El apagón
Capítulo 8
Harry estaba sentado cavilando mientras miraba los papeles que Nim le había
mostrado. Finalmente dijo con tristeza:
—¿Sabes cómo me siento frente a todo esto?
—Lo supongo —dijo Nim.
Como si no hubiera oído, el jefe de Protección Patrimonial continuó:
—La última semana fue la peor en mucho tiempo. Art Romeo era un buen tipo.
Sé que no le conocías bien, Nim, pero era leal, honesto y un amigo. Cuando supe lo
que había pasado me sentí mal. Suponía que después de Corea y la marina, no
volvería a oír hablar de gente conocida volada en pedazos.
—Harry —dijo Nim—, yo también siento terriblemente lo de Art Romeo. Jamás
olvidaré lo que hizo esa noche.
London no tomó en cuenta la interrupción.
—Déjame terminar.
Nim se quedó callado, esperando.
Era la mañana del miércoles, en la primera semana de marzo, seis días después
del trauma del hotel «Christopher Columbus». Los dos estaban en la oficina de Nim,
con la puerta cerrada para mayor intimidad.
—Bueno —dijo London—, y ahora me muestras esto, y a decir verdad, preferiría
que no lo hubieras hecho. Porque tal como lo veo yo, ¿en qué podemos creer ya?
—En mucho —contestó Nim—. Hay mucho en qué ocuparnos * y mucho en qué
creer. Claro que ya no en la integridad del juez Yale.
—Toma, aquí están —Harry London le devolvió los papeles.
Se trataba de un puñado de cartas: ocho, algunas con copias de documentos
adjuntos; todas del archivo de Walter Talbot, que hasta su muerte en julio había sido
jefe de ingenieros en la «CGS».
Las tres cajas de cartón de las que había sacado las cartas estaban abiertas ahí
mismo, y el contenido desparramado por la oficina.
La tragedia de la semana anterior y sus secuelas habían retrasado la búsqueda de
las cartas que Nim recordó súbitamente durante la convención del «INE». Hoy, Nim
se había hecho subir los archivos de un depósito subterráneo. Le había llevado más de
una hora encontrar los papeles que buscaba, aquellos que recordaba haber visto de
pasada siete meses atrás, cuando estando en casa de Ardythe ella le dio las cajas para
que las pusiera a salvo.
Pero los encontró. La memoria no le había fallado.
Y ahora era inevitable usar las cartas como corpus delicti en un careo.
Exactamente dos semanas antes, cuando J. Eric Humphrey, Nim, Harry London y
el juez Paul Sherman Yale se reunieron para hablar del hurto de energía, el exjuez del
Tribunal Supremo había declarado sin lugar a dudas: «… encuentro que el concepto
de robo de energía es interesante. Sinceramente, no tenía idea de que existiera semejante cosa. Nunca había oído hablar de eso. Tampoco sabía que en este negocio
hubiera gente como el señor London».
La correspondencia encontrada por Nim demostraba que las cuatro afirmaciones
eran engañosas y falsas.
Como se decía de Watergate, tenían «el revólver humeante».
—Está claro —dijo London abruptamente— que nunca sabremos con seguridad
si el viejo dio su aprobación a la substracción de energía por el fondo Yale, y ni
siquiera si estaba enterado y les dejó hacer. Todo lo que podemos probar es que es un
mentiroso.
—Y que estaba terriblemente preocupado —dijo Nim—. De no ser así no hubiera
caído en la trampa.
Los hechos eran simples.
Walter Talbot había sido un pionero en atraer la atención hacia las pérdidas
financieras que sufrían las empresas a raíz de los robos. Sobre el tema había escrito
artículos, pronunciado discursos y concedido entrevistas a los medios de información,
y había sido perito en un juicio criminal del Estado de Nueva York, que había llegado
hasta los tribunales superiores a través de sucesivas apelaciones. El caso había
suscitado gran interés. También correspondencia.
Parte de la correspondencia era dirigida a un miembro del Tribunal Supremo de
los Estados Unidos. El juez Paul Sherman Yale.
El intercambio de cartas probaba que Walter Talbot y Paul Yale se conocían bien
desde tiempo atrás, en California.
La primera carta tenía un membrete distinguido.
Tribunal Supremo de los Estados Unidos
Washington, D.C. 20543
Comenzaba: «Mi querido Walter.»
El remitente expresaba su interés como jurista en un nuevo campo de aplicación
obligatoria de la ley, el del hurto de electricidad y gas. Pedía detalles sobre los tipos
de infracciones resultantes y los métodos utilizados para combatirlas. También pedía
que se le informara sobre lo que se sabía sobre juicios y sus resultados en diversos
lugares del país. En la carta se preguntaba por la salud de Ardythe y estaba firmada
«Paul».
Con sentido del decoro, Walter Talbot había respondido más formalmente: «Mi
querido juez Yale.»
Era una carta de cuatro páginas. La acompañaba la fotocopia de uno de los
artículos publicados por Walter.
Varias semanas después, Paul Yale volvió a escribir. Acusaba recibo de la carta y
hacía algunas preguntas que revelaban una lectura atenta del material recibido.
La correspondencia continuaba en cinco cartas más, espaciadas a lo largo de ocho
meses. En una de ellas, Walter Talbot describía la función del departamento de
Protección Patrimonial en una empresa de energía típica, y las tareas de quien lo dirigía, como era el caso, por ejemplo, de Harry London.
No era de extrañar que en las cartas se encontraran indicios de la mente de Paul
Sherman Yale, aguda e inquisitiva, con un intenso interés en todo.
Y toda esa correspondencia se había desarrollado solo dos años antes del retiro
del juez Yale del estrado.
¿Era posible que Yale se hubiera olvidado? Nim ya se había hecho esa pregunta, y
la respuesta era un «no» enfático. El hombre había dado demasiadas pruebas de su
notable memoria, tanto en lo grande como en el detalle, como para que eso fuera
posible. Harry London planteó el punto clave que Nim había estado debatiendo
consigo mismo:
—¿Por qué lo habrá hecho el viejo? ¿Porqué nos mintió de esa manera?
—Probablemente —dijo Nim pensativo—, porque sabía que Walter había muerto,
y porque consideró remota la posibilidad de que uno de nosotros tres, el presidente, tú
o yo, conociera esa correspondencia. En realidad, debe haberle parecido obvio que no
la conocíamos. Además, las probabilidades de que esas cartas llegaran a aparecer era
de una entre un millón.
London asintió y dijo:
—Supongo que el otro problema es cuántas veces habrá hecho lo mismo el
honorable Paul sin que lo descubrieran.
—Creo que nunca lo sabremos.
El jefe de Protección Patrimonial señaló las cartas.
—Naturalmente, se las enseñarás al presidente.
—Sí, esta tarde. Da la casualidad que sé que el señor Yale viene luego.
—Lo que trae a colación otra cosa —la voz de Harry London sonaba amargada
—. ¿Habrá que seguir haciendo lo imposible como hasta ahora para que el precioso
nombre de Yale no se vea mezclado en los procedimientos judiciales que se
avecinan? ¿O en vista de esta nueva información, corresponde que el Señor
Integridad corra sus riesgos como cualquier otro?
—No lo sé —suspiró Nim—. Sencillamente no lo sé. Y, de todas maneras, no seré
yo quien lo decida.
La confrontación decisiva contra el juez Yale tuvo lugar poco después de las seis en
las oficinas del presidente.
Cuando llegó Nim, convocado por la secretaria de J. Eric Humphrey, era obvio
que ya existía tensión. La mejor descripción de la expresión del presidente, pensó
Nim, era la de «viejo bostoniano herido». Humphrey tenía la mirada fría, y los labios
apretados. Paul Yale, si bien ignorante de lo que se preparaba, evidentemente
compartía la opinión de que se trataba de algo desagradable, y había reemplazado su
jovialidad habitual por una expresión de enojo. Ambos estaban sentados frente a una
mesa en el sector destinado a reuniones, y ninguno hablaba cuando Nim entró.
Nim se sentó en la silla a la izquierda de Eric Humphrey, frente al juez Yale.
Sobre la mesa puso el archivo con la correspondencia Talbot-Yale.
Eric Humphrey y Nim habían acordado antes el orden en que iban a proceder.
También decidieron que esta vez no era necesario incluir a Harry London.
—Paul —comenzó Humphrey—, en la ocasión en que nos reunimos los tres,
conversamos sobre ciertos problemas de robo de energía. En parte involucraban al
fondo de la familia Yale. Estoy seguro de que lo recuerda.
—Sí, claro —asintió el juez.
—En esa ocasión usted hizo ciertas afirmaciones. Todas en el sentido de que
hasta ese momento usted no tenía idea de que el robo de energía era un hecho.
—¡Basta de esto! —el juez Yale se sonrojó, enfadado—. No me gustan ni su tono
ni su actitud, Eric. Tampoco he venido a que se me interrogue sobre lo que quizá
pueda o no haber dicho…
La voz de Humphrey interrumpió agriamente la protesta.
—No hay ningún «quizá» en todo esto. Lo que nos dijo fue preciso y claro.
Además, lo repitió varias veces. Así lo recuerdo yo, y también Nim.
A Nim le resultó evidente que Paul Yale estaba pensando con gran rapidez. El
viejo dijo severamente:
—Haya dicho lo que haya dicho, eso no significa…
—Nim —ordenó el presidente—, enséñale al señor Yale el contenido de nuestro
archivo.
Nim abrió la carpeta y deslizó el pequeño montón de cartas y documentos
adjuntos sobre la mesa. La carta de fecha más antigua, en papel del Tribunal
Supremo, estaba arriba.
Paul Yale la cogió, le echó una mirada y la dejó caer prestamente. No se ocupó de
las otras. Su cara, roja ya, se sonrojó aún más.
Más tarde, mientras repasaba la escena mentalmente, Nim conjeturó que si bien
Yale temía alguna revelación desfavorable, la posibilidad de una confrontación con su
propia correspondencia de años atrás no se le había ocurrido. Lo que explicaría el
aturdimiento total y abyecto del viejo.
Se mojó los labios con la lengua. Parecía incapaz de encontrar las palabras que
buscaba. Luego dijo, molesto, a la defensiva:
—A veces, especialmente en Washington… con tantas cosas que ocurren, tantos
papeles, la correspondencia interminable… uno olvida… —la afirmación se apagó.
Fue obvio que le sonó tan falsa y poco convincente a él como a los otros dos.
—Borren eso —dijo abruptamente, y se levantó. Echando atrás la silla, se alejó de
la mesa y, sin mirar a Nim o a Humphrey, pidió—: Por favor, un momento para
ordenar mis ideas.
El viejo recorrió brevemente la alfombra del presidente. Luego * se volvió,
aunque siguió de pie.
—Es evidente, señores, como solo las pruebas documentales lo pueden demostrar, que he sido culpable de impostura y, merecidamente, no cabe duda, me han pescado
—la voz de Paul Yale era más baja que de costumbre; su expresión reflejó dolor
cuando siguió—: No agravaré mi error con explicaciones o excusas, ya sea
describiendo mi extrema ansiedad en nuestra conversación o recordando mi deseo
urgente y natural de proteger mi buen nombre.
«De todos modos —pensó Nim—, ha conseguido hacer ambas cosas mientras
decía que no lo haría.»
—Sin embargo —continuó Yale—, les juro que ni participé en el robo de energía
cometido por el fondo de la familia Yale, ni estaba enterado de él antes de nuestra
conversación anterior.
Eric Humphrey, según recordaba Nim antes, se había apresurado a aceptar la
palabra de Yale, permaneció callado. Probablemente, el presidente pensaba, como
Nim, que cualquiera capaz de mentir una vez para proteger su reputación, mentiría
otra vez por la misma razón.
Inevitablemente, Nim recordó la pregunta de Harry London: «¿Cuántas veces
habrá hecho lo mismo el honorable Paul sin que lo descubrieran?»
Mientras el silencio se alargaba, se acentuó el dolor que reflejaba la mirada del
viejo.
—Nim —dijo Eric Humphrey secamente—. No creo que sea necesario que
permanezcas aquí.
Aliviado, Nim recogió los papeles de la mesa y los devolvió a la carpeta mientras
los otros dos miraban. Cogió la carpeta y, sin decir nada más, se retiró.
No lo sabía entonces, pero sería la última vez que vería al juez Yale.
Nim nunca supo qué otras cosas se revelaron en la oficina del presidente ese día. No
lo preguntó, y Eric Humphrey no ofreció la información. Pero el resultado final
quedó claro a la mañana siguiente.
A las once, Humphrey hizo llamar a Nim y a Teresa van Buren. Sentado ante su
escritorio y con una carta en la mano, les informó:
—He recibido la dimisión del juez Paul Sherman Yale como portavoz y director
de la empresa. Se ha aceptado la dimisión lamentándola. Agregó que deseaba que se
hiciera el anuncio inmediatamente.
—Deberíamos dar alguna razón, Eric —dijo Van Buren.
—Razones de salud —Humphrey señaló la carta que tenía en la mano—. Los
médicos del señor Yale le indican que a su edad las tareas que realiza en la «CGS» le
resultan demasiado arduas. Le aconsejan no seguir con ellas.
—No hay problema —dijo la directora de Relaciones Públicas—. Estará en los
cables esta tarde. Pero tengo otra pregunta.
—¿Sí?
—Eso deja a la compañía sin portavoz. ¿Quién lo reemplaza?
El presidente sonrió por primera vez.
—Estoy demasiado ocupado para buscar otro, Tess, así que supongo que no tengo
otra alternativa. Hay que ensillar a Nim de nuevo.
—¡Aleluya! —dijo Van Buren—. Ya saben lo que pienso. No hubieran debido
quitársela.
Fuera de la oficina del presidente, Teresa van Buren bajó la voz:
—Nim, dígame la verdad acerca de esto de Yale. ¿Qué salió mal? De todos
modos, tarde o temprano lo descubriré.
Nim sacudió la cabeza.
—Ya ha oído al presidente, Tess. Razones de salud.
—¡Mala persona! —le gritó ella—. En castigo quizá no le ponga en la televisión
hasta la semana que viene.
Harry London leyó al día siguiente la información publicada sobre la dimisión de
Paul Yale, y fue a ver a Nim.
—Si tuviera agallas —afirmó—, dimitiría asqueado por esa ficción de las razones
de salud y la aceptación con grandes lamentaciones. Nos convierte a todos en unos
mentirosos, tal como es él.
Nim, que no había dormido bien, dijo irritado:
—Y bien, adelante, ¡dimite!
—No puedo.
—Entonces deja de hacerte el santo, Harry. Tú mismo dijiste que no hay manera
de probar que el juez Yale tuvo algo que ver con el robo de energía.
—Pero está involucrado. Cuanto más pienso en ello, más lo creo —dijo London,
malhumorado.
—No olvides —le señaló Nim— que Ian Norris, que administraba el fondo de la
familia Yale, juró que no sabía nada.
—Sí, y todo el asunto huele a arreglo. A Norris le compensarán de algún modo,
más adelante: quizá manteniéndolo como fideicomisario del fondo. Además, Norris
no ganaba nada con involucrar al gran hombre.
—Pensemos lo que pensemos —dijo Nim—, esto está bien terminado. Así que
vuelve a tu trabajo y atrapa más ladrones de energía.
—Ya lo he hecho. Hay un montón de casos nuevos, a la par de los que surgen de
la investigación «Quayle». Pero, Nim, te diré una cosa para el futuro.
—Adelante —suspiró Nim.
—Hemos tomado parte en un encubrimiento, tú y yo; un encubrimiento para
proteger al muy importante nombre de Yale. Eso sirve para demostrar que todavía
hay reglas y leyes especiales para los que tienen influencia y poder.
—Mira, Harry…
—¡No, escucha hasta el final! Ahora mismo, Nim, doy aviso de que si en algún caso en el futuro tengo pruebas terminantes, con quien sea, nadie me va a impedir
exponerlo públicamente y hacer lo que hay que hacer.
—Está bien, está bien —dijo Nim—. Si hay pruebas terminantes lucharé a tu
lado. Y ahora que lo hemos resuelto, por favor, déjame trabajar.
Cuando se quedó solo, Nim lamentó haber desahogado su malhumor con Harry
London. La mayor parte de lo que había dicho London, acerca de que la aceptación
de la renuncia era una mentira y parte de un encubrimiento, ya se le había ocurrido a
él y le había preocupado la noche pasada, en la que durmió solo a ratos. ¿Había
matices en la mentira? Nim no lo creía así. Tal como lo veía él, una mentira es una
mentira. Punto. En cuyo caso, ¿no era la «CGS» (en la persona de Eric Humphrey,
que autorizaba una mentira pública, y de Nim, que la encubría con su silencio) tan
culpable como Paul Sherman Yale?
Solo podía haber una respuesta: Sí.
Seguía pensando en eso cuando su secretaria, Vicki Davis, hizo sonar el timbre y
le dijo:
—El presidente quiere verle en seguida.
Nim se dio cuenta inmediatamente de que J. Eric Humphrey estaba extrañamente
alterado.
Cuando Nim entró, el presidente caminaba inquieto por la oficina, cosa que
raramente hacía. Siguió de pie mientras hablaba y Nim escuchaba.
—Hay algo que quiero decirle, Nim, y en seguida le explicaré por qué —dijo el
presidente—. Últimamente he sentido vergüenza y fastidio ante ciertos hechos
ocurridos en la empresa. No me gusta sentirme avergonzado de la organización que
me paga un salario y que yo encabezo.
Humphrey hizo una pausa y Nim permaneció callado, preguntándose qué vendría
después.
—Una de las cosas que me avergonzaba —continuó el presidente—, se solucionó
en las últimas veinticuatro horas. Pero hay otro problema, mayor aún, que persiste:
los violentos ataques contra la vida y la propiedad de esta compañía.
—El FBI y la policía… —comenzó Nim.
—No han logrado nada —estalló Humphrey—. ¡Absolutamente nada!
—Han metido a Birdsong en la cárcel —señaló Nim.
—Sí; ¿y por qué? Gracias a una periodista inteligente y decidida, más hábil que
un ejército de profesionales de la justicia. Recuerde también que fue la información
proporcionada por la misma joven la que condujo a la acción contra esos
sinvergüenzas de la casa de la calle Crocker, y a su muerte: su justo merecido.
Solo J. Eric Humphrey, pensó Nim, hablaría de «sinvergüenzas» y de «justo
merecido». De todos modos, Nim casi nunca había visto a Humphrey tan
abiertamente emotivo. Sospechó que lo que decía ahora lo había llevado encerrado adentro durante mucho tiempo.
—Piense en esto —siguió Humphrey—. Desde hace más de un año estamos
sufriendo la indignidad de que una banda de terroristas, gentuza de poca monta, nos
coloque bombas en nuestras plantas y hasta en nuestras oficinas. Peor aún, nos ha
costado la vida de nueve buenas personas de los nuestros, sin incluir al señor Romeo,
que murió en el hotel «Christopher Columbus». ¡Y ésta es otra cosa! Estoy
profundamente avergonzado de que siendo nosotros los anfitriones en la convención
del «INE», haya podido ocurrir ese episodio terrible.
—No creo, Eric —dijo Nim—, ni creo que nadie lo crea, que la «CGS» tenga la
culpa de lo que ocurrió en el «Columbus».
—Yo los culpo y me culpo a mí mismo, por no haber insistido más en que las
fuerzas de seguridad hicieran algo. Aún ahora, ese hombre vil, el dirigente
Archambault, anda suelto —la voz de Humphrey había subido de tono—. Ha pasado
toda una semana. ¿Dónde está? ¿Por qué no lo encuentran las fuerzas de seguridad?
—Tengo entendido —dijo Nim— que siguen buscándole y creen que está en
algún lugar en el área de North Castle.
—¡Donde sin duda conspira para matar o mutilar a más de los nuestros, y
perjudicar a nuestra compañía! Nim, quiero que encuentren a ese maleante. Si es
necesario, que lo encontremos nosotros, la «CGS».
Nim estaba a punto de decir que una empresa de energía no está equipada para
realizar trabajos de policía, pero lo pensó mejor. Preguntó entonces:
—Eric, ¿qué plan tiene?
—Pienso que somos una empresa que emplea mucha gente de gran calidad, de
buena capacidad mental. A juzgar por los resultados, las fuerzas de seguridad carecen
de ambas. En consecuencia, Nim, mis instrucciones son éstas: ponga su inteligencia y
la de otros al servicio de este problema. Llame a quien necesite para ayudarle; tiene
mi autorización. Pero quiero resultados. Por la gente que ha muerto, por sus
familiares y por todos nosotros que nos enorgullecemos de la «CGS», quiero que
encuentren a ese despreciable Archambault y lo pongan en manos de la justicia.
El presidente se detuvo, la cara enrojecida, y dijo brevemente:
—Eso es todo.
Fue una verdadera coincidencia, pensó Nim después de su conversación con Eric
Humphrey, que él también hubiera estado pensando en la capacidad mental.
Cuatro meses atrás, en gran medida debido al escepticismo del juez Yale, Nim
había abandonado el enfoque de «los grupos de pensamiento» para estudiar el
problema de los atentados terroristas cometidos por los así llamados «Amigos de la
Libertad».
A raíz de la crítica de Paul Yale de que habían «llevado la suposición —puras
conjeturas sin fundamento— al límite, y aún más allá», Nim no había vuelto a convocar a Oscar O’Brien, Teresa van Buren y Harry London, a más «reuniones para
pensar». Y sin embargo, repasando lo que ahora se sabía, las ideas y conjeturas del
cuarteto habían andado curiosamente cerca de la verdad.
En justicia, razonó Nim, no podía culparse a sí mismo. Si hubiera insistido en
lugar de dejarse dominar por Yale, quizás hubieran anticipado y hasta evitado algunos
de los hechos trágicos ocurridos más tarde.
Ahora, armado con las instrucciones de Eric, quizá se pudiera hacer algo.
Originalmente, cuando conversaba sobre el entonces desconocido líder de los
«Amigos de la Libertad», el «grupo de pensamiento» le puso la etiqueta de «X».
Ahora se conocía la identidad de «X», y se creía que el hombre, Georgos
Archambault, peligroso y continua amenaza para la «CGS» y otros, se escondía en
algún lugar de la ciudad. ¿Sería posible que el pensamiento intensivo y la discusión
indagatoria llegaran a descubrir el escondite?
Hoy era viernes. Nim decidió que, en algún momento del fin de semana, haciendo
uso de la autorización del presidente si fuera necesario, convocaría nuevamente a los
«pensadores».