El apagón
Capítulo 19
En cierto modo, para Nim, lo que había ocurrido en la planta La Mission para
provocar el apagón era como el reestreno de una vieja película, como le explicó al
grupo de gente de prensa, incluidos los equipos de televisión y radio, que se habían
reunido.
Reflexionó: ¿Habían pasado realmente solo diez meses desde que murieran
Walter Talbot y los otros, y «Gran Lil» sufrió los daños que causaron el apagón del
verano pasado? Habían pasado tantas cosas desde entonces, que la distancia en el
tiempo parecía mucho mayor.
Hoy, Nim notaba una diferencia. Era la actitud de la gente de los medios de
comunicación, en comparación con la de diez meses atrás.
Hoy parecía haber una nueva conciencia de los problemas con que se enfrentaba
la «CGS» y una simpatía antes ausente.
—Señor Goldman —preguntó el periodista del Oakland Tribune—, si les dan luz
verde para construir las plantas que necesitan, ¿cuánto tiempo les llevará ponerse al
día?
—Diez años —contestó Nim—. Con un programa de emergencia, quizás ocho.
Pero necesitamos muchos permisos y licencias antes de siquiera empezar. Por ahora,
no hay signos de ellos.
Se había incorporado a una rueda de prensa en la galería de observación del
Centro de Control de Energía, a petición de Teresa van Buren, poco después del paro
de todos los generadores que quedaban, y del consecuente apagón. La primera
sospecha que tuvo Nim de que algo andaba mal fue porque las luces de su oficina se
apagaron y encendieron varias veces. Eso ocurrió porque ciertos circuitos especiales
protegían las oficinas de la empresa e instalaciones vitales como el Centro de
Control, de la pérdida de energía.
Adivinando que algo andaba mal, Nim fue en seguida al Centro de Control de
Energía, donde Ray Paulsen, que había llegado unos minutos antes, le informó de lo
que ocurría.
—Ostrander actuó acertadamente y le voy a apoyar —dijo Paulsen—. Si yo
hubiera estado allí, habría hecho lo mismo.
—Está bien, Ray —aceptó Nim—. Cuando hable con la prensa adoptaré esa
posición.
—Otra cosa que puedes decirles —dijo Paulsen—, es que tendremos energía
dentro de tres horas o menos. Y mañana, La Mission 1, 2, 3, y 4 estarán de nuevo
funcionando, y también todas las unidades geotérmicas.
—Gracias, lo haré.
Era evidente, pensó Nim, que bajo la presión de los hechos parecía haberse
evaporado el antagonismo entre ellos. Quizá fuera porque los dos estaban demasiado
ocupados.
En la conferencia de prensa, Nancy Molineaux preguntó:
—¿Esto producirá algún cambio en el programa de cortes?
—No —respondió Nim—. Tendrán que comenzar mañana, tal como está
planeado, y continuarán en los días siguientes.
El representante del Sacramento Bee inquirió:
—¿Podrían restringirlos a tres horas solamente?
—Es improbable —dijo Nim—. A medida que disminuye nuestra provisión de
petróleo, tendrán que ser más largos, probablemente de seis horas por día.
Alguien silbó bajito.
Un periodista de televisión preguntó:
—¿Se enteró de que ha habido algunos disturbios: manifestaciones contra los
«antis»?
—Sí. Y en mi opinión, eso no ayuda a nadie, ni siquiera a nosotros.
Las manifestaciones habían tenido lugar la noche anterior. Nim lo había leído esa
mañana. Habían tirado piedras contra las ventanas del «Club Sequoia» y la sede de la
«Liga Antinuclear». Los manifestantes, que se describían como «el pueblo de Tío
Sam», se habían enfrentado contra la policía, y varios habían sido arrestados. Luego
fueron liberados sin acusación.
Corría la voz de que habría más manifestaciones y disturbios, presumiblemente
en todo el país, por el aumento del paro laboral debido a los cortes de energía.
A todo esto, los antiguos críticos y opositores de la «CGS» se mantenían en un
extraño silencio.
Finalmente, alguien en la rueda de prensa preguntó:
—¿Qué le aconseja a la gente, señor Goldman?
Nim sonrió débilmente:
—Que apaguen todo lo que no les sea indispensable para sobrevivir.
Nim volvió a la oficina unas dos horas más tarde, después de las seis.
Le dijo a Vicki, que se había quedado a trabajar fuera de horario (se estaba
volviendo una costumbre):
—Llame al hospital «Redwood Grove» y pida por la señorita Sloan.
Lo llamó a los pocos minutos.
—El hospital dice que no tiene ninguna señorita Sloan registrada.
Sorprendido, le preguntó:
—¿Está segura?
—Les pedí que se aseguraran y lo verificaron dos veces.
—Entonces pruebe con el número de su casa —sabía que Vicki lo tenía, aunque le
parecía increíble que Karen no hubiera ido al hospital.
Esta vez, Vicki no llamó; abrió la puerta de la oficina y entró. Estaba seria.
—Señor Goldman —dijo—, creo que sería mejor que hablara usted.
Extrañado, tomó el teléfono.
—¿Karen?
Una voz ahogada dijo:
—Nimrod, soy Cynthia. Karen ha muerto.
—¿No puede ir más aprisa? —le dijo Nim al chófer.
—Hago lo que puedo, señor Goldman —en la voz del hombre había un tono de
reproche—. Hay mucho tráfico y más gente que de costumbre en las calles.
Nim había pedido que un coche de la compañía con chófer le esperara en la
puerta principal para no perder tiempo en buscar su «Fiat». Llegó corriendo y dio la
dirección del apartamento de Karen. Iban para allá.
La mente de Nim era un torbellino. Cynthia no le había dado detalles; solo el dato
escueto de que el corte de energía había sido la causa de la muerte de Karen. Nim ya
se culpaba de no haber insistido, de no haber comprobado antes si Karen estaba en el
«Redwood Grove». Aunque sabía que era demasiado tarde, ardía de impaciencia por
llegar.
Para salirse de sus pensamientos, miraba las calles en el anochecer, y pensó en lo
que el chófer acababa de decirle. Era cierto que había más gente de lo usual en las
calles. Nim recordó haber leído que en Nueva York, durante los apagones, la gente
salía a la calle a raudales y, cuando se les preguntaba por qué, pocos podían contestar.
Quizás instintivamente buscaban compartir la adversidad con los vecinos.
Claro que otros se habían lanzado a las calles de Nueva York para delinquir,
quemar y cometer delitos. Quizá, con el tiempo, todo eso ocurriera aquí.
Tanto si lo hacían como si no, pensó Nim, había una cosa importante: el modo de
vida estaba cambiando visiblemente, y cambiaría aún más.
Las luces de la ciudad ya estaban encendidas o a punto de encenderse. Pronto, las
pocas zonas que aún carecían de energía la volverían a tener.
Hasta mañana.
Y el día siguiente.
Y, después, ¿quién sabía cuánto duraría esa desviación de la vida normal, y hasta
qué punto sería drástica?
—Ya hemos llegado, señor Goldman —anunció el chófer. Estaban delante de la
casa de Karen.
—Haga el favor de esperar —dijo Nim.
—No puedes entrar —dijo Cynthia—. Todavía no. Es demasiado espantoso.
Había salido al pasillo cuando Nim llegó al apartamento, cerrando la puerta.
Mientras la puerta estuvo brevemente abierta, Nim oyó a alguien de dentro con un
ataque de histeria (le pareció que era Henrietta Sloan) y lamentos que le parecieron
de Josie. Cynthia tenía los ojos enrojecidos.
Le contó todo lo que sabía de la serie de percances que provocaron la horrible muerte de Karen en la soledad. Nim comenzó a decir lo que ya había pensado, en
cuanto a su parte de culpa, pero Cynthia le detuvo.
—¡No! Aparte de lo que cualquiera de nosotros pueda haber hecho o no, nadie
hizo tanto por Karen, desde hace mucho tiempo, como tú. Ella no querría que te
sintieras culpable. Hasta dejó algo para ti. ¡Espera!
Cynthia entró y volvió con una hoja de papel azul.
—Estaba en la máquina de escribir de Karen. Estas cosas siempre le llevaban
mucho tiempo, y probablemente lo estaba escribiendo antes… antes… —se le ahogó
la voz; movió la cabeza, incapaz de terminar.
—Gracias —Nim dobló la hoja y la metió en un bolsillo interior—. ¿Hay algo
que pueda hacer?
Cynthia negó con la cabeza.
—Por ahora no —luego, cuando ya se iba, preguntó—: Nimrod, ¿te veré alguna
vez?
Él se detuvo. Era una invitación clara y obvia, tal como la que le había hecho la
última vez.
—Dios mío, Cynthia —dijo Nim—. No lo sé.
La maldición, pensó, era que deseaba a Cynthia, que era cálida, hermosa y con
deseos de amar. La deseaba, a pesar de su reconciliación con Ruth, a pesar de amar
entrañablemente a Ruth.
—Si me necesitas, Nimrod —dijo Cynthia—, sabes dónde estoy.
Él asintió, al tiempo que se alejaba.
En el coche, de regreso a la «CGS», Nim sacó y desplegó la hoja de papel de Karen,
ya familiar, que Cynthia le había dado. La sostuvo bajo una luz y leyó:
¿Es tan extraño, queridísimo Nimrod,
Que se extingan las luces?
Falla la luz de una vela;
Los fuegos encendidos por hombres
Se agotan y mueren.
Sin embargo la luz, como la vida, perdura
El rayo más nimio, la antorcha flameante
Tienen
¿Qué tienen?, se preguntó. ¿Cuál sería el último pensamiento, dulce y cálido, de
Karen, pensamiento que nunca conocería?