El apagón

Arthur Hailey · Capítulo 54 de 68

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El apagón

Capítulo 6

 

El teniente de guardia en el centro de operaciones del departamento de policía se dio

cuenta de que debía tomar una decisión rápida.

Un momento antes, el telefonista de la policía que recibió la llamada de Nancy

Molineaux al 911, le había hecho un gesto al teniente mientras tomaba nota de la

información para que escuchara. Lo hizo. Después de escuchar brevemente la

interrogó; Nancy se identificó y dijo que era periodista del California Examiner.

Explicó lo de las cintas: cómo habían llegado a su poder, cómo le habían revelado la

información que les pasaba con toda urgencia.

—He oído hablar de usted, señorita Molineaux —dijo el teniente—. ¿Llama

desde el periódico?

—No. Desde mi apartamento.

—La dirección, por favor.

Se la dio.

—¿Figura en la guía telefónica?

—Sí. Como «Molineaux, N».

—Corte, por favor —dijo el teniente—. La llamaremos inmediatamente.

El telefonista de la policía —uno entre veinte que se ocupan de las llamadas de

emergencia— ya había encontrado el número en una guía telefónica de la ciudad. Lo

escribió en un trozo de papel que le pasó al teniente; éste lo marcó y esperó.

Nancy contestó a la primera llamada.

—Señorita Molineaux, ¿ha llamado usted a emergencias de la policía?

—Sí.

—Gracias. Teníamos que verificar la llamada. ¿Dónde estará luego, por si la

necesitamos?

—En el hotel «Christopher Columbus» —dijo Nancy—. ¿Dónde demonios voy a

estar? —cortó.

El teniente pensó un instante. Había comprobado que la llamada era auténtica, no

de un maníaco. Pero ¿sería una información lo suficientemente seria como para

justificar la evacuación, en medio de la noche, del hotel más grande de la ciudad, con

la consiguiente alarma?

Normalmente, en el caso de un aviso de bombas (la policía recibía cientos por

año), el procedimiento era enviar una patrulla formada por un sargento y dos o tres

agentes, para investigar. Si sospechaban algo o encontraban razonable el aviso,

llamaban por teléfono al centro de operaciones y se ponían en marcha los

procedimientos para emergencias. (La comunicación de radio nunca se usaba en esa

etapa por dos razones. Si existía una bomba, una señal de radio podía hacerla estallar.

Y como las radios de la policía podían ser interceptadas por mucha gente, la policía

trataba de retrasar la llegada de la prensa y del público, que estorbarían en el lugar.)

Pero si la denuncia recibida era verdadera y el peligro real, no había tiempo para aplicar los métodos regulares.

Durante el día, si las fuerzas de los departamentos de policía y bomberos

trabajaban a un tiempo, un hotel como el «Christopher Columbus» podía ser

evacuado en media hora. De noche, en cambio, llevaría más tiempo: una hora si lo

hacían rápido y con suerte. Una evacuación nocturna presenta siempre problemas

especiales; había gente de sueño pesado, borrachos, incrédulos, parejas que no

deseaban ser descubiertas, que obligaban a buscar habitación por habitación y a usar

ganzúas.

Pero no tenían una hora. El teniente de guardia miró el gran reloj digital que tenía

encima de él: las dos y veintiún minutos. La periodista había dicho que una bomba, o

varias, podían estallar a las tres. ¿Cierto? ¿Falso? ¡Qué diablos!, ojalá pudiera

comunicarse con un superior para que él decidiera; pero tampoco había tiempo para

eso.

El teniente tomó la única determinación posible y ordenó:

—Comiencen el procedimiento de evacuación en caso de bombas en el hotel

«Christopher Columbus».

Inmediatamente comenzaron a funcionar una media docena de teléfonos del

centro de operaciones. Primero se hicieron llamadas de alarma a la policía del distrito

central y a las unidades contra incendios; las autobombas y los coches de policía se

pondrían en marcha en seguida. Luego, llamaron directamente al comando nocturno

del departamento de policía y al subjefe de bomberos, que dirigirían en acción

conjunta la evacuación del hotel. Simultáneamente, se alertó a la unidad táctica

policial, que incluía las patrullas de explosivos; seguirían de cerca a las otras fuerzas.

Después, una llamada a un cuerpo cercano del ejército, cuya unidad de explosivos

suministraría expertos en desactivación de bombas. Se pidió a los departamentos de

policía de ciudades próximas que ayudaran enviando sus patrullas antiexplosivos. Se

solicitaron ambulancias, en la seguridad que se las necesitaría. Siguieron citaciones a

funcionarios policiales, de bomberos y municipales, la mayoría de los cuales fueron

despertados en sus casas.

El teniente de guardia hablaba por teléfono con el administrador nocturno del

«Christopher Columbus».

—Hemos recibido una denuncia, que consideramos auténtica, de que han

colocado bombas en su hotel. Recomendamos la evacuación inmediata, unidades de

policía y de bomberos se dirigen hacia allá.

El uso de la palabra «recomendamos» era deliberado. Técnicamente el teniente no

tenía autoridad para ordenar la evacuación; esa decisión la debía tomar la

administración del hotel. Afortunadamente, el administrador nocturno no era ni

puntilloso ni tonto.

—Haré funcionar las alarmas —dijo—, y el personal hará lo que usted diga.

Como una máquina de guerra puesta en marcha, los efectos de la operación se

difundieron rápidamente: cada componente, en un impulso acelerado, utilizó técnicas especializadas para convertirse en parte del esfuerzo total. La acción ya se había

alejado del centro de operaciones, que ahora canalizaría las informaciones. Mientras

tanto, subsistían dos incógnitas vitales. ¿Explotarían las bombas a las tres? De ocurrir

eso, ¿se alcanzaría a evacuar el hotel en los treinta y seis minutos que restaban? Era

un tiempo demasiado escaso.

El suspense tendría corta duración. Pronto se conocería la respuesta a esas

preguntas.

 

Nancy Molineaux se dijo que, habiendo cumplido su deber con la humanidad, ahora

podía volver al periodismo.

Estaba todavía en su apartamento preparándose para salir. Mientras se echaba

encima alguna ropa a toda prisa, Nancy llamó por teléfono al jefe de redacción de la

noche del Examiner y le hizo una rápida reseña de lo que tenía. Cuando éste le hizo

unas preguntas rápidas, sintió que se estaba entusiasmando ante la perspectiva de la

exclusividad de una noticia sensacional.

—Voy al hotel —le dijo Nancy—. Luego iré allá para escribir —sin preguntarlo

sabía que enviarían a todos los fotógrafos que pudieran conseguir.

—Otra cosa —le dijo al jefe de redacción—. Tengo dos cassettes de cintas. Tuve

que decírselo a la policía, que seguramente las querrá como prueba, de modo que las

secuestrarán. Antes de eso tendríamos que sacar copias.

Acordaron que un mensajero se encontraría con Nancy en el hotel y recogería las

cintas. De allí las llevaría rápidamente a la residencia del redactor de espectáculos del

periódico, un fanático de la alta fidelidad, que tenía su propio laboratorio de

grabación.

Sabían que estaba en su casa y le avisarían que iban con las cintas.

Las copias y un aparato portátil para pasarlas estarían esperando a Nancy en la

sala de redacción.

Nancy ya había llegado corriendo a la puerta del apartamento cuando recordó

algo.

Volvió apresuradamente al teléfono y marcó el número del hotel «Christopher

Columbus», que sabía de memoria. Cuando el telefonista contestó, le indicó:

—Póngame con la habitación de Nimrod Goldman.

En el sueño de Nim, el sistema eléctrico de la «CGS» estaba en una crisis

gravísima. Las plantas generadoras habían fallado una tras otra, hasta que solo

quedaba una: La Mission N.° 5, «Gran Lil». Luego, tal como había ocurrido el verano

anterior, el día que murió Walter Talbot, el panel de La Mission N.° 5 en Control de

Energía comenzó a emitir señales de advertencia; luces intermitentes y una

campanilla aguda. Las luces disminuyeron, pero la campanilla insistía, invadiendo la

conciencia de Nim hasta que se despertó y se encontró con que sonaba el teléfono que

tenía al lado de la cama. Medio dormido, levantó el auricular.

—¡Goldman! ¿Es usted, Goldman?

Parcialmente despierto todavía, contestó:

—Sí.

—Soy Nancy Molineaux. ¡Escuche!

—¿Quién?

—¡Nancy Molineaux, idiota!

En medio de su sueño, empezó a sentir furia.

—Molineaux, ¿no sabe que estamos en medio de la noche…?

—¡Cállese la boca y escuche! Goldman, contrólese y despierte. Usted y su familia

están en peligro. Confíe en mí…

Apoyándose en un codo, Nim dijo:

—No confiaría en usted… —luego recordó lo que había escrito el día anterior y

se calló.

—¡Goldman, saque a su familia del hotel! ¡Ahora mismo! ¡No se detenga ante

nada! Han puesto bombas.

Ahora estaba enteramente despierto.

—¿Es una broma? Porque si lo es…

—No es una broma —la voz de Nancy rogaba—. ¡Por Dios, créame! Esos

degenerados de los «Amigos de la Libertad» han colocado bombas camufladas como

extintores de incendios. Saque a su mujer y sus hijos…

El nombre «Amigos de la Libertad» le convenció. Entonces recordó el hotel

atestado de asistentes a la convención.

—¿Y la otra gente?

—La alarma ya ha sonado. ¡Muévase!

—¡Bien!

—Nos veremos frente al hotel —dijo Nancy, pero Nim no la oyó. Había colgado

y sacudía enérgicamente a Ruth.

A los pocos minutos Nim sacaba a toda prisa de la suite a los niños llorando,

aturdidos de sueño y todavía en pijama. Ruth le seguía. Nim se dirigió a la escalera

de emergencia, bien enterado de que había que mantenerse lejos de los ascensores en

esos casos, por si acaso fallaban, con el peligro de quedar atrapados. Cuando

empezaron el largo descenso de veintiséis pisos, oyó las sirenas en la calle, débiles

primero, luego cada vez más fuertes.

Ya habían bajado tres pisos cuando en todo el hotel se oyeron las campanillas de

alarma sonando estridentes.

 

Esa noche hubo actos de valor y heroísmo. Algunos pasaron desapercibidos, otros

fueron notorios.

La evacuación del hotel se hizo rápidamente y en su mayor parte con serenidad.

La policía y los bomberos llegaron rápidamente a todos los pisos, golpearon puertas, gritaron, desoyeron preguntas y dieron órdenes, urgieron a la gente para que bajara

por las escaleras, advirtiéndoles que no usaran los ascensores. Otras personas de las

fuerzas de emergencia, ayudadas por personal del hotel, utilizaron ganzúas para

entrar en habitaciones en las que nadie respondía. Y en medio de todo eso continuaba

sonando la alarma contra incendios.

Algunos huéspedes protestaron y discutieron, y un puñado se mostró belicoso,

pero cuando se les amenazó con detenerles, se unieron a los que huían hacia el

exterior. Muy pocos de los huéspedes, quizá ninguno, sabían exactamente qué

ocurría; aceptaron la inminencia de un peligro y se apresuraron, llevando un mínimo

de ropa, y abandonaron sus pertenencias en las habitaciones. Un hombre obedeció las

órdenes medio dormido y llegó hasta la escalera de su piso sin darse cuenta de que

estaba desnudo. Un bombero sonriente le permitió volver a ponerse pantalones y

camisa.

La evacuación ya estaba en marcha cuando llegó la patrulla de explosivos de la

policía en tres camionetas, haciendo chillar las sirenas. Los hombres entraron a

montones en el hotel y, trabajando rápida pero cuidadosamente, verificaron todos los

extintores a la vista. Los que les parecieron sospechosos los enlazaron con sogas,

hecho lo cual los hombres se alejaban todo lo posible dejando soga, cuando se

aseguraban de que no había gente cerca tiraban de la soga; el extintor se sacudía y

tumbaba; ese movimiento era suficiente para hacer estallar cualquier bomba de

contacto. Pero no hubo explosión, y después de haber examinado el extintor, uno lo

cogía y lo llevaba fuera. Eso representaba el mayor riesgo, pero se aceptó como

inevitable dadas las circunstancias.

Los extintores con explosivos eran llevados con toda premura en una flotilla de

camionetas desde la calle frente al hotel hasta el puerto, donde desde un muelle en

desuso se los arrojaba en la bahía.

Inmediatamente después de iniciadas las tareas de la patrulla de explosivos de la

policía, se les unió una unidad de artillería del ejército, integrada por una media

docena de oficiales y tropa, todos expertos en explosivos, que ayudaron a acelerar la

operación de desactivación de las bombas.

A los veinte minutos de sonar la alarma, la gente a cargo de la evacuación vio que

iba bien y más rápido de lo esperado. Las posibilidades de sacar la mayoría de los

huéspedes antes de las tres eran ciertas.

Todas las calles que llevaban al «Christopher Columbus» estaban llenas de

vehículos: equipos contra incendios, coches y camiones de policía, ambulancias,

todos con sus luces de alerta centelleando. Acababa de llegar un camión enorme del

Servicio Municipal de Emergencia para instalar un puesto de mando en el lugar.

Entre los recién llegados estaban dos camiones pesados de la «CGS»; un equipo se

mantenía preparado para intervenir en problemas de energía, el otro desconectaba el

gas en la tubería general de la calle.

Representantes de la prensa, televisión y radio iban llegando en gran número, haciendo preguntas ansiosas a quien quisiera contestar. Dos emisoras de radio locales

transmitían en vivo desde el lugar. La noticia ya era internacional: «AP» y «UPI»

habían despachado boletines a toda la nación y al exterior.

Entre la gente de prensa, Nancy Molineaux era centro de atención en un grupo

compuesto por varios detectives de la policía, un agente especial del FBI y un joven

ayudante del fiscal.

El fiscal había sido avisado por el centro de operaciones de la policía. Nancy

contestaba a todas las preguntas que podía, pero se mantenía evasiva respecto a las

dos cassettes que ya le habían recogido, de acuerdo con lo convenido con el jefe de

redacción. Bajo una severa, casi amenazadora admonición del fiscal, prometió

entregárselas antes de dos horas. Un detective, después de conversaciones con sus

superiores y el fiscal, dejó el grupo para telefonear dos órdenes: allanar la casa de la

calle Crocker número 117, y arrestar a Georgos Archambault y a Davey Birdsong.

Mientras tanto, la policía y los bomberos aceleraron la evacuación del hotel.

Inevitablemente, hubo víctimas mientras se vaciaba el hotel. Una mujer mayor

tropezó en la escalera de emergencia de cemento y cayó mal, fracturándose la cadera

y la muñeca. El equipo de una ambulancia la evacuó, quejándose, en una camilla. Un

funcionario de una empresa de energía de Nueva Inglaterra sufrió un ataque al

corazón al bajar veinte pisos, y murió camino del hospital. Otra mujer cayó y sufrió

una conmoción. Varias otras personas sufrieron heridas, magulladuras y contusiones

menores como resultado de la precipitación y el congestionamiento en las escaleras.

No pareció haber pánico. Personas que no se conocían se ayudaron mutuamente.

Casi no se observaron groserías o descortesías. Algunos más valientes bromeaban

para ayudar a los demás a sobreponerse al temor.

Una vez fuera del hotel, los evacuados eran conducidos a una calle lateral, a dos

manzanas de allí, donde habían formado una barrera con coches de la policía.

Afortunadamente, se trataba de una noche suave y nadie parecía sufrir por el poco

abrigo. Al cabo de un tiempo apareció un camión de la Cruz Roja, y trabajadores

voluntarios sirvieron café e hicieron lo posible para controlar a la gente mientras

esperaba.

Nim Goldman y su familia estuvieron entre los primeros grupos en llegar al área

aislada por el cordón policial. Leah y Benjy ya estaban completamente despiertos y

excitados por lo que ocurría. Cuando se aseguró de que Ruth y los chicos estaban

bien, y a pesar de las protestas de Ruth, Nim volvió al hotel. Más tarde comprendería

que había sido extremadamente arriesgado, pero en el momento le impulsó la

embriagadora excitación general y el recuerdo de dos cosas. La referencia hecha de

paso por Nancy Molineaux, cuando le llamó por teléfono hablando de «bombas

camufladas como extintores de incendios», y el recuerdo del joven que el día anterior

había dejado un extintor en el vestíbulo, detrás de un silla, mientras Nim y Wally

Talbot le observaban. Nim quiso asegurarse, cuando todavía quedaba tanta gente en

el hotel, si ese extintor en particular había sido encontrado.

Eran cerca de las tres.

A pesar del río de huéspedes agitados que salían de la entrada principal del hotel,

Nim consiguió abrirse paso para entrar. Una vez dentro del vestíbulo, trató de atraer

la atención de un bombero que pasaba, pero el hombre le hizo a un lado con un

«ahora no, compañero», y corrió escaleras arriba hacia el primer piso.

No parecía haber ninguna otra persona con autoridad y desocupada; Nim se

encaminó hacia el lugar donde había visto colocar el extintor.

—¡Señor Goldman! ¡Señor Goldman! —el grito le llegó de la derecha, y vio que

se le acercaba rápidamente un hombre bajo, de civil, con una insignia de metal

pinchada en el bolsillo delantero. Nim reconoció a Art Romeo, el pequeño delegado

de apariencia sospechosa, empleado de Harry London en el departamento de

Protección Patrimonial. El distintivo de agente de seguridad de la «CGS» parecía

conferirle autoridad en la emergencia.

Mucho después, Nim llegaría a saber que cuando sonó la alarma, Art Romeo

estaba de visita en el hotel, jugando al poker con camaradas de otras empresas.

Prestamente se colocó la insignia de su cargo y ayudó a la evacuación.

—¡Señor Goldman, debe salir!

—¡Olvídelo! Necesito ayuda —Nim explicó apresuradamente lo del extintor que

sospechaba era una bomba.

—¿Dónde está, señor?

—Por aquí —Nim fue hasta donde había estado sentado el día anterior y apartó la

silla. El extintor estaba donde lo había dejado el joven de mono.

La voz de Art Romeo adquirió autoridad:

—¡Aléjese! ¡Salga! ¡Fuera!

—No, tiene que ser…

Lo que ocurrió después fue tan rápido, que luego a Nim le costó recordar el orden

de los hechos.

Oyó que Romeo gritaba:

—¡Oficiales! ¡Aquí! —de repente, dos policías musculosos estaban al lado de

Nim, y Romeo les decía—: Este hombre se niega a irse. ¡Llévenlo fuera!

Sin discutir la orden, los policías agarraron a Nim y le arrastraron hacia la entrada

principal. Cuando le echaron fuera consiguió mirar hacia atrás. Vio el pequeño

cuerpo de Art Romeo que levantaba el extintor y les seguía llevándolo abrazado.

Ignorando las protestas de Nim, los policías continuaron empujándole hacia el

área de evacuación, a dos manzanas de distancia. Cuando faltaban unas yardas le

soltaron. Uno dijo:

—Si vuelve, señor, le detenemos, le llevamos a la ciudad y le denunciamos. Es

por su propio bien.

En ese mismo momento se oyó el terrible estruendo de una explosión, seguido de

una cacofonía de cristales rotos.

En los días siguientes, por referencias de testigos e informes oficiales, le fue posible conectar los diversos hechos.

Con la información suministrada al centro de operaciones de la policía por Nancy

Molineaux, obtenida en las cintas grabadas y sus notas, la patrulla de explosivos sabía

que tenían que buscar bombas de alto poder en la planta baja y el primer piso del

hotel. Localizaron todas las bombas o creyeron hacerlo, y con ayuda del ejército las

sacaron fuera.

Un portavoz de la patrulla de explosivos dijo al día siguiente:

—En esas circunstancias nosotros y los muchachos del ejército corrimos riesgos

que generalmente no corremos. Apostamos a que tendríamos tiempo de hacer lo que

hicimos, y la apuesta salió bien. Si nos hubiéramos equivocado en el cálculo, ¡solo

Dios sabe lo que hubiese sucedido!

Sin embargo, la patrulla se equivocó al creer que habían localizado todas las

bombas. La que no vieron fue la que Nim recordó.

Cuando Art Romeo cogió la bomba valientemente y tambaleándose bajo su peso

la sacó del hotel para llevarla al lugar donde los camiones las recogían para alejarlas,

todos los miembros de la patrulla estaban en los pisos altos del hotel, trabajando

febrilmente para eliminar las bombas incendiarias.

Así que cuando Art dejó la bomba en el suelo, no había nadie cerca. Explotó

segundos después. Romeo voló hecho pedazos. Casi todas las ventanas de las

manzanas adyacentes se rompieron, lo mismo que los cristales de los vehículos

próximos. Pero milagrosamente, increíblemente, nadie más resultó herido.

Cuando se extinguió el estruendo de la explosión, las mujeres gritaban y los

hombres maldecían.

La explosión también marcó un punto crítico. Nadie cuestionó ya la necesidad del

éxodo de emergencia. La conversación entre los huéspedes desalojados fue

marcadamente más tranquila. Algunos abandonaron la idea de volver al «Christopher

Columbus» y comenzaron a retirarse pausadamente, tomando medidas para pasar el

resto de la noche.

Pero dentro del hotel, aunque no quedaban huéspedes, la actividad no había

terminado.

De las casi veinticuatro bombas que Georgos Archambault y sus compañeros

habían colocado en los pisos superiores, ocho no fueron localizadas y sacadas a

tiempo; estallaron poco después de las tres. Se produjeron incendios violentos. Se

tardó más de una hora en dominarlos; los pisos donde estaban las bombas quedaron

hechos un revoltijo empapado y quemado. Todos los que participaron en la

emergencia quedaron convencidos de que sin el aviso previo y la evacuación, el

número de muertos hubiera sido enorme.

Así y todo, murieron dos policías y tres bomberos. Otros dos bomberos sufrieron

lesiones graves. Todos estaban cerca de las bombas incendiarias cuando explotaron.

Cuando el alba sucedió a la oscuridad, seguían limpiando.

A la mayoría de los huéspedes del «Christopher Columbus» se les proporcionó alojamiento temporal en otros lugares. Luego, los que pudieran, volverían para buscar

sus pertenencias antes de iniciar un triste viaje de regreso.

Por acuerdo unánime, que nadie se preocupó siquiera en comentar, la convención

del «INE» no continuó.

Nim llevó a Ruth, Leah y Benjy a casa en taxi. Había querido agradecer su

llamada a Nancy Molineaux, pero viendo que por alguna razón ella seguía siendo

centro de atención, decidió hacerlo luego.

Cuando Nim y su familia se iban, los furgones del depósito de cadáveres se

sumaban a los otros vehículos que ya estaban en el lugar.

 

Poco después de la explosión que mató a Art Romeo, Georgos Archambault

sollozaba mientras corría hacia donde tenía aparcada su camioneta de «Servicio de

Protección contra Incendios».

¡Todo había salido mal! ¡Todo!

Georgos no podía comprenderlo.

Unos treinta y cinco minutos antes, justo después de las dos y veinticinco, le

había intrigado oír sirenas que se acercaban a la zona donde estaba esperando en la

camioneta. Instantes después pasaron autobombas y coches de la policía a toda

velocidad, evidentemente rumbo al «Christopher Columbus». Con el correr de los

minutos, aumentó la actividad y siguieron más vehículos. Ahora Georgos estaba

terriblemente alarmado.

Cuando faltaban veinte minutos para las tres no pudo aguantar más. Salió de la

camioneta, la cerró y caminó hacia el hotel; se acercó lo más que pudo, hasta que le

detuvo una barrera de coches de la policía.

Se había acercado lo suficiente como para ver, para su gran consternación, que la

gente salía del hotel en pijama, instada por la policía y los bomberos a andar más

ligero.

¡Se suponía que esa gente permanecería en el hotel hasta que explotaran las

bombas y el hotel se incendiara! Entonces sería demasiado tarde para que salieran.

Georgos quería agitar los brazos y gritar: «¡Vuelvan! ¡Vuelvan!» Desesperado,

comprendió que no obtendría resultado alguno y además llamaría la atención.

Luego, mientras estaba observando, vio que algunas personas que no tenían

derecho a meterse con ellos, sacaban los extintores de incendios que él había ubicado

con tanto cuidado, y los alejaban en camiones a toda prisa, desbaratando lo que

Georgos había planeado tan concienzudamente. Pensó que si por lo menos hubiera

colocado las bombas como trampas, con apenas un poco más de trabajo, no las

hubieran podido mover. Pero había confiado demasiado en que nada saldría mal. Y

no había sido así; los «Amigos de la Libertad» se quedaban sin su gloriosa victoria.

Fue entonces cuando Georgos se echó a llorar.

No se consoló ni siquiera cuando oyó explotar la bomba en la calle; y se alejó.

¿Cómo había ocurrido? ¿Por qué había fallado? ¿De qué manera tortuosa le había

descubierto el enemigo? Miró a los bomberos y a la policía —esclavos ciegos e

ignorantes del capitalismo— con amargura y furia.

Entonces Georgos comprendió que quizá ya conocían su identidad y que estaba

en peligro, y echó a correr.

Encontró la camioneta donde y tal como la había dejado. Nadie pareció fijarse en

él cuando la abrió y se alejó, aunque en casi todos los edificios se encendían luces y

los curiosos se acercaban apresuradamente al hotel, atraídos por el ruido y la

actividad.

Instintivamente, Georgos se dirigió a la calle Crocker, pero luego se preguntó:

¿Era prudente?

La pregunta tuvo rápida respuesta. Al entrar en Crocker por la esquina más

alejada del 117, vio que más adelante la calle estaba bloqueada por coches de la

policía. Momentos después escuchó disparos, una ráfaga, una pausa, una segunda

ráfaga, como si contestaran los disparos. Georgos comprendió que Wayde, Ute y

Félix, que habían preferido quedarse en la casa esa noche, estaban atrapados; deseó

desesperadamente estar con ellos, y si fuera necesario morir noblemente. Pero ahora

no tenía forma de entrar o salir luchando.

Tan rápido como pudo, esperando no llamar la atención, hizo girar la camioneta y

volvió por donde había venido. Solo le quedaba un lugar donde ir: el apartamento de

North Castle; el refugio para una crisis como aquélla.

Mientras conducía, la mente de Georgos trabajaba con rapidez. Si se conocía su

identidad, la policía estaría buscándole. Quizás estaban ya organizando una redada.

Así que debía correr a ocultarse. Otra cosa: era muy posible que los cerdos estuvieran

al tanto de la camioneta «Servicio de Protección contra Incendios», y la estarían

buscando; por lo tanto, había que abandonarla. Pero no antes de haber llegado más

cerca del escondite en North Castle. Corrió el riesgo y aceleró.

Había un riesgo que no debía correr, razonó. No podía dejar la camioneta

demasiado cerca del apartamento, pues delataría su presencia. Se acercaba a North

Castle. ¿Hasta dónde se atrevería a acercarse? Decidió que a menos de un kilómetro.

Cuando calculó estar a esa distancia, se acercó a la acera, paró el motor y salió sin

preocuparse de cerrar la camioneta ni de quitar la llave del motor. Siguió razonando:

la policía probablemente supondría que había tenido un coche aparcado esperándole y

que había cambiado de vehículo, o que había cogido un autobús nocturno o un taxi;

cualquiera de esas conjeturas mantendría ignorado su paradero.

Lo que Georgos no vio fue que un borracho, que se estaba recobrando de la

botella de vino barato que se había bebido, estaba apoyado contra una puerta frente al

lugar en que detuvo la camioneta. El borracho estaba lo suficientemente lúcido como

para observar la llegada de la camioneta y la partida a pie de Georgos.

Georgos caminó a paso vivo. Las calles estaban silenciosas, casi desiertas, y se

daba cuenta de que llamaría la atención. Pero nadie se le acercó ni pareció tomarle en cuenta, y al cuarto de hora abría la puerta del apartamento. Entró en él con gran

alivio.

Más o menos al mismo tiempo, un coche patrulla descubrió la camioneta roja

sobre la que acababan de pasar una alerta. El patrullero que transmitió el informe por

radio observó que el radiador todavía estaba caliente.

Poco después, el mismo oficial vio al borracho en la puerta de enfrente, y obtuvo

de él el informe de que el conductor de la camioneta había partido a pie y en qué

dirección. El coche de la policía partió a toda velocidad, pero no pudo localizar a

Georgos.

Sin embargo, el coche patrulla volvió y, vil ingratitud, se llevaron detenido al

informante, acusándole de ebriedad en lugar público.

 

Davey Birdsong fue arrestado poco después de las cinco y media frente al edificio de

apartamentos donde vivía.

Acababa de llegar en coche de la conferencia y la reunión con el grupo de

estudio, que lo había tenido fuera de la ciudad toda la noche.

Birdsong quedó sorprendido. Protestó acaloradamente ante los dos detectives de

civil que le detuvieron; uno de ellos le informó prestamente que tenía el derecho de

mantener silencio. A pesar de la advertencia, Birdsong declaró:

—Escuchen, muchachos, no sé de qué se trata, pero he estado fuera de la ciudad

desde ayer. Salí de mi apartamento anoche a las seis y desde entonces no he vuelto.

Tengo muchos testigos de que es así.

El detective que le había hecho la advertencia anotó su manifestación e,

irónicamente, la coartada le perdió.

Cuando registraron a Birdsong en el departamento de policía, encontraron la

declaración a la prensa deplorando «las bombas de anoche en el “Christopher

Columbus”» en un bolsillo de la chaqueta. Más adelante, se probó que la declaración

estaba escrita en la máquina que tenía Birdsong en su apartamento… —ese

apartamento al que él pretendía no haber entrado desde las seis del día anterior, casi

nueve horas antes que el asunto de las bombas se hiciera público—. Como si eso no

bastara, aparecieron en el apartamento dos borradores anteriores, rotos, escritos por

Birdsong.

Las otras pruebas también resultaron igualmente condenatorias. Las grabaciones

de las conversaciones entre Georgos Archambault y Davey Birdsong coincidían con

una de la voz de Birdsong hecha después de su detención. El joven chófer negro,

Vickery, al que Nancy Molineaux había empleado, hizo una declaración confirmando

el viaje tortuoso de Birdsong hasta la casa de la calle Crocker número 117. La compra

por Birdsong de extintores de incendios que fueron convertidos en bombas también

quedó confirmada.

Fue acusado de asesinato en primer grado, asociación ilegal, y muchos otros cargos. La fianza se fijó en un millón de dólares, suma que Birdsong no pudo reunir y

nadie pareció inclinado a pagar. En consecuencia, permanecería privado de libertad

durante todo el proceso.

 

De los restantes «Amigos de la Libertad», Wayde, el joven intelectual marxista, y

Félix, del barrio pobre de Detroit, murieron en el tiroteo con la policía en la calle

Crocker. Ute, el indio amargado, se mató con su revólver cuando la policía irrumpió

en la casa.

Las pruebas de las actividades revolucionarias en el número 117 fueron recogidas

intactas, incluso el diario de Georgos Winslow Archambault.