente se volvió
apasionado. Cuando las piernas se apretaron, Nim sintió una oleada de sangre, la
erección y la urgencia. Comenzó a mover las manos suavemente y suspiró, con una
mezcla de placer sensual y satisfacción.
—Daphne, querida, he estado esperando, esto todo el día —susurró.
Sintió el gorjeo de una risa suave. Un dedo se adelantó buscando sus labios para
cubrirlos, exigiendo silencio. Una voz baja advirtió:
—¡Cállate, idiota! No es Daphne. Soy Úrsula.
Sorprendido, Nim se soltó y se sentó. Tuvo ganas de saltar de la cama. Una mano
le detuvo.
—Escúchame —dijo Úrsula urgente y suave—. Quiero un hijo. Y después de
Thurs, que no puede dármelo, y ya sé que te lo dijo, preferiría que fuera tuyo antes
que de cualquier otro hombre de los que conozco.
—No puedo hacerlo, Úrsula. No a Thurs —protestó él.
—Sí, puedes, porque Thurs sabe que estoy aquí y por qué.
—¿Y a Thurs no le importa? —la voz de Nim sonó incrédula.
—Te juro que no. Los dos queremos un hijo. Los dos hemos decidido que ésta era
la mejor manera —nuevamente la risa suave—. A Daphne le importa, sin embargo.
Está furiosa conmigo. Te quería para ella.
Emociones encontradas se arremolinaron en Nim. Luego captó el toque de humor
de la situación y se rio.
—Así es mejor —dijo Úrsula—. Le atrajo hacia ella, y él dejó de resistirse cuando se abrazaron de nuevo.
—Es el buen momento del mes —murmuró ella—. Sé que puede hacerse. ¡Oh,
Nim querido, ayúdame a tener un hijo! Lo deseo tanto.
¿Qué había hecho él, se preguntó, para merecer todas las cosas extrañas que le
ocurrían?
—De acuerdo; lo haré lo mejor que pueda —le respondió en un susurro. Mientras
se besaban y él tenía otra erección, preguntó con picardía—: ¿Te parece que estará
bien que sienta placer?
En vez de contestar, ella le abrazó con más fuerza; respiraron agitados y ella gritó
suavemente de placer cuando él la acarició y la penetró.
Hicieron el amor repetida y espléndidamente, y Nim descubrió que la mano
vendada no era ningún impedimento. Por fin se quedó dormido. Cuando se despertó,
comenzaba a clarear y Úrsula se había ido.
Decidió seguir durmiendo. Pero la puerta de su dormitorio se abrió una vez más y
entró una silueta con un camisón rosa pálido.
—No voy a permitir —dijo Daphne mientras se quitaba el camisón— que me
dejen fuera de todo. Hazme lugar, Nim, y espero que te quede un poco de energía.
Felizmente, descubrieron que le quedaba bastante.
El vuelo de regreso de Nim a West Coast, otra vez con «United», fue al atardecer.
Thurston le llevó al aeropuerto: Úrsula y Daphne le acompañaron; Daphne con su
hijito Keith. Aunque la conversación durante el viaje fue amigable y tranquila, no se
dijo nada de lo ocurrido durante la noche. Nim se despidió de las dos mujeres con un
beso, en el coche. Mientras ellas esperaban, Thurston acompañó a Nim a la terminal.
En el control de seguridad de pasajeros, se detuvieron para darse un apretón de
manos.
—Te estoy muy agradecido, Thurs.
—Yo también. Y buena suerte mañana y todos los otros días de debate.
—Gracias. La necesitaremos.
Todavía apretando la mano de Nim, Thurston pareció vacilar y luego dijo:
—Por si tienes dudas sobre algo, me gustaría decirte que hay cosas que un
hombre hace porque debe hacerlas, y porque es lo mejor dentro de sus posibilidades
limitadas. Otra cosa: hay amigos y amigos excepcionales. Tú estás entre los últimos,
Nim. Siempre lo estarás, así que no perdamos contacto.
Al volverse hacia la rampa de acceso al avión, Nim descubrió que tenía los ojos
húmedos.
Minutos después, al instalarse en su asiento de primera clase para el viaje de
regreso, una cordial azafata le preguntó:
—Señor, ¿qué desea beber cuando despegue?
—Champaña —le dijo sonriente. Era evidente que nada podía igualar a aquel
maravilloso fin de semana.