El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 50 de 68

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El apagón

Capítulo 2

 

¡Prisa, prisa, prisa! Siempre era así, pensó Nancy Molineaux mientras conducía su

«Mercedes» a la velocidad máxima, arriesgándose entre el tráfico, con un ojo alerta

en el espejito retrovisor para detectar a algún policía de tráfico.

Las presiones diarias no parecían ceder ni por un minuto.

Rápidamente había pasado por teléfono su informe sobre Goldman, que

aparecería en la edición de la tarde; y ahora, ya con diez minutos de retraso, se dirigía

al encuentro con Yvette. Nancy esperaba que la chica tuviera la sensatez de aguardar.

Esa tarde Nancy tenía que atar algunos cabos sueltos en otros trabajos, para lo

cual tendría que regresar a la redacción del Examiner. Ah, sí; también tenía que

arreglárselas para ir al banco, porque necesitaba dinero. Tenía una cita con el dentista

a las cuatro. Además, esa noche había prometido ir a dos reuniones, una «de paso»,

temprano, y otra que con toda seguridad se prolongaría hasta bien entrada la

medianoche.

Pero a ella le gustaba vivir de prisa, en el trabajo y en la diversión, aunque

algunos días, como éste, se juntaban demasiadas cosas.

Mientras conducía, Nancy sonrió recordando su artículo sobre el discurso de

Goldman. Probablemente le sorprendería, porque era directo, sin prejuicios, tal como

ella se había propuesto hacerlo.

Varios centenares de líderes de la industria de la energía eléctrica en América ovacionaron hoy de pie a Nimrod Goldman, vicepresidente de la «Golden State», quien declaró que los cuerpos reguladores, dominados por la política, abusan de la confianza del público y «compiten desvergonzadamente entre ellos para establecer bases de poder».

Hablaba ante la convención del Instituto Nacional de Electricidad que se celebra en esta ciudad.

Antes, Goldman criticó a algunos ecologistas que, dijo, se oponen a todo. «No hay nada, absolutamente nada, que nosotros, la industria energética, podamos proponer…»

 

También había citado algunas de sus afirmaciones sobre la carencia de energía

eléctrica que según él era inminente, de manera que si esta vez Goldman tenía quejas

sería por lo que él mismo había dicho, y no por el informe.

¡Dios! ¿Cómo hacían algunos de esos monstruos de reacción lenta para conseguir

un permiso de conducir? Estaba ante un semáforo que se había puesto verde, pero el

tipo que tenía delante no se movía. ¿Estaba dormido? Hizo sonar la bocina con

impaciencia. ¡Mierda! La luz del semáforo pasó a amarillo y luego a rojo cuando

llegó Nancy. Pero la calle transversal parecía vacía, así que corrió el riesgo y cruzó en

rojo.

A los pocos minutos divisó el bar de mala muerte donde había estado la semana

anterior. ¿Cuánto se había retrasado? Cuando llegó a la altura del bar, Nancy miró su

reloj «Piaget». Dieciocho minutos. No había lugar para aparcar. Encontró uno dos

manzanas más adelante, y después de cerrar el «Mercedes» se apresuró a volver.

El bar estaba oscuro y húmedo como antes. Cuando Nancy se detuvo, para adaptarse a la oscuridad, tuvo la impresión que en siete días nada había cambiado, ni

siquiera los clientes.

Vio que Yvette la esperaba. Estaba sentada sola, con una cerveza, en la misma

mesa de un rincón que había ocupado la vez anterior. Al acercarse Nancy, levantó la

vista pero no dio señales de interés o reconocimiento.

—¡Hola! —la saludó Nancy—. Siento haber llegado tarde.

Yvette se encogió de hombros levemente, pero no dijo nada.

Nancy hizo una seña a un camarero.

—Otra cerveza —esperó a que la trajera, mientras observaba disimuladamente a

la chica que seguía sin decir nada. Parecía estar aún peor que la semana pasada: la

piel con rojeces, el pelo enmarañado. Las mismas ropas, sucias y como si hubiera

dormido un mes con ellas puestas. En la mano derecha llevaba el mismo guante

improvisado del primer encuentro, que parecía cubrir una deformidad.

Nancy bebió un trago de cerveza, que resultó buena, y luego decidió ir directa al

grano.

—Dijo que hoy me diría qué está pasando en la casa de la calle Crocker y qué

hace allí Davey Birdsong.

—No, no fue así —Yvette la miró—. Usted esperaba que se lo dijera.

—Está bien. Sigo esperando. ¿Por qué no empieza diciéndome por qué está

asustada?

—Ya no estoy asustada —la chica lo afirmó con voz apagada, sin inflexión, y con

cara inexpresiva.

Nancy pensó que no estaba llegando a nada y que el haber venido quizá resultara

solo una pérdida de tiempo. Lo intentó nuevamente; le preguntó:

—¿Qué ocurrió entre la semana pasada y ésta que explique el cambio?

Yvette no contestó. En cambio, pareció considerar, sopesar algo mentalmente.

Mientras, como instintivamente y sin darse cuenta, se frotó la mano derecha con la

izquierda. Primero con el guante; luego, se lo quitó.

Impresionada y horrorizada, Nancy se quedó mirando lo que quedó a la vista.

Lo que había sido una mano era una horrible confusión roja y blanca de

cardenales y cicatrices. Faltaban dos dedos y quedaban muñones irregulares de los

que sobresalían colgajos de carne. Los otros dedos estaban más o menos completos,

pero les faltaban porciones irregulares. Un dedo estaba grotescamente torcido y

dejaba a la vista un trozo de hueso seco y amarillo.

—¡Dios mío! ¿Qué le pasó en la mano? —dijo Nancy, asqueada.

Yvette miró, y comprendiendo lo que había hecho, la cubrió presurosa.

—¿Qué pasó? —insistió Nancy.

—Fue… tuve un accidente.

—Pero ¿quién se la dejó así? ¿Fue a un médico?

—No fui a un médico —dijo Yvette. Contuvo las lágrimas—. No me dejaron.

—¿Quiénes no la dejaron? —Nancy sintió que se enfurecía—. ¿Birdsong?

La chica asintió.

—Y Georgos.

—¿Quién demonios es Georgos? ¿Y por qué no quisieron llevarla a un médico?

—Nancy tomó la mano sana de Yvette—. ¡Criatura, déjeme ayudarla! Puedo hacerlo.

Y todavía podemos hacer algo por esa mano. Estamos a tiempo.

La chica movió la cabeza. La emoción se había agotado y su expresión era la de

antes: los ojos vacíos, apagados, resignados.

—Por lo menos dígame —rogó Nancy—, dígame de qué se trata.

Yvette dejó escapar aire en lo que pudo, o no, ser un suspiro. Luego, bruscamente

se inclinó y levantó del suelo una cartera marrón muy gastada. La abrió y sacó dos

cassettes con cintas grabadas que dejó sobre la mesa y empujó hacia Nancy.

—Ahí está todo —dijo Yvette. Luego, con un solo movimiento terminó la cerveza

y se levantó.

—¡Epa! —protestó Nancy—. ¡No se vaya todavía! Acabamos de empezar. Oiga,

¿por qué no me dice que hay en esas cintas, para que podamos hablar sobre ello?

—Ahí está todo —repitió la chica.

—Sí, pero… —Nancy se encontró hablando sola. Un instante después se abrió la

puerta, entró brevemente la luz del sol y luego Yvette ya no estaba.

Le pareció que no ganaría nada con seguirla.

Con curiosidad, Nancy dio vuelta a las cassettes en la mano y reconoció la marca,

un artículo barato que se compraba en paquetes de un dólar más o menos cada uno.

Ninguna de las dos tenía etiqueta; solo había escrito 1,2, 3, 4, con lápiz en los lados.

Bueno, los pasaría esa noche en su casa y ojalá hubiera en ellas algo que valiese la

pena. Pero se sentía frustrada y desilusionada por no haber obtenido de Yvette

ninguna información concreta mientras estaba con ella.

Nancy terminó la cerveza y pagó; luego, se fue. A la media hora estaba en la sala

de redacción del Examiner sumergida en su otro trabajo.